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¿A quién iremos? Conferencia presentada durante el Seminario Bíblico de Houston, abril del 2015.

“¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”

Caín, parado al lado de la ofrenda despreciable que trajo a Dios, observa a su hermano menor Abel mientras este ofrece “mejor sacrificio”, las mejores de sus ovejas.

Caín, parado al lado de la ofrenda despreciable que trajo a Dios, observa a su hermano menor Abel mientras este ofrece “mejor sacrificio”, las mejores de sus ovejas.

 

Mensaje presentado por Homero Shappley de Álamo en el…

Seminario Bíblico de Houston

Iglesia de Cristo

Houston, Texas

 02 de abril de 2015

Jueves, 4 p. m.

Este mensaje en PDF

 

I. Introducción

A. Salutación. Muy buenas tardes, queridos hermanos y amigos. Me place saludarles con mucho cariño en el nombre del Señor, deseando que la paz y la gracia de Dios abunden en cada corazón. Qué privilegio tan excepcional para este servidor el de poder participar en este Seminario, ya como oyente ya en el rol de conferencista. Agradezco de todo corazón a los organizadores la invitación.

B. Son las 4 p. m. Desde que me informaran mi lugar en el horario, vengo preguntándome por qué me escogerían a mí, el más anciano de todos los oradores, para la conferencia de esta hora, cuando los concurrentes estarían, seguramente, bastante cansados, algunos quizás soñolientos y todos con hambre, pendientes a la cena prometida. Quizás lo hicieran pensando que, por mis años, no durara yo sino unos diez minutos en el púlpito, al máximo quince, y de suceder así, pues, iríamos todos a cenar más temprano. ¡Siento decepcionarlo! He pedido al Señor que me mantenga en pie, con mente clara y voz potente durante los cincuenta minutos programados. Realmente, me hace falta por lo menos una hora y media para esta conferencia. Su indulgencia, por favor.

II. La pregunta que me corresponde tratar es la siguiente. “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” (Génesis 4:9).

A. El varón que hizo la pregunta se llamó “Caín”, nombre cuyo significado en hebreo es algo como “varón adquirido”.

B. Caín, el primer ser humano nacido en el planeta Tierra, siendo sus padres la primera pareja Adán y Eva.

C. La pregunta se la hizo personalmente al propio Jehová Dios, en diálogo tenso de tú a tú.

D. Se la hizo con el espíritu de respondón atrevido e irrespetuoso. Se la hizo con matices de soberbia, aun de sarcasmo. Nada de humildad o arrepentimiento. “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”

E. Se la hizo replicando osada y carnalmente a la pregunta que, instantes antes, Dios le había hecho: ¿Dónde está Abel tu hermano?”

F. A esta pregunta respondió Caín primero con dos palabras. Dice: “No sé”. ¡Mentira! ¡Mentiroso! Pues sí, sabía. Así que, Caín miente a Dios en su cara, añadiendo enseguida la insultante interrogante pueril: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”

G. Pero, antes de mentir a Dios y contestarle groseramente, desafiándole como si fuera igual a Dios en poder y autoridad, el primer hombre nacido en la tierra ya había cometido el primer crimen horripilante de la historia humana. Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató” (Génesis 4:8). Nos quedamos estupefactos, contemplando incrédulos la escena, como estando allí presentes en aquel campo de sangre inocente. Hermano mayor que asesina fríamente, con premeditación, a su propio hermano menor. Caín, el primer gran criminal de los anales humanos, prototipo de todo hombre que ceda a sus inclinaciones violentas; prototipo de todo criminal, no exceptuándose toda mujer de la misma calaña.

H. Pero, aun antes de cometer aquel crimen atroz el primer hombre nacido de mujer ya evidenciaba patrones de actitudes y conducta sumamente negativos. Por cierto, lo considero muy improbable que Caín se transformara, en tan solo dos o tres horas, de hombre bueno a hombre malísimo, de hermano mayor amoroso a hermano mayor culpable de asesinar a su hermano menor. El apóstol Juan arroja alguna luz sobre el asunto, escribiendo: “Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas (1 Juan 3:11-12). Así pues, Caín “era del maligno”, es decir, de Satanás, antes de matar a su hermano, y antes de traer una ofrenda a Dios.    “…sus obras eran malas” antes de asesinar a su hermano, y aún antes de presentar a Dios una ofrenda.     “…sus obras eran malas”, plural. No solo la obra de la ofrenda sino sus demás obras, porque, obviamente, hacía tiempo él se había puesto al servicio “del maligno”. No que hubiese sido predestinado por Jehová Dios a ser “del maligno”, sin poder cambiar en absoluto su destino –cosa impensable dada la bondad, justicia e imparcialidad innatas del Creador- sino porque determinó, por razones no divulgadas, oponerse a la voluntad de Dios, decisión que, anteriormente, habían tomado sus padres, Eva y Adán, en el huerto del Edén.

I. Entonces, porque ya “era del maligno” y “porque sus obras eran malas”, trae a Dios una ofrenda despreciable, la cual el Señor “no miró con agrado”. Y porque ya “era del maligno”, al ver rechazada su ofrenda, “…se ensañó Caín en gran manera”, es decir, su puso enfurecido sobremanera, “y decayó su semblante” (Génesis 4:5), no estando a solas sino en presencia del propio Jehová Todopoderoso. Y porque ya “era del maligno” mintió a Dios, contendiendo contra él. Y porque ya “era del maligno”, no amando a su hermano menor Abel, creció su odio hacia él, su envidia de él, al observar que Dios “miró… con agrado a Abel y a su ofrenda” (Génesis 4:4-5), el “más excelente sacrificio” que Abel trajo “por la fe” (Hebreos 11:4). Y porque Caín, en alguna etapa de su vida, se había abanderizado con Satanás, su falta de fe, su rebeldía, su violencia contra Dios, sus malas obras, culminaron en el asesinato de Abel, su hermano menor. Terrible tragedia acaecida tal vez para fines del primer siglo de la existencia de la raza humana en la tierra, teniendo Caín, se estima, unos ochenta años de edad, y Abel, pues, un número menor. Me siento muy acongojado, aun quebrantado en espíritu, al tratar el caso de aquel varón Caín.

 

Caín, teniendo, se estima, unos ochenta años de edad, mata a su hermano menor Abel. El primer crimen horripilante de los anales humanos. Caín, prototipo de todo ser humano que cede a sus impulsos violentos.

 

III. Salgamos de aquel escenario entenebrecido y escalofriante que se escenificó en vísperas del desarrollo de nuestra raza, volviendo al presente, con el propósito de hacer aplicaciones prácticas para nosotros.

A. En esta gran audiencia maravillosa, si hay algún varón que se llame “Caín”, favor de ponerse de pie… si se atreve. ¿Ninguno? No me sorprende.

B. En esta gloriosa convocación de miembros de la iglesia de Cristo, ¿acaso esté presente algún hermano que no ame a uno, o más, de sus hermanos en la común fe? ¿Alguna hermana que no ame a una, o más, de sus hermanas? Supongo que perdiera el tiempo, pidiendo que cualquier culpable de no amar levante la mano. Pero, voy a pedir sí que los que amamos sincera y entrañablemente a todos nuestros hermanos espirituales, sin acepción de personas, digamos, a una voz, un fuerte “Amén”. Todos juntos: ¡AMÉN! ¡Tremendo! El apóstol Juan tiene un consejo muy práctico, elocuente por su sencillez, para todos nosotros que acabamos de afirmar verbalmente nuestro amor por nuestros hermanos: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18).

C. Volvamos un momentito sobre lo que dice 1 Juan 3:11-12. Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano.” Tres versículos más adelante, en el 15, Juan hace, por el Espíritu, una aplicación alarmante, en el plano espiritual, para todos los hermanos espirituales de todo tiempo y lugar. Dice: Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (1 Juan 3:15). ¿Homicida “todo aquel que aborrece a su hermano”? Asimismo asegura el apóstol. “…es homicida”,apunta con sobria severidad.

1. Pero, dirá alguno: “aborrecer” no es lo mismo que “matar”. Tendría razón, mas no se trata de matar físicamente sino de asesinar psíquica o espiritualmente. De asesinar al Espíritu del Amor Fraternal, acabar con él, eliminarlo. Y cuando cae muerto el Espíritu del Amor Fraternal, amados en el Señor, ¡también mueren otras cosas bellísimas y valiosísimas que deberíamos siempre conservar vivas! Tales como: el compañerismo espiritual, la preciosa armonía cristiana, el mutuo consuelo, la mutua confianza, la mutua compasión, etcétera. Ocurriendo esto, aunque sea entre solo dos hermanos, o dos hermanas, muere también una parte de la congregación. ¡Asesinada una parte de su amor global! De manera que el que odia a su hermano en Cristo –lo detesta, lo aborrece, no lo soporta- Dios lo tiene por culpable de asesinato espiritual. “…y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él.” O sea, no es salvo, ni será salvo jamás, a menos que cambie de actitud, aprendiendo a amar aun a su enemigo, incluso al hermano que no le caiga bien, que le haya ofendido, que le haya defraudado.

2. En no pocos casos, el hermano rechazado, aborrecido, marginado, despreciado, acaba muriéndose espiritualmente, saliendo de la iglesia y perdiéndose en el mundo o en la religión falsa. Ya comprendemos, seguramente, que los responsables de semejantes tragedias espirituales Dios los tiene como homicidas espirituales. Lo espantoso de esta percepción, la que tiene su origen en el corazón del Padre celestial, pone en alto relieve la seriedad gravísima de hacer perderse a cualquiera de los hijos de Dios. “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar”(Mateo 18:6).

3. ¿Mintió Caín a Dios en su cara? Pues, hoy día, acontece que Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso” (1 Juan 4:20-21).
Así pues, “mentiroso” y “homicida” el cristiano que aborrece a su hermano; que dice amar a Dios, pero aborrece a su hermano. ¡Tan serio para Dios es este asunto de no amar a los hermanos, de mentir y aborrecer en el plano espiritual! ¿Cuán serio para mí? ¿Para usted? Cuidémonos, pues, de pisar los talones de aquel Caín preso “del maligno”.

D. Queridos hermanos, me imagino que se sientan un tanto abrumados, al igual que este servidor, ante el caso tristísimo de Caín y los duros paralelos que desarrolla el apóstol Juan en el contexto espiritual de la iglesia. En breve, giraremos el enfoque sobre puntos más positivos y placenteros, pero me incumbe, por el presente, no pasar por alto otras lecciones asociadas con Caín, pese a que nos incomoden bastante, orando que me sobrelleven un tiempito más.

Entre paréntesis, ¿saben que la penalidad por abandonar este salón antes de que termine este servidor la conferencia es ayunar durante las próximas veinticuatro horas? ¿No lo sabían? Bueno, ¡ya están informados!

E. No pocos predicadores y maestros enseñan que Caín mató a Abel, motivado por envidia. Escrutando este servidor detenidamente el relato de Génesis 4, y, adicionalmente, lo que escribe Juan, mi parecer personal es que no solo la envida sino también otras faltas aun mayores llevaran a Caín a cometer aquel crimen horrendo. Con todo, ciertamente, la envidia hacía encogerse todavía más a aquel corazón donde residía el “maligno”, predisponiéndolo a acciones violentas. Caín envidiaba las “obras… justas”, plural, de su hermano menor Abel, hombre de fe. Incluso, y tal vez muy especialmente, la obra reluciente de la ofrenda “más excelente” que trajo Abel, presentando este a Jehová las mejores de sus ovejas, las primogénitas, las más gordas.

1. Hoy por hoy, la envidia en corazones de cristianos inmaduros, medio mundanos o impulsados por sentimientos netamente carnales, sigue hiriendo almas, ya leve ya profundamente, aun resultando en la muerte espiritual de algunas. De manera que, haciendo extensivo lo dicho por Juan, también “es homicida”, en el reglón espiritual, todo aquel cuyo espíritu envidioso lo lleve a decir y hacer cosas que causen la muerte espiritual de hermanos débiles de fe y compromiso –que se desanimen hasta el punto de desmayar, que se vayan de la iglesia, que busquen refugio y respaldo en iglesias fundadas por hombres, que vuelvan a los “débiles y pobres rudimentos” (Gálatas 4:9), a los  “rudimentos del mundo” (Colosenses 2:8 y 20).

2. No es inconcebible que la Envidia se haya introducido aun en este magnífico lugar de reunión. Sutil y silenciosamente. Tal cual algún vapor invisible, pero sumamente nocivo, que esté fluyendo alrededor de sus pies, confeccionado diabólicamente para subir, en el momento propicio, al corazón desprevenido. ¿Acaso sientan algunos de los presentes su malévola presencia? Extendiéndose, tal cual los tentáculos larguísimos de un monstro pulpo malvado, llegando incluso a este podio, ¡induciéndome aun a este servidor a sentir Envidia! “Yo, que me veo en la necesidad de seguir bien de cerca el texto que he preparado por no tener dominio completo del idioma, y por ende, me falta soltura, ¡envidio a los conferencistas que se expresan con maravilloso desenvolvimiento! Que predican hasta sin bosquejo escrito. Que son tan elocuentes, dinámicos, carismáticos. Envidio especialmente a los que son más jóvenes que yo. Que tienen mejor presencia que yo.” ¡Dios me libre de tales malditas envidias! Y el predicador, maestro o maestra, allí “calentando banca”, como dicen en Puerto Rico, pensando, envidiosamente: “¿Por qué no me invitaron a dar una de las conferencias? Yo soy más capaz, talentoso, carismático, experimentado. ¿Por qué pusieron a ese americano viejo, que no se entiende ni la mitad de lo que dice?”Por cierto, buena pregunta para los organizadores de este Seminario. Pero, aquí estoy, y aprovecho para reiterar y subrayar: ¡Dios libre a todos nosotros los siervos de Cristo de las destructivas envidias! Y también a todas las hermanas de envidiarse las unas de las otras: de su hermosura física, de sus vestimentas, de sus comodidades materiales, de sus talentos espirituales, de sus oportunidades para destacarse en servicio a la iglesia, y por ende, a Dios.

a) Porque, amados, las envidias no refrenadas y eliminadas, tienden a instigar a todavía otros “asesinatos” en el renglón espiritual de la iglesia.

(1) Asesinato de Carácter, por medio de la malvada Difamación, delito castigable aun en las cortes civiles.

(2) Asesinato del Buen Nombre, del Buen Testimonio, de la Buena Reputación, a resultado de Calumnias, Chismes y Acusaciones injustas.

(3) Asesinato del Ánimo Robusto, a consecuencia de Críticas destructivas.

(4) Asesinato de Iniciativas Constructivas, a causa de Evaluaciones negativas hechas por espíritus envidiosos, ya abiertamente ya secretamente.

“He visto asimismo que todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu” (Eclesiastés 4:4). Un sermón excelente, una clase bíblica de contenido interesantísimo enseñada con destreza admirable, un trabajo evangelístico o benévolo, un seminario, organizado hasta el último detalle y efectuado, tal cual planificado, con gran esmero y abundantes resultados positivos. Estos trabajos o ministerios de alta calidad, esta “excelencia de obras”, suelen despertar envidia en cristianos poco maduros, particularmente en compañeros de ministerio. Reacciones detractoras que afligen a los cristianos competentes, los que, de todos modos, no buscan aplausos de hombres.

b) Resucitar al Carácter asesinado, al Buen Nombre, al Ánimo robusto, a la Iniciativa constructiva asesinados, ¡cuán difícil es! Algunas víctimas nunca recobran vida.

c) Ahora bien, seguramente, los propiciadores de tales “Asesinatos” en el plano espiritual recibirán su merecido en el juicio de las almas, a no ser que, dándose perfecta cuenta de sus atrocidades espirituales, caigan de rodillas, arrepentidos en cilicio y cenizas, pidiendo perdón tanto a sus víctimas como a Dios, y haciendo todo a su alcance para ayudar a sus víctimas a recuperarse completamente.

3. ¿Cómo dar coto a la persistente Envidia? He aquí una sencilla recomendación, basada en la historia de Caín y Abel: ¡Siempre traer lo mejor al Maestro! Repito: ¡Siempre traer lo mejor al Maestro!

a) Si Caín hubiese traído el mejor “fruto del campo” a Jehová –los mejores granos de trigo, cebada, arroz, frijoles; las mejores frutas –uvas, granadas, melocotones; las mejores legumbres –lechuga, brócoli, zanahorias, espinaca- pienso que, haciéndolo, se hubiese deshecho en aquella misma hora del “maligno”, y de ahí jamás hubiese dado muerte a su hermano menor.

b) Respetado hermano, hermana, joven cristiano, si yo no traigo lo mejor al Maestro, ¿con qué sentido, justificación o lógica envidiar al que sí lo hace? Buscar ocasión de rebajarlo a mi nivel bajo, quitarle méritos, desprestigiarlo; difamar, calumniar, destruir, en fin, asesinarle espiritualmente. ¡Oh, Señor mío! ¡Líbreme de tal estupidez! De tal bajeza. ¡Oh! Perdón si le escandaliza mi lenguaje fuerte.

c) Amado, cuando, habitualmente, uno trabaja arduamente para llevar al Maestro y su iglesia lo máximo, conforme a sus talentos, difícilmente le sobran energías o tiempo para entretener o complacer a la peligrosa Envidia. Sabe que está aportando, como Abel, el “más excelente sacrificio”. Mensaje, estudio, exhortación, consejo, alabanza, proyecto evangelístico, o el servicio que sea a favor del pueblo de Dios. ¿Envidiar a otros con más o mejores talentos? ¿Por qué? ¡Nada bueno trae la envidia! Ni en el matrimonio, ni en el trabajo; tampoco en la iglesia.

IV. “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” Hago mía la pregunta de Caín en el contexto de mi propia familia terrenal y, particularmente, de mi familia espiritual. Cariñosamente, animo a cada persona presente a hacer lo mismo.

A. ¡Claro que debe serlo! Guarda de mis hermanos carnales. Su protector, su guardián, velando amorosamente por su seguridad material, de hacer falta, pero sobre todo por su bienestar social, moral y espiritual. A la vez, evitando hacer el papel de mandón que pretenda controlar totalmente la vida de terceras, incluso de familiares cercanos. Soy el mayor de dos varones y tres hembras, fallecido mi hermano menor hace unos seis años.

B. En cuanto a la iglesia, ¡claro que debo ser guarda de mis hermanos espirituales! Y ellos, pues, guardas para mí. Yo para ustedes; ustedes para mí.

¿Trato hecho?

Así, nos protegemos mutuamente de caer presos del “maligno”, aquel mismo que arruinó la vida de Caín. Velar los unos por los otros. Advertirnos mutuamente peligros espirituales. Es nuestro sagrado deber, tan vital como solemne, para salvaguardar al alma. Un privilegio de alta responsabilidad. Una relación delicada que jamás debiéramos abusar.

1. Queridísimos conciudadanos del Reino celestial, Dios, mi Padre, Jesucristo, mi hermano mayor, el Espíritu Santo, mi Consolador principal, y tal vez dos o tres ángeles –desconozco sus nombres- de los “enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (Hebreos 1:14), son mis guardas, siempre y cuando los reciba como tal. Si YO mismo pongo de mi parte, guardando mi propio corazón y alma, y si ustedes –espiritualmente  inteligentes, sabios, comprometidos y amorosos- también me guardan, entonces ¡el cuadro de mi seguridad espiritual será completo! Esto es justamente lo que necesito para salir airoso de toda lucha espiritual. Muy difícil que Satanás me venza, de la manera que venció a Caín.

2. Pero, ¡ay del hermano!, y ¡de la hermana!, que rehúse admitir que le sirva de guarda espiritual ni siquiera el cristiano mejor capacitado! El tal anda entre enemigos del alma sin contar con un componente de protección sumamente valioso. Y estos casos los estamos viendo con frecuencia en estos días cuando la filosofía del individualismo radical hace mellas no solo en el mundo secular sino también en la iglesia. “¡No quiero que ningún hermano vele por mí! ¡Ninguna hermana! ¡Ningún anciano, maestro o maestra! ¡No quiero que ninguno sea mi guarda espiritual!” ¡Qué pena!

C. De la manera que algunos hermanos carnales se ponen de acuerdo para hacer lo malo, hoy día tampoco faltan hermanos espirituales, incluso ministros, maestros y ancianos, que se confabulan para introducir “doctrinas diversas y extrañas” (Hebreos 13:9) en la iglesia. Nadab y Abiú, hermanos carnales, hijos de Aarón, hermanos espirituales también, pues los dos eran sacerdotes que servían en el tabernáculo, tramaron entre sí ofrecer “fuego extraño” sobre el altar, cambiando las ordenanzas divinas (Levítico 10). Sus contrapartes en la iglesia de actualidad están activos en algunos lugares, dedicándose a implementar cambios en la adoración de la iglesia que anulen ordenanzas del Nuevo Testamento.

D. ¡Ah! Pero, ¡buenas noticias! También hay hermanos carnales que se preocupan el uno por el otro espiritualmente, ejerciendo muy bien el rol de “guarda de mi hermano”. Cuando Andrés, discípulo de Juan el Bautista, conoció a Jesucristo, él “halló primero a su hermano, Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías… Y le trajo a Jesús”(Juan 1:41-42). A estos dos hermanos, Andrés y Simón Pedro, Cristo los nombró “apóstoles”. También a otros dos hermanos carnales, Juan y Jacobo, hijos de Zebedeo (Marcos 3:17).

Hoy por hoy, habrá muchísimos casos parecidos. Un hermano, una hermana, que, encontrando y obedeciendo al evangelio verdadero, busca primero a sus hermanos carnales, gozosamente compartiendo con ellos la preciosa verdad aprendida. ¡Qué hermoso e inspirador! “Guarda” de las almas de sus hermanos. De sus seres queridos. Conozco a varios ejemplos en Puerto Rico. Quizás haya algunos presentes en esta magna asamblea.

E. Los hermanos carnales que se aman sinceramente, que se llevan bien, ¡cuánto se gozan al estar juntos! Saludándose efusivamente. Alegremente contando novedades o recordando vivencias de ayer. “Oye, hermanito. ¿Te acuerdas cuando aquel toro del vecino nos corrió un kilómetro, y para salvarnos saltamos la verja de la colindancia y caímos juntos al otro lado en un charco de lodo… y algo más?” La buena voluntad, la mutua confianza y el sano humor los hacen reírse mucho, y sus ojos brillan con afecto fraternal. Si surge algún malentendido, alguna desavenencia, pronto se perdonan y se reconcilian, abrazándose de nuevo.

Pues, asimismo sucede cuando se reúnen hermanos espirituales que se aman sinceramente, llevándose bien entre sí. Un gran banquete de sentimientos sanos, edificantes, inspiradores. Un compartir jubiloso. Confiados todos de mutua aceptación. Espiritualmente seguros, pues los protege del “maligno” los fuertísimos lazos múltiples del cuidado mutuo, de la mutua protección, ya que cada uno es “guarda espiritual de su hermano”. Guarda cuya intervención se haría sentir, con mucho respeto y tacto, solo al presentarse alguna amenaza real.

Hoy, en este Seminario, ¿estamos disfrutando de tal “banquete”? ¡Seguro que sí!

Muchísimas gracias por su amable atención.

Bendiciones a granel para todos y cada uno.

V. Invitación. Querido hermano predicador, maestro. Hermana maestra, esposa de ministro. Adolescente, adulto joven, que se inicia en las maravillosas obras del Reino inconmovible de Dios. ¿Acaso aún se anidan en su propio corazón residuos de la violencia de Caín? ¿De su mala voluntad hacia Dios? ¿De la envidia que tenía de Abel? ¿De indiferencia u odio hacia sus hermanos espirituales? De ser que sí, un humilde consejo: en vez de negarlo, encubrirlo o tornarse todavía más duro, arrepentirse, reconciliarse, hoy mismo, y comenzar a disfrutar plenamente las ricas bendiciones de llevarse bien para con sus hermanos en Cristo.

 

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