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Curso de capacitación ministerial

Cómo planificar, preparar y presentar sermones, clases bíblicas, conferencias y cultos

Lección 6

La duración de sermones, clases bíblicas y conferencias

Gráfica en tres dimensiones de un predicador tras un púlpito que ilustra el tema La duración de sermones, clases bíblicas y conferencias, del curso de capacitación ministerial Cómo planificar, preparar y preparar mensajes (sermones), clases y conferencias bíblicas.

 

A. El tiempo ideal para sermones, clases bíblicas y conferencias.

1. Para sermones: de veinte a treinta minutos.

2. Para clases y conferencias: de treinta a cuarenta y cinco minutos.

B. ¿Por qué programar más tiempo para clases y conferencias que para sermones?

1. En el caso de las clases:

a) Por los comentarios y preguntas que susciten de parte de los alumnos.

b) Por el tiempo requerido para responder, esclarecer, resumir, hacer aplicaciones, redondear, etcétera.

c) Porque usualmente el intercambio de ideas y comentarios en clases suele ser más interesante que el monólogo del predicador, y por ende, retener el interés de los participantes en las clases por más tiempo se hace más fácil.

2. Tratándose de conferencias [Es decir, de ponencias formales presentadas para grupos especiales. Por ejemplo, estas lecciones se prestan para conferencias o clases. Durante una conferencia se supone que los oyentes no intervengan con preguntas o comentarios, mientras en clases el buen maestro procura la participación inteligente de los alumnos.]

a) Para que los participantes aprovechen al máximo el tiempo y sacrificio requeridos para asistir a las conferencias.

b) Para que el conferencista pueda impartir el máximo de información durante el tiempo programado.

C. Las consecuencias de exceder estos límites no son pocas ni ligeras sino muchas y pesadas, teniendo ramificaciones perjudiciales tanto para el orador como para la iglesia y la causa de Cristo.

1. Se cansa la mente del oyente medio, menguando la atención que preste, al igual que su capacidad retentiva. Esto es comprobado por numerosas indagaciones y encuestas relevantes.

a) Por interesante que sea el tema, con la marcha de las manecillas del reloj la mente humana va perdiendo su poder de concentrarse en lo que se está presentando. Cansada, o sobrecargada de información, impresiones, argumentos, posibilidades, etcétera, la mente comienza a resistir, aunque sea poco, seguir procesando las palabras y pensamientos que los oídos escuchan y todo el caudal sensorial que los ojos captan. ¿Qué suele ser el efecto? Pues, palabras no procesadas no enseñan ni edifican, y lo que ven los ojos no se registra debidamente. Invadiendo e imponiéndose este estado en el oyente, de ahí en adelante estará prácticamente perdiendo su tiempo y energía el predicador o maestro. Sigue hablando, pero, efectivamente, el oyente estará asimilando cada vez menos de lo transmitido. Probablemente, no asimile el 100% de lo comunicado ni siquiera desde el principio de la intervención. Ya para los últimos minutos, acaso un 40%, un 20%, un 10%, o casi nada. Y si esos últimos minutos vienen al final de una intervención de cuarenta y cinco minutos, de una hora, o más, lo asimilado será todavía menos.

b) Desde luego, existen excepciones. Cuando un predicador que reúne todos los atributos de orador sumamente diestro trata algún tema de excepcional interés en el momento, y el oyente tiene ávido deseo de escuchar lo traído, a lo mejor este siga procesando al máximo, ¡aunque el mensaje pase de una hora!

2. Se cansa el cuerpo físico de estar más o menos en una misma posición.

a) Los músculos y los huesos envían mensajes al cerebro: "Nos estamos entumeciendo. Ya estamos sufriendo. Esta silla es durísima e incómoda".

b) El cuerpo físico distrae a la mente, importunándola: "Tengo sed. Tengo hambre. Tengo sueño. Estoy cansado."

c) Obligada la mente a procesar estos mensajes y sensaciones, se distrae ella misma, ya no concentrándose completamente en el mensaje.

d) Conclusión. Tratándose de sermones, en la mayoría de los casos el tiempo en exceso de treinta minutos se torna tiempo casi perdido, tanto para el oyente como para el mensajero.

3. Se aburren los oyentes.

a) Primero, los niños y adolescentes.

b) Luego, los presentes de poca espiritualidad. Cristianos inmaduros. Quizás una mayoría de los visitantes, pues son más hombre natural que hombre espiritual.

c) Entonces, ¡aun los maduros en la fe!

d) Ahora bien, el aburrimiento trae, definitivamente, consecuencias negativas y dañinas para la congregación y su obra, entre ellas:

(1) Las personas adultas que se aburren a menudo en las reuniones de la iglesia tienden a debilitarse progresivamente en su vida espiritual. Dicen para sus adentros: "No quiero escuchar más al hermano Largo de Palabras porque se extiende demasiado y me aburre". Algunas simplemente optan por no seguir asistiendo a los servicios. Dicen: "¿Para qué asistir? Solo salgo aburrido, hastiado, un tanto molesto".

(2) Los niños y jóvenes que se aburren por el tiempo excesivo de sermones o clases demuestran la tendencia de llenarse de resentimiento hacia la iglesia. “¡No quiero ir a la iglesia! ¡Me aburro!” Entonces, el niño constantemente aburrido en la iglesia determina para sus adentros no seguir asistiendo "cuando yo sea grande", fatal decisión para su espíritu. Teniendo la culpa, en parte, el predicador Largo de Palabras. La impresión de la iglesia que forma tal niño o joven es que se trata de un lugar aburrido donde los adultos "hablan demasiado". Creciendo y yéndose eventualmente para el mundo, perderlo es un fruto amarguísimo tanto para padres como para la iglesia –fruto que resulta, bien que sea solo en parte, a causa de predicadores indisciplinados que no saben parar sus ponencias a tiempo –fruto que ningún expositor concienzudo de la Palabra no querrá jamás producir para la iglesia o para Dios.

(3) De manera que el predicador o maestro que continuamente provoque aburrimiento sería culpable hasta de pecar contra sus oyentes. Si no está dispuesto a corregirse, ¡mejor dimitirse del ministerio de la predicación!

e) Desde luego, algunos, tanto adultos como jóvenes, se aburren aun cuando se sigue rigurosamente el tiempo asignado para los distintos ministerios y brilla la calidad de cada ministerio.

(1) Esto se debe a la pobre condición espiritual del alma y de la mente de tales personas.

(2) Lo importante es que no pongamos delante de ellas el tropiezo adicional de “indisciplina en cuanto al tiempo”.

4. Cuando abusa el mensajero del tiempo, no faltan oyentes que se molestan al punto de manifestar visiblemente sus emociones negativas.

a) Cambia su semblante. Su cara se pone larga y bien seria, nublándose los ojos.

b) Algunos murmuran su inconformidad, haciendo al vecino comentarios denigrantes sobre el mensajero.

c) Suspiran audiblemente. Miran por las ventanas, al techo, al piso, en derredor suyo a los demás presentes. Van a tomar agua, sin tener sed. Van al servicio sanitario, sin necesidad de hacerlo. Van al vestíbulo, donde dan vueltas, o conversan entre sí.

d) En casos extremos, ¡hasta abandonan del todo la reunión y el local!

e) Ocurriendo estas situaciones, pierde el oyente, el mensajero, la iglesia y la causa de Cristo en la tierra. ¡Todos pierden! Sencillamente porque el orador no se disciplina en cuanto al tiempo, añadiendo esta falla a tal vez otras que produzcan en el oyente impresiones negativas –fallas tales como falta de preparación, repeticiones innecesarias, lenguaje mayormente abstracto con pocas aplicaciones prácticas, falta de vigor y fuego en el estilo de predicar, etcétera.

f) El orador realmente inteligente, perspicaz, consciente del humor general de la audiencia, sensible a las reacciones de individuos en ella, prontamente capta en sus oyentes señales de aburrimiento, desasosiego o molestia, y con astucia y gracia pasa a puntos más interesantes o concluye su discurso con la invitación de rigor, cuidándose de tampoco abundar demasiado en ella.

5. El predicador o maestro que suele alargar demasiado sus intervenciones pierde el respeto y la confianza de los oyentes, murmurando estos contra él porque no sabe disciplinarse.

a) A los oyentes no les agrada que lo nombren para el ministerio de predicar o el de enseñar. Cuando lo nombran, piensan: "¡Otro mensaje kilométrico!" Lo convierten en blanco de críticas, chistes y burlas.

b) Los administradores de cultos o de actividades especiales (campañas evangelísticas, conferencias de capacitación ministerial) no lo invitan “¡porque sus ponencias duran una hora o quizás hasta dos horas"!

c) Aunque sepa presentar estudios de contenido edificante, su falta de disciplina en cuanto al tiempo resta sustancialmente de la eficacia de ellos. Esto es lamentable y no debería pasar. Le incumbe a todo orador tomar medidas para que no suceda, evitando que se echen a perder sus habilidades y posibles aportaciones valiosas.

d) Así que, hermano predicador, hermano maestro, si ya no le invitan a predicar como antes, respetuosamente le animamos a examinar, entre otras cosas, el factor "tiempo" de sus mensajes. Tal vez no le inviten porque usted no sepa ajustar su participación al tiempo estipulado para ella. Le asignan treinta minutos, pero habitualmente usted toma una hora, o más.

6. Todavía otra consecuencia de alargar sustancialmente el tiempo programado para sermones o clases consiste en la de alterar el programa planificado. Un ejemplo:

a) En el programa para la reunión principal del primer día de la semana, los administradores asignan:

-Veinte minutos para los cánticos espirituales y las oraciones.

-Treinta minutos para el sermón.

-Quince minutos para la cena.

-Siete minutos para la ofrenda voluntaria y concluir el culto.

-Ocho minutos para anuncios y peticiones por los enfermos.

-Cinco minutos para pasar a los salones de clases.

-Cuarenta minutos para las clases bíblicas.

b) Pero el hermano escogido para la predicación no se limita a los treinta minutos para el sermón sino que sigue, y sigue, y sigue ¡tomando cincuenta y cinco minutos!

c) El resultado de su acción inconsiderada: ¡Se altera el resto del programa para la reunión! En tal caso, surgen tres opciones, ¡ninguna aceptable!

-Reducir el tiempo para las clases.

-Prescindir de las clases.

-Sobrepasar por veinticinco minutos la hora fijada para concluir las actividades.

d) Dándose tal situación, ¿quiénes son los que más se perjudican?

(1) Los maestros y maestras que han pasado tiempo y trabajo en la preparación de sus clases pero que ahora no disponen de suficiente tiempo para enseñarlas.

(2) Los participantes en las clases -niños, adolescentes, jóvenes y adultos. A muchos de estos les gustan más las clases que el sermón, beneficiándose espiritualmente más de ellas.

(3) El hermano Caudaloso Palabrero que excedió por mucho el tiempo programado para su mensaje. ¿Por qué figura este entre los más perjudicados? Porque:

-Ha perdido credibilidad por su indisciplina.

-No se ha sometido a la voluntad de los administradores de la congregación, lo cual se interpreta, correctamente, como un acto de desacato, con elementos de egoísmo, falto de respeto y soberbia personal.

-Se vuelve blanco de la frustración de parte de los administradores, de los maestros con sus alumnos y quizás de casi todos los congregados. Ahora bien, la "frustración" es un elemento negativo y contraproducente que debe eliminarse de las actividades de la iglesia. Por consiguiente, a todo participante en los ministerios le conviene cooperar para que no aparezca.

e) Otros posibles culpables. No solo el predicador sino que otros de los que ministran durante el culto pueden alterar el programa por medio de abusar del tiempo. Por ejemplo:

(1) Si el hermano asignado a administrar la mesa del Señor trae una exhortación que dura veinte minutos –un “mini sermón”- ¡altera el programa planificado!

(2) Si el que dirige los cánticos espirituales canta ocho himnos en vez de cuatro, ¡altera el programa!

f) Conclusión: Cada cual que ministra debería esforzarse para llevar a cabo su ministerio dentro de los parámetros de tiempo establecido para él.

(1) En no pocos lugares de reunión de la iglesia se encuentra un reloj grande en el salón principal. ¿Qué es su función? Está ahí, visible, para que lo miren y se dejen gobernar por él quienes administran los actos de adoración y enseñanza. El que ministra debería tomar nota de la posición de las manecillas, terminando su participación dentro del tiempo pautado.

(2) Si los que ministran ignoran el reloj, procediendo como si no estuvieran conscientes del factor tiempo, se puede dar por sentado que ¡al menos algunos de los demás adoradores comenzarán a mirar el reloj, perdiéndose el ambiente de reverencia y buena voluntad que ha de prevalecer en todo culto!

D. Excepciones a la regla de treinta minutos para el mensaje.

1. Cuando el tema o los asuntos a tratarse se revisten de tanta importancia para el bienestar de la iglesia que requieren más tiempo. Ejemplos:

a) Alguna crisis espiritual dentro de la congregación que pudiera lastimar a muchos o desembocar en una división.

b) La introducción en la congregación, o en el área donde ella está ubicada, de alguna falsa doctrina peligrosa.

c) Observación: Dadas tales circunstancias, no disertaría cualquier predicador sino un hermano de los más maduros, experimentados y sabios; el mejor informado, el más respetado, el más disciplinado en todo aspecto.

2. Cuando circunstancias especiales ameritan un discurso más largo. Por ejemplo, el mensaje de despedida de Pablo en Troas, ocasión en la que el apóstol "alargó el discurso hasta la medianoche" (Hechos 20:7).

E. Objeciones a la regla y justificaciones por quebrantarla.

1. "No puedo decir mucho en treinta minutos." Algunas consideraciones al respecto:

a) El orador que ha hecho la necesaria preparación puede decir muchísimo en media hora, tanto que al oyente medio le sea un reto asimilarlo todo.

b) Quien “No puede decir gran cosa en treinta minutos” es aquel culpable de poca preparación. O eso, o que no cuenta con los recursos espirituales e intelectuales necesarios para llenar media hora de buenas enseñanzas edificantes. En tal caso, mejor no subir al púlpito.

c) Cualquier predicador de habilidades fundamentales esenciales para ser bueno mensajero puede decir mucho en media hora con tal de aprender a:

-Condensar y compactar sus pensamientos.

-Ser conciso y preciso en su forma de expresarse, seleccionando cuidadosa y juiciosamente vocablos, cláusulas y oraciones que comuniquen rápido y efectivamente los distintos puntos.

-Eliminar de su discurso, en el proceso de desarrollarlo, información, anécdotas, ilustraciones, aun textos bíblicos, que pertenecerían a la categoría de irrelevantes, desviaciones o materia de poco valor.

-No permitirse el lujo de añadiduras no programadas durante su ponencia, hablando extemporáneamente y abundando innecesariamente.

d) Volviendo, por su importancia trascendental, sobre lo de ser "conciso y preciso", esto significa, reiteramos, escoger las palabras más exactas para transmitir nuestro mensaje, sin recurrir al uso de palabras y fraseologías superfluas. Lograrlo requiere mucho ejercicio y mucha disciplina mental; en fin, ¡muchísima preparación!

(1) A continuación, algunos ejemplos de situaciones que nos obligan a ser "concisos y precisos":

-La compra de espacio en rotativos o revistas para publicar estudios bíblicos. El costo suele ser alto, y por consiguiente, lo indicado es hacer que cuente cada palabra, frase, oración. Que se diga mucho con el mínimo de palabras.

-La impresión de gran cantidad de folletos –miles, cientos de miles. El papel, la tinta y la mano de obra son caros. Por lo tanto, cada palabra de cada folleto ha de ser evaluada por su función en el mensaje. ¿Es necesaria? ¿Qué contribuye al mensaje? ¿O acaso falte de precisión? ¿O que sea una repetición?

-Comprar espacio en los clasificados para ofrecer cursos bíblicos.

-Anunciar y promover campañas u otras actividades especiales, utilizando los medios de comunicación tales como la radio, la televisión o la prensa. Cada palabra, cada ilustración, ¡cuesta! Quizás bastante dinero, hecho que obliga a la concisión y precisión.

(2) Aplicación. El tiempo figura entre los recursos más valiosos de nuestra existencia. De ahí que el Espíritu Santo nos anima: “…aprovechando bien el tiempo…” (Efesios 5:16). El predicador falto de la debida “concisión y precisión” en su mensaje no aprovecha bien el tiempo, haciendo que tampoco lo aprovechen bien sus oyentes. Cien personas en una congregación que pierden veinte minutos, cada uno, de su precioso tiempo, pierden un total de dos mil minutos, equivalentes a treinta y tres horas. ¿Acaso lo haya pensando así, querido predicador? Seamos, pues, “concisos y precisos”.

e) “Repeticiones innecesarias” son los “diablillos” que roban el tiempo a no pocos predicadores. Así que, disciplinarse y luchar para eliminar la repetición habitual de pensamientos, puntos, palabras y frases, esquivando  la “Trampa pantanosa de la redundancia”, ha de ser una prioridad. Decir lo mismo de tres, cuatro o cinco formas distintas corridas también cae en la categoría de “Repeticiones”. Algunas consideraciones:

(1) La repetición es permisible solo como medio usado intencionadamente para enfatizar.

(2) En la mayoría de los casos, la repetición solo sirve para cansar y aburrir. La mente del ser humano normal es muy ágil, más ágil que el flujo de palabras en un sermón. Por ende, no precisa de repeticiones, pues capta y asimila prontamente, deseando recibir enseguida nuevas materias a procesar. Es preciso tener presente el hecho de que la mente del oyente promedio capta en seguida el sentido de las palabras e ideas, ¡aun anticipando con frecuencia al orador en lo que este vaya a decir! Por lo tanto, las repeticiones son innecesarias. Y amado, en las oraciones de esta misma partida ¡tenemos un ejemplo clásico de repeticiones y redundancias innecesarias!

(3) La repetición habitual es una clara evidencia de la falta de preparación.

(4) La repetición consume el tiempo precioso que debe dedicarse a nuevas materias.

(5) Las redundancias consumen el tiempo precioso de los oyentes, sin añadir sustancialmente a su edificación, o quizás nada en absoluto.

(6) "Redundancias" y "Muletillas" son primas hermanas, culpables todas ellas del mismo “pecado”, a saber: ¡Echan a perder el tiempo! Además, ¡molestan al oído, y por ende, a la mente!

(7) A continuación, dos ejemplos sencillos de redundancias que consumen innecesariamente el valioso tiempo tanto del orador como de los oyentes:

-"Todo lo necesario, todo lo que se necesita, para la salvación…"

-"Los que no obedecen a Dios, los que no obedecen sus mandamientos, los que no obedecen la voluntad de Dios, sufrirán…" Tres formas corridas de decir, efectivamente, exactamente lo mismo.

2. "No puedo cubrir la materia en treinta minutos." Observaciones al respecto:

a) Pues, querido predicador, maestro, diríase que la mayoría de los temas de la Biblia no pueden cubrirse completamente en treinta minutos.

b) ¿Cuál será la solución? Fundamental. Dividir el tema o materia en porciones que no excedan el tiempo establecido para el mensaje.

c) Un error mayúsculo de no pocos predicadores es, precisamente, el de tratar de cubrir demasiado en un solo mensaje. Este desacierto serio ocurre especialmente al escogerse algún tema muy abarcador.

(1) Por ejemplo: “Mi tema para hoy es la verdad.

-Primero, “La verdad” se clasificaría como “tema abstracto”, un concepto no solo espiritual, y ni siquiera espiritual para el no creyente, sino también filosófico, y además, muy controvertido. Llevarlo al plano de lo práctico, con ejemplos, anécdotas y aplicaciones que impacten al oyente, que hagan al tema cobrar vida para él, que se quede admirado y convencido el oyente, determinando en el momento a dejarse guiar por “La verdad”, constituye un reto grande hasta para los mejores mensajeros de Dios. Los demás fácilmente se pierden en “lo abstracto”, en lo “filosófico”, sin formular aplicaciones prácticas que cambien mentes y vidas.

-Segundo, “La verdad” es tema multifacético clásico de tantas caras, o dimensiones, que ninguno pudiera jamás identificar y exponerlas todas en un mensaje de media hora, ¡ni de varias horas o siquiera días completos! Entonces, la clave sería escoger una de las dimensiones en particular, explorando su naturaleza, ramificaciones y aplicaciones para deleite y edificación del oyente. Por ejemplo, Jesucristo afirma “Yo soy… la verdad”. Explicar cómo lo es él “la verdad”, las razones tras tan insólito reclamo, oposición a su reclamo, por qué creerle, las implicaciones de creerle y las consecuencias de no creerle –todo esto, y más todavía, ocuparía media hora, y ¡cuidado que no mucho más! Lo mismo sería aplicable, por ejemplo, a la enseñanza de Cristo “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). He aquí materia, con los textos correlativos, para más de media hora llena de enseñanzas vitales para la salvación del alma.

-Tercero, “La verdad” aparece en gran número de textos bíblicos. El predicador que se vale de una concordancia para seleccionar unos veinte de ellos para un mensaje se sentencia a sí mismo desde el principio al fracaso en varios aspectos. ¿Media hora para leer y exponer veinte textos? ¡Imposible! Así que, tomará una hora, y ni aún así podrá hacer justicia a tantos pasajes. “¡Ah!, pero los textos, por sí solos, son la verdad, haciendo extremadamente valioso el mensaje, pese a la poca exposición o aplicación a la actualidad.” Pues bien, si el propósito del orador es solo repasar rápidamente los textos, llamando atención a su existencia, adentrándose tan solo superficialmente en ellos, tal vez semejante presentación tenga algún mérito, más sin embargo, el oyente medio espera muchísimo más, postulamos, del predicador –interpretación inteligente, incluso luz sobre ideas, conceptos, terminologías no tan claros, aplicaciones prácticas, etcétera. Cualquiera puede tomar una concordancia y buscar una serie de textos donde figura el vocablo “verdad”. La tarea del predicador que trate el tema es infinitamente más compleja.

(2) Todo lo observado sobre el tema “La verdad” es igualmente aplicable a otros temas muy abarcadores, y especialmente, los de índole abstracta, siendo cinco ejemplos adicionales los siguientes:

-“La gracia”

-“La misericordia”

-“El amor”

-“La justicia”

-“La sabiduría”

(3) Poner delante del oyente un plato muy grande, desbordante de alimentos a medio cocinar, lo haría el predicador a medio formar. En cambio, el predicador finamente formado acostumbra brindar un plato de tamaño mediano cuyos suculentos manjares espirituales están en su punto, complaciendo y llenando al oyente hambriento.

3. Otra objeción a la regla de treinta minutos: "El oyente debe ser más espiritual, humillándose y mortificando la carne. No debe quejarse, ¡aunque mi mensaje dure dos horas!" Observaciones:

a) Esta justificación es escuchada con frecuencia de parte de quienes no ajustan sus intervenciones al tiempo programado.

b) El mensajero abusador del tiempo que enuncie semejantes expresiones lo tendríamos por culpable de:

(1) Esquivar su responsabilidad y falta de cumplimiento, valiéndose de la estratagema psicológica de echar la culpa a terceras por la infracción de supuestas normas sanas.

(2) Insinuar que a sus oyentes les falte espiritualidad porque no soportan sus discursos largos.

(3) Ostentar un espíritu soberbio y poco considerado.

4. Y todavía otra objeción: "Como predicador, a mí me corresponde determinar cuánto tiempo estaré en el púlpito, y no a la audiencia ni a los encargados de la congregación o a los que tienen la encomienda de planificar la reunión." Observaciones:

a) Certeramente, esta afirmación demuestra un espíritu irrespetuoso, dominante, altanero.

b) Si bien es cierto que a la audiencia no le corresponde determinar el "tiempo para el mensaje", no es menos cierto que el orador sabio siempre tiene presente cómo afecte el factor tiempo a la audiencia.

c) Sobre todo, el orador considerado y humilde se somete a las directrices establecidas por los administradores de la congregación, deseoso de cumplir la voluntad de ellos.

F. Conclusión.

1. Efectuar todas las actividades espirituales, cualesquiera que sean, dentro de los parámetros del tiempo establecido es característica de una congregación madura, administrada por líderes maduros, con la participación de ministros maduros.

2. Cuando el predicador y los demás que ministran lo hacen todo conforme al horario establecido, la congregación entera se complace, respondiendo más positivamente, lo cual es todo un logro importantísimo.

Asignaciones

A. Anotar el tiempo exacto que toma el predicador en la presentación de su menaje el próximo domingo en la iglesia donde usted se congrega.

B. Al extenderse el predicador por más de treinta minutos, observar discretamente las reacciones de los oyentes, anotándolas. Ubicarse estratégicamente en el local para poder cumplir cabalmente esta asignación.

C. Anotar toda repetición y redundancia innecesarias en el mensaje.

Preguntas y ejercicios

1. ¿Cuál es el tiempo ideal para sermones?

2. ¿Por qué es más fácil mantener el interés por más tiempo en una clase bíblica que en un sermón?

3. ¿Qué significa "monólogo"?

4. ¿Qué significa "ramificaciones perjudiciales"?

5. ¿Cuáles son cinco consecuencias negativas de exceder el tiempo ideal para los mensajes?

6. ¿Qué significa "capacidad retentiva" y por qué es importante para la edificación?

7. Apuntar dos cosas que suele hacer la mente humana cuando se cansa.

8. En cuanto a los mensajes espirituales, ¿de qué manera distrae el cuerpo físico a la mente y al espíritu? ¿Cuándo suele hacerlo con más insistencia?

9. Tratándose de la iglesia, ¿qué hacen muchas personas adultas que se aburren porque el orador se extiende demasiado?

10. ¿Qué hacen los niños y los jóvenes que se aburren?

11. En el contexto de esta lección, ¿cuál es el "fruto amargo" que el ministro concienzudo no querrá presentar jamás a la iglesia o a Dios?

12. ¿Cómo manifiestan algunos, visiblemente, su inconformidad con el mensajero que excede el tiempo programado para su mensaje?

13. ¿Quiénes pierden cuando el orador se extiende demasiado?

14. Nombrar dos cosas que pierde el orador indisciplinado cuando del tiempo se trata.

15. Cuando un hermano excede el tiempo programado para su ministerio, ¿con qué razón se interpreta su acción como un "acto de soberbia"?

16. ¿Qué significa "frustración" y por qué se le considera un elemento negativo para la iglesia?

17. ¿Debe cada cual que ministra llevar a cabo su ministerio dentro del tiempo establecido? ¿Por qué?

18. ¿Cuáles son algunas excepciones a la regla de "treinta minutos para el mensaje"?

19. ¿Qué clase de orador suele porfiar que no puede decir mucho en treinta minutos?

20. ¿Cómo podemos "condensar y compactar" nuestros pensamientos?

21. ¿Cuál es la diferencia entre "conciso" y "preciso"?

22. ¿Qué significa "palabras y fraseologías superfluas"?

23. Dar tres ejemplos de esta clase de palabra o fraseología.

24. ¿Cuándo es permisible la repetición?

25. ¿Qué significa "redundancia"?

26. ¿Por qué se definen como “primas hermanas” las "Muletillas" y las "Redundancias"?

27. ¿Qué clase de espíritu ostenta el orador que acusa de "carnales" a los oyentes que se quejan de sus largos discursos?

28. ¿Qué significa “abstracto”?

29. Anotar tres ejemplos de temas bíblicos abstractos.

30. ¿Qué reto o peligro representan temas abstractos para el predicador?

31. ¿Prefiere usted un plato grandísimo desbordante de alimentos a medio cocinar o un plato mediano con manjares sabrosos preparados con esmero y profesionalismo? ¿Por qué?

32. En cuanto al tiempo asignado para su ponencia, ¿qué actitud demuestra el orador maduro y de qué manera procede?

33. En cuanto al factor "tiempo", ¿cuál atributo caracteriza a la congregación madura?

34. ¿Qué clase de ambiente prevalece en una congregación cuando todo se hace conforme al horario establecido?

 

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