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Temas que brindan consuelo y esperanza para el alma angustiada

Pensamientos malos y tentaciones le abaten justamente cuando decide seguir el camino que Jesucristo traza. Pide ayuda.

Gráfica abstracta a todo color de la cabeza de un ser humano, con énfasis sobre el cerebro, hogar de la mente.

 

“Estimados hermanos, he leído las cartas de la Página Mente y Espíritu [Se trata de un archivo electrónico de intercambios en www.editoriallapaz.org/archivo_mente.htm] y me he sentido identificado con la carta del señor [que escribió] acerca de las tentaciones de pensamientos negativos. Los tengo a diario [desde] cuando decidí buscar a Jesús. Les pido, de verdad, ayuda. Hace poco decidí buscar a Cristo y han aparecido estas tentaciones. Aparte, leí su artículo de los falsos profetas. Estoy en una iglesia evangélica cristiana y he sentido lo mismo acerca de pedir dinero, constante positivismo de éxito, sin pensar que muchos buscamos consuelo en nuestra alma por los problemas de vivir en el mundo, etcétera, etcétera. Siempre he creído en Jesús, pero nunca me acerqué a seguir su camino. Ahora que lo hago me siento confundido y solo. Yo oro y leo la Biblia. Eso me reconforta, pero no me he bautizado y deseo hacerlo como Dios manda.”

Algunas orientaciones de nuestra parte

Querido varón que ha decidió seguir a Cristo, al leer este servidor su correo, mi corazón se acongoja por el embate de malos pensamientos y tentaciones que está sufriendo usted justamente en esta etapa de su vida cuando ha decidido acercarse a Dios en busca de la salvación de su alma. Pienso que esta experiencia, tan preocupante y angustiosa para usted, difícil de entender, contraria a sus deseos nobles, quizás no sea una anomalía rarísima que afecte a muy pocos, pues he sabido de otras personas que testifican haber confrontado más o menos lo mismo.

Enseguida, traigo a memoria el caso del propio Jesucristo. Él, teniendo treinta años de edad, va donde Juan el Bautista, y es bautizado por aquel profeta en el río Jordán. De pronto, se abren los cielos y el Espíritu de Dios desciende, como paloma, sobre él. También “hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” ¡Maravilla de maravillas! Pero, entonces, ¿qué sucede? De inmediato, “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo (Mateo 4:1). Habiendo ayunado cuarenta días en el desierto, se le acercó Satanás presentándole tres tentaciones durísimas. Resistiéndolas el Señor con toda su fuerza espiritual, incluso citando textos sagrados en su apoyo y contra Satanás, este le dejó por un tiempo. Entonces, “he aquí vinieron ángeles y le servían” (Mateo 4:1-11). Así que, al inicio de su ministerio Jesucristo fue sacudido, fue zarandeado, por pruebas y tentaciones. Usted, amado, se encuentra en la fase de empezar a seguir a Dios, sin haber tomado aún el paso decisivo de bautizarse “como Dios manda”, palabras sabias suyas. El enemigo de las almas, en particular, de la suya en el contexto de lo que usted relata, no quiere que proceda, que tome pasos definitivos que le desliguen de él, uniéndole de una vez al Salvador Jesucristo. Pone obstáculos psicológicos-espirituales: malos pensamientos que le aturdan; tentaciones que compitan con sus buenos deseos. Acosado, pues, fuertemente por fuerzas negativas de las tinieblas, ¿responderá como respondió Jesús de Nazaret, o cederá, dejándose vencer por lo maligno?

Jesucristo explica que “del corazón salen los malos pensamientos”, también “los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo 15:19). “…del corazón…” Del mío, del suyo, de todo ser humano capaz de discernir entre el bien y el mal. A menudo, los cristianos atribuimos directamente a Satanás los malos pensamientos y tentaciones, y muchos lo hacemos sin querer decir que él personalmente se meta en la mente, sembrándolos en contra de nuestra voluntad. Más bien, se los atribuimos por ser él el padre de toda mentira, de toda maldad, el que tuvo malos pensamientos contra Jehová Dios mucho antes de que siquiera fuera creada la raza humana, el que engañó a Eva con los malos pensamientos que le profirió soberbiamente. Nuestras expresiones de esta índole deberían entenderse retóricamente, y no literalmente.

Así pues, “del corazón salen los malos pensamientos”, ¡y también los buenos pensamientos! Pero, ni los malos ni los buenos no son nada sino pensamientos originados en el corazón, es decir, en la mente, a menos que el que los tiene los convierta en actos, en frutos. ¿De qué vale tener el buen pensamiento de arrepentirse y bautizarse bíblicamente si no se implementa? En tal caso, el buen pensamiento queda frustrado, troncado. ¿De qué valor sería el buen pensamiento de socorrer a una viuda necesitada si no se hace nada por ella? Buen pensamiento rendido nulo, que no se cuenta como buena obra. Asimismo, el mal pensamiento no llevado a fruición, sino reprendido, refrenado y puesto en jaque mate, ¡no se cuenta como pecado!

¡Ah! Pero, en ocasiones los pensamientos malos surgen en el corazón, se van y vuelven, a veces con frecuencia alarmante. Y asimismo, querida alma que se acerca a Dios, buenos pensamientos pueden originarse en la mente, irse y volver, repitiéndose el ciclo hasta que no se tomen acciones para implementarlos, o hasta que, rechazados constantemente, reaparezcan con menos frecuencia hasta el punto peligrosísimo de no volver a presentarse. Por ejemplo, el buen pensamiento de obedecer al evangelio. Algunos actúan prontamente al tenerlo, arrepintiéndose, confesando el nombre de Cristo y bautizándose “para perdón de los pecados” (Hechos 2:28). Otros lo tienen, pero desaprovechan habitualmente oportunidades para tomar los pasos, hasta que un mal día aquel buen pensamiento no vuelve a cruzar la mente. Otro tanto sucede en el caso del mal pensamiento. Surge en la mente, y si el que lo tiene le presta alguna atención, intenta, expresándonos retóricamente, hacer morada en el corazón, anidarse en la mente. Si el que lo tiene resiste, se retira, pero tal vez solo momentáneamente. Luego, en el instante menos esperado, ¡anda!, de nuevo se incorpora tal cual fantasma diabólico. Y si su anfitrión se asusta, preguntándole, temblando: “¿Por qué volviste?”, amigo, ¡ahí mismo pueda que se inicie un ciclo malicioso de repetidas visitas, creciendo el mal pensamiento, a la manera de un cáncer, insidiosamente ocupando cada vez más porciones de la mente! Más sin embargo, si el anfitrión lo repudia con fuerza cuantas veces retorne, llega el día cuando ya no se presenta. Puede que más adelante, meses o años después, reaparezca, pues esto es común tanto en el caso de los buenos pensamientos como en él de los malos. En cuanto a aquellos, se abre una nueva oportunidad para implementarlos, cosechando buenos frutos. Tratándose de los malos, sencillamente se repite el proceso de callarlos.

Desde obtener el ser humano el conocimiento del bien y del mal, el que tiene discernimiento su corazón (mente) confronta dos opciones a diario en sus relaciones interpersonales y las ejecutorias a su alcance, a saber: (1) Si piensa hacer lo bueno, lo correcto (buen pensamiento), la opción de hacer lo malo (mal pensamiento) usualmente, aunque no siempre, se asomará, bien que sea efímeramente, en su mente. (2) Si piensa hacer lo malo (mal pensamiento), la opción de hacer lo bueno (buen pensamiento), comúnmente, aunque no siempre, cruzará, bien que sea tan vertiginosamente como para no dejar huella, por su mente. Esto es natural en nosotros porque, habiendo adquirido el conocimiento del bien y del mal, ¡tenemos que escoger! Y no una vez sino a través de toda la vida. Amada alma que desea andar con Dios, ¡convertirse a Cristo no pone coto al proceso! Así, pues, decidir definitivamente por el bien y obedecer a Cristo, ¡no le exime de tener que seguir escogiendo entre el bien y el mal! Y esto significa que seguirá teniendo tanto malos pensamiento como buenos,  pues de otro modo, ¿cómo ejercer la selección entre el bien y el mal?  

-Ahora bien, al tener el cristiano malos pensamientos, naturalmente, esto le aflige en su mente y espíritu, pero si entiende cabalmente lo que está pasando, como también el propósito, no se desorientará, ni dará “lugar al diablo” (Efesios 4:27). En Romanos 7:15-25, el apóstol Pablo escribe con pasión y dolor sobre lo que siente el cristiano abatido por malos pensamientos y tentaciones. Se recomienda escrutar todos los versículos. Aquí, citamos solo los versículos del 21 al 25. “Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. 22 Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; 23 pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. 24 !Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? 25 Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.” Enfatizamos: “…queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. ¿Buenos pensamientos y malos pensamientos en Pablo? Precisamente, confirmando lo que dijimos arriba sobre “las dos opciones”. La expresión “el mal está en mí” no significa, de modo alguno, que el apóstol estuviera entregado al pecado. Más bien, el sentido es que combatía malos pensamientos. Fíjese, querido: ¡ni siquiera el apóstol Pablo estaba exento al embate de malos pensamientos y tentaciones! Pero, tome nota de su respuesta triunfante al grito “¡Miserable de mi! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” La respuesta contundente es: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”. Esta respuesta ha de ser también la nuestra. ¿Qué le parece?

Todavía más orientaciones y consejos

Amado, permítame animarle a ponerse duro frente a Satanás. A reprender fuertemente en su mente y espíritu esos pensamientos negativos y esas tentaciones, cualesquiera que sean. Una y otra vez. Una y otra vez. Con mucha oración. Día tras día, hasta que menguen en frecuencia e intensidad, debilitándose y aun desapareciendo. Este consejo es netamente bíblico, fundamentándose en Santiago 4:7. “…resistid al diablo, y huirá de vosotros”. Tal vez no enseguida, pero tarde o temprano huirá. ¿Cómo resistirlo? Pues, como Jesucristo lo hizo, a saber: mental y espiritualmente, aprendiendo y citando textos apropiados y poderosos de las Sagradas Escrituras que lo hacen callar. El alma que se acobarde o se ablande ante las asechanzas del diablo será presa fácil para él. De ahí que el apóstol Pablo apunta: “…no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7).

Teniendo a bien abundar un poco más sobre dos o tres puntos ya tocados, quisiéramos observar que cuando el pensamiento malo surge en el corazón e invade la mente, la persona sensible a lo bueno, sano y correcto tiende a alarmarse, pensando: “¿Por qué semejante pensamiento se ha formado en mi mente? No lo apruebo. No quiero tenerlo. Va en contra de mis principios y deseos.” Tal vez no hallando ninguna explicación lógica, bien puede comenzar a obsesionarse con el pensamiento, siendo el resultado totalmente contrario a lo deseado: aquel pensamiento odioso reaparece con cada vez más frecuencia, inflamando y atormentando a la mente y el espíritu. ¿Qué hacer? ¡Romper el ciclo! ¿Cómo? Dejar de pensar en su propio ser, de observar constantemente desde adentro el funcionamiento de su mente, las cadenas de pensamientos que se forman, asociaciones que hace la mente. Levantar la cabeza, abrir los ojos y mirar hacia afuera, concentrándose en otros seres humanos, y no en sí mismo. Interesarse en las necesidades materiales, emotivas y espirituales de las personas en derredor suyo. No encerrarse en el cuarto de su propia mente, cerrando puertas y ventanas, sino salir, entregándose al servicio de sus semejantes. Activarse, ocupándose en lo bueno. Olvidándose de sí mismo y poniéndose a la disposición de Dios para hacer su voluntad, la cual incluye dedicarse a buscar el bien de familia, vecinos e iglesia, ocurre a menudo algo fenomenal: los pensamientos malos, al no ser atendidos, se van, y las tentaciones, al no ser correspondidas, se marchitan, secándose y muriendo. De manera que el egoísmo, es decir, el vivir mayormente para sí, alimenta pensamientos malos y calienta tentaciones, mientras el “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”suplanta tanto aquellos como estas con pensamientos buenos y pasiones sanas.

Para “el día malo” de pensamientos malos y tentaciones, si se quiere vencer, preciso es que se cuente con “toda la armadura de Dios”. De esto mismo escribe el apóstol Pablo en Efesios 6:10-20. Y estaba en la cárcel en Roma cuando lo escribió. ¿Cuántas piezas de esta armadura espiritual posee usted? ¿De cuántas se reviste? Hacerse de todas y saber andar con ellas en medio de este mundo corrupto toma tiempo. Particularmente, usar “la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios”, con gran destreza, como la usó Jesucristo en su combate contra Satanás, y los apóstoles en sus grandes luchas, requiere conocimiento amplio del arma, saber cómo y cuándo utilizarla y práctica en el uso de ella. Así pues, respetado varón que ama a Dios y anhela salvación, no se desespere. La armadura divina para su alma está disponible y a su alcance. También las armas de la milicia moral-espiritual. Hágalas suyo. Entonces, portarse “varonilmente” y esforzarse (1 Corintios 16:13), no dudando triunfar, ganando terreno poco a poco, o tal vez en ocasiones a pasos agigantados, hasta ser coronado de gloria eterna al final de la batalla, pues seguir a Cristo es ser soldado de él. “Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo” (2 Timoteo 2:3). Pero, bien, para siquiera llegar a ser soldado necesario es que se enliste, y esto se hace no solo creyendo en Jesús y teniendo el buen deseo de servirle, sino también dando la espalda al mundo, arrepintiéndose de todo pecado, confesando delante de los hombres el Nombre del Señor y bautizándose, por inmersión, “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:18-20), “para perdón de los pecados” (Hechos 2:38; 22:16; Marcos 16:15-16).

Los pasos que acabamos de mencionar se encuentran en muchos pasajes del Nuevo Testamento, pero usted no los escuchará predicados exactamente así en iglesias pentecostales o evangélicas. A esta realidad se debe la próxima sugerencia, hecha con humildad: qué se ponga usted en contacto con una iglesia de Cristo cercana, y que pida ser bautizado bíblicamente. Uniéndose sincera y confiadamente a cristianos que sirven a Dios conforme al Nuevo Testamento, ellos le brindarán, se supone, mucho apoyo moral y espiritual para la lucha que sostiene, y todos juntos como un ejército espiritual bien organizado y disciplinado saldrán airosos en la lucha del bien contra el mal.

Entre los sermones –más de ochenta y cinco en nuestra Web- se encuentran algunos que brindan consuelo y consejos para el espíritu atribulado. www.editoriallapaz.org/sermones_compilacion.htm

En www.editoriallapaz.org/material_positivo.htm se desglosan más de cuarenta temas en nuestra Web que hacen otro tanto.

  

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