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Origen de la veneración a imágenes en la iglesia


Según el renombrado historiador Edward Gibbon

Traducido del libro “El decaimiento y fin del Imperio Romano”, Tomo II, por Edward Gibbon. Publicado por la Enciclopedia Británica, Inc., Chicago, Londres, Toronto. Esta obra integra la serie en inglés Great Books of the Western World -Libros grandes del mundo occidental.

Nota del traductor Homero Shappley de Álamo. El Sr. Edward Gibbon recoge, a menudo, conceptos o pensares de algunas personas o entidades introducidas en su gran obra, expresándose de tal manera que el lector bien pudiera concluir que el escritor se solidarizara con ellas, no siendo así su sentir. Para mayor claridad, encerramos algunas expresiones de esta categoría entre los signos ‘…...’. En la siguiente oración, se ennegrecen ejemplos. “Por un tiempo, la ciudad de Edesa resistió los asaltos de los persas, pero la ‘ciudad escogida’, la ‘esposa de Cristo’, también cayó en la ruina común, y su ‘semejanza divina’ fue reducida a esclava y trofeo de los incrédulos.” “Ciudad escogida… esposa de Cristo… semejanza divina” eran conceptos que algunos cristianos del Siglo VIII tenían de la ciudad de Edesa, no compartiéndolos el escritor Gibbon. 

Edward Gibbon escribe:

“Los cristianos primitivos sentían una repugnancia inconquistable por el uso y abuso de imágenes, y esta aversión puede ser atribuida a su descendencia de los judíos, como también a su animadversión hacia los griegos. …la religión de los católicos fue uniformemente simple y espiritual; y la primera mención de pinturas se halla en la censura del concilio de Illiberis, trescientos años después del inicio de la Era Cristiana. Bajo los sucesores de Constantino, disfrutando la iglesia triunfante de paz y riquezas, los obispos más prudentes condescendieron en permitir una visible superstición para el beneficio de la multitud; y después de la ruina del paganismo ya no estaban restringidos por la aprehensión de un odioso paralelo. La primera introducción de una adoración simbólica fue mediante la veneración de la cruz y reliquias. (Página 195)

Honores civiles y prácticamente religiosos fueron tributados a las Imágenes de los emperadores romanos; y una reverencia menos ostentosa, pero más sincera, fue ofrecida a las imágenes de sabios y patriotas. Estas ‘virtudes profanas’, estos ‘pecados espléndidos’, desaparecieron en la presencia de hombres santos, los que habían muerto por un país celestial y eterno. A primera intención, el experimento fue hecho con cautela y escrúpulo; y las pinturas venerables fueron usadas discretamente para instruir a los ignorantes, despertar a los fríos y gratificar los prejuicios de los prosélitos paganos. Por una progresión lenta pero inevitable, los honores del original fueron transferidos a la copia: el cristiano devoto oraba ante la imagen de un santo, y los ritos paganos de la genuflexión, luminarias e incienso entraron de nuevo subrepticiamente en la iglesia católica. Los escrúpulos de la razón o la piedad fueron silenciados por la fuerte evidencia de ‘visiones y milagros’; y las ‘pinturas que hablan, se mueven y sangran han de ser dotadas de energía divina, y pueden ser consideradas objetos propios de adoración religiosa’. (Páginas 195-196)

Quizás temblara el lápiz más audaz al intentar definir, usando formas y colores, al Espíritu infinito, al Padre eterno, quien se manifiesta en todo el universo, sosteniéndolo. Pero la mente supersticiosa fue reconciliada más fácilmente a pintar y adorar a los ángeles, y sobretodo, al Hijo de Dios, conforme a la forma humana que estos han condescendido a tomar en la tierra. La segunda persona de la Trinidad había sido revestida de un cuerpo real y mortal, mas aquel cuerpo había ascendido al cielo; y de no haber sido presentado ante los ojos de sus discípulos alguna similitud, la adoración espiritual de Cristo quizás hubiese sido obliterada por las visibles reliquias y representaciones de los santos. Una indulgencia similar fue necesaria y propicia en el caso de la Virgen María; se desconoció el lugar de su sepultura, y la asunción de su alma y cuerpo al cielo fue adoptada por la credulidad de los griegos y latinos. (Página 196)

El uso, y aun la adoración, de imágenes fueron establecidos firmemente antes del fin del Siglo VI. Fueron apreciadas afectuosamente en la cálida imaginación de griegos y latinos. Tanto el Panteón como el Vaticano fueron adornados con los emblemas de una nueva superstición. Sin embargo, esta semblanza de idolatría fue entretenida más fríamente por los rudos bárbaros y el clero ariano del oeste. (Página 196)

La veneración de imágenes había entrado subrepticiamente en la iglesia a pasos graduales casi no percatados, y cada paso trivial agradó a la mente supersticiosa, como algo inocente de pecado y productivo de bienestar. Sin embargo, a principios del Siglo VIII, estando el abuso en pleno apogeo, los griegos más temerosos fueron despertados por una aprehensión según la que, bajo la máscara de cristianismo, ellos hubiesen restaurado la religión de sus antepasados. Escucharon, con dolor e impaciencia, el nombre de ‘idólatras’ –incesante acusación de judíos y mahometanos, quienes derivaron de la Ley y del Corán odio inmortal contra imágenes grabadas y toda adoración relacionada. Mientras la servidumbre a la que estaban sometidos los judíos frenara su celo y restara de su autoridad, los musulmanes, reinando en Damasco y amenazando a Constantinopla, colocaron en la balanza del reproche el peso acumulado de verdad y victoria.

Las ciudades de Siria, Palestina y Egipto habían sido fortificadas con las imágenes de Cristo, su madre y los santos, y cada ciudad presumía, bien en esperanza o por promesa, su defensa milagrosa. Pero, en diez años de rápida conquista los árabes sojuzgaron a aquellas ciudades y aquellas imágenes; y, a su parecer, el Señor de Huestes pronunció un juicio decisivo entre la adoración, por un lado, y por el otro, el desprecio de estos ídolos mudos e inanimados. Por un tiempo, la ciudad de Edesa resistió los asaltos de los persas, pero la ‘ciudad escogida’, la ‘esposa de Cristo’, también cayó en la ruina común, y su ‘semejanza divina’ fue reducida a esclava y trofeo de los incrédulos. Después de una servidumbre de trescientos años, el ‘Paladión’ fue entregado para la devoción de Constantinopla por un rescate pagado de doce mil libras de plata, la redención de doscientos mahometanos y un acuerdo de paz perpetua para el territorio de Edesa. (Página 197)

En el tiempo de desesperación y consternación, la elocuencia de los monjes fue ejercitado en defensa de las imágenes; intentaron probar que el pecado y la división de la mayor parte de los orientales hubiesen resultado en la pérdida del favor de estos ‘símbolos preciosos’, anihilando su virtud. Pero, fueron contradicho por las murmuraciones de muchos cristianos sencillos y racionales, quienes apelaron a la evidencia de textos, hechos y tiempos primitivos, deseando secretamente la reformación de la iglesia.” (Página 197)

La Guerra iconoclasta entre los que resistían el uso de imágenes en la iglesia y los que apoyaban su veneración.

 

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