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Jerusalén en el tiempo de Cristo y los apóstoles

Historia de la primera iglesia de Cristo, la que fue establecida en Jerusalén en el año 30 d. C.

“Tenían en común todas las cosas.” Reuniones y otras actividades de la iglesia en Jerusalén.

¡Cero pentecostales en la iglesia de Jerusalén!


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El cojo de nacimiento sanado en la puerta Hermosa del templo en Jerusalén. "Completa sanidad" (Hechos 3:16), "al momento" (Hechos 3:7), de ambos pies y ambos tobillos, de un hombre de "más de cuarenta años de edad" que no había podido caminar desde su nacimiento. "Era traído... cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa" (Hechos 3:2). ¿Cuándo jamás se haya visto semejante "señal manifiesta" (Hechos 4:16) entre los "pentecostales" del tiempo presente?

¡Cero “pentecostales” en la iglesia de Jerusalén!

Hoy día, en pleno Siglo XXI, cientos de millones de personas que se identifican como  “pentecostales” ocupan vastas expansiones del “cristianismo”. Derivan su nombre del “Pentecostés” mencionado en Hechos 2, convencidos ellos de haber “restaurado”, en tiempos modernos, la iglesia nacida en aquel “día de Pentecostés”. Motivado por tan grandiosa reclamación, me di a la tarea de comparar sus doctrinas y prácticas con las de aquella primera iglesia de Cristo establecida en Jerusalén, en el año 30 d. C., con el fin de verificar la legitimidad de lo que alegan los “pentecostales”. Efectuada detenida y concienzudamente la investigación, concluí que no existe evidencia alguna de la presencia de “pentecostales” en aquella gran congregación de Jerusalén. Sinceramente, no se halla ninguna doctrina o práctica de las que tipifican al pentecostalismo de actualidad. Estimado lector, tengo a bien compartir con usted mis hallazgos al respecto, animándole, respetuosamente, que haga su propio análisis. De ser usted “pentecostal”, le ruego muy encarecidamente evaluar este estudio con toda objetividad, pues de resultar cierto que no había ningún “pentecostal” en la iglesia de Jerusalén, se pondría en tela de juicio hasta el mismo fundamento de su “fe pentecostal”, y por ende, la validez, ante Dios, de su “iglesia pentecostal”, o “movimiento pentecostal”, lo cual bien pudiera hacer peligrar aun la salvación de su alma, conforme a mi entendimiento. Procedo a enumerar las diferencias encontradas entre, por un lado, la iglesia de Jerusalén, desde su establecimiento en  “el día de Pentecostés” del año 30 d. C. (Hechos 2) hasta su esparcimiento completo, “salvo los apóstoles”, en el año 32-33 d. C., según Hechos 8:1-4, y por el otro, las “iglesias pentecostales” del presente.

1.  En primer lugar, determinamos que “Pentecostés” (Hechos 2:1), transliteración del griego penthkosths, significa “quincuagésimo”, según el léxico griego-inglés de Joseph Henry Thayer, Página 500, refiriéndose el nombre a la fiesta religiosa judía celebrada, anualmente, cincuenta días después de la fiesta de la “Pascua… de Jehová”. Llamada también “la fiesta de las semanas” (Éxodo 34:22; Deuteronomio 16:10, 16), o “la fiesta de la siega” (Éxodo 23:16), Pentecostés figura en el listado de “fiestas solemnes de Jehová” detalladas en Levítico 23. Dado, pues, el significado de “Pentecostés”, llamarse “pentecostal” sería lo mismo que llamarse “quincuagésimo”. Certeramente, “pentecostal” no es sinónimo de “cristiano”, “Espíritu Santo”, “dones espirituales”, “lenguas extrañas” o cualquier otro término parecido. Siendo “cristianos” el nombre dado por Dios a su pueblo electo durante la Era Cristiana (Hechos 11:26; 1 Pedro 4:16), preguntamos: ¿Con qué justificación llamarse “pentecostales”? Los miembros de la iglesia en Jerusalén jamás fueron identificados como “pentecostales” sino como “los que habían creído” (Hechos 4.32), “la iglesia” (Hechos 5:11), “los que creían en el Señor” (Hechos 5:14) y “los discípulos” (Hechos 6:7), términos encontrados en el relato de Lucas que cubre desde Pentecostés hasta la dispersión de la congregación en el año 32-33 d. C.



Solo los apóstoles fueron bautizados en el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, y no los ciento veinte discípulos, como tampoco María. Solo los apóstoles moraban en el aposento alto. “Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hermano de Jacobo” (Hechos 1:13). Durante los diez días entre la resurrección de Cristo y la ascensión, los discípulos “estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios” (Lucas 24:53). No moraban en el aposento alto.

 

2,  “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos” (Hechos 2:1-3).

a)  Los doce apóstoles moraban en el “aposento alto” (Hechos 1:13) de “la casa” aludida, y no los ciento veinte. Durante los cuarenta días entre la ascensión y Pentecostés, los discípulos “estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios” (Lucas 24:50-53). Así que, los ciento veinte, incluidos los apóstoles (Hechos 1:14), se reunían “en el templo”, pero solo los apóstoles moraban en “la casa”, circunstancias completamente naturales y prácticas. Entonces, se equivocan los pentecostales al decir que los ciento veinte estaban en aquella “casa”, temprano por la madrugada en el día de Pentecostés. Este error elemental engendra otros, por ejemplo, que los ciento veinte fueran llenos del Espíritu Santo y que hablaran lenguas extrañas.

b)  Los apóstoles “estaban todos unánimes juntos”. En cambio, los pastores, evangelistas y demás líderes pentecostales están muy divididos en doctrina y práctica, y esto desde el principio del pentecostalismo moderno en Azusa Street, Los Ángeles, California, Estados Unidos de América, a principios del Siglo XX. Por cierto, el pentecostalismo ha producido muchísimo más divisiones –concilios, movimientos, iglesias independientes distintos- que todo el resto del “cristianismo”.

c)  “…de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba” y “lenguas repartidas como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos” [de los apóstoles]. Estas fueron las fenomenales señales sobrenaturales de abertura en el drama estremecedor de aquel Pentecostés. “…hecho este estruendo, se juntó la multitud…” (Hechos 2:6), detalle que nos da a entender que aquel “estruendo… del cielo” fue escuchado en gran parte de Jerusalén, quizás en toda la ciudad. “…de repente vino del cielo” aquel “estruendo”. “…del cielo”, y no de los apóstoles ni del lugar donde moraban. ¿Cuándo y dónde hayan sido manifestadas señales de tal naturaleza y magnitud entre los pentecostales de hoy día? Disculpe, querido amigo pentecostal, pero el único “estruendo” que sale de sus iglesias es el de “alabanzas desordenadas a todo pulmón”. Ni pasemos por alto que este tipo de “estruendo” lo hacen los mismos pentecostales, no originándose en el cielo, aunque aleguen lo contrario. ¿Quién ha visto alguna vez que “lenguas repartidas como de fuego” se sentaran sobre las cabezas de pentecostales que hablan “lenguas”, según dicen hablarlas?

d)  “…la casa donde estaban sentados…” Así pues, temprano por la mañana de aquel Pentecostés, los apóstoles “estaban sentados” en “la casa” donde moraban. No estaban saltando, brincando, “bailando” o “corriendo en el Espíritu”, sino, recalcamos, “sentados”. No se dice que estuvieran pidiendo dones sobrenaturales, “el bautismo del Espíritu” o “revelación de Dios”. Ni se dice que estuvieran “en ayunos”, “vigilias” o “retiros”. Sencillamente, “estaban sentados”. Esperando, con toda probabilidad, celebrar Pentecostés conforme a las directrices del Antiguo Testamento. Cuán diferente es el comportamiento típico de los pentecostales de hoy cuando se juntan, ya en alguna vivienda privada ya en lugares públicos, para “buscar de Dios”. Equivocándose inexcusablemente, algunos predicadores pentecostales se atreven a decir que, en el día de Pentecostés, “los ciento veinte, incluso los apóstoles, estaban clamando a voz en cuello que Dios los bautizara en el Espíritu, orando fervientemente todos a la vez en voz alta, llorando y gimiendo”. Más sin embargo, nada parecido relata el historiador inspirado Lucas. Adentrándonos en aquella “casa”, solo vemos a los apóstoles, y a estos “sentados” tranquilamente. No encontramos evidencia alguna de “pentecostales” en referida “casa”.

3.  “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:4).

a)  “…todos” los apóstoles, y no el resto de los ciento veinte, “fueron… llenos del Espíritu Santo”, y no solo Pedro sino “todos… comenzaron a hablar en otras lenguas”. Pero no todos a la vez, en voz alta, ante el mismo grupo de oyentes, sino “por turno” (1 Corintios 14:27), o cada uno ante la porción de la “multitud” que podía escucharle. Porque “Dios no es Dios de confusión…” (1 Corintios 14:33), y todo aquello de Pentecostés fue iniciado y orquestado por Dios. Las “otras lenguas” que hablaron los apóstoles eran las lenguas natales de las personas que se juntaron al escuchar el “estruendo”. “…porque cada uno les oía habar en su propia lengua”  (Hechos 2:6) “¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?” Luego, se nombran, en Hechos 2:9-11, al menos quince provincias, países o áreas de donde habían venido “judíos, varones piadosos” a Jerusalén para la celebración de Pentecostés, habiendo Lucas notado anteriormente que habían venido “de todas las naciones bajo el cielo” (Hechos 2:5). Sucede, pues, que los apóstoles, entre ellos algunos que eran “hombres sin letra y del vulgo” (Hechos 4:13), “comenzaron a hablar” varios idiomas, perfectamente, sin acento, ¡sin haberlos estudiado o practicado jamás, y sin intérprete! He aquí el verdadero milagro de hablar “otras lenguas” por el Espíritu Santo. Apuntémoslo: ¡no hablaron “lenguas angelicales”, “lenguas extáticas” o “lenguas jerigonzas”, sino otros idiomas! ¿Cuál pentecostal del presente puede hacer exactamente lo mismo que hicieron los apóstoles en Pentecostés? Por cierto, no han faltado unos pocos que alegaran haberlo hecho, más sin embargo, no ha habido ningún caso perfectamente autenticado. Indiscutiblemente, ¡los apóstoles no eran pentecostales!

b)  Los apóstoles, “todos llenos del Espíritu Santo”, hablaron “según el Espíritu les daba que hablasen”. Es decir, hablaron por inspiración sobrenatural, utilizando el Espíritu Santo sus mentes y cuerpos para iniciar el proceso de revelar “toda la verdad”. Durante su ministerio terrenal, Cristo había prometido a los apóstoles que el Espíritu Santo haría esto mismo, diciendo: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque él no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Juan 16:13). Así que, en Pentecostés, los apóstoles comienzan a recibir del Espíritu porciones de “la verdad” que la Deidad programó transmitir, a través de ellos, a la humanidad. Hablaron, por inspiración divina, “las maravillas de Dios” (Hechos 2:11). En el contexto de Hechos 2:4, el fruto principal de ser “llenos del Espíritu Santo” era el de comunicar a los seres humanos las verdades que impartía el Espíritu por inspiración sobrenatural, “según” él las “daba”, cláusula que indica revelación progresiva. Comprendemos, pues, que los apóstoles no proclamaron su propio “evangelio” o “doctrina”, ni contaron “sueños, visiones o revelaciones” de origen humano. Tampoco hablaron disparates. Definitivamente, los apóstoles no eran pentecostales. Las “otras lenguas”, o sea, idiomas, eran, respetado lector pentecostal, el vehículo de comunicación, pero el mensaje del evangelio, transmitido mediante inspiración divina por el Espíritu, era, y es, el “poder de Dios para salvación” (Romanos 1:16).

4.  Acusados los apóstoles por unos burladores de estar “llenos de mosto”, “Pedro, poniéndose en pie con los once”, y no con los ciento veinte, explica lo que estaba tomando lugar en aquel día de Pentecostés (Hechos 2:13-36). Su mensaje fue pronunciado a “la hora tercera del día” (Hechos 2:15), o sea, a las 9:00 de la mañana.

a)  Dice que aquello fue “lo dicho por el profeta Joel” (Hechos 2:16). Luego de citar Joel 2:28-32 y el Salmo 16:8-11, añadiendo comentarios y haciendo aplicaciones, dice, refiriéndose a Jesucristo: “Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís (Hechos 2:33). “Veían” las “lenguas repartidas, como de fuego”, asentados sobre “cada uno” de los apóstoles. “Oyeron” el “estruendo como de un viento recio que soplaba”, y además, que los apóstoles hablaran “otras lenguas”, o sea, las lenguas natales de los oyentes. Estos eventos los presenta Pedro, por el Espíritu, como manifestaciones palpables del derramamiento del Espíritu Santo. Cristo “ha derramado esto…”. Comprendemos, pues, que el derramamiento del Espíritu Santo no solo capacitó a los apóstoles para predicar “las maravillas de Dios” en otros idiomas sino que hizo posible fenómenos sobrenaturales tales como el “estruendo” y las “lenguas repartidas, como de fuego”. Proyectar la continuación de “lenguas” a lo largo de la Era Cristiana, pero no la de fenómenos tales como los mentados, sería circunscribir la gama de acciones realizadas por el Espíritu Santo en Pentecostés y el resto del tiempo apostólico. Cosa que hacen, efectivamente, los pentecostales, pretendiendo “haber recibido el derramamiento del Espíritu como en Pentecostés”, pero limitando el supuesto “derramamiento de la lluvia tardía” a “lenguas angelicales o extáticas, profecías y sanidades” alegadas, mixturadas con elementos no vistos en la iglesia de Jerusalén, entre los tales, “violentos sacudimientos corporales, bailes en el espíritu, desmayos, hipnosis, risas incontrolables, griterías, entusiasmo desenfrenado”, etcétera.

b)  En lo concerniente a la profecía de Joel sobre el derramamiento del Espíritu Santo (Joel 2:28-32, citada en Hechos 2:17-21), el cumplimiento de la misma comenzó en aquel Pentecostés del año 30 d. C. “…esto es lo dicho por el profeta Joel”, declara el apóstol Pedro. Aquellos eran “los postreros días” (Hechos 2:17), o sea, los últimos días del Israel terrenal como pueblo electo de Dios, no refiriéndose la expresión a los días del Siglo XXI que vivimos. “Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne…” Este derramamiento sería efectuado de varias maneras distintas dadas a conocer no solo en Joel sino también a través del Nuevo Testamento.

(1)  Abarcaría fenómenos tales como el “estruendo” y las “lenguas repartidas, como de fuego”. Además, el sacudimiento del lugar donde Pedro, Juan y “los suyos” oraban (Hechos 4:31) y la muerte al momento de Ananías y Safira por haber mentido al Espíritu Santo (Hechos 5:1-11). También la liberación milagrosa de la cárcel de los apóstoles por intervención de “un ángel del Señor” (Hechos 5:19); el arrebatamiento físico, por “el Espíritu del Señor”, del evangelista Felipe, del lugar donde bautizó al eunuco de Etiopía, a la ciudad de Azoto (Hechos 8:39-40); la resurrección a Dorcas de entre los muertos (Hechos 9:36-43); la liberación milagrosa del apóstol Pedro de la cárcel, presentándose “un ángel del Señor” y manifestándose “una luz” que “resplandeció en la cárcel” (Hechos 12:3-11); la muerte repentina del rey Herodes Agripa, hiriéndole “al momento un ángel del Señor”, expirando aquel rey “comido de gusanos” (Hechos 12:20-24); la ceguedad traída sobre el mago Elimas en la isla de Chipre (Hechos 13:4-12); los milagros ocurridos en la cárcel de Filipos (Hechos 16:25-28) y muchas manifestaciones adicionales de la misma categoría. Me consta que algunos pentecostales aseguran haber hecho, visto o experimentado fenómenos parecidos, pero jamás se ha podido constatar algún caso auténtico entre ellos. No nos parece razonable aceptar sus “testimonios” subjetivos, sin evidencias fidedignas independientes. Por ejemplo: “El Espíritu Santo me arrebató físicamente, en horas de la noche, de San Juan, Puerto Rico, y me llevó en el espíritu a Israel, donde volé por encima de Jerusalén. Luego, me trajo de regreso a Puerto Rico”. ¿Acaso hubiera testigos presenciales confiables de tal supuesto acontecimiento? Para pesar nuestro, lo que hacían los falsos profetas de Israel, también lo hacen los de los pentecostales: “…uno edificaba la pared, y he aquí que los otros la recubrían con lodo suelto”, el que se compone de “¡Aménes! ¡Aleluyas! ¡Así fue! ¡Gloria a Dios!”, sin contar ellos con pruebas indubitables.

(2)  El derramamiento del Espíritu Santo profetizado en Joel 2:28-32 también abarcaría las siguientes acciones:

(a)  “Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán…” (Hechos 2:17). “Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán (Hechos 2:18). “…en aquellos días…”, es decir, “…en los postreros días…”, los que transcurrían durante el tiempo de los ministerios de Cristo y los apóstoles (Isaías 2:2-4). Después del esparcimiento de todos los discípulos en Jerusalén, “salvo los apóstoles”, evento ocurrido dos años, hasta tres, después de establecida aquella congregación en Pentecostés, al recuperarse la iglesia, al menos en parte, se encuentran “unos profetas” en ella (Hechos 11:27). En Hechos 13:1, se mencionan cinco “profetas y maestros” en la iglesia de Antioquía de Siria: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén y Saulo de Tarso. Hubo profetas y profetisas en la iglesia de Corinto (1 Corintios 11:4-5; 14:29-33), y en Cesarea, “Felipe el evangelista… tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban” (Hechos 21:8-9). El Espíritu Santo impartió instrucciones específicas para el uso del don de profecía en las congregaciones (1 Corintios 14:29-40), las que violan regularmente los pentecostales hoy día, no estando sus “espíritus… sujetos”.

(b)  “Vuestros jóvenes verán visiones…” La visión de Ananías referente a Saulo de Tarso (Hechos 9:10-16); la visión de Saulo de Tarso acerca de Ananías (Hechos 9:11-12); la visión de Cornelio, gentil (Hechos 10:1-6); la visión de Pedro del “gran lienzo” (Hechos 10:9-20); la visión de Pablo del varón macedonio (Hechos 16:6-10), su visión del paraíso (2 Corintios 12:1-4) y las muchas visiones dadas al apóstol Juan en el Apocalipsis. Visiones auténticas, dadas por Dios. Durante los primeros años de la iglesia, los apóstoles, incluso Pablo, eran hombres jóvenes, comparativamente, fundamentándose esta deducción en la duración de los ministerios de algunos de ellos, detalles que optamos por no incluir en este estudio. Hablar “visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová” (Jeremías 23:16) lo hicieron los falsos profetas de Israel, haciendo otro tanto, los auto denominados “profetas y profetisas pentecostales” del presente, según nuestras observaciones e investigaciones.

(c)  “Vuestros ancianos soñarán sueños…” (Hechos 2:17). “Sueños” impartidos por Dios, tales como los que tuvo José sobre los “manojos” y “el sol y la luna y las once estrellas (Génesis 34:6-10), el sueño del Faraón sobre las vacas y las espigas (Génesis 41) y el sueño del rey babilonio Nabucodonosor sobre la gran imagen (Daniel 2), no se registran en la historia de la iglesia, según dada en el Nuevo Testamento. Censurando duramente a los falsos profetas de Israel, Dios dice: “Yo he oído lo que aquellos profetas dijeron, profetizando mentira en mi nombre, diciendo: Soñé, soñé. … He aquí, dice Jehová, yo estoy contra los que profetizan sueños mentirosas, y los cuentan, y hacen errar a mi pueblo con sus mentiras y con sus lisonjas, y yo no los envié ni les mandé…” (Jeremías 23:25, 32). De igual manera, los “pentecostales soñadores” del presente engañan y hacen errar a multitudes con sus susodichos “sueños dados por Dios”, sosteniendo sus falsos evangelios, por ejemplo, el de la “prosperidad”, con los “sueños inventados” que cuentan, con tanta vehemencia y carisma, a los ingenuos que les prestan oído.

c)  La profecía de Joel fue cumplida ampliamente en el Siglo I de la Era Cristiana, predicando los apóstoles “en todas partes” y “ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían” (Marcos 16:19-20). Perfeccionada la revelación de “toda la verdad” a los apóstoles (Juan 16:13), esta obra principal del Espíritu Santo fue terminada, ni sería repetida, recibiendo la iglesia, de una vez para siempre, toda la revelación de Dios. Respalda esta afirmación la exhortación de “Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo”, a contender “ardientemente por la fe que ha sido dada una vez a los santos (Judas 3). Sucedió, pues, que cesaron los dones sobrenaturales, tal y como enseñó (Efesios 4:9-16) y profetizó (1 Corintios 13:3-13) el mismo Espíritu Santo. Esta doctrina del Nuevo Testamento pocos pentecostales la confrontan con seriedad, tergiversando “lo perfecto” de 1 Corintios 13:8-13, y en general, simplemente obviando textos tales como Efesios 4:9-16, Judas 3, Marcos 16:19-20 y Hechos 8:14-18.

5.  Al oír la multitud las predicaciones de los apóstoles, luego, en particular, la explicación que Pedro presentó, por el Espíritu, sobre lo que estaba ocurriendo, “…se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:37-38).

a“Varones hermanos, ¿qué haremos” para ser perdonados, para ser salvos? Viene la respuesta divinamente inspirada: “Arrepentíos, y bautícese… para perdón de los pecados”. Dos acciones debían tomar: no solo arrepentirse sino también bautizarse “cada uno… para perdón…”.

b)  Pero, los pentecostales no contestan la pregunta “¿qué haremos?” de esta manera sino que eliminan el bautismo como condición “para perdón de los pecados”. Sus evangelistas y pastores acostumbran decir: “¡Acepten a Cristo en su corazón y serán salvos! Digan ‘Yo recibo a Cristo como Señor de mi vida’, y serán salvos. Oren conmigo la ‘Oración del pecador para perdón, y serán perdonados”. O, expresiones semejantes de más o menos la misma naturaleza. ¿Quién los autorizó a eliminar el bautismo del plan divino de salvación? ¿No dijo el mismo Cristo en la Gran Comisión: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo…”, estableciendo el bautismo en agua como requisito para ser “salvo”? Marcos 16:15-16.

6.  “Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas” (Hechos 2:41).

a)  “Como tres mil personas” fueron bautizadas “aquel día” de Pentecostés, y no el próximo día, ni tres días, tres semanas, tres meses o tres años más tarde. Porque el bautismo bíblico es “para perdón”, y por consiguiente, este “perdón” no se consigue hasta no bautizarse el creyente arrepentido “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, conforme al mandamiento de Jesucristo (Mateo 28:18-20).

b)  De haber sido “pentecostales” los apóstoles, al estilo de los “pentecostales” del presente, seguramente no hubiesen bautizado “aquel” mismo “día” a los tres mil arrepentidos sino que hubiesen pospuesto su bautismo, diciéndoles que “el bautismo no es necesario para perdón” y mandándoles a tomar “clases de candidato” como requerimiento para ser bautizados.

7.  “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42).

a)  Esto lo hicieron aquellos tres mil arrepentidos y bautizados en aquel mismo día de Pentecostés, pero ya estamos viendo que los pentecostales de hoy no perseveran en “la doctrina de los apóstoles”. Es más, los escuchamos minimizar la importancia de “doctrina”, aun despreciando a los que la tienen como indispensable para salvación. Su percepción de “doctrina” contrasta fuertemente con la del Espíritu Santo y los apóstoles. Por ejemplo, el apóstol Pablo escribió al evangelista Timoteo: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren(1 Timoteo 4:16). Y al evangelista Tito: “Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina(Tito 2:1). Aún más enfática es la declaración del apóstol Juan. “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ese sí tiene al Padre y al Hijo” (2 Juan 9).

b)  Transportándonos allá a Jerusalén, observamos que aquella primera congregación perseveraba no solo “en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros… y en las oraciones”, sino además, “en el partimiento del pan”, es decir, en “la cena del Señor”. Ahora bien, en 1 Corintios 4:17, leemos que el apóstol Pablo enseñaba lo mismo “en todas partes y en todas las iglesias”, y asumimos que los demás apóstoles hicieran otro tanto desde el principio, no cambiando o sustituyendo “los rudimentos de la doctrina de Cristo” (Hebreos 6:1-3). En cuanto a “la cena del Señor”, aprendemos que la iglesia en Troas la celebraba  el “primer día de la semana” (Hechos 20:7), y en 1 Corintios 5:6-8; 10:16-22 y 11:17-34 hallamos diversas instrucciones inspiradas sobre el significado de “la cena” y cómo participar dignamente de ella. Analizada toda esta información, nos parece completamente lógico deducir que la iglesia en Jerusalén también participara de “la cena del Señor” el “primer día de la semana”, es decir, cada domingo, cumpliendo el mandato del Señor que dice “Haced esto en memoria” (Lucas 22:19). ¿Con cuánta frecuencia y cuánto entendimiento participan los “pentecostales” de “la cena del Señor”? Mi fuerte impresión personal es que esta solemne “fiesta” (1 Corintios 5:6-8) cristiana se relega, entre ellos, a un plano secundaria, teniendo mucho más importancia sus “lenguas angelicales”, "sanidades", "profecías", “alabanzas avivadas” y “predicaciones fogosas”. De equivocarme en , les pido perdón.

8.  “…y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles” (Hechos 2:43; 5:12). No por los ciento veinte, ni por los tres mil (redondeando números) que acaban de arrepentirse y bautizarse, sino solo “por los apóstoles”. Bien que, pasados unos dos o tres años, el poder de hacer “grandes prodigios y señales” fuera impartido por los apóstoles a otros miembros de la iglesia en Jerusalén (Hechos 6:5-8), hasta ese evento solo los apóstoles los hacían. Este es el cuadro que el historiador Lucas nos presenta. ¿Concuerda la teología pentecostal con el testimonio de Lucas?

9.  “Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (Hechos 2:44-45). Esto lo hacían los cristianos comenzando en Pentecostés, y seguún la información dada en Hechos 4:32-37, driríase que la iglesia en Jerusalén seguía la misma práctica hasta el esparcimiento de la congregación dos años, hasta tres años, más adelante, en el 32-33 d. C., “a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban” (Hechos 11:19). Convertidos muchos millares más de los judíos en los días subsiguientes a Pentecostés, según los datos de Hechos 2:47 y 4:4, “…la multitud”, continuamente creciente, “de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que tenían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hechos 4:32-35).

a)  Ni una palabra sobre “diezmar” la iglesia en Jerusalén durante aquellos primeros años. La lectura atenta y repetida de Hechos 2:1 hasta Hechos 8:4 no descubre ni siquiera la más leve insinuación de semejante práctica.

b)  Tampoco indica pista alguna la presencia de proponentes del “evangelio de prosperidad” en aquella congregación. Al contrario, lejos de procurar aquellos cristianos enriquecerse materialmente, ¡vendían sus propiedades, bienes, heredades o casas! Cuán fuertes diferencias se disciernen entre, por un lado, el espíritu y la práctica de los primeros cristianos, y por otro, el espíritu y la práctica de las hordas de pentecostales que persiguen, con desbordado entusiasmo avaro, prosperar económicamente, implementándose ansiosamente artimañas tales como “contractos con Dios”, “dar el 10% para recibir el 100%”, “hacerse ricos porque Cristo es príncipe, dueño y rey de la tierra”, etcétera.

c)  En la iglesia de Jerusalén, los que recibieron beneficios mediante las ventas de posesiones no eran “pastores, profetas o apóstoles” tipo pentecostal sino cada miembro, “según su necesidad”.

d)  El dinero devengado por la venta de posesiones materiales no fue entregado a “pastores, profetas, evangelistas o apóstoles” de estirpe pentecostal sino a los verdaderos y únicos apóstoles de la Era Cristiana, o sea, a los varones que fueron escogidos y llamados por Cristo mismo en el Siglo I. “…y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles…” Estos no se adueñaron de lo contribuido, sosteniendo esta afirmación lo que dice el apóstol Pedro al cojo de nacimiento que él y Juan encontraron en la puerta Hermosa del templo. Le dice Pedro: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy…” (Hechos 3:6). ¿Tienen plata y oro los líderes pentecostales? Positivo. Muchos de ellos son muy ricos. Reciben y manejan enormes sumas de diezmos y ofrendas. Mayormente para su propio beneficio. ¿Quién se atreve a negar que esto sea así?

e)  Tenían en común todas las cosas es el título de una investigación a fondo sobre referida práctica de los primeros cristianos, cubriendo asuntos tales como: ¿Cuántos vendieron sus posesiones? ¿Durante qué tiempo? ¿Con qué propósito?

10.  Energizan al pentecostalismo las muchísimas “sanidades” que sus adeptos reclaman y atestiguan. Sin embargo, no se dan entre ellos verdaderas sanidades milagrosas como la del “cojo de nacimiento” que los apóstoles Pedro y Juan encontraron en la puerta Hermosa del templo (Hechos 3:1-10).

a)  A este se le hizo una “completa sanidad” (Hechos 3:16), “al momento” (Hechos 3:7). Qué conste: no parcial o temporera sino “completa” y permanente. No lo pronunciaron “sanado en el nombre del Señor”, enviándole a su casa a “esperar con fe que se perfeccionara su sanidad”, declarándose ‘sanado’, a pesar de seguir existiendo su enfermedad o defecto corporal. Estas mañas las practican los pentecostales de hoy porque no poseen, pese a sus reclamaciones y “testimonios”, los verdaderos “dones de sanidades”. “…completa sanidad… al momento” son los rasgos de un auténtico “milagro de sanidad” (Hechos 4:22).

b)  El apóstol Pedro no exige al “cojo de nacimiento” que “creyera como condición para ser sanado”. Más bien, le dice, simplemente: “…lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. Entonces, “tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios” (Hechos 3:6-8). Así pues, la “fe” para sanar la tenía Pedro: “…lo que tengo te doy…” (Hechos 3:6, 16). Ni siquiera había pedido el “cojo” sanidad milagrosa sino “limosna” (Hechos 3:1-3), no profesando él “fe en Cristo”. A notable diferencia, los pentecostales de hoy día exigen “fe” a los que acuden para ser sanados, y cuando estos no son sanados les culpan de “no tener suficiente fe”. ¡Fácil y conveniente salida!

c)  Sometiendo los gobernantes, escribas y ancianos judíos a Pedro y Juan a juicio, se presenta juntamente con ellos el cojo sanado (Hechos 4:14). Viéndolo, confesaron los enemigos del “Camino”: “Porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar” (Hechos 4:16). ¡“Señal manifiesta” de verdad! Sumamente impresionante. Totalmente innegable. Aquel hombre nació con graves defectos en ambos pies y tobillos. No podía caminar. “Era traído… cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa…” “…traído…” No venía cojeando, ni caminando con muletas, sino que “era traído”. No se trata de la sanidad de un pie o un tobillo sino de “los pies y tobillos”, plural. Ambos pies y ambos tobillos. Tal “señal manifiesta” no ocurre entre los pentecostales del presente. Pretenden demasiado estos pentecostales que se ponen a la par con los apóstoles y demás feligreses de la gran congregación en Jerusalén, jactándose de hacer “señales” aún más “manifiestas” que las hechas en aquella ciudad. Sometidas sus “señales” a escrutinio imparcial, la falsedad de las mismas aflora enseguida. De ahí que el astuto e informado observador las niega, no dejando que los torbellinos del “entusiasmo pentecostal” envuelvan su alma en desórdenes tanto emotivos como doctrinales. Amigo lector pentecostal, le ruego soportar mis palabras duras. No me agrada escribirlas, pero lo considero necesario para salvar mi responsabilidad, esperanzado también que provoquen en el sincero las mismas inquietudes que siente este servidor al ver que hoy día muchos catalogan como "sanidad milagrosa" casos que quedan muy cortos de calificar como tal.

11.  Hasta el momento, nuestra búsqueda meticulosa de “pentecostales” en la joven iglesia de Jerusalén ha dado resultados negativos. Pero, aseguran que los había en el lugar que tembló cuando los apóstoles y discípulos oraron. Pues, allá buscaremos también. “Puestos en libertad” los apóstoles Pedro y Juan después de haber sido interrogados y amenazados por las autoridades judías, “vinieron a los suyos y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos los habían dicho. Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Soberano Señor…” (Hechos 4:23-25). Sigue una oración bien estructurada y completamente inteligible, en la que ensalzan al Dios Creador (Hechos 4:24), se cita un Salmo de David sobre las naciones que se rebelan “contra el Señor, y contra su Cristo” (Hechos 4:25-26) y se enlaza aquel Salmo con la oposición de “Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel” a Jesucristo (Hechos 4:27-28). Termina con una petición que lee como sigue: “Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús” (Hechos 4:29-30). No tardó la respuesta divina. “Cuando hubieron orado, (a) el lugar en que estaban congregados tembló; (b) y todos fueron llenos del Espíritu Santo, (c) y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hechos 4:31).

a)  ¿Cuántos oraron esta oración? No se nos informa el número. Quizás cientos, aun miles, contando la congregación en Jerusalén, para este tiempo, con muchos millares de feligreses.

b)  Fuera el número cual fuera, todos “alzaron unánimes la voz a Dios” (Hechos 4:24). Y “unánimes”, todos pronuncian una sola oración, la misma que Lucas registra con exactitud. Así que, no oró cada uno, en voz alta, su propia oración, al estilo “pentecostal moderno”, sino que todos oraron la mismita oración. Ni es probable que oraran todos en voz alta, al unísono, esta misma oración. Mucho más probable es que uno solo de los discípulos pronunciara en voz alta la oración, asintiendo los demás mediante decir “el Amén”. Esta misma forma de orar es la que enseña el apóstol Pablo, por el Espíritu, a la iglesia en Corinto, refiriéndose no solo al hermano que dirigiera la “acción de gracias” sino también al que “ocupa lugar de simple oyente” (1 Corintios 14:16). Visitando el que escribe campañas o cultos pentecostales, y viendo sus reuniones por televisíón, observo que escasean pentecostales que ocupen "lugar de simple oyente" cuando de las oraciones se trata.

c)  De nuevo, enfatizamos que aquí tenemos una oración compuesta inteligentemente, bien estructurado en sus partes, bastante compleja y completamente inteligible, tanto para los orantes como para cualquier persona no convertida que la escuchara. Tampoco se dice, ni se implica, de modo alguno, que oraran esta oración “en lenguas”. Perdóneme, amigo pentecostal, si cruza por mi mente el pensamiento de que estos no sean rasgos de la típica “oración pentecostal”. Conforme a mis observaciones personales, los “pentecostales” en general, acostumbran orar todos a la vez, en voz alta, cada uno su propia oración, orando “en lenguas” algunos, sin intérprete, en lo que percibo como clara y atrevida violación de las directrices asentadas en 1 Corintios 14:11, 16, 27-28, y también en abierta violación del mandamiento de hacerlo “todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40), “pues Dios no es Dios de confusión...” (1 Corintios 14:33). Precisamente, confusión y desorden se multiplican y prevalecen cuando se ora a la manera típicamente “pentecostal”.

d)  En la parte final de la oración, los discípulos que oraban con Pedro y Juan presentaron a Dios la siguiente petición: “Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra (Hechos 4:29). No piden para sí mismos “lenguas”, ni cualquier otro don sobrenatural, sino “todo denuedo”, es decir, valor, en grado sumo, para hablar la “palabra” del Señor. La cláusula “…mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de su santo Hijo Jesús” (Hechos 4:30) puede entenderse, supongo, como una parte de la petición, o como la sencilla expresión de lo que anticipaban los discípulos seguir viendo, basando su proyección en los milagros ya ocurridos. Solo los apóstoles habían hablado “otras lenguas” en Pentecostés, y solo dos apóstoles, Pedro y Juan, habían servido como intermediarios para la “completa sanidad… al momento” del “cojo de nacimiento”. Entonces, ¿por qué pensar los demás discípulos que Dios les diera dones sobrenaturales? Que Dios siguiera extendiendo su mano para hacer “sanidades y señales y prodigios” por medio de los apóstoles, o sin ellos, eso sí, pero que diera dones sobrenaturales a los demás discípulos, eso ni lo contemplaban, diríase, porque ni siquiera peticionaron directamente a Dios que él les diera, a ellos, en su calidad de “discípulos”, tales poderes. No dicen “mientras nos uses para hacer sanidades, señales y prodigios” sino “mientras extiendes tu mano para se hagan sanidades, y señales y prodigios”, efectivamente, desasociándose corporalmente de tales manifestaciones sobrenaturales. El que solo los apóstoles continuaran haciendo milagros, aun tiempo después de esta oración, se pone de relieve en Hechos 5:12. “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo…” Enfatizamos: “por la mano de los apóstoles…”. No por todos los que oraron en la ocasión de “puestos en libertad” Pedro y Juan, sino solo por “los apóstoles”. Más adelante, los apóstoles, impusieron manos a los “siete varones” escogidos para servir como diáconos (Hechos 6:1-8). Los discípulos presentan los siete escogidos "ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos" (Hechos 6:6). ¿Con qué propósito "les impusieron las manos"? Podía interpretarse como un acto público de autorización o aprobación apostólica, pero también el acto mediante el cual se impartían dones sobrenaturales. Claramente se dice en Hechos 8:18 que "por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo". Lucas no dice explícitamente que el propósito de impartir manos los apóstoles a los siete fuese dotarles de dones sobrenaturales, más sin embargo, prontamente aparece en el escenario Esteban, uno de los siete, haciendo "grandes prodigios y señales". Así que, o recibió estos poderes cuando los apóstoles impuiseron manos a los siete, o los recibió en otra ocasión por la imposición de las manos de uno de los apóstoles, pues solo los apóstoles podían impartir dones sobrenaturales.

e)  La respuesta de Dios a la oración de los discípulos fue dada de inmediato. “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hechos 4:31).

(1)  ¿Cuál “lugar… tembló”? No se nos informa. Pudiera haber sido una casa particular. Pero, nos inclinamos a pensar que se trata de alguna área del Monte Templo, cuyos pórticos, atrios y demás facilidades, cubrían, incluyendo el templo propio, aproximadamente 144,000 metros cuadrados (equivalentes a 14 hectáreas). Una y otra vez, Lucas anota que los discípulos “perseveraban unánimes cada día en el templo” (Hechos 2:46; 3:11; 5:12). Ahora bien, su relato dice que “…el lugar… tembló”, y no que los orantes se estremecieran o se sacudieran, moviéndose frenéticamente o tirándose al piso, vencidos por algún éxtasis.

(2)  Respondiendo Dios a la petición de conceder a los orantes “todo denuedo” para hablar su “palabra”, él llena a todos “del Espíritu Santo”. ¿Y qué fue el resultado de recibir ellos al Espíritu Santo de esta manera? Precisamente, “hablaban con denuedo la palabra de Dios”, ¡justamente lo que habían pedido! No se dice que hablaran “otras lenguas”, como los apóstoles en Pentecostés, ni mucho menos que hablaran “lenguas angelicales” o “lenguas extáticas”. Ni tampoco se dice que hicieran sanidades, señales o prodigios. En cuatro pasajes distintos de su historia, Lucas registra que maravillas, sanidades, señales y prodigios eran hechos por los apóstoles (Hechos 2:42; 3:1-10; 5:12; y 5:15-16). De haber los orantes realizados semejantes milagros, catalogaríamos como “extraña omisión”, realmente “inexplicable”, el que no escribiera Lucas nada al respecto.

(a)  Conforme a este análisis, “llenos del Espíritu Santo” no significa, ni implica, necesariamente, “hablar lenguas” o “poseer dones sobrenaturales”. Los discípulos que oraron juntamente con Pedro y Juan pidieron “todo denuedo” para hablar la “palabra” de Dios en medio de un ambiente hostil, cargado de serios peligros para ellos personalmente –encarcelamiento, azotes y aun martirio (Hechos 5:17-18, 40; 7:54-60). Dios contestó su oración, infundiéndoles excepcional valentía. De la manera que el Espíritu Santo puede “consolar”, siendo él “el Consolador” (Juan 16:7), también puede inspirar, en el discípulo que desea fervientemente tenerlo, un alto grado de valor para la proclamación eficaz del evangelio. Esto es así, entendemos, hasta el sol de hoy. Por lo tanto, todo cristiano leal al Señor que pide y recibe “todo denuedo”, ¡también está lleno del Espíritu Santo, impulsado por el Espíritu de poder que mora en él! Y si no, ¿de cuál otro “espíritu” estaría “lleno”?

(b)  El significado de “llenos del Espíritu Santo” lo determina el texto exacto y el contexto general de cada pasaje donde se encuentra la expresión. Ya hemos visto, en el análisis [partida “4”] de la profecía de Joel 2:28-32, citada en Hechos 2:17-21, que el derramamiento del Espíritu Santo abarca toda una gama ancha de manifestaciones sobrenaturales. ¿Por qué habríamos de pensar, pues, que “llenos del Espíritu Santo” siempre implicara una sola de estas muchas manifestaciones, por ejemplo, la de “hablar lenguas”?

(1)  En Damasco, Ananías dice a Saulo de Tarso: “Hermano Saulo, el Señor Jesús que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo. Y al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado (Hechos 9:17-18), ejemplo que no siguen, dicho sea de paso, los pentecostales, pues su práctica casi universal es posponer el bautismo, aun hasta años. Permaneciendo Saulo “muchos días” (Hechos 9:23) en Damasco “con los discípulos”, “predicaba a Cristo en las sinagogas” (Hechos 9:19-22). Había recibido “el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38) y estaba “lleno del Espíritu Santo” (Hechos 9:17), más sin embargo, no se dice que hablara “otras lenguas” en Damasco, ni que hiciera “sanidades” o cualquier otro milagro.

(2)  En la isla de Chipre, Saulo confronta al mago Barjesús (Elimas). “Entonces Saulo, que también es Pablo, lleno del Espíritu Santo, fijando en él los ojos, dijo: ¡Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del diablo… he aquí la mano del Señor está contra ti, y serás ciego, y no verás el sol por algún tiempo. E inmediatamente cayeron sobre él oscuridad y tinieblas…” (Hechos 13:9-11). Pienso, personalmente, que Pablo recibe, en esta situación, un poder del Espíritu Santo que no tuviera en todo momento. De repente, el Espíritu Santo actúa en él, y mediante él, llevándole a pronunciar una maldición sobre Barjesús, y acto seguido, ejecutar un milagro descomunal en aquel mago, dejándolo “ciego… por algún tiempo”. Bernabé, compañero de viaje de Pablo, también “era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe (Hechos 11:24). Sin embargo, el Espíritu elige usar, en el momento, a Pablo para el castigo sobrenatural traído sobre Barjesús.

(3)  El apóstol Pablo escribe a los efesios: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales…” (Efesios 5:18-19). "...sed llenos del Espíritu Santo..." Es decir, llenarse cada uno a sí mismo del Espíritu Santo. Tomar cada uno los pasos  necesarios para ser lleno "del Espíritu Santo". Estudiando la palabra inspirada, orando, congregándose para adorar ´"en Espíritu y en verdad" (Juan 4:24), etcétera. En este contexto, “llenos del Espíritu” no implica, en definitiva, ninguna manifestación sobrenatural. Tampoco la expresión “llenos de toda la plenitud de Dios” en Efesios 3:19. De manera que el cristiano puede estar “lleno del Espíritu Santo” y lleno “de toda la plenitud de Dios”, ¡sin “hablar lenguas, profetizar o hacer sanidades”! Y perfectamente cónsono con esta conclusión es el hecho de que Juan el Bautista estaba “lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre” (Lucas 1:15), más sin embargo, “Juan, a la verdad, NINGUNA SEÑAL HIZO” (Juan 10:41). Por lo tanto, queda sólidamente establecida la afirmación que dice: El significado de “llenos del Espíritu Santo” lo determina el texto exacto y el contexto general de cada pasaje donde se encuentra la expresión, no siempre implicando “hablar lenguas” ni cualquier otra manifestación sobrenatural.

f)  Queridos pentecostales, tampoco encontramos representantes suyos en aquel lugar que “tembló” cuando “todos fueron llenos del Espíritu Santo”. Su interpretación de “llenos del Espíritu Santo” resulta demasiado limitada e incompleta. Les rogamos rectificarla, ajustándola a su uso más amplio en el Nuevo Testamento.

 

Algunos temas relacionados con este estudio:

Jerusalén en el tiempo de Cristo y los apóstoles

Historia de la primera iglesia de Cristo, la que fue establecida en Jerusalén en el año 30 d. C.

"Tenían en común todas las cosas"

  

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