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Historia cristiana: recursos en esta Web
 

“Martirio de Policarpo”


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Policarpo fue quemado vivo en Esmirna, c. 155 d. C. Nacido en 70 d. C., era contemporáneo de algunos de los apóstoles.

Nota de HSdeÁlamo. A todo pentecostal, particularmente a los obsesionados con “el evangelio de sanidad y prosperidad”, le convendría leer el Martirio de Policarpo para apreciar las diferencias tremendísimas entre su propia fe egoísta, acomodaticia, materialista, voluble y la fe profundamente espiritual, noble, sublime, inquebrantable de cristianos auténticos tales como Policarpo.

Policarpo de Esmirna (nace c. 70 d. C.; martirizado c. 155 d. C.). Contemporáneo de algunos de los apóstoles, especialmente Juan. Obispo de la iglesia en Esmirna, ciudad de la provincia romana de Asia. Una de las siete cartas enviadas por Cristo a las iglesias de Asia fue dirigida a la iglesia en Esmirna (Apocalipsis 2:8-11).

Ireneo de Lyon conoció a Policarpo, dando testimonio acerca de él en su libro Contra las herejías 3.3. “Ireneo de Lyon, conocido como San Ireneo (griego: Εἰρηναῖος) (n. Esmirna Asia Menor, c. 130 - m. Lyon, c. 202), fue obispo de la ciudad de Lyon desde 189. Considerado como el más importante adversario del gnosticismo del siglo II. Su obra principal es Contra las Herejías.” (www.wikipedia.org Artículo Ireneo de  Lyon.)

Extracto del testimonio de Ireneo

“Policarpo no solo fue instruido por los apóstoles y conversó con muchos que habían visto al Señor, sino que fue también designado por los apóstoles en Asia como obispo de Esmirna. También le vi en mi infancia, porque vivió mucho tiempo y murió en una edad muy avanzada en un glorioso martirio. Continuamente enseñaba las cosas que había aprendido de los apóstoles, las únicas tradiciones verdaderas de la iglesia. Estos hechos están confirmados por todas las iglesias de Asia y por los sucesores de Policarpo hasta el día de hoy, y él es un testigo mucho más fiable de la verdad que Valentín, Marción y los otros que van errados.” (Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea, Libro 4, 14)

El martirio de Policarpo ocurrió durante el tiempo del emperador romano Antonino Pío, gobernando este desde 138 d. C. hasta 161.

Martirizado Policarpo, la iglesia en Esmirna envió una carta sobre aquel acontecimiento tan conmovedor a la iglesia en Filomelio, una ciudad cerca de Antioquía de Pisidia. El historiador cristiano Eusebio de Cesarea (269 a 339 d. C.) la incluye en su obra Historia eclesiástica, Libro 4, XV. A continuación, copiamos el texto de Eusebio.

“En este tiempo, Asia fue una vez más perturbada por  una gran persecución, y Policarpo encontró su plenitud en el martirio. Todavía existe un relato de su fin [Esto fue escrito antes de la muerte de Eusebio de Cesarea en 339 d. C.], y debería incluirse en estas páginas, un documento de la iglesia sobre la que él presidió dirigido a comunidades vecinas: [Ubicando este “documento de la iglesia” en Esmirna en la línea del tiempo, tomemos nota de que fue escrito por aquella congregación cerca del año 155 d. C., poco después del martirio de Policarpo.]

“La iglesia de Dios en Esmirna a la iglesia de Dios en Filomelio y a todas las congregaciones de la santa iglesia católica. Misericordia, paz y amor de Dios el Padre de nuestro Señor Jesucristo sea para vosotros en gran medida. Os escribimos, hermanos, para contaros acerca de los mártires y del bienaventurado Policarpo, cuyo martirio puso fin a la persecución.”

[Aclaración. Católico, católica. Del griego καθολικός, katholikós, 'universal, que comprende todo'  en todo lugar. Término usado por algunos cristianos desde principios del Siglo II para referirse a la “iglesia universal”. Ninguna congregación de aquellos tiempos no se parecía ni remotamente a la Iglesia Católica Romana nacida siglos después de doctrinas y prácticas muy distintas a las de Cristo, los apóstoles y sus sucesores inmediatos.] 

[Eusebio escribe] “Primero relatan lo que sucedió a los otros mártires, describiendo la fortaleza que mostraron cuando fueron torturados, asombrando a los espectadores. A veces los azotes los cortaban hasta sus venas y arterias más profundas, y dejaban al descubierto sus entrañas y órganos. En otras ocasiones eran extendidos a través de aguzadas conchas marinas y de puntiagudas estacas, y eran finalmente entregados como pasto de las fieras.

“Dicen que el noble Germánico venció el natural temor a la muerte por la gracia de Dios. Incluso cuando el procónsul intentó disuadirlo, rogándole que se apiadara de sí mismo, siendo que estaba todavía en plena juventud, no dudó él en arrastrar la fiera hacia sí mismo, casi forzándola y azuzándola, para liberarse tanto más pronto de esta injusta y malvada vida. Ante su gloriosa muerte, toda la multitud se quedó tan asombrada ante el valor del mártir amante de Dios y ante el valor de los cristianos en general, que comenzaron a gritar juntos: ¡Matad a los ateos! Traed a Policarpo! Cuando se suscitó un gran clamor general apoyando este grito, un cierto Quinto, que acababa de llegar de Frigia, viendo las fieras y los tormentos inminentes, se derrumbó y abandonó su salvación. Él y otros acudieron demasiado precipitadamente ante el tribunal pero fueron condenados de todas formas, lo que fue prueba de su insensatez irreligiosa.

“El muy admirable Policarpo se sintió imperturbado por las nuevas, y decidió resueltamente quedarse en la ciudad [de Esmirna]. Pero cuando sus amigos le rogaron que escapase, fue persuadido a que se retirase a una granja no lejana de la ciudad, donde se quedó con otros pocos, y oraba al Señor día y noche que se concediera paz a las iglesias por todo el mundo, como era costumbre de él. Tres noches antes de su captura, mientras oraba, vio en una visión que la almohada bajo su cabeza estallaba repentinamente en llamas y se quemaba, lo que interpretó a sus amigos como prediciendo que iba a dar su vida en el fuego por causa de Cristo. Como sus perseguidores lo buscaban de manera incansable, el amor de los hermanos le obligó a mudarse a otra granja. Pronto llegaron los perseguidores y arrestaron a dos de los siervos que había allí, y uno de ellos, sometido a tormentos, les reveló el paradero de Policarpo. Era de noche, y lo encontraron acostado en un dormitorio de un piso superior. Hubiera podido dirigirse a otra casa, pero rehusó, diciendo: ‘Hágase la voluntad de Dios’. Cuando oyó que llegaban, descendió y habló con ellos de una manera tan animosamente serena que se sintieron atónitos, en vista de su avanzada edad y de su aire confiado, y se preguntaron asombrados por qué había tanta ansiedad por apresar a un anciano con un carácter tal. Ordenó que les fuera puesta la mesa y los invitó a comer abundantemente, pidiéndoles solo una hora para orar sin ser molestado. Concedido esto, se levantó y oró, lleno de la gracia del Señor y para asombro de todos los presentes, muchos de los cuales comenzaban a lamentarse de que un hombre tan venerable y digno de Dios tuviese que ser muerto.”

La carta prosigue así: [La carta de la iglesia en Esmirna dirigida a la iglesia en Filomelio]

“Por fin concluyó su oración, después de recordar a todos aquellos con quienes había estado en contacto –pequeños o grandes, famosos y desconocidos- y a toda la iglesia católica en todo el mundo. Cuando hubo llegado la hora de partir, lo sentaron sobre un asno y lo llevaron a la ciudad en un sábado solemne. Herodes, que era el comisario de policía, y su padre Nicetas, se encontraron con él y lo hicieron pasar a su carro. Sentados a su lado, intentaron persuadirle: ¿Qué mal hay en decir ¡César es Señor! Y sacrificar, y salvarse así?Al principio no les respondió, pero cuando persistieron, les respondió: ‘No haré lo que me aconsejáis’. Ahora las amenazas sustituyeron a la persuasión, y lo echaron del carruaje con tanta prisa que se rasguñó la espinilla al descender. Pero se dirigió andando animosamente al estadio como si nada le hubiera sucedido. Allí había tanto ruido que no se podía oír lo que nadie decía.

Cuando Policarpo entró en el estadio, una voz desde el cielo dijo: ‘¡Sé fuerte, Policarpo, y pórtate varonilmente!’ Nadie vio a quien había hablado, pero muchos de los nuestros que estaban allí oyeron la voz. Al extenderse la nueva de que Policarpo había sido arrestado, hubo una gran conmoción. Cuando se acercó, el procónsul le preguntó si él era Policarpo, y cuando lo hubo admitido, intentó disuadirlo, diciendo: ‘¡Ten consideración a tus años! ¡Jura por la fortuna de César! Retráctate y di: ¡Mueran los ateos!’ [Es decir, los cristianos.] Sin embargo, el gobernador le apremió: ‘Toma el juramento y te daré la libertad. ¡Maldice a Cristo!’ Entonces Policarpo respondió: ‘Durante ochenta y seis años he sido su siervo, y nunca me ha hecho mal alguno. ¿Cómo puedo blasfemar a mi Rey que me ha salvado?’ Pero cuando él persistió diciendo: ‘Jura por la fortuna del César’, le contestó: ‘Si piensas que puedo hacer esto, pretendiendo que no sabes quién soy, escúchame con atención: soy cristiano. Y si quieres saber cuáles son las enseñanzas del cristianismo, dispón un día y las oirás’. El procónsul dijo: ‘¡Persuade al pueblo!’ Policarpo dijo: ‘Tú serías digno de tal exposición, porque se nos ha enseñado que demos el honor debido a los gobernantes y a las autoridades ordenadas por Dios si con ello no contemporizamos. En cuanto al pueblo, no pienso que les deba ninguna defensa’. El procónsul dijo: ‘¡Tengo fieras, y te echaré a ellas si no cambias de parecer!’ Él respondió: ‘Llámalas, porque no podemos cambiar de parecer para mejor ni para pero. Pero cambiar de la crueldad a la justica es cosa excelente’. De nuevo, él replicó: ‘Si menosprecias las fieras, ¡si no cambias de parecer te haré arder en el fuego!’ Pero Policarpo declaró: ‘Me amenazas con un fuego que arde por un tiempo y que pronto se acaba. Pero hay un fuego del que tú nada sabes y que espera a los malvados en el juicio venidero y en un castigo eterno. Pero, ¿a qué estamos esperando? Haz lo que quieras’.

Al decir estas y muchas otras cosas, se iba llenando de valor y de gozo, y sus rasgos manifestaban una gracia tal que no empalidecieron de temor ante las amenazas que le hacían. El procónsul se demudó y envió a su heraldo al centro del estadio para que proclamase tres veces: ‘Policarpo ha confesado que es cristiano!Ante esto, toda la multitud de gentiles y judíos que vivían en Esmirna se enardecieron encolerizados y gritaron a voz en cuello: iEste es el maestro de Asia, el padre de los cristianos, el destructor de nuestros dioses, que enseña a muchos a no ofrecer sacrificio y a no rendir culto!Luego pidieron que el asiarca Felipe soltara un león contra Policarpo. Pero él dijo que esto sería ilegal, porque ya había clausurado los juegos. Entonces se levantó un clamor general pidiendo que Policarpo fuese quemado vivo. En verdad, se había cumplido la visión de la almohada ardiendo, y, volviéndose él a los fieles que le acompañaban, les dijo, proféticamente: ‘Debo ser quemado vivo’.

En menos tiempo del que se precisa para contarlo, la multitud recogió troncos y leña seca de los talleres y de los baños. Los que más empeño pusieron en ello fueron, como solían, los judíos. Cuando la pira estuvo lista, se quitó toda la ropa, se desciñó e intentó sacarse los zapatos, aunque no estaba acostumbraba a ello, porque los fieles siempre se disputaban este privilegio. Cuando iban a clavarlo a la reja para el fuego, dijo: ‘Dejadme, porque aquel que me hace capaz de soportar las llamas también me hará capaz de mantenerme en ellas sin moverme, aunque no esté clavado’. De modo que lo ataron sin clavarlo, con las manos detrás de la espalda, como un noble carnero de un gran rebaño, como un holocausto aceptable para el Dios omnipotente.

Entonces oró: ‘Oh, Padre de tu amado Hijo Jesucristo, por quien te conocemos, te bendigo por este día y esta hora, que yo puedo, junto a los mártires, compartir la copa de Cristo para la resurrección para vida eterna tanto de alma como de cuerpo en la inmortalidad del Espíritu Santo. Sea recibido hoy yo entre ellos como un sacrificio rico y acepto, según tu divino cumplimiento. Por esta razón te alabo por todo, te bendigo y glorifico por medio del eterno sumo sacerdote Jesucristo, tu amado Hijo, por quien sea la gloria a ti y al Espíritu Santo, ahora y por los siglos venideros. Amén’.

Cuando hubo terminado, encendieron el fuego y ardió una gran llama, y los que tuvimos el privilegio de contemplarlo vimos algo maravilloso. El fuego adoptó la forma de una estancia, como la vela de una nave hinchada por el viento, que rodeó el cuerpo del mártir en su interior, no como carne ardiendo, sino como oro y plata afinados en horno. También olimos un grato aroma como la fragancia del incienso o de otras especias de gran precio. Finalmente, la impía multitud, al ver que su cuerpo no podía ser consumido por el fuego, ordenó al rematador que lo acabara con la espada. Cuando lo hizo, salió sangre que apagó el fuego, y toda la muchedumbre quedó asombrada de la diferencia entre los incrédulos y los elegidos. En verdad él era uno de los elegidos, el más maravilloso maestro apostólico y profético de nuestros tiempos, obispo de la iglesia católica [universal] en Esmirna. Porque cada palabra que pronunció fue y será cumplida.

Pero cuando el Maligno vio la grandeza de este martirio y lo irreprensible de su vida, se cuidó de que no pudiéramos siquiera llevarnos su pobre cuerpo, como muchos deseaban. Impulsó a Nicetas, padre de Herodes y hermano de Alce a pedir al gobernador que no nos diera su cuerpo, ‘no sea que abandonen al crucificado y comiencen a adorar a este hombre’. Esta idea procedió de presión de parte de los judíos, que observaron que íbamos a sacarlo del fuego, no dándose cuenta de que nunca podemos abandonar a Cristo para adorar a nadie más. A Él lo adoramos como el Hijo de Dios, pero a los mártires los amamos como discípulos e imitadores del Señor. Así, cuando el centurión vio que los judíos estaban causando perturbación, puso [el cuerpo] en medio de ellos y lo quemó, como era costumbre de ellos. Luego recogimos sus huesos, más preciosos que joyas y más finos que el oro, y los depositamos en un lugar adecuado. Allí, si es posible, nos reuniremos con alegría y gozo para celebrar el aniversario de su martirio, tanto en memoria de los que ya han luchado como para instrucción de los que tendrán que hacerlo. Este es el relato del bienaventurado Policarpo. Incluyendo a los de Filadelfia, él fue el duodécimo mártir en Esmirna, pero él solo es recordado en particular y mencionado por todos, incluso por los paganos.”

 

(Copiado de “Eusebio: Historia de la iglesia. Una nueva traducción con comentario. Por Paul L. Maier. Traductor: Santiago Escuain. Editorial Portavoz, Kregel Publications. P. O. Box 2607, Grand Rapids, Michagan 49501 EE. UU. www.portavoz.com Páginas 145 – 152)

 

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