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Invitación a integrarse a...

Ministros y maestros competentes del Nuevo Pacto

“Nos hizo ministros de un nuevo pacto” (2 Corintios 3:6).

 

Este varón adulto joven estudiando la Biblia ilustra el tema Hágase ministro o maestro fiel del nuevo pacto de Cristo, estudio en editoriallapaz.org.

Cristianos comprometidos a predicar, enseñar y obrar conforme al Nuevo Testamento de Cristo. 

 

¿Es usted ministro, maestro o maestra del nuevo pacto ratificado por el Señor?

Cristo no hace a sus siervos “ministros del antiguo pacto de Moisés”.
Tampoco los hace “ministros de concilios” o “sacerdotes de tradiciones”.

Respetuosamente, le invitamos a permitir que Cristo le haga ministro de su nuevo pacto. No para complacer o someterse a hombre alguno sino con el propósito de honrar al  “mediador de un nuevo pacto” (Hebreos 9:15), pues “mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas” (Hebreos 8:6).

 

A.  Renunciar títulos humanos (“reverendo, padre”, etcétera) y afiliaciones con iglesias o concilios no regidos por el Nuevo Testamento.

B.  Enseñar solo las doctrinas específicamente reveladas y aprobadas en el Nuevo Testamento.

C.  Formar, o hacerse partícipe de, un grupo (congregación) de discípulos comprometidos a enseñar, adorar y obrar según el Nuevo Testamento.

D.  Trabajar en armonía con los demás obreros que tienen el mismo compromiso. Estos no ostentan títulos o rangos humanos, ni se enseñorean el uno del otro. Más bien, todos son compañeros “de milicia” (Filemón 2), “colaboradores” (2 Corintios 6:1), “servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios” (1 Corintios 4:1-2).

E.  Si tiene usted el deseo y el valor de hacerlo, entonces, declararlo públicamente. A su propia familia. A sus amigos y conocidos. A los demás líderes religiosos. Utilizando los medios de comunicación a su alcance. 

¿Qué enseña y practica el ministro competente del nuevo pacto?

1.  El Antiguo Testamento, en su totalidad, fue quitado de en medio y clavado en la cruz (Colosenses 2:14-16; 2 Corintios 3:6-17).

2.  Desde Pentecostés, y durante toda la Era Cristiana, rige el Nuevo Testamento, santificado por la sangre de Cristo (Mateo 26:28; Hebreos 9:15-22). “Una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade” (Gálatas 3:15).

3.  Las condiciones para salvación establecidas por Cristo en la Gran Comisión. “El que creyere, y fuere bautizado, será salvo” (Marcos 16:16). “Que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” (Lucas 24:47). “Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mateo 28:19-20). El administrador fiel (1 Corintios 4:1-2) de esta Gran Comisión predica todas las condiciones, sin excluir el bautismo. Insta a sus oyentes a:

a)  Creer.

b)  Arrepentirse.

c)  Bautizarse.

Al que responde a la invitación lo bautiza como manda Cristo. Luego, comienza a enseñarle “todas las cosas” que Cristo mandó. No invierte el orden fijado por el Señor. Es decir, no impone al creyente “clases de candidato” como condición para el bautismo, sino que bautiza al creyente “para perdón de los pecados” (Hechos 2:38; Hechos 22:16; 1 Pedro 3:21), luego instruyéndole en toda la sana doctrina.

4.  Presenta a los convertidos solo la iglesia establecida por Cristo (Mateo 16:18), y no múltiples “iglesias evangélicas, pentecostales o protestantes”. No establece su propia iglesia. No une la congregación a ningún concilio, ni la hace “interdeominacional”. No respalda el concepto de “sectarismo cristiano” ni el de “ecumenismo” sino que predica “perfectos en unidad” (Juan 17:21-23 ), o sea, “perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer”, hablando “todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones” (1 Corintios 1:10), siguiendo todos “una misma regla” (Filipenses 3:16; 2:1-4), a saber, la del Nuevo Testamento.

a)  Cuida de la congregación, “no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:2-3).

b)  Adiestra a los idóneos (2 Timoteo 2:2) para funcionar como ancianos (obispos), diáconos, maestros, maestras o evangelistas (1 Timoteo 3; Tito 1:1-10; 2:3-5), no haciéndose a sí mismo dictador de la iglesia (3 Juan 9-10). Se regocija al observar que los hermanos crezcan hasta llegar “a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13-16).

c)  No pone a las damas cristianas a predicar en la congregación o tomar dominio sobre los varones (1 Corintios 14:33-40; 1 Timoteo 2:11-15). Las encarga a cumplir los ministerios particulares asignadas por Dios a ellas (Tito 2:3-5; 1 Timoteo 5:14; Efesios 5:21-33), siendo estos no menos importantes que los asignados al varón.

5.  Enseña a adorar “en espíritu y en verdad” (Juan 4:24), y no conforme al culto levítico del Antiguo Testamento. Tampoco enseña la “adoración contemporánea”, pues su meta no es buscar “el favor de los hombres” sino “el de Dios”. “Si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.” (Gálatas 1:10). Instruye a los creyentes bautizados a:

a)  Celebrar la santa Cena del Señor el primer día (domingo) de cada semana (Hechos 2:42; 20:7; 1 Corintios 11:17-31).

b)  Entonar “himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones” . “Espirituales”, y no de música mundana con una leve disfraz de “cristiana”. “En vuestros corazones”, y no en la carne, con ritmos e instrumentos carnales. No arrastra los instrumentos de música del culto levítico, sabiendo que el Antiguo Testamento, en su totalidad, caducó en la cruz, instituyendo Cristo un Nuevo Testamento, con una adoración “en espíritu y en verdad”, es decir, conforme a la verdad de su nueva ley.

c)  Orar en voz alta uno solo a la vez, y no todos en voz alta a la vez, evitando la confusión y el desorden (1 Corintios 14:16-17).

d)  Hacerlo “todo para edificación” (1 Corintios 14:26).

e)  Hacerlo “todo decentemente y con orden” ( 1 Corintios 14:40), pues “Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (1 Corintios 14:33 ).

f)   Ofrendar voluntariamente el primer día de cada semana “según haya prosperado”, dando generosa y alegremente, “como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (1 Corintios 16:1-2; 2 Corintios 9:6-15; 2 Corintios 8:1-12). No impone el diezmo del Antiguo Testamento, teniendo presente que el sacerdocio levítico, con sus diezmos y cultos, fue abolido en la cruz. “Cambiado el sacerdocio, necesario es que haya también cambio de ley” (Hebreos 7:12). En la nueva “ley de Cristo” (1 Corintios 9:21), o “doctrina de Cristo” ( Hebreos 6:1), se encuentran las ordenanzas de Cristo para el sostenimiento económico de la obra de Dios en la tierra durante la Era Cristiana.

6.  Se conforma con “toda la verdad” revelada, en su totalidad, a los apóstoles (Juan 16:13), comprendiendo y aceptando que esta verdad, o fe, fue “una vez dada a los santos” (Judas 3), y ampliamente confirmada por las señales y los milagros hechos por Cristo y sus apóstoles (Hebreos 2:1-4; Marcos 16:17-20; Juan 20:30; 21:25). Por lo tanto, no busca ni anticipa nuevas revelaciones o confirmaciones en adición a las dadas en el Nuevo Testamento. Se contenta con lo revelado ya, gozándose al escudriñarlo y compartirlo, teniéndolo por “la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2), “útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia”, y suficiente “a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17).

7.  Siempre es estudiante de las Sagradas Escrituras, como también de la naturaleza humana y toda materia relacionada con esta vida y la venidera. Nunca pretende saberlo todo. Ama la verdad sobre toda cosa, y se goza al adquirir cada vez más conocimiento y entendimiento. Contiende “ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3), dando “defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15), no siendo “contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo” (2 Timoteo 2:24-26)

Anímese, pues, amado, usted que desea servir bíblicamente a Dios en la realización de sus magnas obras en la tierra. Hágase ministro o maestro del nuevo pacto de Cristo, cumpliendo fiel y diligentemente los ministerios legítimos del Reino verdadero de Dios.

 

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