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Sermones en esta Web -veintenas

“La cruz no será más pesada
que la gracia que él nos da.”
 

Una cruz acostada sobre un abismo, cruzando por ella pocas personas

Por Rafael López Abreu  

     Todos, en nuestro viaje en esta vida, tenemos que cargar con la cruz asignada. Ello es una prueba para demostrar si verdaderamente seguimos al Señor con ella, o enojarnos con Dios por lo que nos acontece a menudo, relacionado con la cruz que llevamos a cuestas.

     La cruz puede ser de diferentes tamaños, refiriéndome a que puede ser cualquier caso para cada individuo en particular. La cruz la definen algunos como vicisitudes, aflicciones, enfermedades, asuntos económicos, problemas familiares y matrimoniales, de noviazgo, etcétera, etcétera. Pero a los que cargan tales cruces, nosotros los cristianos los aconsejamos llegar al Gólgota y allí observar la cruz de Cristo, espiritualmente hablando. Allí podrá escuchar su voz diciéndole: “Venid a mi los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Él podía ayudarle a llevar la cruz, no importando de cuál índole sea, aunque ello indique que se prosiga el camino con la cruz a cuestas, pues “la cruz no será más pesada que la gracia que él nos da”.

     Jesucristo, en cierta ocasión, pronunció estas palabras: “Y decía a todos: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23). He ahí la solución al asunto, estimados lectores, negarse a sí mismo y seguir a Cristo. Nótese que la cruz hay que cargarla cada día, la diferencia estando en que al seguir a Cristo, su gracia nos permite poder llevar la cruz, y aunque trabajados y cargados, esta cruz, con él, se hará más liviana.

     Algunos no quieren aceptarlo y tratan por sus propios medios de deshacerse de su cruz. La exhortación de Jesucristo de tomar la cruz, no nos lleva a otra cosa que no sea la salvación, y hacernos el trayecto más ligero.

El hombre que cortaba cantos de su cruz

     Hubo un hombre que tenía que ir por un camino largo y peligroso. Preguntó cómo podía caminar sano y salvo por él. Alguien le dijo: “Toma la cruz y serás salvo”. La cruz era muy larga y pesada. Tal vez se agolpó en él todo el peso de diferentes problemas, quizás deudas, enfermedades, problemas familiares, etcétera. Pero se animó a andar con ella. Habiendo hecho una parte del trayecto, vencido y desanimado por el cansancio, decidió cortar un pedazo del largo madero a fin de aligerar su carga. Mucho más animado, echó a andar de nuevo y caminó hasta llegar a un puente que no era muy seguro, y tambaleante, lo cruzó. Enseguida, el camino se convertía en una cuesta larga y pedregosa. Allí notó que aumentaba el peso de la cruz, le dolían los miembros del cuerpo, tenía las piernas torpes, jadeaba y sudaba. Con la irreflexión de la impaciencia, dejó en el suelo su carga y nuevamente cortó el palo de su cruz. Después de un rato reinició su camino, alcanzó la cima de la cuesta y enseguida llegó a la orilla de un río sin puente. Solo entonces observó que otros viajeros, los que habían también llegado allí, llevaban consigo pesadas cruces de largos palos, pero más persistentes y tolerantes, las conservaban intactas. Estos las extendieron de orilla a orilla, y haciéndolas servir de puente, cruzaron sin peligro, y se fueron. En cambio, él, como había cortado el palo de su cruz, no pudo hacer lo mismo. Intentó meterse dentro del río y desapareció, tragado por las aguas. Fue víctima de los cortes hechos al palo de su cruz. Así ocurre hoy día con muchos que no confían en el llamado de Dios, el cual revela el Salmo 55:22: “Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará: No dejará para siempre caído al justo” .  

La bondad de Dios, y el sufrimiento

     El sufrimiento del ser humano tiene que ver con la cruz que lleva a cuestas en su diario vivir, pero la respuesta a este problema no puede hallarse al negar que Dios sea totalmente bueno o negando que sea todopoderoso. La bondad de Dios es un hecho claramente establecido en la Biblia. Dios es revelado por su bondad (Marcos 10:18). Pero, aunque Dios es perfecto en relación a todo lo que existe, su bondad revela que él es totalmente consciente del sufrimiento que hay en el mundo.

     El sufrimiento no siempre es maligno. En la Biblia se muestra que la rebelión del hombre contra Dios ha afectado adversamente a toda la creación (Romanos 1:23). Cuando la Biblia habla de la entrada del pecado al mundo, también habla de la entrada del dolor, la fatiga, las aflicciones y la muerte (Romanos 5:12).

     Se observa que Dios permite el sufrimiento en la vida de algunos cristianos para perfeccionarlos. Muchas virtudes han sido adquiridas por medio de duras experiencias para el que sufre. Esto es enfatizado por Pablo (Romanos 5:3), por Santiago (Santiago 1:3), y por Pedro (1 Pedro 1:7).

     El sufrimiento continuo no ha sido resuelto. Pero mucho del sufrimiento humano puede ser atribuido al libre albedrío del hombre, es decir, que el hombre, como el caso citado del que acortó su cruz, es mayormente responsable del sufrimiento.

     Dios utiliza el sufrimiento para un propósito benéfico, aunque ese propósito esté escondido de nosotros. Tarde o temprano, él pone fin al mal y da fin al sufrimiento, trayendo un bien con ello. En Génesis, Capítulo 50, vemos un ejemplo relacionado. Esto se explica en todo el sentido de la palabra con la entrada de Cristo al mundo del sufrimiento humano (Filipenses 2:5-8). Cristo ha sido el único que ha sufrido como inocente, pagando el precio por el pecado que no era suyo. Sus sufrimientos fueron anticipados por el Padre para bendición de la humanidad, aunque su martirio haya sido en manos pecadoras (Hechos 2:23).

     Cristo es la respuesta al problema. Por medio de él, Dios demuestra que no está alejado del sufrimiento, porque en Cristo no solamente perdona el mal, sino también socorre al que sufre (Hebreos 2:18).

     Usted, estimado lector, responderá a esto que Cristo pudo lograr vencer el sufrimiento porque era Dios. Tengo que volver a citar Filipenses 2:5-8 para que observe que, siendo Dios, se despojó a sí mismo tomando forma de siervo. O sea, que venció como hombre, como ser humano.

La cruz que llevaron los apóstoles y otros cristianos

     Tenemos, por ejemplo, las vicisitudes y los sufrimientos de los apóstoles (2 Corintios 6:1-6; 11:23-24). Pablo dice que cinco veces recibió, aun de los mismo judíos, cuarenta azotes menos uno (2 Corintios 11:24). El azote que no pudieron darle fue el de separarlo del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro. Con mucha razón, a los gálatas les dice: “De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús” (Gálatas 6:17). Antes, les había expresado a estos mismos gálatas: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mi” (Gálatas 2:20). No únicamente se entregó Cristo por Pablo, sino que se entregó por todos, por usted también, estimado lector, como también por mí, naturalmente.

     Se puede ver también la muerte de Esteban, de la manera que lo hicieron morir. Véalo en Hechos 7:54-60. Este apedreamiento de Esteban lo realizaron según las costumbres y formas de los antiguos. Se dice que hacían fila los que iban a lanzar piedras. Así, lo sacaban fuera de la ciudad y cada uno tiraba una piedra hasta que Esteban quedara completamente lapidado, cubierto por el arrojo de tantas piedras. Jacobo fue muerto traspasado por espada (Hechos 12:2). El destierro también era un sufrimiento cruel. Juan, el apóstol, lo padeció (Apocalipsis 1:9). Según la historia secular (no bíblica), Pedro murió crucificado con la cabeza hacia abajo. Relatan los historiadores que Pablo fue aserrado en dos partes para darle muerte. Y qué decir de los que menciona el libro de los Hebreos, en el Capítulo 11, Versículos 36-38. Pero hay victoria en la muerte por medio del Señor (1 Corintios 15:55-57).

     El dolor, si grave, es breve; si largo, es leve. Cuando el mismo, por sufrimientos, no le quepa en el corazón, tómelo en sus manos y ofrézcaselo a Dios. Él tendrá misericordia y hará la carga más liviana, más ligera. Si hay que llorar por el dolor, sufrimientos, problemas, etcétera, se debe llorar con gozo, confiando en Dios, pues las lágrimas son el sagrado derecho del dolor. Aunque no podamos evitar el dolor, y la cruz del sufrimiento, podemos, si acudimos al Señor, no dejar que nos desmoronen, que aunque no podemos evitar que los pájaros vuelen sobre nuestra cabeza, sí podemos evitar que hagan nido en ella.

     Estando participando de un culto de adoración el día del Señor, escuchando y también con gozo cantando el himno “Cuán grande es Dios” , pasaba yo por grandes problemas a causa de enfermedades físicas. El cántico al respecto me produjo una gran esperanza cuando meditaba  acerca de cuán grande es Dios. Me dije en mi corazón que no se le debe decir a Dios cuán grande es el problema, sino decirle al problema cuán grande es Dios. Es decir, confrontar el sufrimiento, el dolor, y lo adverso que nos aqueje, con Dios; decirle que Dios es lo más excelso, y que él puede consolarnos en el momento oportuno para que “la cruz no sea más pesada que la gracia que él nos da”.

La cruz: ¿signo de superstición o símbolo de esperanza
y señal de reconciliación?

     Algunas veces, la cruz es signo de superstición. Hay quienes se persignan con sus manos en su cuerpo en señal de santiguarse en algún momento dado por alguna cosa acontecida, sea beneficiosa o sea maligna. En ocasiones también, es un malentendido, pero, por siempre, es un símbolo de esperanza. Los que proceden respecto a la cruz con relación a supersticiones, hacen vana la misma, pero ella no lo es; es lo adverso, pues es poder a los que se salvan (1 Corintios 1:17-18). Es gloriosa también, según nos ilustra el apóstol Pablo en Gálatas 6:14. La cruz, estimados lectores, la cual fue bañada por la sangre de Cristo, es señal de reconciliación, según Colosenses 1:20.

     Si es pesada su cruz, recuerde que la gracia de Dios puede hacerla más liviana, tal como aconteció a los apóstoles y a los primeros cristianos.

     La gracia de Dios es la ayuda sobrenatural que él nos ofrece para hacer el viaje menos pesado, pues esta es otorgada por Dios al hombre. Ella es un beneficio de Dios, es una benevolencia, es amistad de parte de él. En los que llevan la gracia de Dios, ella es un atractivo hacia otros, contagiándolos al observar ellos como el cristiano carga la cruz día a día, dando testimonio por la gracia que él nos da, y nada en absoluto, si estamos bajo su gracia, nos podrá separar del amor de Dios, como lo explica el apóstol Pablo en Romanos 8:38-39.

     A los corintios el apóstol Pablo insta a que abunde esa gracia de Dios (2 Corintios 4:15). Y, a los hebreos les exhorta a acercarse al trono de la gracia (Hebreos 4:16). Es la misma exhortación para todos. Si la cruz es pesada, la respuesta a ello es acercarse al trono de la gracia, pues la carga de Dios no es más de lo que podamos resistir (2 Corintios 10:13).

     La cruz, estimados lectores, “no será más pesada que la gracia que él nos da”. En el cristiano, todas las cosas acontecidas revierten para bien, esto desde luego, a los que han acudido al trono de la gracia. El dolor, los problemas, las vicisitudes y el sufrimiento, si se está cerca del trono, se transforman en un bien para que Dios sea glorificado.

Las perlas: fruto del sufrimiento.

     Dicen los que conocen de las perlas que ellas son fruto del sufrimiento. La perla que forma dentro del caparazón de las ostras es otro ejemplo de la grandeza nacida de la adversidad. ¿De dónde proviene esa magnífica joya? Comienza cuando un irritante granito de arena se mete entre los pliegues de una ostra. Esta cierra su caparazón al sentirse herida y empieza a segregar un líquido llamado nácar, con el que envuelve el granito de arena que la mortifica. La perla se forma, pues, por la reacción de la ostra contra ese factor irritante. Como alguien dijo: “Una perla es una ostra que ha sido lastimada”. Lo que hirió, terminó por ser su corona y su gloria.

     Yo reconozco que ese relato de la perla es una gran enseñanza para el ser humano que, día a día, lleva su cruz, pues, si nos acercamos a Dios confiadamente y si amamos a Dios sobre todas las cosas, todo lo acontecido nos ayuda a bien, desde luego, a los que, conforme a su propósito, son llamados (Romanos 8:28).

     A través de la historia del ser humano, según las Escrituras, desde el Génesis hasta los tiempos nuestros, son muchísimos los testimonios de aquellos han ido al Señor para el auxilio en el momento oportuno. Han encontrado el socorro para sus adversidades, dentro de sus aflicciones, las que, tal como la ostra, han penetrado profundo en su ser, afligiéndole en determinado momento. Las han cubierto, no con nácar naturalmente, pero, sí, con la sangre de nuestro Señor Jesucristo, la que nos limpia de todo pecado. Las pruebas que por nuestros propios méritos no pueden ser solucionadas, Dios las ha convertido en algo mucho más preciado que la perla. Lo que sea, el Señor lo ha transformado en la salvación para los tales, pues es exactamente lo que Dios espera de nosotros, su creación, que cuando lleguemos al punto final, al borde del precipicio, alcemos nuestros ojos y los fijemos en el Cristo, quien se entregó en la cruz por nosotros, sin ser meritorio de ello. Alcemos nuestros ojos, corazón, pensamientos, nuestro ser, al trono de la gracia para alcanzar el beneficio divino que Dios tiene reservado para los que llevan su cruz a él, reconociendo que no pueden llevarla sin su ayuda.

     Así que, estimados lectores, “la cruz no será más pesada que la gracia que él nos da”. Si usted todavía no puede con ella por todo lo que le ha sobrevenido en su peregrinaje por esta vida, llévesela al Señor. Él la hará más ligera y más liviana. Esto se produce cuando surge el nuevo nacimiento en el ser humano y así cae en el número de los que, conforme a su propósito, son llamados. De esta manera, puede unirse a nosotros, los cristianos, quienes, aunque todavía cargamos con nuestras cruces, podemos exclamar, con el apóstol Pablo: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18). Por la gracia de Dios, se alcanzará la vida eterna, pero en el presente “la cruz no será más pesada que la gracia que él nos da”, si echamos sobre Jehová nuestras cargas.

Escribe Rafael A. López Abreu

Iglesia de Cristo,

Caguas, Puerto Rico

 

El “nuevo nacimiento” ocurre en toda persona que oye con entendimiento el evangelio puro del Señor (Romanos 10:17), cree que Cristo es el Hijo de Dios (Juan 3:16), se arrepiente de sus pecados (Hechos 17:30), confiesa con sus labios fe en Cristo (Hechos 8:35-40), y es bautizada (sumergida en agua) “para perdón de los pecados” (Hechos 2:38; 22:16; Marcos 16:15-16; 1 Pedro 3:21). ¿Ha nacido usted del agua y del Espíritu? ¿Por qué se detiene? Si necesita ayuda, le rogamos contactarnos. Iglesia_de_cristo@msn.com  

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