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El verdadero sumo sacerdote de la fe cristiana, y los sacerdotes espirituales verdaderos que le sirven día y noche en el planeta Tierra

 

Una ancha escalera en el cielo conduce entre columnas imponentes hacia los tronos de Dios y Cristo, desde los cuales fulgura una luz blanca fuerte, ilustración para el mensaje El verdadero sumo sacerdote de la fe cristiana, y los sacerdotes esprituales verdaderos que le sirven día y noche en el planeta Tierra, en editoriallapaz.

 

I. Introducción

A. Estimado lector, ¿realmente conoce usted al verdadero y único sumo sacerdote de la fe cristiana? ¿Tiene usted derecho de acercarse confiadamente a él con el propósito de implorarle socorro para su alma y sus luchas aquí en la tierra? ¿Está seguro de que le escuche?

B. Permítame compartir con usted algunas grandes verdades sobre Cristo en su función de sumo sacerdote y sobre los sacerdotes espirituales verdaderos que le sirven día y noche en la tierra.

1. ¿Ama usted la verdad más que cualquier otra cosa? Amándolo solo así, podrá usted alcanzar el conocimiento correcto del nuevo sacerdocio que Dios el Padre instituyó para la Era Cristiana, escapar de la condenación eterna y asirse de la vida eterna. El Espíritu Santo nos enseña a recibir el “amor de la verdad para ser salvos” (2 Tesalonicenses 2:10).

2. A quienes no amen la verdad, Dios les enviará “un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad” (2 Tesalonicenses 2:11-12).

II. La naturaleza y las funciones de Cristo como sumo sacerdote

A. Cristo es un sumo sacerdote sumamente poderoso. ¿Qué tan poderoso? Considere:

1. Destruyó “al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo”. Venció la muerte. Fue crucificado y sepultado, pero ¡resucitó para no volver a morir jamás! “Así que por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:14-15).

a) ¿Ha sido usted librado del “temor de la muerte”?

b) Solo los que obedecemos el verdadero y único evangelio gozamos de semejante bendición.

2. Despojó “a los principados y a las potestades”, exhibiéndolos “públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:15).

a) ¡Despojó a Satanás y a sus ángeles de su potestad!

b) Por tanto, cuando comienza a revelar a Juan el apóstol las visiones de Apocalipsis, y Juan se cae “como muerto a sus pies”, el Cristo triunfante le dice: “No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades(Apocalipsis 1:17-18).

(1) Tener las “llaves de la muerte y del Hades” significa tener poder sobre ellos para destruirlos, obra que efectuará el Señor al volver la segunda vez, pues dice Apocalipsis 20:14 que “la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego”.

(2) ¿Participa usted en este triunfo de Cristo sobre los principados y las potestades satánicas? ¿Sobre los “gobernadores de las tinieblas de este siglo” y las “huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12)?

(3) Solo los que obedecemos el evangelio puro de Cristo podemos participar en este triunfo.

(4) Si usted aún es víctima del diablo y vive amedrentado por el temor de la muerte y del Hades, Dios le ayude mediante su evangelio a captar la visión del Cristo triunfante, para que caiga usted a los pies de él “como muerto”, sinceramente arrepentido de sus pecados, matando al viejo hombre de pecado (Romanos 6:3-8), bautizándose y levantándose para andar victorioso, en compañía del Cristo victorioso.

B. Cristo es un sumo sacerdote compasivo y misericordioso. “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:15-16).

1. Se compadece de “nuestras debilidades”. Fue tentado como nosotros. Nos entiende. Nos ama. Quiere rescatarnos de las garras de los vicios, fortalecer nuestro carácter, nuestro matrimonio, nuestro hogar, y suplantar nuestras debilidades, nuestro “espíritu de cobardía” moral y espiritual, con el espíritu de “poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7).

2. ¿Puede usted acercarse a él “confiadamente... para alcanzar misericordia” para su alma atribulada “y hallar gracia para el oportuno socorro”?

3. Solo los que amamos a Cristo, amando también su verdad más que cualquier otra cosa y obedeciéndola, podemos acercarnos con la confianza de ser recibidos con amor y compasión.

4. ¿Está usted obedeciendo el evangelio puro? ¿Se ha hecho el auto examen espiritual para comprobarlo (2 Corintios 13:5)?

 

Tronos en el cielo sobre el mar de vidrio aparecen en esta creación artística contemporánea, ilustración para el mensaje El verdadero sumo sacerdote de la fe cristiana y los verdaderos sacerdotes que le sirven en la tierra, en editoriallapaz.

 

C. En su función de sumo sacerdote, Cristo intercede siempre por los que le sirven teniendo el poder para salvarlos perpetuamente. “Y los otros sacerdotes (los levíticos) llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo” (Hebreos 7:23-27).

1. ¿Por quiénes intercede Cristo intercede? Por los que “se acercan a Dios”.

2. ¿Cómo se acerca el ser humano a Dios para acogerse a las bendiciones disponibles a través del sacerdocio de Cristo? “Por él”, es decir, por Cristo mismo.

a) ¿Qué significa “por él”? Pues, “por la sangre de Jesucristo”. Considere la enseñanza de Hebreos 10:19-22, donde Cristo se presenta como nuestro “gran sacerdote”: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo (el cielo) por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa (la iglesia) de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.”

(1) “La casa de Dios” es la iglesia de Cristo. Cristo es “hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza” (Hebreos 3:6).

(2) “Corazón sincero”, es decir, motivado solo por el deseo de salvación, y no lleno de motivaciones egoístas ni de hipocresía.

(3) “Plena certidumbre de fe”, o sea, “no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor” (Santiago 1:6-7).

(4) “Purificados los corazones de mala conciencia”, porque “si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas”(1 Juan 3:20).

(5) “Lavados los cuerpos con agua pura.” Se trata de bautismo el cual es esencial “para perdón de los pecados” (Hechos 2:38), siendo “el lavamiento de la regeneración” (Tito 3:5). Ananías dice a Pablo: “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre” (Hechos 22:16)

b) ¿Está usted en plena comunión con este “gran sacerdote”? ¿Intercede él ante el Padre por usted? ¿Le está salvando perpetuamente?

(1) ¿Cómo replica usted? ¿Dice que sí, porque durante la Cuaresma, y particularmente durante la Semana Santa, y aún más el Viernes Santo, se abstiene de carnes rojas, bebidas embriagantes y fiestas? ¿Que, además, va a misa dos o tres veces durante los días de Semana Santa?

(2) ¿Y qué hace usted durante el resto del año? ¿Acaso vuelva al pecado, a la mundanalidad, a los vicios, pensando haber mitigado la ira de Dios y conseguido su favor por medio de los “sacrificios” insignificantes hechos durante la Cuaresma y la observancia supersticiosa de otros “días sagrados” jamás ordenados por el verdadero y único “gran sacerdote”, Cristo Jesús? De ser así su mentalidad y su proceder, nuestro deber, ante Dios, es indicarle que vive usted, según la Biblia, un engaño demasiado grande y peligroso.

(a) El Espíritu Santo advierte claramente el peligro de guardar los días llamados “sagrados” por líderes religiosos que no obran en armonía con la “sana doctrina” del “gran sacerdote”. Escribe: “Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años. Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros” (Gálatas 4:10-11).

(b) ¿Acaso esté trabajando Dios en vano con usted?

(c) Para el verdadero sumo sacerdote, como también para todos los sacerdotes fieles (todos los cristianos verdaderos, tanto hombres como mujeres, que obedecen la voluntad divina, viviendo en santidad) que le sirven día y noche aquí en la tierra, ¡TODOS LOS DÍAS SON IGUALMENTE SAGRADOS! Esta es la “sana doctrina” expuesta en Romanos 14. Para nosotros los verdaderos sacerdotes de Dios, mañana será tan sagrado como hoy; como el lunes, el martes o cualquier otro día de la próxima semana o de todos los tiempos venideros. Igualmente sagrado, porque, amado lector, ¡debemos vivir en santidad todos los días! Solo así puede Cristo salvarnos perpetuamente. Solo así podemos fortalecer y salvar a nuestro matrimonio, a nuestro hogar, a nuestra sociedad.

(d) Los sacerdotes de los tiempos presentes que enseñan y animan al pueblo a guardar días, obran conforme al patrón establecido para el sacerdocio levítico de la Era Mosaica. Obviamente, ellos pasan por alto una gran verdad enunciada por Dios para su pueblo y para todo el mundo, a saber: ¡el sacerdocio ha sido cambiado porque la ley espiritual ha sido cambiada! He aquí las palabras textuales inspiradas: “Porque cambiado el sacerdocio, necesario es que haya también cambio de ley” (Hebreos 7:12). Recalcamos: "…cambiado el sacerdocio". ¿Quién lo cambió? ¡Dios mismo!

(i) El sacerdocio levítico ya no existe. Dios lo quitó. La Antigua Ley de Moisés ya no está en vigor. Dios la quitó. Está en vigor la Nueva Ley de Cristo y el nuevo sacerdocio instituido por Dios.

(ii) Entonces, ¿por qué hay sacerdotes en el tiempo presente que se presentan ante el pueblo con vestimentas ostentosas parecidas a las de los sacerdotes levíticos, ofreciendo diariamente el sacrificio de la “misa”, y efectuando ritos y ceremonias al estilo de los sacerdotes levíticos? Las razones fundamentales estriban en su inexcusable falta del conocimiento de las enseñanzas elementales del Nuevo Testamento y la instrucción errónea impartida en los institutos donde se preparan para funcionar como sacerdotes, incluso el dogma que ensalza tradiciones eclesiásticas sobre las verdades enunciadas por los apóstoles de Jesucristo en el siglo I.

(iii) “…cambiado el sacerdocio.” Esta es una gran verdad del Nuevo Testamento de Cristo. ¿La entiende usted? ¿Está dispuesto a abrazarla? ¿Está dispuesto a ordenar su vida espiritual conforme a esta gran verdad?

III. Los sacerdotes fieles en la tierra que sirven y honran día y noche al fiel sumo sacerdote en el cielo. ¿Quiénes son? Cual el sumo sacerdote en el Cielo, tal sus sacerdotes fieles en la tierra.

A. Según Hebreos 7:26, el sumo sacerdote en el cielo es: “Santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos”.

1. Referente a los sacerdotes del tiempo presente que aún ofician al estilo del sacerdocio levítico abrogado en la cruz, muchos creyentes observan con pena, desconcierto y no poco coraje espiritual que sus atributos morales distan mucho de los apuntados en Hebreos 7:26.

a) Algunos "sacerdotes cristianos de actualidad" beben, bailan, fiestean, mercadean con lo espiritual y se juntan indiscriminadamente con los pecadores, participando de sus malas obras en lugar de reprenderlas.

b) En poco o nada reflejan tales sacerdotes los excelentes y admirables atributos de “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores”. No son santos, ni inocentes; tienen manchas en su vestimenta espiritual. Se recrean con los pecadores. Se deleitan en lo mundano, en lo carnal. Se atribuyen poderes políticos, ligando lo terrenal con lo espiritual, manipulando, manejando, gobernando terrenalmente. De cierto, ¡ya tienen su recompensa!

2. En cambio, los verdaderos sacerdotes fieles de Cristo en la tierra son “real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios”, un “linaje escogido” para anunciar “las virtudes de aquel” que nos llamó “de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9).

a) Anunciar las “virtudes” de Dios, sin poseerlas el que habla, sin vivirlas, sin ejemplificarlas, es exponerse a la acusación de “hipócrita”. El tal desacredita al Señor, su evangelio y su iglesia.

b) Anunciar las “virtudes” de Dios, pero no andar en “su luz admirable”, es andar en tinieblas, engañándose a sí mismo.

3. Los verdaderos sacerdotes fieles de Cristo en la tierra son un “sacerdocio santo” constituido “para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:5).

a) En definitiva, estos “sacrificios espirituales” no incluyen el de sacrificar a Cristo de nuevo, todos los días, en miles de catedrales y capillas por toda la tierra, mediante la misa. Ni la teología ni la práctica de la misa se encuentran en las Sagradas Escrituras. Más bien, tienen su origen en los sacrificios paganos de los países idolátricos de la antigüedad. El sacrificio de Cristo fue hecho una vez para siempre. No se repite. Y esto el Espíritu Santo lo afirma una y otra vez en las Sagradas Escrituras, refutando anticipadamente el dogma de la misa. Consideremos:

(1) “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación al pecado, para salvar a los que le esperan” (Hebreos 9:27-28).

(2) “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre(Hebreos 10:10).

(3) “Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Hebreos 10:12).

(4) “Con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14).

(5) Cristo, “por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (Hebreos 9:12).

b) Entre los sacrificios espirituales aceptables a Dios se encuentran los siguientes: la alabanza y el hacer el bien. “Ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios” (Hebreos 13:15-16).

c) El fiel sacerdote (cualquier cristiano fiel) aquí en la tierra ofrece a sí mismo como sacrificio. “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12:1).

IV. Invitación

A. Respetado lector, le animamos, tal cual el autor de Hebreos lo hizo en el siglo I a los que recibieron su carta, a considerar sobriamente “al apóstol y sumo sacerdote” de la “profesión” cristiana, Cristo Jesús; “el cual es fiel al que le constituyó... como hijo sobre su casa”, es decir, sobre su iglesia, la bíblica, la apostólica, la auténtica, la que lo honra como “gran sumo sacerdote”. Y no solo a contemplar su grandeza y poder, sino también a confesar su nombre, santificándose mediante su sangre, bautizándose “para perdón de los pecados”(Hechos 2:38) y reteniendo “firme hasta el fin la confianza y el” gloriarse “en la esperanza” (Hebreos 3:1-6).

B. Permita que el propio Señor constituya a usted miembro del “sacerdocio santo”, del “real sacerdocio”, para que usted mismo tenga la dicha de traer sus propios “sacrificios espirituales” al altar de Dios, pues a los que le aman y obedecen les hace “reyes y sacerdotes para Dios, su Padre” (Apocalipsis 1:6).

 


 

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