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La espeluznante matanza en Las Vegas. “¿Pura maldad?” Pero, “¡Dios está en control!” ¿Así? Entonces, ¿por qué no actuó para evitar la matanza de cincuenta y ocho personas y que fueran heridas quinientas veintisiete?

 

“¡Fueron muertas personas INOCENTES en Las Vegas! ¡Qué horror!”

 

Esta fotografía recoge a una gran multitud de personas -hasta veintidós mil, o más- que, provenientes de numerosos países del mundo, se dieron cita en un solar de quince cuerdas pavimentadas de concreto, en medio de varios casinos de Las Vegas, Nevada, EEUU, para la cuarta Festival de Música Country. La Festival dura tres noches. La de 2017 terminó trágicamente el domingo, 1 de octubre, a eso de las 11:45 p. m., cuando Stephen Paddock, tirando desde el piso 32 del Mandalay Bay Resort and Casino, mató a cincuenta y ocho personas en el solar, también hiriendo a más de quinientas.

 

Esta fotografía recoge a una gran multitud de personas -hasta veintidós mil, o más- que, provenientes de numerosos países del mundo, se dieron cita en un solar de quince cuerdas pavimentadas de concreto, en medio de varios casinos de Las Vegas, Nevada, EEUU, para la cuarta Festival de Música Country. La Festival dura tres noches. La de 2017 terminó trágicamente el domingo, 1 de octubre, a eso de las 11:45 p. m., cuando Stephen Paddock, tirando desde el piso 32 del Mandalay Bay Resort and Casino, mató a cincuenta y ocho personas en el solar, también hiriendo a más de quinientas. El apodo de la Festival es “pasar la noche de neón”. Solo se vendían boletos por las tres noches, a un costo de $210.00 dólares cada uno. “Muchas familias viajaron allá en sus vehículos recreativos para bailar, teniendo entrada gratis los niños de menos de seis años de edad.” http://time.com/4965055/route-91-harvest-music-festival/

 

“¡Fueron muertas personas INOCENTES en Las Vegas!”, exclaman no pocos, horrorizados.

Sí, “INOCENTES” en lo relacionado al tirador Stephen Paddock. No lo conocían. Ni conocía él de nombre a sus víctimas, exceptuándose quizás algunos de los famosos músicos. Perfectos extraños en la noche. Al azar fueron alcanzados aquellos “inocentes” por las balas mortíferas que aquel desconocido disparó.

Hasta ahí puede afirmarse, sin temor a equivocación, la inocencia de los protagonistas del concierto y de los veintidós mil espectadores.

Alrededor del mundo, se unen cientos de millones de corazones humanos en dolor profundo por los caídos y heridos, se vierten infinidad de expresiones de condolencia y oraciones por los seres amados de las víctimas inocentes y se tornan un tanto más graves las preocupaciones por los derroteros de los homos sapiens en el siglo XXI, al menos en mentes serias y analíticas.

De ahí, si se quiere explorar más a fondo la cuestión de “inocencia”, tratándose ya de aquellos en Las Vegas ya del resto de la humanidad, sería preciso entrar al plano personal, al de la inocencia personal de cada uno de nosotros. Área muy delicada de nuestro ser, de nuestra existencia, de nuestro comportamiento, donde existen ciertos peligros para el alma-espíritu mío, el tuyo también, amado lector, lectora, y, además, para todo ser humano capaz de entender este tema, querer entrar en él o no.

Porque es peligroso para el alma-espíritu catalogar de “inocente” a lo que no lo es. Peligro este en la misma categoría con “decir bueno a lo malo, y malo a lo bueno”. Peligrosísimas ambas aseveraciones por el autoengaño mayúsculo encerrado en ellas.

A su juicio, ¿qué tan inocentes son los siguientes?

Niños que hablan y maldicen con palabrotas de adultos malhablados.

Padres y familiares que se ríen de tales niños, encontrándolos “tan chulos”, “tan monos”, “tan inocentes”.

Madres que enseñan a sus hijitas, antes de siquiera bajar ellas de la cuna, a ser “muy sexy”.

Oyentes de música explícitamente sexual y violenta.

Parejas que se juntan sexualmente “porque se aman”, pero que rehúsan el compromiso moral y legal del matrimonio.

Jóvenes y adultos que se apasionan de medios sociales al extremo de romper vínculos normales con familiares y realidades concretas.

Mujeres cuya profesión es ser “madres solteras”.

Amantes de deportes para quienes “no hay nada en el mundo más importante que el juego”.

Ancianos y ancianas que viajan largas distancias para gastar sus recursos de tiempo y dinero en casinos. “¡Es mi tiempo y mi dinero, y haré lo que me dé la gana durante estos últimos días de mi vida!”

Mujeres encintas que procuran el aborto. “¡Es mi cuerpo, y haré lo que yo quisiera con él!”

Usuarios de estupefacientes. “Uso drogas recreativas, pero no en exceso. ¿Qué te importa?”

No faltan personas que catalogarían a todos estos como “inocentes”. Libres de culpa alguna. Sin malicia alguna. “Buena gente. No están haciendo nada indebido; nada malo. No hay porque censuralos, haciéndolos sentirse mal.”

¿“Inocentes” los tales? ¿De veras? ¿Según el criterio de quién? He aquí, el punto crítico donde bien puede accionarse el autoengaño. ¿Dices tú que son “inocentes”? ¿Cuál es tu criterio? ¿Estás dando tu parecer meramente personal, o te fundamentas en normas o leyes de más peso? ¿Estás emitiendo tu apreciación a base de tu propia crianza y formación? ¿Cuán completa ha sido tu educación moral-espiritual? ¿Quién te la impartió y con qué autoridad? ¡Ah! ¡Cuidado de pronunciar “inocente” a quien lo sea solo según tu propio criterio, tal vez muy corto de conocimientos necesarios para una evaluación más sensata!

La persona netamente materialista y carnal, en cuya mente el Dios Creador no ocupa ningún espacio, ¿qué derecho tendría de hacer pronunciamientos sobre “inocencia-inocentes”? Su cabeza vacía de pensamientos espirituales rinde sin sentido o valor cualquier calificación suya de sus semejantes como “inocentes”. Los seres humanos que hacen daño a sí mismos y a otros mediante vicios e inmoralidades, ¿son inocentes? ¿Inocentes los que hacen tremendo daño a su propia mente, alma y espíritu, al igual que a los de terceras, mediante un lenguaje soez, consejos malos, canciones que incitan a lujurias y violencia, estilos de vida innaturales que acarrean infinidad de consecuencias negativas? Sin embargo, algunas gentes de esta calaña se atreven a catalogarse los unos a los otros como “inocentes”. ¿Será una estratagema psicológica para minimizar su maldad, disfrazarla, justificarla, excusarla? Se puede decir “bueno” al “malo”, pero el malo sigue siendo malo, y recibirá la recompensa de malo, a menos que rectifique su comportamiento, convirtiéndose en “bueno de verdad”, en “espiritual”, en “nueva criatura” que ande en “nueva vida” (Romanos 6:3-7). ¡Qué perspectiva más maravillosa esta! Hay esperanza, y el medio para asirse de ella, haciéndola suya. Todo está ahí en las vivificantes Palabras de Dios, en la Biblia, especialmente, el Nuevo Testamento de Jesucristo.

“¡Son inocentes!” Muy prontos nosotros los humanos a emitir nuestros juicios. Pero, muy lentos para aprender una gran realidad-verdad, a saber: que en lo concerniente a “inocencia”, a nosotros no nos corresponde establecer criterios. Pues, nosotros no nos creamos a nosotros mismos. No concebimos nuestra naturaleza ni escribimos el código para ella. No fijamos designios ni parámetros para nuestra existencia. Ni tampoco determinamos normas para nuestra conducta. Esto lo hizo el Dios Creador que nos ideó y creó “a imagen y semejanza” suya. Consiguientemente, derecho de hacer pronunciamientos unilaterales y personales sobre “lo inocente o no inocente, los inocentes o no inocentes”, no lo tenemos. Tengamos, pues, mucho cuidado de no atribuir a nosotros mismos derechos, poderes y autoridad que atañen solo al Dios que nos creó.

En el plano moral-espiritual de seres humanos maduros, un solo “inocente” ha habido sobre la faz de este planeta Tierra, a saber: Jesucristo, el Hijo de Dios. Sin pecado. Sin culpa. Sin malicia. ¡Enteramente! "Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, INOCENTE, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos(Hebreos 7:26). Muchos lavados, redimidos, justificados, santificados y perdonados ha habido (1 Corintios 6:11), pero ¡un solo ser perfectamente “inocente”! Dos que han sido trasladados sin ver muerte -Enoc y Elías- por su alto nivel de entrega y santidad, pero ¡un solo ser absolutamente “inocente”!

Ningún ser humano capaz de discernir entre el bien y el mal es inocente por naturaleza. Sin pecado, malicia o culpa.“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros(1 Juan 1:8-10). De manera que quien haya sido perdonado y santificado por gracia en virtud del sacrificio de Cristo y el haber purificado su alma por la obediencia a la verdad (1 Pedro 1:22-25) tiene derecho a decir “Soy salvo”, pero no a decir “Soy inocente”. Porque no es “inocente” de sus pecados sino culpable, evitando pagar la pena de muerte eterna por ellos al asirse de la oferta magnánima de Cristo de perdón, el cual es concedido al que lo procura a condición de creer, arrepentirse y bautizarse “para perdón de los pecados” (Marcos 16:15-16; Hechos 2:37-47; 22:16).

Así que, demás sería preguntar: en la multitud (cualquier multitud, concurrencia, reunión, congregación, conglomeración de compradores, grupo grande, mediano o pequeño, reunida para el propósito que fuera: evento deportivo, espectáculo musical, conferencia, mitin político, campaña religiosa, venta especial, etcétera), ¿cuántos inocentes había en el plano personal-moral-espiritual? Porque la respuesta obligatoria siempre debe ser: “¡NINGUNO!” Más bien, podemos preguntar: ¿cuántas personas aprobadas por Dios había? Y la respuesta de rigor ha de ser: "Conoce el Señor a los que son suyos" (2 Timoteo 2:19). Porque solo él conoce perfectamente “los pensamientos y las intenciones” de cada corazón humano (Hebreos 4:12), los principios y parámetros morales-espirituales de cada vida, como también las acciones u obras de cada cual.

En multitudes, agrupaciones, etcétera, de seres humanos suelen hallarse…

Bebés, infantes, niños preadolescentes y adolescentes. A los bebés, infantes y preadolescentes se les cataloga de “inocentes” por carecer ellos del conocimiento del bien y del mal en contextos morales-espirituales. Creciendo, en alguna etapa de su adolescencia alcanzan referido conocimiento, empezando a tomar decisiones de “portarse bien” o “portarse mal”, de ser “buenas personas” o “malas personas”, conscientes de las concomitantes consecuencias no solo materiales y temporales sino también espirituales y eternas.

En tales multitudes, agrupaciones, etcétera, pueda que haya también jóvenes, adultos jóvenes, adultos, mayores de edad o ancianos, ya muy pocos ya varios, que…

Son “buenos, justos, misericordiosos, respetuosos, humildes y prontos para socorrer al vecino, amando mucho a familiares y amigos, aun a la humanidad en general, como también a Dios”, aunque no lo conozcan bien, ni tampoco, por la razón que sea, el contenido vital del “evangelio de salvación” traído por Jesucristo y sus apóstoles del siglo I. Estando el apóstol Pedro en la casa del centurión romano Cornelio y su familia, gentiles de raza y no judíos, Pedro, empezando a comprender porque Dios lo había enviado a aquella casa, dijo, sin duda, un tanto pasmado: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia (Hechos 10:34-35). ¿De quién “se agrada” Dios “en toda nación”? Respuesta: “…del que le TEME y HACE JUSTICIA.”

En tales multitudes…

Jóvenes, adultos jóvenes, adultos, mayores de edad o ancianos que son como no pocos gentiles de raza que había en el tiempo de Cristo y sus apóstoles, en el siglo I, los que, pese a no haber llegado a tener conocimiento del verdadero Dios ni de su ley, hacían por naturaleza lo que era de la ley. El apóstol Pablo se alude a ellos, escribiendo: “…los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos…” (Romanos 2:14-15).

En tales multitudes, agrupaciones, etcétera, pueda que se encuentren también…

Una que otra persona, quizás varias, que estén en estrecha comunión con el Dios Creador, habiendo oído y obedecido al puro “evangelio de salvación”. Añadidas por Cristo a su iglesia (Hechos 2:37-47), continúan perseverando en ella activamente, confiadas, además, de estar comportándose moralmente en armonía con el código moral del Nuevo Testamento. Con más seguridad, a estas personas las “conoce el Señor” como suyas.

Sigue siendo cierto que entre todos los mencionados Conoce el Señor a los que son suyos, a los que realmente son suyos en el lugar y el momento que sea. En algún centro comercial atestado de gente, coliseo deportivo con cuarenta mil espectadores, espectáculo musical con sesenta mil, teatro o cine con mil, calle popular por donde caminan miles; en un tren subterráneo con mil pasajeros, un crucero con cinco mil, un avión con doscientos cincuenta, un autobús con cuarenta. Hoy por hoy, en cualquier momento del día o de la noche, hay más de mil miles de pasajeros en los aviones que cruzan los cielos del globo terráqueo. En la “ciudad en el cielo”, como lo llaman. ¿Cuántos de ellos son realmente del Señor? ¡Él sabe! Solo él.

De una cosa estoy bien convencido, a saber: al morir, o ser muerta, cualquier persona de las que el Señor conoce como “suyas”, por la causa que sea -la bala de un terrorista, un accidente fatal del medio de transporte que sea, actos de guerra, fenómenos violentísimos de la naturaleza, actos criminales, fallas de construcciones, un infarto fulminante cardiaco, etcétera, etcétera, etcétera- ¡el alma-espíritu de tal ser humano perteneciente al Señor sale del cuerpo que ha perdido su vida animal y es llevado al Paraíso preparado por Dios, donde es consolado y cuidado con maravillosas bendiciones hasta el día de la resurrección, día en que recibirá nuevo cuerpo, carnal no, sino espiritual, poderoso, glorificado e inmortal! Y en él, será admitido a la tierra nueva, con cielos nuevos, donde disfrutará eternamente la nueva creación espiritual. (Lucas 16:19-31; 23:43; 1 Corintios 15:42-44; Apocalipsis 21:1-7, entre muchos textos relevantes)

Los familiares, amigos y conocidos que también pertenecen al Señor, sobreviviendo y continuando su vida en la tierra, sufren en una que otra medida la “partida prematura” de un ser querido a quien el Señor recibe como suyo, y esto es natural. Sin embargo, por otro lado, se consuelan y aun se regocijan, contemplando con ojos espirituales alumbrados por el entendimiento espiritual, por inteligencia y sabiduría espirituales, a su ser amado, feliz y contento “allá en el hermoso Paraíso de Dios”.

No así, los familiares, amigos, conocidos y aun desconocidos que permanecen en la Tierra material, pero que no pertenecen al Señor, que no entienden lo espiritual, que no creen en “Paraíso celestial alguno”. Estos lamentan su “muerte prematura”, su “partida trágica”, “lo injusto de privar a un inocente, a un joven, a una persona buena”, de más años en la tierra. Se derraman muchas lágrimas; se escuchan llantos y hasta recriminaciones contra Dios. Quizás no falten algunos, aun muchos, que pierdan fe en Dios a causa de lo acaecido, volviéndose amargos, aturdidos, muy airados, deprimiéndose y adentrándose cada vez más en las tinieblas. Quizás otros lleguen todavía más lejos, maldiciendo a Dios y blasfemando.

Mientras tanto, ¡el alma-espíritu a salvo en el Paraíso se regocija grandemente! Porque las bendiciones sobreabundan, y el provenir para la eternidad es espectacular sobremanera. De poder tal alma-espíritu a salvo en el Paraíso regresar a la tierra, entrar de nuevo en su cuerpo físico resucitado y vivir una vida “normal” terrenal, muriendo eventualmente de nuevo, pero de causas naturales, ¿aceptaría hacerlo? Inconcebible que lo hiciera. De todos modos, se trata de una pregunta retórica, ya que tal regreso no figura en los designios de Dios para los salvos en el Paraíso. Con la excepción de unos pocos cuyos cuerpos físicos fueron resucitados como señal que confirmara el poder absoluto de Dios sobre la vida y la muerte. Por ejemplo, Lázaro, el hermano de Marta y María (Juan 11:1-44; 12:1-2, 8), y el propio Jesucristo quien ocupó su cuerpo físico resucitado durante cuarenta días antes de ascender al trono de su Padre en el cielo. Semejante propósito se resalta en la sanación milagrosa de un ciego de nacimiento.

“Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él(Juan 9:1-3). Mediante los milagros de Cristo y sus apóstoles auténticos, los ciegos ven, al instante los cojos pueden caminar y saltar, los mares tumultuosos son calmados, los leprosos son sanados instantánea y perfectamente, y los muertos son resucitados. “…para que las obras de Dios se manifiestan en él.” Para que la “palabra” del Cielo, las buenas nuevas de salvación para todos, sea confirmada por “las señales que la seguían. Amén”(Marcos 16:20).

 

Una gran multitud de fanáticos del deporte se junta para un juego, fotografía que ilustra el tema sobre inocencia, inocentes, end editoriallapaz.org.

 

¿Eres tú ahí en medio de aquella muchedumbre? Y la ocasión o el evento, ¿es sano? Estando ahí, ¿te conoce el Señor como uno de los suyos? ¿Aunque la mayoría de los que están en derredor tuyo no los conozca él? ¿Cuál es tu razón o evidencia para afirmarlo? El móvil que te llevó a estar ahí, ¿es puro? ¿Tienes la conciencia limpia? ¿Estás preparado espiritualmente para partir de aquellos entornos físicos-materiales en cualquier momento, plenamente confiado en que el Paraíso de Dios sería su destino seguro? ¿Aun en medio de un juego muy, pero muy emotivo? ¿A la edad que tengas, cuál sea? ¿Por la causa que fuera? ¿Seguro que las gradas sostengan el tremendo peso de tan gran multitud de seres humanos? ¿Qué tal las bases para el sostenimiento de tu vida intelectual-moral-espiritual? ¿Y el balance en tu vida entre trabajo, entretenimientos, otras actividades sociales, el cuido de tu cuerpo físico y el cuido de tu alma-espíritu?

 

 


 

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La espeluznante matanza en Las Vegas. “¿Pura maldad?” Pero, “¡Dios está en control!” ¿Así? Entonces, ¿por qué no actuó para evitar la matanza de cincuenta y ocho personas y que fueran heridas quinientas veintisiete?

 

  

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