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“¿Duda usted de Dios, la Biblia, la iglesia y sus ministros?
¿No ora ni se congrega?

 

     Si responde en lo afirmativo a estas preguntas y sucede que Dios no existe, en tal caso no tiene usted por qué preocuparse. Pero, si Dios existe, ¡qué dilema más grande y serio será el suyo cuando se encuentre usted cara a cara con él!

     ¿Me concede la oportunidad de hacer unas pocas preguntas y responder concisamente a las mismas?

¿Por qué creer en Dios?

     Algunas razones basadas en el universo material que nos rodea.

-Cielos inmensos llenos de incontables galaxias girando en el espacio. Billones de estrellas, incluso el gran Sol de nuestra hermosa Vía Galáctica. Nuestro bello hogar, el planeta Tierra, tendido sobre la nada. Y en la tierra,  gran variedad y abundancia de hierbas, granos, legumbres, flores, plantas ornamentales, árboles frutales, árboles cuya madera se presta para múltiples usos prácticos, vida animal y vida marina. Agua dulce y agua salada por enormes cantidades. Igualmente, gran variedad y abundancia de minerales y tierras de distintas clases –llanuras, prados, valles, montañas, desiertos, tundra. Brisas y vientos que refrescan. La invisible, mas siempre presente atmósfera que envuelve a nuestro mundo en un manto protector, supliendo además el oxígeno tan vital para la vida.

-Los mundos minúsculos de los átomos, con sus neutrones, protones, electrones, quarks, etcétera, ¡en movimiento! De las variadas células animales, cada una con su membrana, citoplasma, cromatina, mitocondria, núcleo, membrana nuclear, ribosoma, etcétera, etcétera. ¡Tantos componentes interrelacionados, interactivos! ¡Tanta energía! ¡Tanta vida!

-La organización de todo esto que hace posible su útil clasificación por tipo, especie, familia, etcétera. Las leyes físicas y demás provisiones para el continuo mantenimiento de todos estos sistemas complicados e interdependientes.

-Y sobre todo, ¡usted mismo! Su maravilloso cuerpo físico, con sus ocho muy sofisticados sistemas interactivos. Cuerpo capaz de tantos movimientos y acciones. Su fantástico cerebro más poderoso que muchos miles de computadoras. Su capacidad para aprender, almacenar en memoria y recordar. Sus atributos de inteligente raciocinio, voluntad, libre albedrío, conciencia, personalidad, carácter y sentido innato de lo correcto. Su habilidad de concebir y crear, de apreciar belleza, armonía, grandeza y excelencia tanto en la naturaleza como en las artes y aun en las obras utilitarias del diario vivir.

-Y esto es solo un vistazo general. La descripción meticulosa y completa de todo lo existente ocuparía gran cantidad de tomos gruesos.

     ¿Ha contemplado usted todo esto detenida, objetiva y sobriamente? ¿Cómo ser racional? ¿Libre de prejuicios? ¿Sin ninguna agenda egoísta sino con el puro deseo de entender?

     ¿Qué todo lo que vemos y somos exista por mera casualidad? ¿Qué sea el producto de una supuesta evolución larguísima ocurrida a través de billones de años? Pese a la frecuente presentación de esta explicación como un hecho incuestionable, ella sigue siendo teoría, y esto lo sabe y admite gran número de científicos intelectualmente honestos. Pero, no pocas personas adversas a la idea de someterse a cualquier autoridad se escudan tras la cortina de dudas nebulosas que crea la teoría de evolución en sus mentes, haciéndolo con la intención de justificar su escepticismo o incredulidad, y así de esta manera librarse del “dios” que sea.  Dudas no bien definidas. Dudas débiles, aun ficticias. Dudas expresadas a menudo sin convicción alguna, como pretexto para no creer. Dudas que no tratan de resolver.

-Está en tela de juicio la honestidad de personas que apelan a “dudas” de estas categorías. Estimado lector, ojala no integre usted este grupo, pues se trata de quienes se escudan irresponsablemente tras “dudas” que son meras excusas baratas usadas para encubrir la vagancia mental, la fría indiferencia, la amoralidad o el puro  libertinaje moral. Que de tener usted dudas series, procure resolverlas. El escepticismo es un limbo intelectual y espiritual. O creyente de convicción o ateo de convicción, pero “escéptico” solo por el tiempo absolutamente necesario para llegar a una convicción concreta, no cerrando la mente a nuevas evidencias, nuevos estudios, nuevos conocimientos. Esta es mi posición personal. ¿Le parece razonable?

¿Por qué confiar en la Biblia y leerla?

     Quisiera llamar su atención a tan solo tres razones elementales.

     1.  Porque presenta una explicación razonable y consecuente del origen del universo, de la raza humana, del bien y del mal, de la naturaleza humana, como también de nuestra inconstante, insegura, impredecible, contradictoria condición actual –bendiciones, maldiciones; abundancia, escasez; paz, conflictos; salud,  enfermedades; vida, muerte- y además del desenlace final para el mundo y la humanidad.

     2.  Porque ofrece una solución positiva y permanente al conflicto entre el bien y el mal, tanto en lo personal, siendo la solución la salvación eterna del alma, como en el plano universal, siendo la solución el triunfo absoluto y terminante de Dios sobre el mal.

     3.  Porque sus muchas profecías detalladas sobre reinos, reyes, el Mesías, la iglesia, la apostasía religiosa, el Anticristo, etcétera, se cumplen al pie de la letra.

“No creo en un Dios airado y vengativo.”

     “No leo la Biblia ni voy a iglesia alguna porque me hablan de un infierno y de un Dios que es relámpago, trueno y fuego consumidor, airoso y vengativo.” Razonemos un poco, ¿quiere? Acerca de este asunto de los atributos de Dios, ¿qué tan amplia y correcta es su información al respecto? ¿Ha leído usted toda la Biblia, particularmente el Nuevo Testamento, el pacto que está en vigor en la actualidad? ¿Conoce usted todos los atributos de Dios, tanto los que agradan como los que espantan? En cuanto a su “ira y enojo”, ¿cómo puede usted entender el por qué de ellos si carece de una percepción correcta de los derechos que reclama él sobre todo lo que él mismo ha creado, y de la justicia que requiere en el caso de los seres que violan sus derechos, rechazando su autoridad? ¿Y cómo puede usted conocer la mente de Dios si no lee o escucha su mensaje? ¿Acaso juzga y repudia ANTES de realizar estudios exhaustivos e imparciales? Sin duda alguna, no pocos hombres y mujeres hacen esto mismo, impulsados por el deseo de gobernar sus vidas sin que nadie intervenga, incluso Dios. A estos les agrada tanto su actual estilo de vida llena de placeres sensuales que no contemplan cambiar en nada su mentalidad, carácter, personalidad o conducta. Sus propensiones y pasiones egoístas son la verdadera razón de sus quejas o críticas contra un “Dios airoso y vengativo”.

     Ojala pudiera usted subir al cielo para mirar desde allá al mundo como su Creador lo ve. Tal vez empezara a comprender por qué Dios habla al hombre no solo de su amor por todos los seres humanos, aun por los que son sus enemigos declarados, sino también de la ira que siente por el daño a su creación a causa de la maldad que practica la mayoría de la humanidad. Lo siguiente es más o menos lo que Dios ve al contemplar desde su alto trono la creación hecha por él, no siendo esta descripción meras proyecciones nuestras sino el resumen de lo que el mismo Dios señala en la Biblia.

     1.  Que la abrumadora mayoría de los seres humanos no vive en armonía con el plan que el Creador trazó para su creación, bien sea la material o la espiritual. Él planificó una creación organizada, pura, limpia y bella, en la que los seres humanos hicieran el papel de cuidarla y conservarla sin introducir fuerzas negativas o dañinas. Pero, inconforme el hombre con su rol asignado, decidió oponerse al plan Dios. Desde aquel momento hasta el presente, la raza humana no sola mancha el planeta Tierra con su inmoralidad, vicios y crímenes sino que también hace daño continuo, particularmente desde el inicio de la Edad Industrial en adelante, a la tierra misma con sus recursos naturales. Estas determinaciones y acciones de nuestra raza es lo que ha provocado la ira de Dios, llevándolo a decidir “destruir a los que destruyen la tierra”, como enseña Apocalipsis 11:18. ¿No lo ve usted con claridad?

     2.  Que los hombres, tanto jóvenes como adultos, están sembrando el CAOS en todo el mundo. El caos moral, espiritual, social y aun material. El caos es padre de la desintegración, y esta desintegración del orden establecido por Dios es madre de todo mal. Dios se revela como todo lo contrario del caos. “Dios no es Dios de confusión”, sino de orden (1 Corintios 14:33). Por eso, se enciende su ira contra todo aquel que causa desorden, confusión, caos, en el mundo material al igual que en la iglesia que su Hijo estableció en el mundo.

     ¿Aún duda usted de Dios porque no entiende su ira o fuerte justicia? Con el ánimo de lograr perspectivas que contribuyan al mayor entendimiento, permítame preguntarle: ¿Tiene en su haber alguna posesión de mucho valor, ya sea material o sentimental? De alguien arrebatársela, dañarla o destruirla, mofándose de usted y sus derechos personales, ¿cómo reaccionaría usted? Tal vez con no poca ira, aun fiera indignación y fuertes deseos de vengarse, de castigar severamente al culpable. Clamaría usted por justicia, pienso, por restauración, y por castigo de no efectuarse la restauración. Pues bien, en escala inmensamente mayor, algo parecido Dios lo ha sufrido. Él tiene en su haber todo el universo creado por él, incluso la tierra con sus habitantes, y tiene potestad sobre todo en virtud de ser el Diseñador y quien lo hizo realidad. Pero, multitudes de seres humanos se burlan de su autoridad, pisotean su voluntad y se adueñan de su preciada posesión para fines egoístas y dañinos. ¿Y usted lo considera extraño, injusto o malo que Dios esté lleno de ira, que él reclame justicia o que amanazca echar al infierno a los impenitentes destructores de sus valiosísimas posesiones, a los incorregibles violadores de sus derechos y autoridad?

-Pero, fíjese en un hecho sublime que tal vez no haya podido usted apreciar o enfocar debidamente hasta ahora: a pesar de las terribles injusticias que Dios ha sufrido y soportado a través de milenios, él sigue amando aun a sus enemigos más acérrimos, ofreciéndoles perdón y reconciliación por medio de su Hijo Jesucristo y el evangelio de su Nuevo Testamento. ¿Acaso piensa usted seguir rechazando tan magnánima oferta? Más sabio sería reflexionar inteligentemente sobre la relación de Dios a su creación hasta entender a cabalidad su amor, al igual que su ira, decidiendo aliarse con él. Usted no tiene que conocer jamás la ira de Dios o sufrir el justo castigo pautado solo para los rebeldes intransigentes. La alternativa es conocer solo las dichas y bendiciones eternas de su profundo amor, pues, en esencia, “Dios es amor” (1 Juan 4:8), no deseando ser “fuego consumidor” para nadie.

“Iglesias mundanas; ministros corruptos”

     “No frecuento a ninguna iglesia. Hay mucha gente hipócrita en las iglesias, incluso pastores, predicadores y sacerdotes. Mi religión es no hacer mal a nadie.” Pues bien, ninguna iglesia es perfecta. Tampoco ningún líder espiritual. Y tan cierto es, como lamentable, que no pocos cristianos viven hipócritamente. Pero, estas circunstancias no nos exoneran del deber de buscar a la verdadera iglesia establecida por Cristo hasta encontrarla, haciéndonos miembros fieles. La búsqueda imparcial y completa lleva, se supone, a la iglesia de Cristo, iglesia sujeta en organización, culto y misión al Nuevo Testamento y no al Antiguo Testamento, el cual fue clavado en su totalidad en la cruz de Cristo (2 Corintios 3:6-17). A la iglesia comprada por Cristo a precio de sangre, y no a iglesias fundadas sobre tradiciones, iglesias protestantes o iglesias pentecostales.

-¿Es intelectualmente honesto justificar el no creer, citando como razón a iglesias o líderes religiosos que no den buen ejemplo? “Maldito el varón que confía en el hombre”, dijo un sabio del pasado (Jeremías 17:5). Así que, no mire usted al hombre. ¡Mire a Cristo, el Salvador del mundo! No mire a las iglesias que mercadean con lo sagrado, arrastran tradiciones vanas, promocionan espectáculos mundanos, descuidan a los pobres y enfermos, se enriquecen a expensas de ingenuos. ¡Mire a la iglesia ideal tal cual presentada en el Nuevo Testamento! Usted puede conocer a esta iglesia y su Salvador Jesucristo leyendo los libros y cartas escritos por los apóstoles inspirados del Señor. Leerlos todos no toma días completos o semanas sino unas horas. Más o menos el tiempo que se necesita para leer un libro de trescientas páginas.

¿Por qué hacer caso a Dios?

     1.  Porque él existe, creó a usted, dándole de su espíritu, le asignó un rol en su creación, con ciertos deberes correspondientes, le hace responsable por sus hechos y le llamará a cuentas. Usted es parte de la creación y no su dueño. Cualquier ser humano que pretenda ser señor y dueño total de sí mismo o de los recursos de la tierra se subleva, efectivamente, contra el verdadero Dueño, acto osado que él no está dispuesto a pasar por alto conforme a su voluntad revelada en la Biblia.

     2.  Porque usted mismo es “linaje de Dios”, siendo ser espiritual, es decir, alma viviente, y seguirá existiendo después de la muerte de su cuerpo carnal, destinado a comparecerse, le guste o no, quererlo o no, ante el estrado del juicio programado para todo ser humano (Hechos 17:30-31; Hebreos 9:27; Romanos 14:10). En cuanto a su propio origen y naturaleza, aun los poetas paganos de Grecia decían: “Linaje suyo somos”, es decir, somos linaje de Dios. Esta información se registra en el libro de Hechos de Apóstoles 17:28-29. ¿Será usted menos sabio, despreciando su origen divino y haciéndose pasar por “linaje de chimpancés o simios”?

     3.  Porque Dios “puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”, esto conforme al testimonio de Jesucristo en Mateo 10:28.

     Disipadas, pues, las dudas, se abre paso a la fe. La fe genuina e inteligente produce el arrepentimiento, seguido por la inmersión en agua para el perdón de pecados. Estas verdades las encuentra usted en textos bíblicos tales como Marcos 16:15-16; Hechos 2:37-47; 8:26-40 y 16:11-40. Tomando usted estos pasos, Dios borrará toda la culpa que usted ha acumulado por actitudes y hechos pasados en contra de su voluntad, añadiéndole a su iglesia. Luego, perseverando en bien hacer y buena conducta hasta el fin de sus días le “será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”, promesa hallada en 2 Pedro 1:10-11.

     Nuestro deseo sincero es apoyarle en lo que nos sea posible para ayudarle a vencer las debilitantes dudas desorientadoras y peligrosas, llegando usted a pararse sobre terreno firme y seguro. Las dudas atormentan. En cambio, la convicción trae paz, esperanza y gozo.