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La "Guerra iconoclasta"

Ciento veinte años de fiero conflicto entre los defensores y los destructores de imágenes

726 – 840 d. C.

          

Los eventos según el renombrado historiador Edward Gibbon

Traducido del libro “El decaimiento y fin del Imperio Romano”, Tomo II, por Edward Gibbon. Publicado por la Enciclopedia Británica, Inc., Chicago, Londres, Toronto. Esta obra integra la serie “Libros grandes del mundo occidental”.

Nota del traductor Homero Shappley de Álamo. El Sr. Edward Gibbon recoge, a menudo, conceptos o pensares de algunas personas o entidades introducidas en su gran obra, expresándose de tal manera que el lector bien pudiera concluir que el escritor se solidarizara con ellas, no siendo así su sentir. Para mayor claridad, encerramos algunas expresiones de esta categoría entre los signos ‘…...’. En la siguiente oración, se ennegrecen ejemplos. “Por un tiempo, la ciudad de Edesa resistió los asaltos de los persas, pero la ‘ciudad escogida’, la ‘esposa de Cristo’, también cayó en la ruina común, y su ‘semejanza divina’ fue reducida a esclava y trofeo de los incrédulos.” “Ciudad escogida… esposa de Cristo… semejanza divina” eran conceptos que algunos cristianos del Siglo VIII tenían de la ciudad de Edesa, no compartiéndolos el escritor Gibbon. 

 

Edward Gibbon escribe:

“No habiendo sido establecida la veneración de imágenes por alguna ley general o positiva, su progreso en el Imperio Oriental ya fue atrasado, ya acelerado, conforme a las diferencias entre hombres, costumbres, grados locales de refinamiento o el carácter personal de los obispos. Mientras la ‘devoción espléndida’ fue abrazada afectuosamente por la liviandad de la capital y el genio inventivo del clero bizantino, eran extraños a la innovación de este lujo sagrado los distritos rudos y remotos de Asia. Después de su conversión, muchas grandes congregaciones de los gnósticos y arianos mantuvieron la adoración sencilla que tenían antes de separarse; y los armenios, siendo ellos los súbditos más militantes de Roma, no toleraban aun en el Siglo XII, siquiera ver a imágenes. Estas varias denominaciones propiciaron un fondo de prejuicio y aversión, de poca importancia en las villas de Anatolia o Tracia, mas sin embargo, quizás conectado a los poderes de iglesia o estado en el caso de un soldado, prelado o eunuco.

[Año 726 d. C.]

“El más afortunado de todos estos aventureros era el emperador Leo III, quien, saliendo de las montañas de Isauria, ascendió el trono oriental. Él ignoraba la letra sagrada o profana, mas su preparación académica, su razón, tal vez su intercambio con judíos y árabes, habían inspirado en este campesino marcial odio por las imágenes; y se tenía como deber del príncipe imponer en sus súbditos los dictados de su propia conciencia. Sin embargo, al principio de un reinado agitado, durante diez años de labor y peligro, Leo se sometió a la bajeza de la hipocresía, inclinándose ante los ídolos que despreciaba y satisfaciendo al pontífice romano al profesar anualmente su ortodoxia y celo. En lo concerniente a la reformación de religión, sus primeros pasos eran moderados y cautelosos: convocó un gran concilio de senadores y obispos, legislando, con su consentimiento, que todas las imágenes deberían ser removidas del santuario y el altar, y elevadas a lugares suficientemente altos en las iglesias, donde fueran visibles a los ojos, pero inaccesibles a la gente supersticiosa. Mas fue imposible detener el impulso, rápido a la vez que opuesto, de veneración, por un lado, y por el otro, de aborrecimiento, pues aun desde su posición alta las sagradas imágenes edificaban a sus devotos y reprochaban al tirano. Él mismo fue provocado por resistencia e invectiva; y su propio partido lo acusó del imperfecto cumplimiento de su deber, animándolo a imitar al rey judío, el que sin escrúpulo rompió la serpiente de bronce del templo. Mediante un segundo edicto, él proscribió tanto la existencia como el uso de pinturas religiosas; las iglesias de Constantinopla y las provincias fueron limpiadas de la idolatría; fueron demolidas las imágenes de Cristo, la Virgen y los santos, y las paredes de los edificios (donde aparecían pinturas religiosas. HSÁ) fueron cubiertas con una capa de empañetado.

“La secta de los iconoclastas (“Iconoclasta” significa “rompedor de imágenes”. HSÁ) fue respaldada por el celo y despotismo de seis emperadores, y Oriente y Occidente se enfrascaron en un conflicto ruidoso que duró ciento veinte años. El designio de Leo el Isauro fue pronunciar como artículo de fe la condenación de imágenes, y esto por la autoridad de un concilio general: mas la convocación de tal asamblea fue reservada para su hijo Constantino; y pese a que ella fue estigmatizada por la intolerancia triunfante como una reunión de necios y ateístas, sus propios actos, parciales y mutilados, descubren muchos síntomas de razón y piedad. El llamamiento a un concilio general fue introducido en muchos sínodos provinciales mediante debates o decretos. El mismo se reunió en los suburbios de Constantinopla, componiéndolo el número respetable de trescientos treinta y tres obispos de Europa y Anatolia, no pudiendo participar los patriarcas de Antioquía y Alejandría por ser esclavos de los califas, y el pontífice romano había separado a las iglesias de Italia y el Occidente de la comunión con los griegos.”

[Año 754 d. C. El Séptimo Concilio General condena unánimemente la veneración de imágenes.]

“Este sínodo bizantino asumió el rango y los poderes de ‘Séptimo Concilio General’, efectivamente dando reconocimiento este título a las seis asambleas anteriores, las que habían edificado laboriosamente la estructura de la fe católica. Tras una seria deliberación de seis meses, los trescientos treinta y tres obispos pronunciaron y subscribieron unánimemente un decreto, a saber, que todos los símbolos visibles de Cristo, exceptuándose la Eucaristía, eran o blasfemos o heréticos, que la veneración de imágenes fue una corrupción del cristianismo y una renovación del paganismo, que todos los monumentos a semejante idolatría deberían ser rotos o borrados, y que todos los que rehusaran entregar los objetos de su superstición personal se tendrían por culpables de desobediencia a la autoridad de la iglesia y del emperador.” (Páginas 197-198)

[Años 720 – 775 d. C. Persecución contra imágenes y monjes]

“Durante el primer año de su reinado, el hijo de Leo había emprendido una expedición contra los sarracenos; estando ausente él, la capital, el palacio y la púrpura (gobernación) fueron ocupados por su pariente Artavasides, campeón ambicioso de la fe ortodoxa (Entiéndese, la que apoyaba el uso de imágenes.). Triunfantemente, la veneración de imágenes fue restaurada: el patriarca renunció su disimulación, o disimuló sus sentimientos, y la reclamación ‘justificada’ del usurpador fue reconocida tanto en la nueva como en la antigua Roma (en las ciudades de Constantinopla y Roma). Constantino (el hijo de Leo III, y no Constantino el Grande) corrió a prisa buscando refugio en sus montañas paternales (las de Isauria); luego descendió como líder de los valientes y afectuosos isauros, y su victoria final confundió tanto las armas como las predicciones de los fanáticos. Su reinado largo fue perturbado por clamor, sedición, conspiración, mutuo odio y venganza sanguinaria. La motivación o pretensión de sus adversarios fue la persecución de imágenes, y si bien perdieran alguna diadema temporal, fueron premiados por los griegos con la corona del martirio. En todo acto de traición, ya abierto, ya clandestino, el emperador sentía la enemistad intransigente de los monjes, esclavos fieles de la superstición a la que debían sus riquezas e influencia. Ellos oraban, predicaban, absolvían, inflamaban, conspiraban; de la soledad de Palestina fluyó un torrente de invectiva, y la pluma de San Juan Damasceno, el último de los ‘padres griegos’, condenó la cabeza del tirano, tanto en este mundo al igual que en el venidero. No dispongo del tiempo para examinar hasta qué medida los monjes provocaran, como tampoco cuánto exageraran, su celo y sufrimientos pretendidos, o cuántos perdieran sus vidas o extremidades, sus ojos o sus barbas, a causa de la crueldad del emperador. Del castigo de individuos, este procedió a la abolición del orden (de los monjes), y dado que era rico e inútil, su resentimiento pudiera haber sido estimulado por avaricia o justificado por patriotismo. El formidable nombre y la misión del Dragón, su visitador-general, excitaba el terror y desprecio de la ‘nación negra’ (Entiéndese, los monjes, por el color de sus hábitos); las comunidades religiosas fueron disueltas, sus edificios fueron convertidos en almacenes de armamentos o cuarteles, fueron confiscados sus tierras, muebles y ganado; y nuestros precedentes modernos apoyarán la acusación según la que las reliquias, y aun los libros de los monasterios, fueron sometidos a gran destrucción despiadada y maliciosa. La veneración pública o privada de imágenes fue proscrita vigorosamente, al igual que el hábito y la profesión de monje; y tal parece que una solemne abjuración de idolatría fuera exigida de los súbditos, o al menos, del clérigo del Imperio Oriental.” (Página 199)

[Año 780 d. C. Restauración de las imágenes en el Oriente por la emperatriz Irene]

“Mientras los Papas establecieran en Italia su libertad y dominio, las imágenes, la causa primordial de su rebelión, fueron restauradas en el Imperio Oriental. Durante el reinado de Constantino V, la unión de los poderes civiles y eclesiásticos había derrumbado el árbol de superstición, sin extirpar la raíz. Los ídolos, pues ya se tenían como tal, eran apreciados secretamente por el orden (de los monjes) y el sexo más inclinado a su veneración; y la alianza afectuosa de monjes y féminas resultó en victoria final sobre la razón y la autoridad del varón. Leo IV mantuvo con menos vigor la religión (contra el uso de imágenes) de su padre y abuelo, mientras su esposa, la atractiva y ambiciosa Irene, había embebido el celo de los atenienses, herederos de la idolatría más bien que de la filosofía de sus antepasados. Durante la vida de su esposo, estos sentimientos fueron inflamados por peligro y disimulación, y ella solo podía obrar para proteger y elevar a algunos de sus monjes favoritos, los que ella sacó de sus cavernas y colocó sobre los tronos metropolitanos del Oriente. Pero, tan pronto reinara ella en su propio nombre, y el de su hijo, Irene emprendió con más seriedad la ruina de los iconoclastas (rompedores de imágenes), siendo el primer paso de su futura persecución un edicto general a favor de la libertad de conciencia. En la restauración de los monjes, mil imágenes fueron expuestas para la veneración pública; mil leyendas fueron inventadas sobre sus ‘sufrimientos y milagros’. Aprovechándose de oportunidades suscitadas por la muerte o remoción (de oficiales), los puestos episcopales fueron llenados juiciosamente. Los competidores más ávidos de favores terrenales o ‘celestiales’ anticipaban la decisión de su soberana, halagándola, y la promoción de su secretario Tarasius obtuvo para ella el patriarcado de Constantinopla y el control de la iglesia oriental.

“Pero, los decretos de un concilio general podían ser revocados solo por una asamblea similar. Los iconoclastas que ella convocó eran valientes en posesión y resistentes al debate, y la voz débil de los obispos fue resonada por el formidable clamor de los soldados y la gente de Constantinopla. Estos obstáculos fueron removidos por la posposición y las intrigas de un año, la separación de las tropas inconformes y la selección de Nicea para un segundo sínodo ortodoxo; y así la conciencia episcopal fue una vez más, a manera de los griegos, en manos del príncipe. Se pautaron tan solo dieciocho días para la consumación de tan importante tarea. Los iconoclastas hicieron acto de presencia, no como jueces, sino como criminales o penitentes. Los legados del Papa Adriano y los patriarcas orientales decoraron el escenario. Los decretos fueron formulados por el presidente Tarasius, y ratificados por aclamaciones y subscripciones de trescientos cincuenta obispos. Ellos pronunciaron unánimemente que la veneración de imágenes es acorde con las Escrituras y la razón, con los padres y concilios de la iglesia, pero claudicaron en lo concerniente a la cuestión de que si sea relativa o directa semejante veneración, y sobre si la Deidad y la figura de Cristo sean acreedores a la misma clase de adoración. Los actos de este segundo Concilio de Nicea todavía están en existencia, un monumento curioso de superstición e ignorancia, de falsedad y desatino. Me limito a notar el juicio de los obispos sobre el mérito comparativo de la veneración de imágenes y la moralidad. Cierto monje había hecho una tregua con el demonio de la fornicación, condicionada en la interrupción de sus oraciones diarias a una pintura colgada en su celda. Sus escrúpulos le movieron a consultar a un abad. Este replicó: ‘Mejor sería que usted visitara a todo prostíbulo, y a toda prostituta, de la ciudad, que abstenerse de adorar a Cristo y su Madre mediante sus sagradas imágenes’.

“La segunda de estas asambleas fue aprobada y ejecutada rigorosamente por el despotismo de Irene, denegando ella a sus adversarios la tolerancia que al principio había dado a sus amigos. Durante los próximos cinco reinados, cubriendo treinta y ocho años, el conflicto fue mantenido con furia inexpugnable, y éxito variable entre los adoradores y los rompedores de imágenes, pero no estoy inclinado a perseguir con diligencia minuciosa la repetición de los mismos eventos. Nicéforo permitió la libertad general de expresión y práctica… El carácter de Miguel el Primero fue formado por superstición y debilidad, pero los santos e imágenes no eran capaces de sostener sobre el trono a su patrón. Tomando la púrpura, Leo V profesó el nombre y la religión de los armenios, y los ídolos, juntamente con sus adherentes sediciosos, fueron condenados a un segundo exilio. El aplauso de estos hubiese santificado el homicidio del ‘impío’ tirano, pero su asesino y sucesor, Miguel el Segundo, fue manchado desde su nacimiento por la herejía de Frigia. Este intentó mediar entre los partidos contendientes… Su moderación fue templada por timidez, pero su hijo Teófilo, ignorando tanto el miedo como la piedad, fue el último y más cruel de los iconoclastas. El entusiasmo de los tiempos corría fuertemente contra ellos, quedándose exasperados y castigados por el odio público los emperadores que detuvieron el torrente. Tras la muerte de Teófilo, la victoria final de las imágenes fue lograda por otra fémina, a saber, su viuda Teodora, a quien él delegó el cuidado del Imperio. Sus medidas fueron atrevidas y decisivas.

“En el Occidente, el Papa Adriano I aceptó y proclamó los decretos de la asamblea de Nicea, la que en la actualidad es reverenciada por los católicos como el séptimo en rango de los concilios generales. Roma e Italia se mostraron dóciles a la voz de su Papa, pero la mayoría de los cristianos latinos estaban muy rezagados en la carrera de superstición (O sea, la mayoría de los creyentes en el Occidente aún no abrazaba el uso de imágenes.) Las iglesias de Francia, Alemania, Inglaterra y España trazaron una trayectoria media entre la veneración y la destrucción de imágenes, las que admitieron en sus templos, no como objetos de adoración, sino como avivados y útiles memoriales de fe e historia.” (Páginas 207-208)

  

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