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Jerusalén en el tiempo de Cristo y los apóstoles. Desglose de los temas relevantes en esta Web.

"Tenían en común todas las cosas"

¡Cero pentecostales en la iglesia de Jerusalén!

Historia de la iglesia de Cristo en Jerusalén

La que fue establecida en Jerusalén, en Pentecostés del año 30 d. C. Revelación progresiva de enseñanzas inspiradas.

PDF de este estudio



Modelo del templo construido por Herodes el Grande en Jerusalén. El Sr. Eric Garrard invirtió 33,000 horas en la confección de este modelo, cuya escala es de 100 por 1. Algunos eruditos lo consideran la representación más correcta jamás realizada del templo que existía en el tiempo de Cristo y los apóstoles. En los lujosos y espaciosos atrios y pórticos de este templo la iglesia se reunía a diario hasta su dispersión en el año 32-33 d. C. “Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:46). “Y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón” (Hechos 5:12).

Período enfocado en este estudio: desde Pentecostés del año 30 d. C. hasta el año 32-33, con algunas referencias a los años hasta el 95 d. C.
Hechos 2:1 hasta el 8:4

Recopilación de verdades divinas proclamadas, y algunas no proclamadas, a los judíos aún sin convertirse a Cristo.

Doctrinas, prácticas o acciones de la iglesia en Jerusalén, hasta su dispersión, “salvo los apóstoles”, en el año 32-33 d. C.

Organización de la iglesia en Jerusalén

Su relación al judaísmo

Algunos temas estudiados

-La iglesia de Cristo en Jerusalén desde Pentecostés del año 30 hasta el año 32-33. Breve introducción.

-Verdades divinas proclamadas, durante los años del 30 al 32-33, a oyentes aún no convertidos.

-Algunas verdades divinas no proclamadas a oyentes aún sin obedecer al evangelio durante los años del 30 al 32-33.

-Doctrinas, prácticas o acciones de la iglesia en Jerusalén durante los años del 30 al 32-33.

-Que los convertidos a Cristo perseveraban en la doctrina de los apóstoles".

-Que perseveraban… en la comunión los unos con los otros…”

-Pero, ¿deben los cristianos de la ciudad o pueblo que sea perseverar todos los días, todos “unánimes”, en un solo lugar porque los millares de cristianos en Jerusalén “perseveraban unánimes cada día en el templo”?

-Que perseveraban… en el partimiento del pan…” (Hechos 2:42). ¿Qué significa “el partimiento del pan” en este versículo? ¿Dónde y con qué frecuencia perseveraban en este acto los cristianos en Jerusalén?

-¿Comían los miles y miles de cristianos en Jerusalén –hasta veinticinco mil, quizás muchos más- de un solo pan literal y tomaban “el fruto de la vid” de un solo recipiente?

-¿Qué medidas tomarían los muchos millares de cristianos en Jerusalén para participar, todos unánimes en el templo, de “la mesa del Señor”? ¿Celebrarían “la cena del Señor” en combinación con una cena común y corriente?

-Que “estaban juntos, y tenían en común todas las cosas, y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno”.

-Que alababan “a Dios.

-Que “la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma(Hechos 4:32).

-Que la iglesia en Jerusalén fue gobernada personalmente por los apóstoles desde su establecimiento hasta su dispersión en el 32-33 d. C.

 
Pórticos del templo construido por Herodes el Grande en Jerusalén. Simulación por el equipo UCLA de simulación urbana. En pórticos de este estilo y tamaño se congregaban “cada día” los millares y millares de convertidos a Cristo, los que pertenecían a la primera iglesia de Cristo en la historia de la humanidad.

Pórticos del templo construido por Herodes el Grande en Jerusalén. Simulación por el equipo UCLA de simulación urbana. www.abu.nb.ca En pórticos de este estilo y tamaño se congregaban “cada día” los millares y millares de convertidos a Cristo, los que pertenecían a la primera iglesia de Cristo en la historia de la humanidad.

 

I.  Introducción. Algunos términos claves definidos.

A.  “Revelación” significa, en el contexto de este estudio, el descubrimiento, o impartición, por inspiración divina, del mensaje de Dios para los humanos que habitan el globo terráqueo durante la Era Cristiana.

1.  “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo(Hebreos 1:1-2).

2.  “Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo(Gálatas 1:11-12).

B.  Por “progresiva” queremos decir: que se da a conocer a través de determinado espacio de tiempo. O sea, no de golpe, en un instante o en una sola ocasión, sino paulatinamente, poco a poco.

C.  La “primera iglesia de Cristo” fue la congregación establecida en la ciudad de Jerusalén, en el “día de Pentecostés”, del año 30, o tal vez del 29, rectificado el error del calendario gregoriano seguido en el presente. Aquel “Pentecostés” no era un “día cristiano” sino una de las fiestas solemnes anuales ordenadas para los israelitas cerca de mil quinientos años antes de Cristo (Levítico 23). “Pentecostés” no es sinónimo de “lenguas angelicales”, como tampoco de “bautismo en Espíritu Santo”, sino que, traducido, significa “quincuagésimo”, contándose “cincuenta días” desde la Pascua para determinar la fecha de su celebración (Levítico 23:15-16).

II.  Afirmamos lo que sería, quizás, para el lector atento del Nuevo Testamento, plenamente evidente a primera vista, a saber, que aquella primera iglesia de Cristo no recibió, de repente, en el día de su nacimiento, “toda la verdad” divina prometida por Jesucristo (Juan 16:13), sino paulatina y progresivamente, durante el transcurso de muchos años. Antes que nada, contemplemos, a través del relato histórico de Lucas, algunos eventos importantísimos acaecidos en el día del establecimiento de la iglesia en Jerusalén.

A.  Pentecostés siempre caía el primer día de la semana. Así que, la iglesia de Cristo fue establecida el primer día de la semana, y no el séptimo o cualquier otro. Temprano en la mañana de aquel Pentecostés, estando los apóstoles “todos unánimes juntos” en “la casa donde estaban sentados” (Hechos 2:1-2), “fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:4). Hablaban las “lenguas” de los “judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo”, congregados en Jerusalén para la celebración de Pentecostés (Hechos 2:5-12), y no “lenguas angelicales” o “lenguas jerigonzas”. Hablaban por el Espíritu “las maravillas de Dios” (Hechos 2:11), y no algún mensaje ininteligible. Hablaban “según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:4). Y así, en aquel Pentecostés, en Jerusalén, el Espíritu Santo inició la ejecución de la encomienda que Cristo mismo le había dado de guiar a los apóstoles “a toda la verdad”. A sus apóstoles Jesús les dijo: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13). Vino, pues, “el Espíritu de verdad” precisamente en aquel Pentecostés, diez días después de la ascensión de Cristo, empezando su obra con auténticas señales espectaculares confirmativas (Marcos 16:17-20), como la de anunciar el evangelio los apóstoles, “sin letras y del vulgo” algunos de ellos (Hechos 4:13), en otros idiomas sin haberlos aprendido.

B.  “…los que recibieron” la “palabra” predicada por inspiración divina en aquel Pentecostés “fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas”. “…bautizados” y añadidos a la iglesia “aquel día”, y no el próximo día, la próxima semana, seis meses o seis años después.

C.  “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42). Examinamos estas cuatro acciones en la partida “V, A”.

III.  La iglesia de Cristo en Jerusalén desde Pentecostés del año 30 hasta el año 32-33.

A.  Enmarcan este espacio de dos años, quizás hasta tres, Pentecostés al principio, y al término, la persecución fiera contra la iglesia suscitada al ser martirizado el diácono Esteban. A consecuencia de aquella “gran persecución…, todos” los feligreses de la congregación “fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles (Hechos 8:1-4).

B.  Siguiendo varias indicaciones de Hechos de Apóstoles sobre el crecimiento fenomenal numérico de los discípulos en Jerusalén, se calculan en unos veinticinco mil, tal vez hasta muchos más, los que había cuando estalló la “gran persecución”. [El estudio Tenían en común todas las cosas contiene evidencias al respecto.]

C.  Cubren aquel tiempo desde Pentecostés del 30 hasta el 32-33 d. C. los capítulos del 2:1 al 8:4 de Hechos de Apóstolos.

IV.  Verdades divinas proclamadas, durante los años del 30 al 32-33, a oyentes aún no convertidos. Además, tratándose del mismo período de dos a tres años, algunas verdades NO proclamadas a tales oyentes, conforme a ciertas evidencias circunstanciales. Las mismas fueron impartidas más adelante durante el Siglo I, antes de finalizarse la época apostólica en el año 95 d. C., cuando el apóstol Juan recibió las profecías y visiones de Apocalipsis.

A.  Escrutando el relato de Lucas, comenzando con Hechos 2:1 y terminando con Hechos 8:4, confeccionamos la siguiente lista de “Verdades divinas proclamadas a oyentes aún no convertidos durante los años del 30 al 32-33.

1.  Que las señales sobrenaturales ocurridas en la mañana de Pentecostés evidenciaban que el “poder” de Dios (Hechos 1:7-8) había caído sobre los apóstoles, capacitándolos para predicar “las maravillas de Dios”, aun en “otras lenguas” sin haberlas aprendido, y que todo esto era el cumplimiento de la profecía en Joel 2:28-32 (Hechos 2:1-21, 33).

2.  Que “Jesús nazareno, varón aprobado por Dios…” (Hechos 2:22) es el Mesías, que fue resucitado y “exaltado por la diestra de Dios”, hecho “Señor y Cristo” (Hechos 2:22-36; Hechos 3:11:26; Hechos 4:8-14; Hechos 5:29-32, 42; Hechos 7:47-56).

3.  Que habiendo Dios “resucitado de los muertos” a Cristo, “le ha confirmado su nombre” mediante la “completa sanidad” hecha al “cojo de nacimiento”, de “más de cuarenta años” de edad (Hechos 4:23), que Pedro y Juan encontraron en la puerta Hermosa del templo (Hechos 3:11-16; Hechos 4:8-10). “Completa sanidad en presencia de todos vosotros”, y no a medias ni temporera; tampoco meramente sugestionada o emocional. Aun los saduceos y sacerdotes que resistían a creer admitían: “Porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar(Hechos 4:16). No solo este milagro sino gran número de señales, maravillas y prodigios similares hechos por los apóstoles confirmaban el “nombre” de Cristo (Hechos 2:43; 5:12-16), confirmando también la “palabra de Dios” por ellos predicada (Marcos 16:20).

4.  Que Cristo es el “profeta” vaticinado por Moisés, y que “…a él oiréis en todas las cosas que os hable” (Hechos 3:22-26. Comparar Hebreos 1:1-2.)

5.  Que para ser salvo es necesario hacer lo siguiente: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados…” (Hechos 2:38). Arrepentíos, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados…” (Hechos 3:19). “…que cada uno se convierta de su maldad(Hechos 3:26). Y que todo creyente arrepentido se bautice el mismo día de su arrepentimiento. “Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel mismo día como tres mil personas” (Hechos 2:41).

a)  Estas condiciones “para perdón” asentadas por el Espíritu Santo al principio jamás fueron cambiadas o eliminadas por los apóstoles. Incluso, el bautismo “para perdón”. Tiempo más adelante, Ananías dice a Saulo de Tarso: “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre” (Hechos 22:16). Tanto los samaritanos (Hechos 8:12), como el eunuco de Etiopía (Hechos 8:26-40), Lidia de Tiatira (Hechos 16:14-15), y el carcelero de Filipos con su familia (Hechos 16:25-40), fueron bautizados todos tan pronto creyeran y se arrepintieran. Porque el bautismo ordenado por la Deidad es, en definitiva, “para perdón”. Reiteramos: ninguna “revelación” auténticamente divina ha alterado, sustituido o anulado nunca jamás estas condiciones “para perdón de los pecados”.

b)  Pero, susodichas “revelaciones” posteriores al tiempo de los únicos apóstoles verdaderos de Cristo alteraron sí el modo y el propósito del bautismo enseñado por la Deidad durante el Siglo I. Atrevidos apóstatas sustituyeron el rociamiento, o aspersión, por la sepultura en aguas enseñada claramente en textos tales como Romanos 6:3-9 y Hechos 8:26-40. Luego, un sinnúmero de falsos profetas, falsos apóstoles, falsos pastores y falsos maestros repudiaron el propósito divino asignado al bautismo, a saber, “para perdón de los pecados”, enseñando que el bautismo es mero “símbolo de salvación” y no un paso esencial “para perdón”. Según sus evangelios diferentes, el perdón de Dios se consigue mediante “la gracia sola”, “la fe sola”, la “profesión de fe” o la “oración del pecador para perdón”, antes de bautizarse y sin bautizarse. Estos cambios letales para el alma se propagan mundialmente hasta el sol de hoy. Estimado lector, ¿predica y practica su iglesia la original y única “revelación de Jesucristo” sobre las condiciones “para perdón”, o acaso los cambios introducidos por hombres carentes de inspiración divina? O siendo el caso suyo el que, pese a creer usted que Jesucristo es el Mesías, no persevera en ninguna iglesia, respetuosamente le preguntaría: ¿Por qué se detiene? Levántese y bautícese, por inmersión, “para perdón de los pecados”, invocando “el nombre” de Cristo, haciendo posible que el Señor le añada a la iglesia que él fundó (Hechos 2:47).

6.  Que Cristo vendrá otra vez y que Dios tiene planificada la “restauración de todas las cosas” (Hechos 3:19-21). “…para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado, a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta la restauración de todas las cosas…”

7.  Que Dios efectuará “…la resurrección de los muertos” (Hechos 4:2).

8.  Que “Jesús es la piedra reprobada” que “ha venido a ser la cabeza del ángulo” (Hechos 4:11).

9.  Que “…en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:11-12).

B.  Algunas verdades divinas no proclamadas a oyentes aún sin obedecer al evangelio durante los años del 30 al 32-33.

1.  Revisando atentamente los mensajes predicados por los apóstoles en Jerusalén, según registrados por Lucas en la porción desde Hechos 2:1 hasta Hechos 8:4 de su historia, encontramos que no trajeron las siguientes enseñanzas para sus oyentes aún en desobediencia a Dios.

a)  Sobre la existencia y la naturaleza del único Dios verdadero. Doctrinas al respecto el Espíritu Santo las trae años más tarde, por ejemplo, en Listra (Hechos 14:8-18) y también en Atenas, mediante el mensaje del apóstol Pablo en el Areópago, según Hechos 17:16-34.

b)  Sobre la procedencia y naturaleza del ser humano –que él es alma, espíritu y cuerpo –que es creado a imagen de Dios para hacer la voluntad del Creador. Temas también abordados por Pablo en Atenas.

c)  Sobre apartarse de los ídolos, revelación traída luego en lugares tales como Listra (Hechos 14:8-19), Éfeso (Hechos 19:23-41) y Corinto, según 1 Corintios 8.

d)  Sobre el juicio a ser ejecutado por Dios, doctrina dada a conocer luego por el Espíritu Santo, también en Atenas (Hechos 17:30-31).

e)  Sobre el infierno. El apóstol Pedro, en su predicación en el pórtico de Salomón en la ocasión de la “completa sanidad” hecha al cojo de nacimiento, aborda el castigo divino para los que no obedecen al evangelio, diciendo: “…y toda alma que no oiga a aquel profeta [a Cristo], será desarraigada del pueblo” (Hechos 3:23), pero sin abundar más acerca de “infierno o castigo eterno”. Años después, numerosas revelaciones sobre estos temas fueron dadas por el Espíritu Santo, especialmente mediante las profecías dadas a Pablo (2 Tesalonicenses 2:3-12) y Juan (Apocalipsis 19:20-21; 20:10-15; 21:8).

2.  Al anotar estos cinco ejemplos, estamos asumiendo que Lucas haya incorporado en su historia transcritos completos de los mensajes pronunciados por los apóstoles ante oyentes no convertidos a Cristo durante los años del 30 al 32-33, o al menos los temas principales de sus mensajes. Con la excepción del mensaje de Pedro en Pentecostés, pues habiendo aquel apóstol explicado las condiciones divinas “para perdón” y anunciado que “la promesa” de Dios se hacía extensiva tanto a gentiles como a judíos (Hechos 2:37-39), “con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación” (Hechos 2:40). Estas “otras muchas palabras” el Espíritu Santo no inspiró a Lucas a incluirlas en su historia, posiblemente, especulamos, por tratarse de “testimonios” –implicados por el verbo “testificaba”- y “exhortaciones” similares a la que se cita, a saber: “Sed salvos de esta perversa generación”.

3.  Suponiendo que los apóstoles no incluyeran en sus predicaciones ante los no convertidos durante los años del 30 al 32-33 los cinco temas señalados, no se nos hace difícil comprender por qué. ¡Todos sus oyentes durante aquel período eran judíos! Tal vez con algunos que otros prosélitos, o sea, gentiles convertidos al judaísmo. Y posiblemente algunos de los soldados romanos guarnecidos en la fortaleza Antonia, la cual colindaba con el templo judío, aunque Lucas nada dice al respecto. Pensamos: ¿Con qué lógica predicar a aquellos judíos tan celosos de su religión sobre temas que ya entendían y aceptaban, quizás con la excepción del juicio y el infierno? Más necesario era convencerlos que Cristo era realmente el Mesías, que las profecías se cumplían en él y que el Dios de los judíos estaba confirmando el nombre de su Cristo mediante las señales, maravillas y prodigios efectuándose ante sus ojos atónitos.

4.  Asumiendo, pues, correcto este análisis, queda establecido que el Espíritu Santo revelaba, a través de los apóstoles y evangelistas del Siglo I, mensajes ajustados a las distintas clases de audiencias. Revelación sobre revelación para gentes aún sin convertirse a Cristo, hasta tener nosotros hoy día, en el Nuevo Testamento, toda la revelación divina necesaria para llevar el evangelio a toda raza, cultura, agrupación religiosa o categoría moral de seres humanos. Revelación progresiva, desde Pentecostés hasta el año 95 d. C., y ahí termina la revelación divina sobrenatural, habiendo realizado el Espíritu Santo perfectamente su grandiosa y única obra de guiar a los apóstoles “a toda la verdad”. Obra terminada y sellada. Obra que el Espíritu no volvería a repetir, hecho que Judas confirma al referirse a “…la fe que ha sido UNA VEZ dada a los santos” (Judas 3). Obra que nosotros debemos respetar y aceptar como completa e inmejorable. “Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade” (Gálatas 3:15). El “nuevo pacto” de Cristo (Mateo 26:27-29; 2 Corintios 3:6; Hebreos 8:6-13) fue dado en su totalidad a los apóstoles por el Espíritu, testificado, confirmado (Marcos 16:20) y “ratificado” una vez para siempre en el Siglo I. Por lo tanto, que ninguno de nosotros se atreva a invalidarlo o añadirle.


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Simulación de la esquina del suroeste del monte Templo, con anchas gradas que conducían a una de las puertas que daban acceso a los atrios y pórticos alrededor del templo propio. Por aquí también subirían algunos de los millares de cristianos que perseveraban "unánimes cada día en el templo" (Hechos 2:46).

V.  Doctrinas, prácticas o acciones de la iglesia en Jerusalén durante los años del 30 al 32-33, antes de su dispersión a causa de la “gran persecución” contra ella. ¿Debían todas las congregaciones establecidas después de aquella primera en Jerusalén imitar a esta con rigorosa exactitud, tanto en doctrina como en prácticas o acciones? ¿Acaso revelara Dios doctrinas adicionales después de la dispersión de la iglesia en Jerusalén? ¿Alteró o eliminó Dios, por el Espíritu, algunas prácticas de aquella congregación? ¿Añadiría otras que aquella no tuviera al principio?

A.  Volviendo a analizar cuidadosamente el mismo pasaje, Hechos 2:1 al 8:4, hallamos las siguientes doctrinas, prácticas o acciones en la iglesia de Jerusalén durante los años del 30 al 32-33.

1.  Que los convertidos a Cristo “perseveraban en la doctrina de los apóstoles” (Hechos 2:42). Es decir, en las enseñanzas impartidas por los apóstoles “según el Espíritu les daba que hablasen”. Por lo tanto, aquellas enseñanzas no eran “de hombre” sino “por revelación de Jesucristo” a través del Espíritu Santo (Gálatas 1:11-12). “…el Espíritu de verdad… no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere… Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber, aclara Jesucristo en Juan 16:13-14. Lejos de menoscabar la nueva iglesia en Jerusalén la importancia de “doctrina”, más bien perseveraba, o sea, continuaba fielmente, “en la doctrina de los apóstoles. No en cualquier doctrina sino en la “de los apóstoles”, sinónima de “la doctrina de Cristo” (Hebreos 6:1; 2 Juan 9-11), o “la ley de Cristo” (1 Corintios 9:21). Una vez revelada en su totalidad, esta “doctrina de los apóstoles”, contenía “toda la verdad” prometida por Cristo a ellos (Juan 16:13). De manera que cualquier “doctrina, edicto, tradición religiosa, credo religioso, sueño, visión o supuesta revelación” proclamado después de muertos los únicos apóstoles auténticos de Jesucristo ha de tenerse como sin autoridad divina.

2.  Que perseveraban… en la comunión los unos con los otros…” (Hechos 2:42). O sea, mantenían entre sí una continua y estrecha relación de camaradería espiritual estos tres mil nuevos convertidos a Cristo. Judíos todos, tal vez exceptuándose unos pocos prosélitos (Hechos 6:1). Separados, por su nueva fe, de los demás judíos (Hechos 5:13), y comenzando a experimentar una “nueva vida” en el nuevo “cuerpo” espiritual, cuya “cabeza” era Jesucristo, el “Mesías” que acaban de aceptar como tal y obedecer. “Perseveraban unánimes cada día en el templo…” en Jerusalén (Hechos 2:46), en “comunión unos con otros…”. ¡Tres mil bautizados! Muchos, se supone, con sus familias; otros, solteros, viudas o viudos. Miles de personas. Hablando, discutiendo, conversando, conociéndose. No solo en el día después de Pentecostés sino “…cada día en el templo…”. Día tras día. Allí los vemos, en los atrios o pórticos espaciosos y lujosos del templo. Hablando animadamente de los gloriosos eventos transpirándose, de este nuevo “evangelio de salvación” (Efesios 1:13) proclamándose por inspiración divina sobrenatural y confirmándolo Dios con señales indubitables, maravillas y prodigios.

a)  Mantenerse “en la comunión los unos con los otros” lo hacen los cristianos verdaderos de todo tiempo y lugar, siendo tal “comunión” rasgo típico y necesario de ellos.

b)  Pero, ¿deben los cristianos de la ciudad o pueblo que sea perseverar todos los días, todos “unánimes”, en un solo lugar porque los millares de cristianos en Jerusalén “perseveraban unánimes cada día en el templo”? ¿Del primer día de la semana al séptimo? ¿De domingo a sábado? ¿Todos los días? ¿Semana tras semana? ¿Mes tras mes y año tras año? ¿Los trescientos sesenta y cinco días del año?

c)  ¿Ordenó Dios, por el Espíritu, que todos los convertidos en Jerusalén formaran una sola congregación y que perseveraran “unánimes cada día en el templo”? ¿O acaso lo hicieran natural y espontáneamente, respondiendo a las circunstancias especiales de “primera iglesia en la historia de la humanidad, iglesia naciente que recibía por primera vez "la doctrina de Cristo" como nueva “ley” (Hebreos 7:12; 1 Corintios 9:21), mediante inspiración divina sobrenatural, poder que tenían, al principio, solo los apóstoles”?

d)  Dos o tres años después de Pentecostés, esparcidos de repente los millares y millares de aquella congregación, “salvo los apóstoles”, “iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:1-4), estableciéndose “iglesias… por toda Judea, Galilea y Samaria” (Hechos 9:31). Luego, “…los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía”, estableciéndose la iglesia en Antioquía de Siria (Hechos 11:19-30). Al tiempo, también los apóstoles, “saliendo, predicaron en todas partes” (Marcos 16:20), formándose muchas iglesias a través del Imperio Romano. ¿Debían todas aquellas congregaciones, cada una en el lugar donde se formó, reunirse “cada día” por qué la primera congregación, la de Jerusalén, lo hacía, según ciertas indicaciones, desde Pentecostés del 30 d. C. hasta el 32-33? Entendemos que no necesariamente. Consideremos.

(1)  El apóstol Pablo instruyó a “las iglesias de Galacia, como también a la iglesia de Corinto, a ofrendar “cada primer día de la semana”, poniendo aparte “cada uno de vosotros… algo, según haya prosperado…” (1 Corintios 16:1-2). Se infiere que aquellas iglesias se reunieran “cada primer día de la semana”. Surge la pregunta: ¿Por qué estipular Pablo, por el Espíritu, un día específico para la ofrenda de no reunirse los cristianos regularmente en tal día, o de contar ellos con autorización divina para apartar su ofrenda en cualquier otro día de la semana? Aunque se reunieran algunos feligreses de cada congregación, aun todos, en otros días de la semana, era de rigor que se reunieran todos por lo menos “cada primer día de la semana”. Fue lo establecido por los apóstoles, dirigidos ellos por el Espíritu Santo. A nuestro entender, esta es la clara implicación necesaria de las instrucciones dadas a aquellas congregaciones.

(2)  El caso de la iglesia en Troas. Lucas escribe: “Y nosotros, pasados los días de los panes sin levadura, navegamos de Filipos, y en cinco días nos reunimos con ellos en Troas, donde nos quedamos siete días. El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir el día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche” (Hechos 20:6-7). “…siete días” permanecen Pablo y sus compañeros en Troas. ¿Se congregaba la iglesia en Troas cada uno de los “siete días”? En el relato de Lucas, no hay intimación alguna de que lo hiciera. En cambio, se nos informa sí, muy explícitamente, que los discípulos en Troas se reunieron “el primer día de la semana… para partir el pan”, es decir, para celebrar “la cena del Señor”. Pese a que Pablo “se apresuraba por estar el día de Pentecostés, si le fuera posible, en Jerusalén” (Hechos 20:16), se detiene “siete días” en Troas, de lunes a domingo. ¿Por qué? Obviamente, para reunirse con la iglesia “el primer día de la semana”, porque la iglesia en Troas se reunía regularmente “el primer día de la semana”. ¿Por mandato de quién? Del Espíritu Santo. Estas inferencias las evaluamos como lógicas, naturales y necesarias. Tengamos presente que se daban, por el Espíritu, las mismas instrucciones “en todas las iglesias de los santos” (1 Corintios 14:33). Timoteo “os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias, escribe Pablo a los corintios (1 Corintios 4:17). Así que, no nos sorprende encontrar que tanto la iglesia en Troas, como la de Corinto y las de Galacia, se reunían “cada primer día de la semana”. Por extensión, hacían otro tanto las demás congregaciones de aquel tiempo apostólico, estableciéndose la práctica que los cristianos fieles a Cristo deberían seguir durante toda la Era Cristiana.

(3)  Reunirse por lo menos “cada primer día de la semana”. Reunirse en otras ocasiones, conforme a sabias decisiones por los ancianos (obispos, pastores –Hechos 14:23), o administradores (1 Corintios 16:15-16) de la congregación. Reunirse aun todos los días por tiempo determinado, si las circunstancias lo demandan o ameritan. Pero, no imponer a la iglesia, como obligación, congregarse todos los días “porque los primeros cristianos en Jerusalén perseveraban cada día en el templo por espacio de dos o tres años”. Hacerlo, no.

(a)  Porque aquella iglesia, perseguida y esparcida, ya no podía continuar tal práctica.

(b)  Porque no se hallan evidencias para tal práctica en la iglesia de Jerusalén una vez recuperada ella de la persecución “por motivo de Esteban”.

(c)  Porque no se evidencia tal práctica en las demás iglesias establecidas durante el tiempo apostólico.

(d)  Ni perdamos de vista que aquel majestuoso templo en Jerusalén fue destruido totalmente en el año 70 d. C., quedando eliminado no solo el centro físico de la fe judía sino también el lugar espacioso, cómodo y de fácil acceso donde los cristianos en Jerusalén podían reunirse “cada día”, si querían. Esparcidos, pues, de nuevo, y perseguidos en distintos lugares y ocasiones, ¡cuán difícil, aun imposible, reunirse todos los días, sin excepción!

3.  Que “perseveraban… en el partimiento del pan…” (Hechos 2:42).

a)  Dado el contexto de este “partimiento del pan”, seguramente se trata de “la cena del Señor” (1 Corintios 11:20).

(1)  Aparece en la misma oración juntamente con tres elementos espirituales, a saber, “la doctrina de los apóstoles”, “la comunión” y “las oraciones”. Entonces, ¿con qué justificación interpretarlo materialmente como referencia a las comidas comunes y corrientes de todos los días?

(2)  Se alude a estas comidas comunes y corrientes cuatro versículos más adelante, en Hechos 2:46. “Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón…”

(a)  Bien que “partir el pan” es, en este contexto particular, sinónimo de consumir alimentos materiales, en el contexto espiritual la misma expresión adquiere inconfundibles matices espirituales. Esto se hace tan evidente, indiscutiblemente evidente, en 1 Corintios 10:16-17. “El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan.” Se parte sí un pan literal, pero ese “pan” representa a Cristo, siendo el Señor Jesús, en términos espirituales, un solo pan, aquel mismo pan”. Consiguientemente, “el pan que partimos” en “la cena del Señor” es sí “la comunión del cuerpo de Cristo”.

(b)  Así que, aquellos millares de cristianos en Jerusalén “comían juntos” no en el templo sino “en las casas”, satisfaciendo el hambre material. Para comer “en las cosas”, formarían, inferimos, cientos de grupos pequeños, conforme al número que cupiera en cada casa. Aun así, en espíritu estarían comiendo todos “juntos con alegría y sencillez de corazón”, pues “la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma” (Hechos 4:32).

b)  Pero, supongamos que “el partimiento del pan”, en Hechos 2:42, y “partiendo el pan en las casas, comían juntos…”, en Hechos 2:46, se refieran a la misma actividad. Entonces:

(1)  Tratándose ambos textos de comidas materiales diarias para saciar el hambre física, no habría ninguna referencia o intimación alguna en el relato histórico inspirado de Lucas sobre participar los cristianos en Jerusalén de “la cena del Señor” durante el tiempo comprendido entre Pentecostés del año 30 d. C. y la dispersión de la iglesia en el año 32-33.

(a)  Ahora bien, en lo tocante a “la cena del Señor”, habiendo dicho Cristo mismo, en la institución de ella, “…haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19), y años más tarde, repitiendo lo mismo por revelación al apóstol Pablo (1 Corintios 11:23-26), nos parece del todo improbable, aun inconcebible, que los apóstoles no enseñaran a la recién nacida iglesia en Jerusalén, la primera iglesia en la historia de la humanidad, a “partir el pan” (Hechos 20:7), a “participar de la mesa del Señor” (1 Corintios 10:21), “en memoria” de él.

(b)  Igualmente impensable sería que Lucas no registrara en su narración tan importante acto. ¿Tanto sobre tener “en común todas las cosas”, sobre “muchas señales y prodigios” hechas “por la mano de los apóstoles”, el texto de una oración bastante larga y compleja (Hechos 4:24-30), pero ni una palabra sobre celebrar “la cena del Señor”? Parecería ser una omisión mayúscula.

(c)  Mas, ambas dificultades se esfuman cuando “el partimiento del pan” se define en su contexto espiritual como referencia inequívoca a “la cena del Señor”.

(2)  Por otro lado, postulando que en ambos textos se sobreentienda que “la cena del Señor” fuera celebrada en asociación con las comidas materiales, ¿qué ramificaciones traería semejante tesis?

(a)  Primero, que “la cena del Señor” fuese celebrada todos los días por los discípulos en Jerusalén, ya que partían “el pan” todos los días para alimentar al cuerpo físico, a menos que estuvieran ayunando.

(b)  Segundo, que aquellos millares de discípulos comiesen “la cena del Señor” “en las casas”, pues “en las casas” es donde “comían juntos”. Por lo tanto, no la comerían todos juntos en un solo lugar, por ejemplo, en el templo, sino separados en grupos que cupieran “en las casas”.

(c)  Pues bien, estos escenarios significarían que los apóstoles enseñasen a los miles de cristianos a celebrar “la cena del Señor” todos los días, que no la celebraran reunidos todos en un solo lugar, o sea, en una asamblea de todos, sino separados en grupos, y que la celebraran “en las casas”. De haber dado los apóstoles semejantes instrucciones a los santos en Jerusalén, hubieran asentado, efectivamente, precedentes apostólicas a seguirse durante el resto de la Era Cristiana. Esto, o cambiar ellos más adelante las directrices.

(d)  Pero, estas dificultades e improbabilidades también desaparecen cuando “el partimiento del pan” se entiende en su contexto espiritual.

c)  Conforme a este análisis, los millares de cristianos que integraban la primera iglesia de Cristo “perseveraban… en el partimiento del pan”, o sea, en la celebración de “la cena del Señor”, participando de “la mesa del Señor”, todos juntos, “en el templo”. Años después, encontramos a la iglesia en Corinto reuniéndose “en un solo lugar” para sus cultos (1 Corintios 14:23, 26), incluso para “la cena del Señor”. “…os congregáis…” (1 Corintios 11:17). “…cuando os reunís como iglesia” (1 Corintios 11:18). Y hasta 1 Corintios 11:33. “…cuando os reunís a comer, esperaos unos a otros”. “…la cena del Señor” es el tópico de todo el pasaje. Se asume que los cristianos en Jerusalén comieran “la cena del Señor” “el primer día de la semana”, como lo harían años más adelante los cristianos en Troas (Hechos 20:7). Quien discrepe de esta conclusión confrontaría la tarea de probar que no lo hicieran. Cierto es que los convertidos a Cristo en Jerusalén “perseveraban unánimes cada día en el templo” (Hechos 2:46), pero no se dice que “participaran de la mesa del Señor cada día”, ni es necesario, de modo alguno, deducir que lo hicieran. Ya que tanto Cristo, durante su ministerio terrenal, como los apóstoles, acostumbraban enseñar en el templo, lo más probable sería que los nuevos cristianos acudieran “cada día” al templo para ser instruidos por los apóstoles “llenos del Espíritu Santo”, o sea, de inspiración divina sobrenatural, poder que les capacitaba para impartir a los discípulos la sana “doctrina de Cristo”, incluso todas las parábolas y demás enseñanzas traídas por el Señor durante su ministerio terrenal, dando su sentido, abundando sobre ellas y haciendo aplicaciones prácticas para la nueva iglesia recién establecida.

d)  En su celebración de “la cena del Señor” en el templo, ¿comían los miles y miles de cristianos en Jerusalén –hasta veinticinco mil, quizás muchos más- de un solo pan literal y tomaban “el fruto de la vid” de un solo recipiente? ¡Cuán grande hubiese sido tal pan y cuán grande tal recipiente! ¿Cuántas manos lo tocarían? ¿Y cuánto tiempo haría falta para comer veinticinco mil de un solo pan, pasándoselo el uno al otro, y tomar veinticinco mil de un solo recipiente, pasándoselo el uno al otro, hasta llegar al último? ¿Cuántos labios tocarían el envase?  Por ridícula que nos parezca la mera idea de “un solo pan literal y una sola copa literal”, por ahí andan acérrimos polemistas afirmando tenazmente que asimismo es necesario, so pena de condenación, llevar a cabo “la cena del Señor” en cada congregación del tiempo presente. Pese a que Cristo dijo, en el acto de instituir “la cena”: “Tomad esto”, refiriéndose al contenido de la copa, “y repartidlo entre vosotros” (Lucas 22:17). Dice “repartidlo”, y no “tomar cada uno de vosotros de la misma copa”. Pero, de argumentitos y porfías no hay fin cuando el polemista “profesional” se aferra a una interpretación, guerreando incesante e implacablemente en su defensa.

e)  ¿Qué medidas tomarían los muchos millares de cristianos en Jerusalén para participar, todos unánimes en el templo, de “la mesa del Señor”? Detalles al respecto no los hay en la narración de Lucas.

(1)  Se asume que cada familia, quizás cada familia extendida, llevara al templo una porción de pan sin levadura y un recipiente del “fruto de la vid” (Lucas 22:18). Otro tanto harían individuos sin familia propia, suponemos. Para la celebración de la Pascua judía se formaban haburahs, es decir, asociaciones voluntarias de por lo menos diez adultos, compartiendo estos el cordero pascual y demás alimentos (Una Pascua judía del Siglo I,. Quizás los cristianos implementaran semejante práctica en lo concerniente a los elementos para “la cena del Señor”.

(2)  Además de los elementos para “la cena del Señor”, ¿llevarían otros alimentos, comiendo y bebiendo para satisfacer el hambre y la sed? Se desconoce. De haberlo hecho, se razona que los apóstoles hubiesen corregido semejante error, de la manera que el apóstol Pablo lo reprendió en los corintios. “Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor” (1 Corintios 11:20). Deberían reunirse para comer el pan y tomar “la copa del Señor” dignamente, discerniendo, espiritualmente, “el cuerpo del Señor” (1 Corintios 11:27-32). Pero, no lo hacían correctamente “Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga. Pues qué, ¿no tenéis casas en que comáis y bebáis? ¿O menospreciáis la iglesia de Dios, y avergonzáis a los que no tienen nada? ¿Qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo” (1 Corintios 11:21-22). “Si alguno tuviere hambre, coma en su casa, para que no os reunáis para juicio” (1 Corintios 11:34).

(a)  Por cierto, estas instrucciones tan claras y precisas confirman fuertemente nuestra percepción de lo que hiciera la gran multitud de cristianos en Jerusalén. Para saciar el hambre, “comían juntos”, “…partiendo el pan en las casas…”, mas para “la cena del Señor” se reunían todos en el templo. Obviamente, “la cena del Señor” no debía conceptuarse como una comida común y corriente, ni celebrarse en medio de tal comida o convertirse en tal clase de comida. No era, pues, una “cena” en sentido material, sino una “cena” más bien espiritual. Efectivamente, “la comunión de la sangre de Cristo” y “la comunión del cuerpo de Cristo” (1 Corintios 10:16).

(b)  Ya que el propósito netamente espiritual de “la cena del Señor” nada tenía que ver con saciar el hambre y la sed físicas, cada participante podía cumplir comiendo un canto pequeño de pan sin levadura y tomando siquiera un solo trago de “fruto de la vida”. Lo trascendentalmente importante y vital era hacerlo “en memoria” de Cristo, con alma pura y conciencia limpia (1 Corintios 5:6-8). Entendidas estas verdades tan elementales e irrebatibles, no deberíamos tener dificultad alguna en comprender que, hoy por hoy, al comer nosotros los cristianos un pedacito de pan sin levadura y tomar un poquito de “fruto de la vida”, esperándonos “unos a otros” (1 Corintios 11:33) para hacerlo todos juntos como “iglesia” que “se reúne en un solo lugar” (1 Corintios 14:23), habiéndonos limpiado “de la vieja levadura” y celebrando “la fiesta… con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad”, cumplimos debida y cabalmente con la ordenanza “…haced esto en memoria de mí”. El tipo, tamaño, configuración o cantidad de los recipientes utilizados para servir a la congregación el pan sin levadura y el “fruto de la vid”, ¿qué tienen que ver? Bueno, lógicamente, siempre y cuando no sean identificados con lo malo. Reiteramos: lo importante es lo que representan los elementos, y que el adorador conmemore, “en espíritu y en verdad” (Juan 4:24), el sacrificio del Señor en la cruz.

4.  Que “perseveraban… en las oraciones” (Hechos 2:42). Un análisis de la oración registrada en Hechos 4:24-30 se encuentra en el estudio “¡Cero ‘pentecostales’ en la iglesia de Jerusalén!”

5.  Que estaban juntos, y tenían en común todas las cosas, y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (Hechos 2:44-45), continuando la misma práctica los grandes números de discípulos añadidos a la iglesia después de Pentecostés y, aparentemente, hasta la dispersión de la congregación en el año 32-33, pues en Hechos 4:32-37 se nos informa que “la multitud de los que habían creído… tenían todas las cosas en común”. Para un estudio muy detallado sobre esta práctica recomendamos Tenían en común todas las cosas. Se comprueba ampliamente que esta práctica fue discontinuada después de la dispersión de la iglesia en Jerusalén en el año 32-33. Así que, no toda acción de aquella congregación se debería interpretar como precedente para todos los cristianos en todo lugar durante toda la Era Cristiana. Añadimos que aquella primera iglesia de Cristo no diezmaba. Certera e irrefutablemente, ¡no diezmaba! Lejos de diezmar, los hermanos “vendían sus propiedades y sus bienes”, “y tenían en común todas las cosas”. Entonces, ¡tampoco seguían algún “evangelio de prosperidad”!

6.  Que “perseveraban unánimes cada día en el templo” (Hechos 2:46). Transcurridos todos los eventos y situaciones relatados en Hechos 3, 4 y 5:1-10, todavía encontramos a la gran congregación de Jerusalén reuniéndose en el templo. “…y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón”, abarcando “todos” tanto a los apóstoles como a “toda la iglesia” (Hechos 5:11-14), a nuestro entender. Ya comentamos esta práctica en varias partidas anteriores.

7.  Que partían “el pan en las casas” y “comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:46). Práctica comentada extensamente en la partida “3” de esta sección.

8.  Que alababan “a Dios”. Hechos 2:47 “…alabando a Dios…”. En oraciones, en las que “perseveraban” (Hechos 2:42). Mediante “la cena del Señor”. En sus mensajes, diálogos y “comunión unos con otros”. Mas, no por medio de “lenguas angelicales”, “lenguas jerigonzas” o “lenguas extáticas”. Las únicas “lenguas” habladas por el Espíritu en Jerusalén desde Pentecostés del 30 d. C. hasta la dispersión de congregación en el 32-33 eran los otros idiomas de las gentes “de todas las naciones bajo el cielo” que acudieron a escuchar a los apóstoles (Hechos 2:1-13). Solo los apóstoles hablaron estas “lenguas” en Pentecostés. Contrario a la creencia de pentecostales y carismáticos del presente, el poder sobrenatural de hablar “en otras lenguas”, sin haberlas aprendido, no fue dado “para alabar a Dios” sino para comunicar el evangelio a las personas en sus lenguas natales. “…cada uno les oía hablar en su propia lengua” (Hechos 2:6). “…les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido” (Hechos 2:8). Tampoco implica “alabando a Dios” el uso de instrumentos de música, “adoración espontánea” o desorden y algarabías en culto a Dios. Interpretar “alabando a Dios” conforme al significado dado a la expresión en círculos pentecostales-carismáticos de actualidad sería un craso error de exégesis.

9.  Que “puestos en libertad” Pedro y Juan, después de haber sido encarcelados, interrogados y amenazados por los “gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel” (Hechos 4:1-22), los discípulos oraron la oración registrada en Hechos 4:24-30, pidiendo al Señor que concediera “a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús”. Esta petición se analiza cuidadosamente en “¡Cero ‘pentecostales’ en la iglesia de Jerusalén!”

10.  Que “la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma(Hechos 4:32). “Perseverando unánimes en el templo” (Hechos 2:46), no había entre ellos controversias, divisiones o sectas. Muchos miles de personas “de un corazón y un alma”, “unánimes” en su fe y práctica (Hechos 2:42, 46). “Perfectos en unidad” (Juan 17:21-23), “perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer” (1 Corintios 1:10). Habiendo sido añadidos todos “a la iglesia” (Hechos 2:47) prometida (Mateo 16:18) y establecida por Cristo, se les identificaba como “discípulos” (Hechos 6:1), sobrentendiéndose que eran “discípulos” de Jesucristo. Demás es decir que no eran “protestantes”, “evangélicos”, “pentecostales” o “católicos romanos”, no existiendo entre ellos ni asomo de semejantes clasificaciones divisivas.

a)  Por cierto, la iglesia establecida en Jerusalén no era, en definitiva, una “iglesia pentecostal”, ni hay evidencia alguna de “pentecostales” en ella. A continuación, anotamos cinco diferencias. Reflexionando sobre el nexo estrecho que los pentecostales de hoy día aseguran tener con Pentecostés y la iglesia de Jerusalén, decidimos buscar, afanosa y pacientemente, a “pentecostales” en aquella gran congregación, o al menos algún indicio de su presencia. El reporte sobre nuestra búsqueda lo puede leer en “¡Cero ‘pentecostales’ en la iglesia de Jerusalén!”

(1)  En el día de Pentecostés, los apóstoles predicaban el evangelio en otros idiomas (Hechos 2:4-13), y no en lenguas angelicales o jerigonzas, al estilo “pentecostal”.

(2)  “Los que recibieron” la “palabra fueron bautizados” aquel mismo día de Pentecostés “para perdón de los pecados” (Hechos 2:38-41), práctica y doctrina que repudian los pentecostales de hoy día, pues estos no bautizan “para perdón”, ni tampoco enseguida, interponiendo “clases de candidato” entre “creer” y “bautizarse”.

(3)  Aquellos convertidos a Cristo fueron llamados “discípulos”, y no “quincuagésimos”, es decir, “pentecostales”.

(4)  El cojo sanado en la puerta Hermosa del templo recibió “completa sanidad en presencia de todos vosotros” (Hechos 3:16), “señal manifiesta” innegable (Hechos 4:16), ya que la condición sanada fue visible y “de nacimiento” en un hombre que “tenía más de cuarenta años de edad” (Hechos 3:2; 4:22). ¿Cuál “sanador pentecostal” de actualidad hace semejante milagro? Claro que algunos reclaman haber hecho algo parecido, ¡aun haber resucitado a algún “muerto”! Más sin embargo, investigaciones imparciales a fondo siempre descubren la falsedad de sus “testimonios”.

(5)  Al orar los apóstoles y discípulos, “el lugar en que estaban congregados tembló” (Hechos 4:31). En cambio, al orar los pentecostales de hoy, ¡ellos son quienes “tiemblan, se sacuden, se estremecen, saltan, se desploman”, y no el lugar donde oran, a menos que sea una estructura floja que “tiemble” por el impacto físico de adoradores desordenados!

b)  Ni tampoco era aquella muy numerosa congregación la “Primera Iglesia Bautista de Jerusalén”.

(1)  La Iglesia Bautista, al igual que las iglesias pentecostales, repudia el bautismo “para perdón de los pecados”, teniéndolo más bien como mero “símbolo de salvación”, y esto se debe a su teología de “salvación por fe sola”, antes y sin el bautismo.

(2)  Reiteramos que los convertidos en Jerusalén se llamaban “discípulos”, y no, pues, “bautistas”. Tampoco “católicos romanos”, “metodistas”, “testigos de Jehová”, “mormones”, etcétera, etcétera.

c)  Ni hay evidencia alguna de “católicos romanos” en la iglesia de Jerusalén. “María la madre de Jesús”, madre terrenal de Jesús, es mencionada por última vez en el Nuevo Testamento en Hechos 1:14. Desde Pentecostés en adelante, ella no es nombrada de nuevo. Durante los años del 30 al 32-33 que estamos enfocando, los apóstoles ensalzan repetidamente a Jesucristo en sus ponencias ante los gobernantes judíos y las multitudes de israelitas, enseñando enfáticamente que “…en ningún otro hay salvación” (Hechos 4:12). Jamás mientan a María como “Salvadora”, “Mediadora” o “Reina del cielo”. Ninguno llama “Papa” al apóstol Pedro, ni lo tienen como “jefe de los apóstoles” o “cabeza de la iglesia”, pese al rol destacado que desempeñó en aquellos primeros años. Llamado por Dios a predicar “el evangelio de la paz por medio de Jesucristo” (Hechos 10:36) al gentil Cornelio y los que este había convocado en su casa, “Cuando Pedro entró, salió Cornelio a recibirle, y postrándose a sus pies, adoró. Mas Pedro le levantó, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy hombre (Hechos 10:24-26). Su actitud y comportamiento contrastan marcadamente con la imperiosa conducta de los Papas de la Iglesia Católica Romana.

11.  Que la iglesia en Jerusalén fue gobernada personalmente por los apóstoles desde su establecimiento hasta su dispersión en el 32-33 d. C. Que, después de un tiempo indeterminado, “siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” fueron escogidos “para servir a las mesas”, haciendo, efectivamente, el papel de diáconos (Hechos 6:1-6). Que reponiéndose la congregación después “de la persecución que hubo con motivo de Esteban”, en algún momento fueron escogidos “ancianos” para la congregación, figurando ellos por primera vez en el relato de Lucas en la ocasión de la reunión para discutir asuntos –la circuncisión, alimentos inmundos, etcétera- que afectaban a los gentiles convertidos al Señor. “Y se reunieron los apóstoles y los ancianos para conocer de este asunto” (Hechos 15:6). Vemos, pues, que aquella congregación no tuvo desde el principio la organización completa que alcanzaría a tener unos años después, organización que fue establecida también en otras iglesias tales como la de Filipos (Filipenses 1:1). Haciendo sus obras evangelísticas bajo la supervisión del Espíritu Santo, el apóstol Pablo y sus compañeros “constituyeron ancianos en cada iglesia…” (Hechos 14:23).

B.  A resumida cuenta, aquella joven iglesia en Jerusalén no era, durante los años desde Pentecostés del 30 d. C. hasta el 32-33, una iglesia completamente formada y madura. Pese a su alumbramiento espectacular y la gobernación personal de los apóstoles. ¿Por qué pensar que lo fuera? Formada en medio de una gran conmoción religiosa, debía vivir su infancia y adolescencia espiritual para llegar a la adultez. El Espíritu Santo no le reveló “toda la verdad” de golpe, ni en Pentecostés, ni quizás por bastante tiempo después. Poco a poco, recibiría “la verdad” divina hasta recibirla “toda”. Crecería en entendimiento de “la verdad” divina hasta llegar “a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13). Por lo menos, esto es lo que se esperaba que hiciera. Pero, en aquel tiempo, la iglesia en Jerusalén, compuesta de muchos, muchos miles de judíos, estaba influenciada fuertemente por el judaísmo, aun hasta el extremo de ser sus miembros “celosos por la ley”, y esto, veinte años, o más, después de Pentecostés. Terminando su tercer viaje principal evangelístico, y llegando a Jerusalén, el apóstol Pablo “entró con nosotros”, relata Lucas, “a ver a Jacobo, y se hallaban reunidos todos los ancianos”. Estos, después de haber escuchado “una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio”, glorificando a Dios por ello, le dicen: “Ya ves, hermano, cuántos millares de judíos hay que han creído; y TODOS SON CELOSOS POR LA LEY” (Hechos 21:17-20). “Millares de judíos” que aceptaban a Cristo como el Mesías, que se habían bautizado y estaban en la iglesia, ¡pero aún, a estas alturas, “celosos por la ley”! ¿Por qué? ¿Cómo explicar esta anomalía, esta aparente contradicción? ¿Cómo entender esta circunstancia?, pregunto yo como gentil convertido a Cristo. Tema para un estudio futuro, Dios mediante.

Por ahora, observo, dando conclusión a este estudio, que a quien piense encontrar la iglesia ideal, según las proyecciones de Dios, en aquella joven congregación de Jerusalén, nacida en Pentecostés, pero esparcida dos o tres años después, le convendría pensarlo de nuevo, opino, con más detenimiento y objetividad. Pretender hallar en ella modelo perfecto para la iglesia universal resultaría desastroso, pues tomar como precedentes necesarios e inviolables todas sus acciones o creencias resultaría, por ejemplo, en la imposición de prácticas tales como tener “en común todas las cosas” y seguir pidiendo en oración “que se hagan sanidades y señales y prodigios”, como además, continuar “celosos por la ley”. Vemos a “la iglesia ideal, según Dios”, no en cualquier congregación local, ni siquiera en aquella gran congregación de Jerusalén, sino en el conjunto de atributos, doctrinas y prácticas presentados en todo el Nuevo Testamento como los que Dios desea encontrar en la iglesia que él mismo concibió, haciéndola realidad en la tierra mediante las obras de Cristo, el Espíritu Santo y los apóstoles. Atributos tales como la admirable y gloriosa unidad que sí disfrutaba la joven iglesia de Jerusalén en grado sumo. “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma…” (Hechos 4:32). ¡Amén!

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"Tenían en común todas las cosas"

¡Cero pentecostales en la iglesia de Jerusalén!

  

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