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Carta para un varón perturbado por pensamientos malos, aun cuando lee la Biblia u ora a Dios

Este varón joven, con los ojos cerrados y cabeza inclinada, proyecta honda preocupación, fotografía que ilustra el tema Carta para un varón perturbado por pensamientos malos, aun cuando lee la Biblia u ora a Dios, en editoriallapaz.org.

 

Estimado amigo, saludos en Cristo. Le agradezco la confianza que usted ha depositado en este servidor, consultándome el conflicto que le causa mucha angustia de espíritu.

Al leer su carta por tercera o cuarta vez, se me vino a la mente el tremendo conflicto que describe el apóstol Pablo en Romanos 7:14-25, paralelo, pienso, en ciertos aspectos al suyo. El texto dice…

(14) “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. (15) Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. (16) Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. (17) De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. (18) Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. (19) Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. (20) Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. (21) Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. (22) Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; (23) pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. (24) ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? (25) Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.”

Veamos. Pablo no atribuye a algún demonio “el mal” que le molestaba, sino a la carne, al pecado. Para entender mejor yo mismo el tema de “demonios”, realicé un estudio bastante completo, encontrándose desglosadas las lecciones, con explicaciones, en Demonios: desglose de lecciones, con enlaces electrónicos a todos los estudios que componen el curso. Analizados los casos ocurridos durante el ministerio de Cristo, llegamos a la siguiente conclusión: los demonios tenían potestad para afectar el cuerpo y quizá aun el cerebro de algunas personas en aquel tiempo, pero no la potestad de seducir o corromper al espíritu. Esta es mi convicción hasta el presente. De ahí, me atrevo a asegurar que ningún demonio está sembrando en su espíritu los pensamientos negativos que tanto dolor le causan.

Entiendo, sin pretender dominar perfectamente estos temas, que se forman muy a menudo, probablemente todos los días, en la mente del ser humano normal, pensamientos buenos y pensamientos malos. Ahora bien, amado, convertirse a Cristo no cambia este hecho, y esto lo hemos de aceptar con tal de evitar formular conclusiones peligrosas que empeoren el estado mental, aun hasta el extremo de llevarnos a rebelarnos contra el propio Dios. A esta realidad se debió la condición dolorosa que el apóstol Pablo discernía en su propio ser. ¿Cómo llegan tentaciones y pruebas psíquicas-emotivas al corazón del cristiano? ¡Claro: a través de pensamientos! ¿Por qué otro medio podían llegar? Yo no puedo evitar impedir, ni siquiera por medio de oraciones extensas, meditaciones profundas o ayunos largos –tampoco por la lectura constante de la Biblia u ocuparme día y noche en ministerios espirituales- la formación en mi mente de pensamientos malos. De poder lograrlo, ¡no sería tentado jamás! ¿Cierto, o no? Pues, qué este entendimiento sea como una luz que despeje tinieblas de confusión mental, desorientación espiritual y desconocimiento verdaderamente peligroso, el que hace caer en zanjas profundas de depresión o encierra en celdas oscuras donde dudas o conclusiones erróneas enfríen al alma hasta dejarla muerta.

En la mente de usted se forman, como testifica, pensamientos muy malos, por ejemplo, “que Dios no existe”, o más preocupante todavía, el pensamiento de “maldecir a Dios”, aun con el lenguaje satánico de maldición. Y, naturalmente, estos pensamientos le mortifican hondamente, pues usted, como explica, ha entregado su vida al Señor. Así que, se pregunta uno, asustado y perturbado: ¿Dónde se originan estos pensamientos feos e indeseados? Mi respuesta: no proceden, de modo alguno, de algún demonio que se haya adueñado de la mente o del espíritu de usted, querido amigo, en contra de la voluntad de usted mismo, sino del propio corazón de usted. ¿Significa esto que su corazón sea perverso, corrupto, incapaz de ser bueno? ¡Negativo, en absoluto! Recalcando: su condición natural mientras viva en la carne es que se forman en su corazón (mente) pensamientos tanto buenos como malos. No dando lugar usted a ninguno de los malos, no se le imputa pecado. Eso es así, se lo aseguro, porque la mera presencia de pensamientos malos en el corazón no hace, necesariamente, pecador al ser humano. Pero con esta salvedad: albergarlos gustosamente, disfrutarlos, deleitarse en ellos, no hacer nada para callarlos, se considera sí, definitivamente, pecado, pese a que semejantes pensamientos no conduzcan a acciones pecaminosas. Por eso, advierte el Señor que mirar el hombre a la mujer para codiciarla, es decir, tenerla sexualmente, ya ha cometido adulterio en su corazón (Mateo 5:28).

Los malos pensamientos es preciso troncharlos antes de que se arraiguen en el corazón, no permitiendo que salgan, manifestándose osadamente en prejuicio nuestro y/o de nuestros semejantes. Apunta el gran Maestro: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo 15:19). “…salen”, pero no salen nunca si los matamos antes de que salgan, o si los aprisionamos de manera tal que no pueden salir. Mejor llevarlos aprisionados por largos años, aun hasta la muerte, que permitir que salgan.

Así pues, aunque resulten mis comentarios de poca o ninguna consolación para usted, me incumbe orientarle que pensamientos malos seguirán molestándole hasta la muerte de su cuerpo físico, y esto es así, creo yo, pese a que llegue usted al pleno conocimiento de toda la verdad de Dios, aun a un grado alto de espiritualidad alcanzado por pocos seguidores del Señor. Y quizás aparezcan en el momento más inesperado. O tomen forma aun cuando usted esté ocupado en culto a Dios. No necesariamente siempre, desde luego, pero, tal vez de cuando en cuando.

¿De qué remedio puede uno valerse para combatirlos, sojuzgarlos? Hasta donde llega mi entendimiento actual, el remedio más eficaz es seguir repudiándolos, una y otra vez, una y otra vez. Persistentemente. Sin alarmarse demasiado. Sin acobardarse. Armado con “toda la armadura de Dios”. En pie de lucha espiritual, y no sentado o postrado en derrota. Portándose “varonilmente” (1 Corintios 16:13). Haciéndolo obstinada y consistentemente, considero que sea posible, aun probable, que la formación de tales pensamientos ocurra con cada vez menos frecuencia. Pero, no nos engañemos a nosotros mismos, ni a los que nos pidan consejos: las tentaciones y pruebas para el cristiano siguen hasta el fin de esta vida terrenal, y por inferencia, siguen llegando pensamientos malos, pues sin estos ¡no hay tentación!

A resumida cuenta, la ocurrencia de pensamientos malos en el cristiano no es razón para desalentarse o desquiciarse, creyéndose “un tanto loco”, predestinado a la condenación eterna. No desorientarse, pues, debilitarse o acobardarse ante ellos sino pelear ferozmente contra ellos; he aquí la clave para triunfar sobre ellos. Así lo entiende este servidor. Y bien sé por mis propias experiencias que la batalla se pone, en ocasiones, muy recia. En “el día malo” (Efesios 6:10-20), hay que resistir y luchar con tenacidad redoblada, y conviene disponer, reitero,  de “toda la armadura de Dios” para evitar ser víctima de las “fuerzas de maldad”, las que se manifiestan de mil maneras en nuestro ámbito carnal y material. Después del “día malo” suelen venir días sosegados; días de menos estrés, opresión, aflicción de espíritu, como días soleados y pacíficos después de una tempestad fuerte, de un huracán de categoría cinco.

Respetado amigo, solicitando su paciencia, todavía otro asunto quisiera abordar con usted. Se trata de su bautismo. ¿Ha sido bautizado usted “para perdón de los pecados”, de acuerdo con el mandamiento del Espíritu Santo en Hechos 2:38? Numerosos textos como este enseñan que los pecados no son remitidos hasta no sumergirse el creyente arrepentido en las aguas bautismales. Por ejemplo: Hechos 22:16; Marcos 16:15-16; 1 Pedro 3:21 y Romanos 6:3-8, entre otros. Todo aquel que se bautiza bíblicamente recibe “el don del Espíritu Santo”, según el evangelio predicado en el día de Pentecostés (Hechos 2:38). Ciertamente, este “don”, este poder del Espíritu, entendido y usado correctamente, es sumamente eficaz para batallar contra pensamientos malos.

Usted testifica que ha sentido “paz” al haber tomado la decisión de “entregar su vida a Dios”. Pero, si usted no ha sido bautizado conforme al propósito divino para el bautismo, aún le faltaría este paso vital para sepultar al “viejo hombre de pecado”, lleno de pensamientos malos, a lo mejor con pocos pensamientos buenos. Bautizado en “la muerte” de Jesucristo, de la tumba de las aguas bautismales se levanta el “nuevo hombre” para “andar en nueva vida”, una vida donde predominan y se hacen imponer buenos pensamientos. Estas gloriosas verdades se enseñan en Romanos 6:3-8, Filipenses 4:8 y textos parecidos.

En cuanto al bautismo, lamentablemente, la inmensa mayoría de las iglesias, particularmente las evangélicas y las pentecostales, repudian el bautismo “para perdón de los pecados”. Amado, para su conocimiento, la Iglesia de Cristo, iglesia que no ostenta otros nombres o apodos, bautiza tal cual enseña la Biblia. Al querer usted revestirse de Cristo por medio del bautismo ordenado por el Señor (Gálatas 3:27), gustosamente le ayudaremos a encontrar la congregación fiel más cercana, donde, obedeciendo al “evangelio de salvación”, adorando “en espíritu y en verdad” (Juan 4:24), y perseverando en bien hacer, podrá llevar “cautivo todo pensamiento a la obediencia de a Cristo” (2 Corintios 10:5). Dios le ilumine y fortifique, como también a nosotros.

Para servirle en el amor de Cristo,

Homero Shappley de Álamo

 

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