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Primer estudio en esta serie: El bautismo en Espíritu Santo

"La unción del Santo"

Segundo estudio de la serie "Siete grandiosas bendiciones relacionadas con el Espíritu Santo"

"La unción del Santo" que el apóstol Juan define en 1 Juan 2:20-27 es una bendición para todos los cristianos fieles.
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"Pero vosotros tenéis la unción del Santo... Pero la unción que vosotros recibisteis... os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira..." (1 Juan 2:20, 27).

1 Juan 2:20-27

Amado estudioso de las Sagradas Escrituras, en este segundo tratado de la serie sobre "Siete grandiosas bendiciones relacionadas con el Espíritu Santo" nos dedicamos a escudriñar el tesoro de "La unción del Santo" sobre la cual diserta el apóstol Juan. Por cierto, entre los escritores de los libros y epístolas que componen el canon del Nuevo Testamento Juan es el único que emplea esta precisa terminología intrigante, nombrando "...la unción" en las siguientes tres cláusulas:

-"Pero vosotros tenéis la unción del Santo..." (1 Juan 2:20).

-"Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros" (1 Juan 2:27).

-"...así como la unción misma os enseña todas las cosas..." (1 Juan 2:27).

El significado de "unción"

Primero, veamos cómo define un diccionario moderno el sustantivo "unción".

-"unción. s. f. 1 Acción de ungir o extender un líquido graso sobre una superficie. 2 Acción de ungir o hacer la señal de la cruz con aceite sagrado sobre el cuerpo de una persona, para administrarle un sacramento o darle un cargo determinado. 3 Devoción y fervor con que se realiza una acción o se expresa un sentimiento, generalmente un acto religioso." (Diccionario Manual de la Lengua Española Vox. © 2007 Larousse Editorial, S.L www.es.thefreedictionary.com)

-Ahora bien, al comparar estas definiciones con lo que dice Juan acerca de la "unción", deducimos que el apóstol estaría usando retóricamente el término. Según él, la "unción": (1) fue dada por el "Santo", (2) fue recibida por los recipientes de la epístola de Juan, (3) permanecía en ellos, y (4) les enseñaba "todas las cosas" (1 Juan 2:27). Desde luego, el "Santo" no da "un líquido graso" a usarse para ungir una superficie. Tampoco se vincula la "unción" de Juan con "la señal de la cruz" hecha por devotos católicos romanos conforme a sus tradiciones eclesiásticas, ni tampoco con "aceite sagrado" que aplicaran como "sacramento" -palabra no bíblica dicho sea de paso- al cuerpo físico, ya vivo ya muerto, de una persona. También observamos que la "unción" de Juan no es sinónima con la "devoción" o "fervor" mencionados en el diccionario, pues la "unción" de Juan no es un atributo sino un poder que "enseña todas las cosas".

Según el Diccionario de la Biblia, el significado fundamental de "unción" (χρῖσμα, G5984) es simplemente "la acción de ungir". "El significado básico es frotar a un objeto o persona con aceite o grasa. El ungüento común era el aceite de olivo, aunque se usaron otras sustancias." Lo que se utiliza para ungir lo estipulan o determinan textos y contextos. Por ejemplo, estando Jesucristo en la casa de Simón, fariseo, "una mujer de la ciudad, que era pecadora... [Se trata de María, hermana de Lázaro -Juan 11:2] trajo un frasco de alabastro con perfume", y ungió los pies del Señor "con el perfume" (Lucas 7:36-38; Juan 11:2). En aquella misma ocasión; Jesús reprochó a Simón, diciendo: "No ungiste mi cabeza con aceite", expresión que pone de relieve la costumbre vigente en aquellos tiempos y lugares de ungir el anfitrión la cabeza de sus huéspedes "con aceite" (Lucas 7:44-47).

¿Qué, pues, es la "unción" de 1 Juan 2:20 y 27? Cuatro versiones del Nuevo Testamento sustituyen otros términos por "unción", a saber: "Espíritu Santo", "Espíritu", "don", y Espíritu de Dios", tratándose de sustituciones en las versiones Nueva Traducción Viviente, Palabra de Dios para todos, La Palabra (España), La Palabra (Hispanoamericana) y Traducción en lengua actual. Estos términos no aparecen en el griego original. A continuación, 1 Juan 2:27 en griego, ennegrecida la palabra traducida "unción": καὶ ὑμεῖς τὸ χρῖσμα ὃ ἐλάβετε ἀπ’ αὐτοῦ [a]μένει ἐν ὑμῖν, καὶ οὐ χρείαν ἔχετε ἵνα τις διδάσκῃ ὑμᾶς· ἀλλ’ ὡς τὸ [b]αὐτοῦ χρῖσμα διδάσκει ὑμᾶς περὶ πάντων, καὶ ἀληθές ἐστιν καὶ οὐκ ἔστιν ψεῦδος, καὶ καθὼς ἐδίδαξεν ὑμᾶς, [c]μένετε ἐν αὐτῷ. Bien que χρῖσμα pudiera traducirse "don" (no pretendo ser erudito en griego), los traductores de las versiones tenidas por más correctas seleccionaron "unción" como traducción más acertada. "Espíritu Santo" en griego es ἁγίου πνεύματος, no apareciendo este nombre en el versículo 27. De manera que el versículo en el original no dice explícitamente que "unción" sea sinónima de Espíritu Santo. Más sin embargo, lo que el apóstol dice al especificar los resultados importantísimos de la "unción" constituye, se infiere, evidencia al efecto de que los lectores de la primera epístola de Juan habían recibido algo relacionado, de alguna forma, con el Espíritu Santo. ¿Qué cosa recibieron? Analicemos lo relevante al tema.

El tema analizado

"Pero vosotros tenéis la unción del Santo..."¿Quiénes son "vosotros"? Interesantemente, esta epístola de Juan no comienza con salutación alguna sino con la declaración tan sobria como impresionante e instructiva: "Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos... tocante al Verbo de vida... os anunciamos..." (1 Juan 1:1-3). Naturalmente, estas expresiones nos hacen pensar en las primeras palabras, igualmente solemnes, del evangelio que escribió el mismo apóstol: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios" (Juan 1:1). No es hasta el 2:1 que el apóstol llama "Hijitos" a los destinatarios de su carta, y luego "Hermanos" en el 2:7, más adelante dirigiendo algunas palabras particularmente a "padres" y "jóvenes" en el 2:13-14. Toques cariñosos personales, como de un anciano en el Señor. Por cierto, Juan ya era bastante entrado en años cuando escribió esta carta, la cual está fechada entre 85 y 100 d. C. En el 2:12 y 18, Juan vuelve a dirigirse a los "hijitos" a quienes escribía, siendo ellos los "vosotros" del 2:20 y 27 donde aparece el vocablo "unción". Ya que "hijitos" y "hermanos" proyectan generalización, no identificando Juan ninguna congregación en particular o grupo de servidores, por ejemplo, profetas, obispos (pastores, ancianos), maestros o evangelistas, se concluye, lógicamente, que la "unción" la recibieron todos los miembros de la iglesia.

-Corroboran esta conclusión las palabras escritas por el apóstol Pablo en 2 Corintios 1:21-22. "Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones." Son genéricas las tres frases "nos ungió... nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu...", y por ende, se aplican a todos los cristianos fieles por igual. Así que, no solo sella Dios a todos los cristianos de verdad sino que también los da "las arras del Espíritu" ¡y también los unge! Una "unción", pues, para todos los cristianos auténticos, haciéndose mediante esta última palabra la distinción debida entre verdaderos cristianos y los falsos que, como dice Juan, "Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros..." (1 Juan 2:19). Al que recibe "unción" se le puede decir "ungido", y dado que esto es axiomático, podemos afirmar confiadamente que ¡son ungidos todos los cristianos fieles a Cristo, quien es, a su vez, "el Ungido del Señor", con letra mayúscula (Lucas 2:26; 4:18).

-El que "la unción" la tienen todos los cristianos fieles rinde nula la idea que la tengan solo algunos líderes espirituales de actualidad, llámense "pastores, profetas, evangelistas o sacerdotes". 

-Esta "unción" que reciben todos los cristianos fieles se la da el "Santo". "...vosotros tenéis la unción del Santo". Es decir, la "unción" que da el Santo. Mediante la expresión "la unción que vosotros recibisteis de él" se distingue, efectivamente, entre la unción misma y el que la imparte. "...la unción" se recibe "de él". Así que, la unción no es el mismo que la da sino lo que el dador -"él"- confiere. Al citar 2 Corintios 1:21-22, aprendimos que Dios el Padre es quien nos unge. Por consiguiente, Dios el Padre es el "Santo" de 1 Juan 2:20. Este "Santo" no es el propio Espíritu Santo sino "Dios" que da la "unción".

¿Qué es el resultado de recibir esta "unción"? ¡Una bendición estupenda! "...y conocéis todas las cosas", según el 2:20, repitiéndose la frase clave "todas las cosas" en el 2:27. ¡Qué bendición más trascendental la de conocer "todas las cosas", todas las que atañen a la voluntad de Dios para nosotros los humanos! ¡Realmente magnífica! En el versículo 27 se amplía la información inspirada respecto a esta gloriosa "unción", explicándose que la "misma os enseña todas las cosas", añadiéndose: "...según ella os ha enseñado". Así pues, "la unción misma... enseña". De hecho, "...enseña" tan completamente y con tanta efectividad que "...no tenéis necesidad de que nadie os enseñe".

-¿Qué poder, qué medio divino, enseña tan cabalmente? Revisando posibilidades, concluimos que solo "la palabra de Dios", cuyo poder, eficacia, perfección y permanencia son resaltados a través del Nuevo Testamento. Citamos tan solo tres ejemplos. "Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" (Hebreos 4:12). "...siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre" (1 Pedro 1:23). "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad". (Juan 17:17). Esta "palabra" que proviene de Dios, y no de ningún ser humano o ángel, ¡enseña completamente! Esta "palabra" es la "verdad" de Dios. Amado que lee, esta "palabra de Dios", esta "verdad" de Dios, ¡es el elemento celestial utilizado por Dios en la acción de ungir a todos sus hijos fieles!

-Sostiene esta interpretación la expresión "todas las cosas", la cual nos recuerda la promesa hecha por Jesucristo durante su ministerio terrenal a los apóstoles. "Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad..." (Juan 16:13). "...todas las cosas"; "...toda la verdad". El paralelismo es evidente. "...toda la verdad" contiene, efectivamente, "...todas las cosas". Volvemos a afirmar que "...toda la verdad", sinónima de toda "la palabra de Dios", es el elemento utilizado por Dios para ungir a sus hijos espirituales. "La unción", siendo "el acto de ungir", simboliza lo que se utiliza para ungir, lo cual es, en el pasaje que estamos escrutando, "la palabra de Dios", la "verdad" de Dios. Añadimos que en Juan 16:13 también es evidente el vínculo entre el Espíritu Santo y esta "verdad" completa, pues él es "el Espíritu de verdad" que guía a ella.

-¿Cumplió el Espíritu Santo su encomienda divina de guiar a los apóstoles escogidos por Jesucristo "a toda la verdad", o falló? Definitivamente, no falló. Antes de fallecer el último de los apóstoles, siendo el último precisamente el apóstol Juan, recibieron la verdad en su totalidad, escribiéndola en los veintisiete libros que componen el Nuevo Testamento, asistidos en la tarea por Marcos, Lucas y Judas, el hermano del Señor. Fue así que la iglesia del Siglo I recibió "todas las cosas", llegando para ella "lo perfecto", es decir, el perfecto conocimiento de "toda la verdad" (1 Corintios 13:8-13). De manara que Judas, el hermano del Señor, podía escribir que "la fe", o sea, el evangelio, había sido "una vez dada a los santos", obra del Espíritu Santo hecha completa y perfectamente, implicando las palabras "una vez" que la misma no sería repetida.

-Pues bien, "todas las cosas" se conocen por medio de la verdad divina inspirada. Todas las doctrinas de Cristo y los apóstoles. Toda "la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta" (Romanos 12:2). Planteamos que todos los cristianos en "comunión" con los auténticos apóstoles de Cristo [no contándose entre estos los tantos falsos apóstoles autonombrados del presente], y a través de ellos también en "comunión... con el Padre, y con su Hijo Jesucristo" (1 Juan 1:3), somos ungidos con toda la verdad divina inspirada. De la manera que Dios el Padre "ungió... con oleo de alegría" a su Hijo Jesucristo "más que a todos" sus "compañeros" (Hebreos 1:9), ¡asimismo unge a los cristianos verdaderos con el potente aceite sobrenatural de su "verdad" divina, usándose retóricamente el vocablo "aceite".

-En los versículos 20 y 21, el propio apóstol Juan hace la misma conexión que estamos realzando entre la "unción" y "la verdad" al escribir en el 21: "No os he escrito como si ignoraseis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad". Entonces, vemos que ya conocían "la verdad". Y sabemos que por "la unción" ya conocían "todas las cosas. "La verdad", sinónima de "la palabra de Dios", es, pues, "la unción" que hacía factible el conocer "todas las cosas".

-Discernimos otro enlace entre "la unción" y "la verdad" en los versículos 24 y 27 de 1 Juan 2. En el 27, se dice que "la unción permanece en vosotros". En el 24 el apóstol Juan exhorta: "Lo que habéis oído desde el principio, permanezca en vosotros". ¿Qué cosa habían oído "desde el principio" de su relación para con Cristo? ¡"La verdad del evangelio"! (Gálatas 2:5) Esta verdad "permanece" en ellos. El enlace es evidente. Esta verdad que habían oído y que permanecía en ellos era lo mismo que la unción que permanecía en ellos. Y así se sostiene de nuevo el planteamiento que hemos hecho, a saber, que: "la verdad" es la sustancia divina usada en "la unción", es decir, en "la acción de ungir".

-Todavía más orientación encontramos en 1 Juan 2:27 en lo concerniente a "la unción", a saber: ella "es verdadera, y no es mentira". Conforme a la interpretación que estamos desarrollando, la sustancia, o el elemento divino, que Dios usa para ungirnos es "toda la verdad", toda su verdad dada por el Espíritu Santo. Entonces, decir que la unción es "verdadera, y no es mentira" sería lo mismo que decir que la verdad de Dios es "verdadera, y no es mentira". Aunque esto suene como una redundancia, no deja de ser cierto, pues la verdad perfecta de Dios realmente es verdadera, es purísima, sin aditivos que la diluyan, porque en ella no puede haber "mentira", "porque ninguna mentira procede de la verdad" apunta Juan en el 2:21, y porque en ella tampoco puede haber medias verdades, verdades relativas, subterfugios o engaños, ni de los más infinitesimales.

-La última cláusula del versículo 27 dice: "...según ella os ha enseñado, permaneced en él". Qué conste: "ella", y no "el". "...ella", la unción, la verdad perfecta y completa de Dios, y no "él", interpretándose "él" como alusivo al Espíritu Santo. Claro que el Espíritu Santo nos enseña. ¿Y cómo? Pues, ¡mediante la verdad! Siendo el instrumento escogido por Dios y su Hijo Jesucristo para revelar "toda la verdad", el Espíritu Santo viene a ser la personificación de la verdad, como en 1 Juan 5:6, donde el apóstol Juan escribe: "porque el Espíritu es la verdad". Más sin embargo, el fuerte énfasis en 1 Juan 2:20-27 es sobre "la unción", siendo "la verdad", reiteramos, el elemento sobrenatural utilizada en "la acción de ungir" efectuada por Dios. A propósito, ¿qué sería el Espíritu Santo para nosotros los cristianos ungidos de no haber hecho ningún papel en el proceso de hacernos llegar "toda la verdad" de Dios? Comprendemos, pues, que lo que realmente reviste al Espíritu Santo de importancia para nosotros es, precisamente, el hecho de haber sido escogido él para tan trascendental misión. El antecedente del pronombre "él", en la exhortación "permaneced en él", es "el Hijo", conforme a lo expresado en el 2:24, y no el Espíritu Santo. "Si lo que habéis oído desde el principio permanece en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre".

"...y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe..."

Esto es lo que Juan escribe en el 2:27, versículo tan repleto de profundas enseñanzas. "Hijitos", porque tienen "la unción", "no tenéis necesidad de que nadie os enseñe". ¡Tremendo! Pero, ¡qué quiere decir esto? Fácil, relativamente: Qué si tenían "toda la verdad", ¿qué más les haría falta? ¡Absolutamente nada!, en términos de revelaciones divinas adicionales. La historia del cristianismo nos instruye que los gnósticos habían comenzado a levantarse entre los cristianos hacia finales del Siglo I. Sin entrar en detalles, se sabe que el apóstol Juan aludía a ellos al escribir: "Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios..." (1 Juan 4:2-3). Los gnósticos aseguraban tener una relación tan estrecha con Dios que seguían recibiendo de él nuevos conocimientos, nuevas revelaciones, más o menos como muchos pentecostales de actualidad. En cuanto a la encarnación del Hijo de Dios, la negaban argumentando que un espíritu perfecto no podía habitar un cuerpo carnal imperfecto. Efectivamente, el apóstol Juan refuta sus pretensiones y sofismos, llamándolos "anticristos" (1 Juan 2:18; 4:1-4). También dice a los cristianos ungidos de aquel tiempo, parafraseando: "Ya tienen 'la unción del Santo', ya tienen toda la verdad, y por consiguiente, no tienen 'necesidad de que nadie os enseñe', y van incluidos los gnósticos".

Los auténticos cristianos ungidos del presente, o de cualquier tiempo, tampoco tienen "necesidad de que nadie" los "enseñe". Porque también tienen la misma "unción", la mismita verdad divina completa y perfecta. No necesitan revelaciones adicionales. Tienen "toda la verdad" recibida por los apóstoles, a través de la obra del Espíritu Santo, en el Siglo I. ¿Por qué pensar, pues, que alguien pudiera añadir a su gran tesoro de verdad divina, a "la fe que ha sido una vez dada a los santos" (Judas 3), y no repetidas veces? A esta gran realidad sólida se debe nuestro rechazo tajante a supuestas revelaciones nuevas, o continuas, de pentecostales, mormones y católicos romanos. En cuanto a profetas, pastores y evangelistas pentecostales en particular, estos suelen proclamar a voz en cuello que "¡el Anticristo viene!, ¡el Anticristo viene!", ni siquiera estudiando la revelación completa ya dada en el Nuevo Testamento lo suficiente para aprender que, según testifica el propio Juan apóstol, ya para fines del Siglo I habían "surgido muchos anticristos" (1 Juan 2:18). Añade Juan: "...este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo" (1 Juan 4:3). Recalcamos: "...y que ahora ya está en el mundo", identificándose "ahora" el tiempo del Siglo I cuando escribió Juan estas palabras, y no el Siglo XXI. Esto nos lo enseña "la unción del Santo", y conociéndolo, no tenemos necesidad alguna de prestar atención a quien no lo conozca.

Los cristianos ungidos gloriosamente con "toda la verdad" revelada por el Espíritu Santo seguimos teniendo la necesidad de buenos maestros, nutridos "con las palabras de la fe y de la buena doctrina", que nos enseñen, en lo concerniente al diario vivir y todo lo relacionado con el Reino de Dios, la aplicación correcta de esta poderosa y perfecta "verdad" que Dios nos ha conferido (1 Timoteo 4:6; 2 Timoteo 2:1). El apóstol Juan hacía este mismo rol en sus tres epístolas. Lo que no necesitamos son revelaciones en adición a las ya dadas, con lujo de detalle, en el Nuevo Testamento. ¿Quién se atreve a añadir nuevos escritos supuestamente inspirados al "nuevo pacto" de Cristo ya ratificado? "Hermanos, hablo en términos humanos: Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade" (Gálatas 3:15).

¡Otra grandiosa bendición relacionada con el Espíritu Santo!

Sí, querido lector, la de "la unción del Santo". "Relacionada con el Espíritu Santo" porque él fue el instrumento escogido para guiar a los apóstoles "a toda la verdad", no reteniendo ellos tan incomparable bendición para sí sino compartiéndola toda con todo cristiano que desee hacerla suya. Los apóstoles recibieron "toda la verdad" mediante el "poder" dado por Dios a ellos (Hechos 1:4-8; 2:1-47), el que incluía "dones espirituales" (1 Corintios 12), es decir, sobrenaturales. Dirigidos por el Espíritu Santo ellos la escribieron toda en los libros y epístolas del Nuevo Testamento. Ahora, toda esa magnífica verdad, tan poderosa que transforma y renueva mentes, almas y espíritus, ¡es mía! Al recibirla, ¡he sido ungido con ella! ¡Mi mente, alma y espíritu han sido ungidos con ella!. Mis ojos han sido ungidos "con colirio", (Apocalipsis 3:18) ¡y veo! Veo nuevas dimensiones hermosas y fructíferas para mi vida terrenal, y veo, más allá de este planeta Tierra, "el mundo venidero", el cual ofrece un futuro realmente fantástico (Hebreos 2:5), incluso moradas eternas de perfecta felicidad. ¿Qué más pedir?

Amado, si usted no está disfrutando "la unción del Santo", me siento sinceramente motivado a rogarle que disponga su mente y corazón a recibirla. Amar la verdad es, desde luego, el prerrequisito para recibirla en toda su plenitud divina. La "verdad del evangelio" establece que es necesario creer en Cristo como Salvador, arrepentirse de todo pecado y bautizarse "en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo" (Mateo 28:18-20), "para perdón de los pecados" (Marcos 16:15-16; Hechos 2:38; 22:16; 1 Pedro 3:21). Tomando usted estos pasos básicos, será añadido por Jesucristo mismo a la iglesia que él edificó (Mateo 16:18; Hechos 2:47), donde comenzará a recibir para su propio mente, alma y espíritu "la unción del Santo" que le capacitará para triunfar en Cristo hasta el fin, recibiendo entonces de él "vida eterna... gloria, y honra y paz" (Romanos 2:6-10).

Primer estudio en esta serie: El bautismo en Espíritu Santo

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