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Yo y mis pensamientos; usted, y los suyos

“Llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”

2 Corintios 10:3-6

  

I.  Introducción.

A.  Salutación. Muy amados hermanos y amigos, se me concede la oportunidad de brindar en esta ocasión un mensaje para nuestra mutua edificación. Agradezco a Dios el privilegio de hacerlo, y a ustedes la bondad de prestarme oído.

B.  Tema: Yo y mis pensamientos; usted, y los suyos. “Llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:3-6).

 

C.  Trasfondo. Suplicando su indulgencia, hablaré primero de mi propia vida, respetuosamente sugiriendo que considere usted la vida suya  a la luz de lo que traiga.

1.  Heme aquí delante de ustedes. Existo, y por lo tanto, soy una realidad, una criatura viva, y además, consciente de mi existencia, como de muchas otras cosas. Mi nombre es _______________. Por la gracia de Dios, he vivido _______________años, ______ meses y ______ días sobre la faz de este planeta azul.

2.  Mis padres, ______ y ______, me concibieron, legítimamente, en ____________del año ______, habiéndose casado legalmente dos años antes. En esto, seguían el plan del Creador para la humanidad, pues desde el principio él legisló que el varón y la mujer se hicieran esposos antes de procrear hijos.

3.  ¿Planificaron traerme al mundo? ¿Deseaban tener a un hijo en aquel tiempo? Desconozco. Leí que hoy por hoy un 60% de los embarazos son indeseados. Deseado, o no, todo niño concebido pertenece a Dios, pues él es quien le imparte vida, y por consiguiente, la criatura engendrada merece ser tratada con reverencia.

4.  ¿Me amaban desde el principio? Todos mis recuerdos indican que sí. De todos modos, habiendo cooperado con Dios en mi creación, debían amarme y criarme “en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:1-4). Porque este es el deber de todos los padres, de todo el mundo: ¡amar a las criaturas por ellos engendradas, disciplinarlas y educarlas, infundiéndoles los valores morales necesarios para adquirir dignidad, madurez y nobleza. No maltratarlas o abandonarlas, sino amarlas con amor natural de padre normal, de madre normal.

-De una cosa no tengo duda alguna: que Dios y Cristo me amaban, como aman a todos los niños aquí en este salón, esta ciudad, este país, y en todo lugar de esta tierra.

5.  Durante mis primeros meses, tenía necesidades físicas y emocionales, las que suplieron mis padres y familiares cercanos. Las mismas necesidades las tienen todos los humanos chiquititos, por ejemplo, ____________, ____________ y ____________.

6.  Como es normal en nuestra especie, a muy temprana edad, comencé a formular mis propios pensamientos rudimentarios, expresarlos, aunque no con total claridad, y además, querer implementarlos. Esto suelen hacerlo los niños de la edad de ____________ y ____________, chiquillos de más o menos dos años de edad. Ahora bien, mis padres debían ayudarme a controlar y canalizar mis pensamientos de niño, como también mi voluntad de niño, pues de haberme dado rienda suelta, tal vez me hubiera lastimado severamente o matado a mi mismo, jugando con artefactos peligrosos, en medio de la carretera o a la orilla de aguas profundas. Al niño de tal edad le falta muchísimo ser “adulto”, y por consiguiente, no debería ser tratado como adulto. “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño” (1 Corintios 13:8).

7.  Al seguir creciendo físicamente, mi caudal de pensamientos crecía más o menos a la par, hasta llegar este servidor a la pubertad, o adolescencia. Entonces, perdí la inocencia de la niñez al inundar mi mente ríos de pensamientos, tanto malos como buenos. ¿Qué hacer con los malos? He aquí, el tópico central de este mensaje. ¿Qué hacer con los pensamientos malos?

II.  ¿Qué hacer con los pensamientos malos, negativos, destructivos? Identificarlos, capturarlos, sujetarlos y llevarlos “en cautiverio a la obediencia a Cristo”, o de lo contrario, seré preso de ellos, víctima de ellos. Antes de proceder, leamos 2 Corintios 10:3-6, texto tema para hoy. “Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, y estando prontos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta.”

A.  ¿De cuáles “fortalezas” se trata? No, por cierto, de las como El Morro, en el Viejo San Juan, sino a “fortalezas” que empezamos a construir en nuestra mente desde la juventud. “…el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud…” (Génesis 8:21). No que ninguno de nosotros haya sido predestinado por el Creador a ser “malo”, y por ende, condenado eternamente, sino que tendemos a abrazar y defender lo malo.

1.  En la difícil etapa de la adolescencia, al tener pensamientos malos, sentir el fuertísimo deseo de llevarlos a realidad y satisfacer, aunque no siempre, tal deseo, nuestra tendencia comprobada es comenzar a edificar, en predios de la mente, “fortalezas” de “argumentos” en defensa de nuestras decisiones y acciones. “Fortalezas” bien elaboradas alrededor de pasiones desenfrenadas, ilusiones egoístas, sueños eróticos o excesivamente materialistas, vicios, complejos y otros defectos de carácter, aberrantes estilos de vida, vanas filosofías, falsa religión, etcétera. “Fortalezas” levantadas con un espíritu de “altivez… contra el conocimiento de Dios”. “Altivez” quiere decir “orgullo, soberbia”. “Orgullo” quiere decir: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. El significado de “soberbia”, actitud que Dios abomina en el ser humano, es: Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. Cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas.” (Microsoft® Encarta® 2007. © 1993-2006 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.)

2.  El joven que no pare la obra de las “fortalezas”, termina, al andar el tiempo, con unas “fortalezas”, o “fuertes”, en su mente casi tan impregnables como lo era El Morro, con sus altas y gruesas murallas, en tiempos pasados. “Fortalezas” de ignorancia, maldad, error o engaño propio, donde se guardan celosamente, y se defienden a uña y diente, pensamientos malos, egoístas, corruptos, carentes de sana lógica, en fin, simple y llanamente, ¡MALOS, negativos, destructivos!

3.  Dudo de que a Dios le interese destruir, en este día, al fuerte El Morro, pero sí, definitivamente, las “fortalezas” levantadas en nuestra mente contra él. Quiere “derribar” nuestros “argumentos” ilógicos y fatulos, fundados en falsas premisas; “destruir” nuestras porfías pueriles o ridículas. Y también acabar con “toda altivez” de nuestros corazones envanecidos contra él. Sus “armas” para lograrlo no son materiales o “carnales” sino espirituales, siendo la principal “toda la verdad” ya revelada a la humanidad por el Espíritu Santo (Juan 16:13). Valiéndose de esta “arma” potente, él quiere llevar “cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”. Los míos, y los suyos. ¿Se lo permitiremos? Él no viene con fuerza irresistible contra las “fortalezas” de mi mente, sino que pretende que abra yo, de mi propia voluntad, puerta a él. Si lo hago, él me ayudará a controlar y canalizar mis pensamientos.

B.  ¿Qué hacer, pues, con los malos pensamientos? Aceptando la ayuda de Dios, ejercer mi propia VOLUNTAD para dominarlos, rendirlos inefectivos, llevarlos cautivos y sacarlos de mi mente, de mi corazón, de mi espíritu.

1.  Bien que Dios haya determinado exponerme a malos pensamientos para probar el metal de mi alma, no me ha dejado, de modo alguno, indefenso, pues me ha dotado, al igual que a usted y todo ser humano, con una facultad mental-espiritual poderosa llamada “VOLUNTAD”.

2.  ¡Maravilloso poder el de “Voluntad”! Lo utilizo continuamente para controlar mi cuerpo físico.

a)  Mientras me dirijo a ustedes, se me forma en la mente el pensamiento:
“Predicador, te conviene despegarse del púlpito y caminar un poco por la plataforma. No tanto como para distraer, sino unos pasos para variar”
. Entra en acción “Voluntad”, diciendo “Sí, conviene. Hazlo”. En un nanosegundo, se transmite el mensaje de mi cerebro, por una red de nervios, hasta las piernas y los pies, y, ¡maravilla de maravilla, tomo unos pasos! Pero bien, el temor o la incertidumbre pudieran cancelar el poder de “Voluntad”, no permitiendo que me alejara del púlpito. Más sin embargo, si mi espíritu se pone recio, haciendo que “Voluntad” domine la situación, entonces, “Voluntad” vence a “temor e incertidumbre”, llevándome a caminar.

b)  ¿Qué tal el poder de la “Voluntad” suya? Hagamos una pequeña prueba. Voy a expresar dos pensamientos dirigidos, cariñosamente, a toda la audiencia. (1) Cerrar, cada uno, ambos ojos, en este preciso instante, por cinco segundos. 1 2 3 4 5. (2) Abrir, cada uno, en este instante sus ojos. Al escuchar usted los dos pensamientos, ¿se activó enseguida su “Voluntad”, o no? Asumiendo que está viva su “Voluntad”, (1) respondió positivamente, (2) respondió negativamente, o (3) respondió a medias. Por otro lado, si está dormida, endrogada o muerte su “Voluntad”, ¡ay de usted! Sinceramente, le convendría revivirla y tomar control de su propia vida.

3.  En el plano de pensamientos morales-éticos-filosóficos-espirituales, “Voluntad” hace un rol muchísimo más crítico que en el renglón físico. Cada día de mi existencia, mi mente, al igual que la suya, genera o recibe cientos, aun miles, de pensamientos. Los eruditos en el asunto dice que hasta tres mil en un solo día. ¿Cuántos de ellos son buenos, bellos, positivos nobles, puros, sublimes, hasta esplendorosos? ¿Cuántos son negativos, indignos, impuros, feos, malos y potencialmente destructivos? ¿Qué hacer con los de esta segunda categoría, ya sean pocos o muchos?

a)  Primer paso. Haciendo uso del intelecto, analizarlos objetivamente, reconociéndolos, honestamente, por lo que en realidad son: indignos de usted, impuros, feos, malos y potencialmente destructivos de cuerpo y alma.

(1)  No pocos de ellos vienen empaquetados como regalos bonitos y caros, muy codiciables, pero en realidad son bombas de tiempo hábilmente elaboradas.

(2)  Otros prometen “placeres increíbles”, “riquezas” y “poder personal”, pero no describen los “efectos secundarios eventualmente desastrosos y fatales” de una vida netamente mundana y carnal.

(3)  Así que, ¡cuidado con la envoltura! ¡Con las apariencias! ¡Con las ofertas y promesas!

b)  Segundo paso. No dejarlos sueltos en su mente, que siembren caos en su ser, sino capturarlos, inmovilizarlos, amarrarlos y llevarlos CAUTIVOS a su propia VOLUNTAD, preferiblemente iluminada y guiada por la Voluntad del Creador.

(1)  Dos “Poderes grandes” le hace falta para la realización de semejante hazaña durante todos los días de su vida, a saber, la VERDAD de Dios y una VOLUNTAD propia tan recia que no dé cuartel. De no hacerse usted y yo de estos dos “Poderes grandes”, temo que seamos presa fácil, una y otra vez, de malos pensamientos, y víctimas de los sufrimientos que estos producen en esta vida, existiendo también el peligro de perder hasta el ama misma por la eternidad a causa de ellos.

(2)  ¿Cuánto tiempo se necesita para conseguir estos dos “Poderes”? Inicialmente, poco tiempo, comparativamente. Aun en esta misma hora usted podría comenzar a contar con una porción sustancial de ellos. ¿Cómo? Determinar, aun en este momento, a echar mano de la “Verdad de Dios”, y también hacer prevalecer su propia “Voluntad” sobre todo pensamiento negativo, deprimente, dañino, malo, carente de sentido común, de lógica, de verdad. Entonces, mentalmente, tomar con fuerza, resueltamente, esos pensamientos, echándolos en una caja fuerte, con cerradura de acero inoxidable.

(a)  En esta mesa, hemos colocado unas bolsas de papel impreso con diseños y colores muy atractivos. También unas cajas envueltas con papel y cinta de regalo. Tal cual ya indicado, algunos pensamientos negativos, malos y destructivos nos llegan así: llamativos, deseables, seductivos. Otros se presentan descaradamente como estas cajitas feítas sin envoltura alguna. Voy a echar todos estos artículos, todos estos pensamientos dañinos, en este cajón que representa una caja fuerte. Si le pongo a este cajón una cerradura irrompible, envuelvo el cajón con una cadena gruesa, asegurándola con varias cerraduras, de ahí jamás podrán salir los pensamientos encerrados, ¿correcto?

(b)  ¡Incorrecto! Pueden sí escapar, a la manera de unos espíritus incorpóreos, y volver a afligirnos. ¿Qué hacer en tal caso? Pues, ¡ni remedio! Capturarlos de nuevo, sujetarlos y llevarlos una vez más cautivos “a la obediencia a Cristo”. Repitiendo el procedimiento cuantas veces haga falta hasta triunfar sobre ellos, aunque tengamos que hacerlo hasta la hora de partir de este mundo para el más allá.

c)  Tercer paso. ¿Qué hacer con los malos pensamientos? Sustituir buenos pensamientos por ellos. Reemplazarlos con buenos pensamientos. Hacerlo vigorosamente, consistentemente, con voluntad presta, día tras día, hasta el triunfo final. Así, porque el mal pensamiento, perteneciente, por naturaleza, a las tinieblas, huye pronto del buen pensamiento fortalecido y radiante de luz divina. “En esto pensad…”  No en lo malo, sino “en esto”, a saber, en “todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad”, consejo del Espíritu Santo en Filipenses 4:8. Con tal de hacer caso usted y yo a este consejo del cielo, menguarán en nosotros los pensamientos malos, achicándose y perdiendo poder. Y de esta manera pensad: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13), norma que llevó al ilustre Pablo de Tarso a victorias sonantes sobre el Mal, y que lleva a todos los cristianos a ser “transformados de gloria en gloria” (2 Corintios 3:18).

III.  Conclusión e invitación. Así que, amados, contando con tales armas y poderes para combatir y vencer los malos pensamientos, ¿con que sentido o lógica permitir que acaben con la paz, la confianza y el gozo que podemos disfrutar, comenzando aquí, en esta vida, y luego por toda la eternidad? ¿Porqué dejar que nos roben la salvación del alma?

A.  Dar lugar en nuestra mente tan poderosa a un pequeño y vil pensamiento que traiga encima de nosotros un huracán fuerte de consecuencias destructivas. Ceder a pensamientos indignos de nuestra raza, que terminen en borracheras, drogadicción u obsesión con la pornografía; en “moteles” de sexo ilícito e infidelidad matrimonial; en divorcio, abandono de hijos, pensiones por los perjudicados (“child support”, alimony), deudas inacabables, y al término de nuestros días, ¡en el mismo infierno! ¡INCONCEBIBLE! Realmente, ¡inconcebible!

B.  “Hoy es  domingo, pero no voy a congregarme. Voy a dar una vuelta, con mi familita, por la playa y los campos, acercándome más a Dios mediante la contemplación de su maravillosa creación. Pienso que así se agrade él de nosotros, tanto como si estuviéramos en el culto, pues, a la verdad, disponemos solo del domingo para una gira tal.” Semejantes pensamientos y argumentos, tan flojos como engañosos, indignos del cristiano sincero, bien pueden señalar el principio de la destrucción de su vida espiritual, como también la de su familia, y la pérdida de toda esperanza de vida eterna en el Paraíso de Dios. Querido hermano, hermana, ¿por qué darles cabida en su mente? Si sus “sentidos… de alguna manera” se han extraviado “de la sincera fidelidad a Cristo” (2 Corintios 11:3), le animamos a alinear sus pensamientos con los de él, reconciliándose y renovando su compromiso.

C.  Amigo, amiga, Dios y Cristo no aman solo a los niños sino a todos los seres humanos, bondadosamente ofreciendo salvación, gloria e inmortalidad a todos cuantos quisieran tenerlas. Ponen unas condiciones sencillas:

1.  Creer en ellos (Hebreos 1:6). Tal fe viene por “oír” y entender el evangelio. “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).

2.  Arrepentirse de todo pecado, dejando de practicar el pecado. “Porque Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan, por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia…” (Hechos 17:30-31)

3.  Confesar el nombre de Cristo. “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10).

4.  Bautizarse, es decir, sumergirse o zambullirse, en agua “para perdón de los pecados”. “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).

¿Cuáles serían sus argumentos para rechazar una oferta tan magnánima, llena de gracia y misericordia, motivada por un amor incomparable y que promete tanto, hasta una morada eterna en el cielo mismo? ¿Cuánta validez tendrían sus argumentos, sean las que sean? ¿Cuán convincentes para Dios y Cristo? ¿Acaso ha levantado usted “fortalezas” de “argumentos” en su mente contra recibir la oferta de la Deidad? ¿Contra permitir que todos sus pensamientos sean llevados cautivos “a la obediencia a Cristo”? ¿Resistirán sus “fortalezas” de “argumentos” en el día del juicio de su alma? “Que si soy joven… que no quiero lastimar a mis padres… que tengo dudas… que no puedo controlar mi carácter… que tengo poco conocimiento de la Biblia… que mi esposo no me apoya… que mi esposa pertenece a otra iglesia… que la doctrina es muy fuerte… que temo no poder cumplir…” Etcétera, etcétera, etcétera. En realidad, todo ser humano que ama, sin reservas, a Dios y su verdad, se queda “sin argumentos” para no llevar “cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”. Se queda “sin argumentos” para no acatar las condiciones que resultan en “perdón de los pecados”. Así que, se levanta y se bautiza “enseguida”, lavando sus pecados (Hechos 17:29-34; 22:16). ¿Seguirá usted confiando en sus propios “argumentos”, o cederá ante los “argumentos” de Dios, obedeciendo al evangelio para salvación y vida eterna?

 


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