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Tres regalos para tiempos duros

 

Esta fotografía de un varón con una expresión de dolor severo y manos que hacen presión contra las sienes ilustra el tema Tres regalos para días duros, en editoriallapaz.

Extractos del artículo escrito por…

William J. Stuntz

Profesor de Derechos, Harvard Law School

 


William J. Stuntz

Nombrado el Profesor de Derechos Henry J. Friendly en el 2006, el Sr. Stuntz fue otorgado,
en 2004, el Premio Sacks-Freund por excelencia en pedagogía.
www.law.harvard.edu

Publicado en Christianity Today, Edición de Agosto 9, 2009
Páginas 44 – 47. www.ChristianityToday.com
 

“Frecuentemente, sucede que los sobrevivientes de alguna plaga o batalla terrible se afligen de culpabilidad. ¿Por qué sobreviví yo mientras murieran tantos? Pese a no tener el que escribe cicatrices de batalla, acostumbraba experimentar semejante sentido de culpa. Me casé con la única mujer que jamás había amado. Tenemos tres hijos maravillosos. Tengo un empleo seguro que me agrada y me remunera bien. A veces preguntaba a Dios: ¿Por qué has sido tan bondadoso conmigo? ¿Por qué tengo una vida tan llevadera?

Ya no hago estas preguntas.

Hace poco más de nueve años, durante el regreso a casa después de unas vacaciones familiares, se vació una llanta del automóvil. Al comenzar a cambiarla, algo feo ocurrió en la parte inferior de mi espalda. Desde aquel entonces, me han dolido mi espalda inferior y la parte superior de mi pierna derecha. Después de dos operaciones, docenas de inyecciones, terapia física, psicoterapia y miles de pastillas, mi espalda y pierna derecha me duelen en todo momento que esté despierto, y me duelen mucho durante la mayoría de esos momentos. Vivir con dolor crónico es como tener un reloj despertador atado al oído, con el volumen subido –y que no puede ser bajado. No se le puede sacar el cuerpo: el dolor va dondequiera que vaya uno y permanece donde uno permanezca. El dolor crónico es el huésped importuno que rehúsa marcharse una vez terminada la fiesta.

Unos pocos meses después de que mi espalda se lesionara, mi familia y yo nos mudamos al aceptar yo un empleo con la Harvard Law School [Escuela de Derechos de la Universidad de Harvard]. Nuestra familia comenzó a deshilvanarse. Uno de nuestros hijos sufrió una enfermedad tan grande que peligraba su vida, y mi matrimonio se desintegró.

Andando el tiempo, aquellas crisis desaparecieron, pero no sin dejar cicatrices profundas. Temprano en el año pasado, en febrero del 2008, me golpeó otra mala noticia: los doctores encontraron un tumor grande en el colon. Un mes más tarde, radiografías descubrieron tumores en ambos pulmones. Durante el año pasado, he sido sometido a dos cirugías por cáncer y seis meses de quimioterapia intensiva. Pese a la descontinuación, hace unos pocos meses, de la quimioterapia, aún siento nausea a menudo y estoy exhausto casi siempre. Si bien el cáncer mata, no es menos cierto que el tratamiento arranca un mordisco grande de la vida que se tenía antes de la enfermedad, como si uno estuviera muriendo por etapas. Deteniéndose el tratamiento, retorna una parte de la vida robada. Pero, solo una parte.

Hoy por hoy, mi espalda, y especialmente mi pierna derecha, me duelen tanto como antes, y las probabilidades abrumadoras son que sigan doliéndome por el resto de esta vida. Con toda probabilidad, el cáncer me matare durante los próximos dos años. Tengo cincuenta años de edad.

Cuentos como este son el pan de cada día; sin embargo, son comúnmente malentendidos. Dos malos entendidos merecen ser mencionados aquí. Primero, la enfermedad no engendra virtud. El cáncer y el dolor crónico me enferman; no me hacen bueno. Soy quien era, solamente con la diferencia de estar más enfermo. Segundo, a pesar de merecer toda cosa mala que haya pasado, aquellas cosas no acontecieron porque las mereciera. Más arbitraria que eso es la vida en un mundo bajo maldición. Mucha gente merece más que yo una vida mejor, más sin embargo le toca una mucho peor. Algunos merecen lo peor, mas reciben mucho mejor. Suscita algo importante: no tiene sentido la pregunta que solemos hacernos cuando nos golpea la adversidad -¿Por qué a mí? Esta pregunta presupone que el dolor, la enfermedad y la muerte sean repartidos conforme a mérito moral. No lo son. Habitamos un mundo donde niños inocentes mueren de hambre mientras prosperan monstruos inmorales. Bien que veamos justicia en la vida venidera, en esta vida vemos muy poca.

Gracias sean dadas, Dios otorga a los que viven en medio de adversidades mejores y sorprendentes regalos. Son especialmente dulces tres regalos.

MALDICIONES REDIMIDAS

Primero, usualmente Dios no remueve las maldiciones de la vida. Más bien, las redime.

El cuento de José realza este punto. José fue víctima de dos injusticias horribles: una, a manos de sus hermanos, quienes lo vendieron en esclavitud; la otra, gracias a la esposa de Potifer, quien lo acusó falsamente de ultraje. Dios no removió esas injusticias, permaneciendo ellas reales y funestas. En lugar de ello, Dios se aprovechó de esos males para prevenir uno mucho peor, a saber, hambruna masiva. Encontrándose más tarde José con sus hermanos, dijo lo siguiente acerca de la transacción, la que había puesto en marcha el tren de eventos: ‘Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo’ (Génesis 50:20). Esto no quiere decir que sean buenos la esclavitud o el encarcelamiento injusto; más bien, el punto es que resultaron en el bien, y el bien que produjeron sobrepasó la maldad a la que fue sometido José. La maldad fue torcida sobre sí misma, como el cañón de una escopeta redoblada de manera tal que apunta hacia el asesino que la sostiene con intenciones de matar.

La historia de José prefigura el tema central de los evangelios. El día peor de la historia humana fue el día de la crucifixión de Cristo, en el cual el peor castigo posible fue aplicado a Él que, en toda la historia, menos lo mereciera. Transcurridos dos amaneceres más, y amaneció el Hijo –el mejor día de la historia humana, el día cuando Dios volvió la muerte contra sí misma –y porque lo hizo, cada uno de nosotros tiene la oportunidad de participar en la derrota de la muerte.

Tal es la marca registrada de nuestro Dios. Abatido, para luego ser levantado; vida, de muerte; hermosura, de fealdad: este patrón se halla dondequiera.

Este patrón familiar es también el gran regalo para los que sufren enfermedad y pérdida –puede que la pérdida continúe, pero de ella vendrá bien, y el bien será mayor que el sufrimiento por él redimido. No es vació el dolor; no sufrimos en vano. Al asestar la vida golpes duros, lo que hagamos tiene valor. Dios lo ve. 

Una cabeza a la que le falta piezas como de rompecabezas, escaleras de un piso de cuadras que llegan hasta la cabeza, una esfera al lado de la cabeza con imágenes tenebrosas malévolas y un trasfondo del espacio sideral con distorsiones confusas integran esta gráfica que ilustra el tema Tres regalos para días duros, en editoriallapaz.

UN CAMBIO EN EL CARÁCTER DEL SUFRIMIENTO

A menudo, se pasa por alto el segundo regalo por vivir él en la sombra de la salvación. Por asombroso que sea el mayor de sus regalos, Dios el Hijo hace más que salvar a pecadores. La vida y la muerte de Jesús también cambian el carácter del sufrimiento, dotándolo de dignidad y gravitas [Es decir, de “gravedad”, o sea, importancia o grandeza], aun, a veces, una medida de hermosura. El cáncer y el dolor crónico no dejan de ser cosas feas, pero la empresa de vivir con ellos no es una cosa fea. El Hijo de Dios así lo decretó al entregarse a sí mismo a tortura y muerte.

Dos hechos sostienen esta conclusión. Primero, Jesús es hermoso, al igual que bueno. Segundo, el sufrimiento es feo, al igual que doloroso. Converse usted con los que tienen condiciones médicas como las mías y escuchará el siguiente refrán: aun las manifestaciones mejor enmascaradas de dolor y enfermedad se revisten de una realidad casi táctil, como si uno pudiera tocarlas o saborearlas. Y estas condiciones son ofensivas, como rasguear las uñas en una pizarra o como la peste de un zorrillo arrinconado. Hay días cuando me siento como si estuviera ataviado de ropas empapadas de basura.

Algunos días –pero no la mayoría de los días, gracias a la manera de la vida y la muerte de Jesús. … El Hijo de Dios… no hizo hermoso el dolor mismo. Pero, su sufrimiento hizo más grande y mejor la empresa de vivir con el dolor y la enfermedad. De la manera que sus años como carpintero en el taller de José revisten de dignidad y valor todo trabajo honesto, asimismo el dolor que él soportó reviste de dignidad y valor todo día de dolor que pasen los seres humanos.

The Shawshank Redemption [obra cinematográfica de largo metraje La redención Shawshank] cuenta acerca de un prisionero condenado por un homicidio que no cometió. Aquel prisionero se fuga [introduciéndose] en una cloaca y arrastrándose hasta pasar por debajo de las paredes de la prisión al otro lado. El narrador describe esta maniobra de la siguiente manera: ‘Se arrastró a través de un río de excreta y salió limpio por el otro lado’. Dios el Hijo hizo otro tanto, y lo hizo por gente como yo –a fin de que yo, y muchos más como yo, pudiéramos salir limpios por el otro lado. Esta verdad no solo cambia mi vida después de mi fallecimiento. Cambia mi vida aquí, ahora mismo.

EL DIOS QUE RECUERDA

El tercer regalo es el más sobresaliente. Nuestro Dios no se olvida de sus hijos más olvidadizos. Pero, su memoria no es como la cosa seca, sin vida, que sentimos al pensar en uno que otro amigo. Es más como la pasión que uno siente al ver a una persona muy amada. Al estar muriendo uno de los dos condenados crucificados juntamente con él, dice lo siguiente: ‘Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino’ (Lucas 23:42). Jesús respondió, diciéndole que estaría con él en el paraíso aquel mismo día. Al usar nosotros el vocablo ‘recordar’, aquel relato suena como si el ladrón en la cruz y el Hijo de Dios estuvieran abordando asuntos pertenecientes a un futuro más allá de los dos.

El relato nos impacta porque para nosotros recordación significa meramente ‘rememorar’ –rememoro cuando conecto el nombre de una estudiante con su cara, o cuando logro traer a memoria algún hecho o la imagen de algún evento pasado. Rememorar de tal forma resulta ser una ejecución estéril, carente tanto de acción como de compromiso.

En la Biblia, rememoración usualmente encierra dos significados: primero, estrechar cerca del corazón a la persona recordada, y segundo, tomar acción conforme a lo recordado. Al Dios decir repetidamente al pueblo de Israel que se acordara de que lo sacó de Egipto, estaba diciendo mucho más que ‘recordar correctamente su historia’. Una paráfrasis más acertada leería como sigue: ‘Acuerde que le amaba apasionadamente. Recuerde que he actuado conforme a ese recuerdo. Retenga rectamente esta memoria, actuando también ustedes de acuerdo a ella’.

Job entendía este concepto. Abordando lo que pasaría después de su propia muerte, Job, hablando con Dios, enuncia las siguientes palabras: ‘Entonces llamarás, y yo te responderé; tendrás afecto a la hechura de tus manos. Pero ahora me cuentas los pasos, y no das tregua a mi pecado…” (Job 14:15-16). Tome nota de cómo se fusionan memoria y anhelo. Job ansia ser librado de sus muchos dolores, los que ocupan su mente tal cual un mar de recuerdos indeseados. Dios anhela una relación [de comunión] con Job, y Job lo sabe. De ahí, su convicción según la que el Señor del universo recuerda todos y cada uno de sus pasos. … Para Job, las maldiciones enviadas sobre él por Satanás son una enorme montaña imposible de ser escalada, un ejército enemigo que no puede ser derrotado. En la sombra del amor de Dios, estas maldiciones son tan pusilánimes como impotentes.”

Escribe William J. Stuntz.

Traducción del inglés por Homero Shappley de Álamo.

 


 

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