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Siete grandiosas bendiciones relacionadas con el Espíritu Santo

Mediante la paloma, símbolo del Espíritu Santo, sobre la Biblia se proyecta la verdadera fuente de bendiciones relacionadas con el Espíritu Santo, a saber, la palabra divina revelada por el Espíritu.

Mediante la paloma, símbolo del Espíritu Santo, sobre la Biblia se proyecta la verdadera fuente de bendiciones relacionadas con el Espíritu Santo, a saber, la palabra divina revelada por el Espíritu.

Estimado lector, a continuación identificamos Siete grandiosas bendiciones relacionadas con el Espíritu Santo, asignándonos la grata tarea de examinar cada una como si fuera un regalo de incalculable valor, pues en verdad lo es, y mucho más, en términos espirituales.

1. El bautismo en, o con, Espíritu Santo. Mateo 3:11.

2. La "promesa" del Espíritu Santo. Hechos 1:4.

3. "El don del Espíritu Santo." Hechos 2:38.

4. El "testimonio" del Espíritu Santo. Romanos 8:16.

5. "La comunión del Espíritu Santo." 2 Corintios 13:14.

6. El sello del Espíritu Santo. Efesios 1:13.

7. La "unción" del Espíritu Santo. 1 Juan 2:20-27.

El bautismo en, o con, Espíritu Santo

Testificó Juan el Bautista a las multitudes de judíos que venían a ser bautizados por el: "Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Mateo 3:11). "...él os bautizará en Espíritu Santo y fuego", también dice Lucas 3:16. "...él os bautizará con Espíritu Santo", dice Marcos 1:8. "...ese es él que bautiza con el Espíritu Santo", registra el apóstol Juan, en Juan 1:33. Obviamente, no se hace diferencia entre "en Espíritu Santo" y "con Espíritu Santo". El tema del bautismo en "fuego" no lo tratamos en este estudio.

Este pronunciamiento Juan el Bautista se lo hace a todos los que se presentaban para el bautismo que él administraba, no distinguiendo entre los que serían los apóstoles de Jesucristo y los demás que se hicieran discípulos del Señor.

Crucificado Jesucristo, luego resucitado el tercer día, estuvo con sus apóstoles y demás discípulos cuarenta días (Hechos 1:3) antes de ascender y sentarse a la diestra de Dios en el cielo (Hechos 2:32-36). En el mismo día de su ascensión, mandó "a los apóstoles" que "no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre... Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días" (Hechos 1-5). "...a los apóstoles", específicamente, y no a los demás discípulos. Este bautismo en Espíritu Santo que recibirían los apóstoles se define en Hechos 1:8 mediante la cláusula "...cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo". Exactamente diez días después, en el día de Pentecostés, fiesta judía, temprano por la madrugada, "sentados" los apóstoles en "la casa" donde moraban, de pronto "todos fueron llenos del Espíritu Santo" (Hechos 2:1-4). He aquí, pues, el bautismo en Espíritu Santo para los apóstoles. Este bautismo los capacitó para predicar "las maravillas de Dios" (Hechos 2:11) en las lenguas natales de la gran multitud que se congregó para escucharlos. "...atónitos y maravillados" estos, preguntan: "¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?"

La grandiosa bendición multifacética de recibir los apóstoles el bautismo en Espíritu Santo consiste en que fueron dotados, de forma sobrenatural, del "poder" para proclamar, aun en idiomas que jamás habían aprendido, el glorioso evangelio de perdón y salvación para la humanidad, magnífica obra que comenzaron allí mismo en Jerusalén, en Pentecostés del año 30 d. C. No se hicieron esperar los preciosos frutos de tan transcendental manifestación del amor y poder de Dios, creyendo, arrepintiéndose y bautizándose en agua "para perdón de los pecados" aquel mismo día "como tres mil personas" (Hechos 2:38-47). Esta fantástica e inigualable bendición creció y se multiplicó enormemente al seguir los apóstoles llevando las buenas nuevas "por todo el mundo", predicando "el evangelio a toda criatura" (Marcos 16:15-16), en cumplimiento de la Gran Comisión establecida por Jesucristo.

La bendición del bautismo "con Espíritu Santo" también cayó sobre los gentiles aproximadamente siete años después de aquel Pentecostés. Hechos 10 contiene el relato. En Cesarea de Judea, el centurión romano Cornelio, gentil, había creído en el Dios de los judíos, "único Dios verdadero", como lo llamaba el Hijo (Juan 17:3). Una serie de eventos orquestados por el propio Dios abrió paso a que aquel varón gentil "piadoso y temeroso", con "sus parientes y amigos más íntimos", pudieran escuchar al apóstol Pedro predicar "el evangelio de paz mediante Jesucristo". "Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso" (Hechos 10:44). Más adelante, contando Pedro "por orden" lo sucedido a los demás apóstoles y hermanos de Judea, dice: "Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo" (Hechos 11:1-18, citados los versículos 15 y 16). Así que, vemos que el Espíritu Santo fue derramado (Hechos 2:16-21), directamente del cielo sobre aquellos gentiles en la casa de Cornelio, indicando la expresión "como sobre nosotros al principio" que tal derramamiento del Espíritu lo recibieron solo los apóstoles en Pentecostés y estos gentiles. Estos son los hechos. Ahora bien, este bautismo "en el Espíritu Santo" que recibieron aquellos gentiles no solo resultó en la salvación de ellos y su admisión a la iglesia sino convenció a los apóstoles que, de verdad, los gentiles de todo el mundo tenían derecho a los tremendos beneficios y la gloriosa esperanza que ofrecía el evangelio de Cristo. "Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!" (Hechos 11:18). Y de ahí comienzan a evangelizar a los gentiles, especialmente el apóstol Pablo, llamado a ser "predicador, apóstol y maestro de los gentiles" (2 Timoteo 1:11). De manera que fluyeron desde la casa de Cornelio en Ceserea ríos de bendiciones para los gentiles en todo lugar, ¡y siguen fluyendo hasta el día de hoy! Muy agradecidos nosotros mismos por este caudal de bendiciones que nos ha llegado.

Bien que el Espíritu Santo fuera derramado, como bautismo, directamente del cielo solo sobre los apóstoles y los gentiles en la casa de Cornelio, Jesucristo, en su diálogo con el maestro judío Nicodemo enseña que todo aquel que quisiera ser admitido al Reino de Dios en la tierra, es decir, a la iglesia de Cristo, ha de nacer no solo del agua, o sea, zambullirse en el agua "para perdón de pecados" (Hechos 2:38; 8:26-40), sino también nacer del Espíritu (Juan 3:1-7). "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" (Juan 3:5). Dado que nacer del agua significa bautizarse en agua, sumergirse en agua, razonamos, aplicando el paralelismo evidente, que nacer del Espíritu significaría bautizarse en el Espíritu, sumergirse en el Espíritu. Aunque algunos objetaran esta explicación, sinceramente, nos parece del todo lógica, aun necesaria. Y el concepto lo encontramos no solo acertado sino hermoso y muy edificante. En este contexto, bautizarse en el Espíritu sería sumergirse en sus poderosas enseñanzas, dejando que inunden nuestra mente y espíritu, que nos rodeen, que nos cubran del todo, entregándonos de lleno a ellas.

-Por cierto, el nuevo nacimiento que el Señor también menciona en su conversación con Nicodemo al decir "Os es necesario nacer de nuevo", la palabra inspirada dada por el Espíritu Santo es el medio que lo hace posible. A esto testifica Santiago al escribir que Dios "de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad..." (Santiago 1:18). Y el apóstol Pedro corrobora esta doctrina, diciendo: "...siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre" (1 Pedro 1:23). Estos textos e interpretaciones nos llevan a pensar que las palabras de Juan el Bautista -"él os bautizará en Espíritu Santo"- dirigidas, como observáramos al principio, a la multitud que acudía para recibir el bautismo en agua, proyectaran no solo el bautismo en Espíritu Santo de los apóstoles y de Cornelio con los suyos sino también el de todo aquel que naciera de nuevo por la palabra inspirada del Espíritu Santo.

-Desde luego, esto no quiere decir que todos los que nazcan del Espíritu "por la palabra de verdad" reciban poderes sobrenaturales como los que fueron dados a los apóstoles y a Cornelio con los suyos. Enfoquemos este asunto bíblicamente, y racionalmente. Los poderes sobrenaturales, por ejemplo, el de poder predicar los apóstoles el evangelio en los idiomas natales de la multitud, sin jamás haber aprendido aquellos idiomas, no constituyen, en definitiva, las bendiciones principales del bautismo en Espíritu Santo, las más bellas, las más sublimes, las que más llenan y más gozo traen. El poder sobrenatural era una señal divina que confirmaba el origen divino de la palabra hablada por los apóstoles, siendo esta "palabra de verdad" que hace nacer de nuevo la verdadera fuente de las bendiciones extraordinarias de Dios disponibles para aquel que la obedeciera. "Y ellos, saliendo, predicaron en todas parte, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén" (Marcos 16:20). Así que, amado que lee, no nos equivoquemos: las señales no constituyen las bendiciones sino que el gran tesoro de bendiciones recibido a través del bautismo "con Espíritu Santo" se compone de las que vienen a través de la "palabra de verdad", la "simiente... incorruptible", que es "la palabra de Dios". Huelga decir que la sangre del Cordero vertida en la cruz es lo que infunde de vida esta "palabra", fluyendo de ella, y no de las señales milagrosas, el raudal de estupendas bendiciones a nuestro alcance, gracias al amor del Padre Dios, el sacrifico de Cristo y las revelaciones del Espíritu Santo, cuya misión principal era guiar "a toda la verdad" (Juan 16:13).

Querido lector, ¿ha recibido usted las grandiosas bendiciones espirituales que Dios le ofrece con tanto amor y bondad? ¿Ha nacido de nuevo del agua y del Espíritu Santo? Si no, respetuosamente le animamos a tomar estos pasos para que sea admitido al Reino de Dios, donde se hallan todos los tesoros divinos. Si desea nuestra asistencia, estamos a sus órdenes en el Señor.

Con el favor de Dios, seguiremos examinando Siete grandiosas bendiciones relacionadas con el Espíritu Santo.

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