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Más allá de su sufrimiento -físico, emotivo, mental y/o espiritual…

Algunas reflexiones sobre el sufrimiento y muerte de niños inocentes

 

¿Por qué Dios permite malformaciones en niños, por ejemplo, el Síndrome de Down?

 

Esta fotografía de una madre con su hijito que padece del Síndrome de Down ilustra el artículo relevante ¿Por qué Dios permite malformaciones en niños, por ejemplo, el Síndrome de Down?, en editoriallapaz.

 

“Hola, hermano Shappley. Dios le siga bendiciendo. He leído varios de sus comentarios y estudios, y han sido de gran edificación. Mi duda viene cuando leo una parte que dice sobre los problemas congénitos, o físicos en los niños. Ejemplo: el Síndrome de Down. Mi pregunta es: ¿por qué Dios permite que sucedan estas malformaciones?” Lina

Estimada dama Lina, sea la gracia de Dios con usted.

En lo referente a malformaciones en niños, tales como el Síndrome de Down, una y otra vez he reflexionado sobre tales condiciones y por qué el Dios Creador las permite. Comparto con usted algunos pensamientos al respecto, orando que sean de algún provecho.

Observa usted que “los padres no pueden intervenir en eso”. Sin pretensión alguna de ser este servidor erudito en ciencias de genes o transmisión de malformaciones congénitas de progenitores a vástagos, entiendo que los humanos pueden sí evitar, al menos en algunos casos, engendrar a criaturas humanas que hereden sus defectos. Por ejemplo, si un varón y una mujer saben ambos que portan genes de albinismo, deberían tener la sensatez de no concebir a hijo alguno, dada la alta probabilidad de transmitir referida enfermedad a cualquiera criatura concebida por ellos. Conozco, de cerca, a dos parejas casadas que portaban, ambas personas de cada pareja, el gene del albinismo. En ambos casos, las criaturas que procrearon nacieron con problemas físicos y mentales graves. ¡Qué pena! Para los padres y familiares, amigos y conocidos, aun para extraños que lleguen a verlos.

Nosotros los adultos normales, en contra distinción a los humanos anormales, irracionales e insensibles, sin amor natural o compasión, nos afligimos en corazón, mente y espíritu al contemplar a niños nacidos así. Sentimos no poca angustia y tristeza. Gritamos para nuestros adentros, y hasta en voz audible, indignados y aun airados: “¿Por qué, Dios? ¿Por qué? ¿Cómo es posible que haya casos así?”

Pero, ¿se afligen de igual manera los niños afectados? Por ejemplo, el niño o la niña con Síndrome de Down. Con cáncer incurable. Nacido con el defecto de paladar hendido y el labio leporino

Lo increíble y maravilloso para este servidor es verlos hasta sonrientes, pese a sus dolores y limitaciones físicas. Desde luego, con excepciones. Pues, existen infinidad de condiciones y variaciones.

No claman contra Dios, acusándole de “cruel, injusto, sin amor”. Pues, aunque sepan pronunciar el nombre “Dios” o “Jesús”, hasta no saber, con entendimiento cabal, de quiénes se trata, sus atributos y poderes, no piensan ni razonan como nosotros los adultos que sí tenemos tal conocimiento, ya poco y vago ya más completo y bastante definido.

Ni tampoco recriminen a sus padres.

Quieren, tal cual niños normales, divertirse, y se las arreglan para lograrlo a su manera. Y hacen lo mismo para tener a amigos.

Muchos son muy inocentes, muy amorosos. Me he puesto a observar la conducta de adolescentes con el Síndrome de Down: su mansedumbre, su amor hacia con sus padres, ¡cuánto impresionan, haciendo mella en mi alma! Por otro lado, algunas anormalidades cerebrales, bien congénitas bien causadas por accidentes, maltrato, etcétera, resultan en conductas agresivas, hasta peligrosas en extremo. Pero, no siendo responsables por sus acciones los afectados de esta categoría, no se les imputa responsabilidad moral o espiritual. Es decir, no se les atribuye pecado.

Suelen morir prematuramente. Algunos duran solo días, semanas, meses o pocos años sobre la faz de este planeta Tierra. Entonces, su alma (mente) y espíritu se libran de esta vida terrenal y vuelan al Paraíso de Dios, donde comienzan a deleitarse con todos los favores y bendiciones que el Creador provee. Mientras tanto, los adultos seguimos batallando en este mundo, gozando algunos de nosotros de días buenos en la tierra; otros, de muy pocos, o casi ninguno. Y todos nosotros luchando muy a menudo contra enfermedades, accidentes, cansancio, deterioro y la muerte inevitable. Lo mismo es aplicable también a niños y adolescentes con cuerpos físicos y mentes más o menos normales. Tarde o temprano, se muere el cuerpo físico de cada cual.

Así que, me parece sabio preguntar: ¿qué tan grande será nuestra ventaja sobre aquellos niños que parten prematuramente de estos entornos del universo material? ¿Algunos placeres carnales-materiales pasajeros? ¿Algún éxito en negocios, profesiones o trabajos? ¿Algún reconocimiento terrenal? Con infinidad de sinsabores, situaciones llenas de estrés, luchas, cansancio. De pronto, alguna enfermedad incurable; algún accidente fatal, y muere el cuerpo físico. Entonces, ¿qué?

“Pero Jesús dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos.” Mateo 19:14. Muere el niño, el adolescente, el joven incapaz de comprender, con entendimiento suficiente para decisiones informadas e inteligentes, lo de “Dios, Cristo, evangelio, obediencia, salvación, condenación”, ¡y se recibe, en espíritu, en “el reino de los cielos”! Aquello de “pecado original, bautismo de infantes por aspersión supuestamente necesario para su salvación, purgatorio, limbo”, ¡olvídese! Son dogmas de teólogos sin conocimiento correcto de las Sagradas Escrituras de Dios. El espíritu engendrado por “el Padre de los espíritus” (Hebreos 12:9) no viene manchado ya con pecado o culpa para habitar en un cuerpo físico en la tierra sino que viene tan puro como lo es el mismo Padre Dios que lo engendra. Y, muriendo prematuramente el cuerpo físico del infante, niño o adolescente, cualquiera sea la causa de la muerte, ¡el espíritu vuelve a Dios tan limpio como vino! Si los que están en el reino de Dios son santos, también lo son los niños, pues “de los tales es el reino de los cielos”.

Cientos de años antes de Cristo, el profeta Ezequiel escribió: “El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo;  la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él”. Ezequiel 18:20. ¿Se da cuenta? “El alma que pecare, esa morirá…” Nada de “heredar, pasivamente, desde la concepción la culpa de Adán y Eva” sino de infringir, activa, personal e individualmente la ley de Dios. Esto sí es pecar.

Me atrevo a afirmar que tal “espíritu” recibido en el Paraíso no será “un espíritu que quede niño por la eternidad” sino que será perfeccionado, al igual que los espíritus de todos los justos de todas las épocas terrenales. Admitidos con plenos derechos y capacidad espiritual “a la congregación… de los espíritus de los justos hechos perfectos (Hebreos 12:23). En este texto apoyo mi opinión.

Me pregunto: la presencia de estos niños y adolescentes en nuestro mundo duro, ¿es para bien o para mal de todos?

Considero cuánto amor y compasión ellos despiertan en sus padres, en la familia extendida, en amigos y conocidos, aun en extraños. En doctores, enfermeras y demás personal que los atienden día y noche hasta la hora final. Digo, amor y compasión en gente normal, con sentimientos tiernos y nobles. ¡Todo un derramamiento de amor y compasión, de cuidado sacrificado, de inversiones monetarias hasta el último centavo!

“…aquellos [miembros] del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro.1 Corintios 12:23. Si esto es así en lo concerniente al cuerpo físico, ¿por qué no mucho más, tratándose de miembros de la familia humana universal? Niños, jóvenes y adultos afligidos por diversas malformaciones o enfermedades congénitas, o causadas por otros factores. De hecho, muchísimas personas se manifiestan del todo dispuestas a brindar a los tales no solo su cariño y amistad sino también su respaldo económico. En esto, demuestran ampliamente su humanidad, y, quererlo o no, actitudes y virtudes del Dios que las creó.

También considero cómo enseñan al que está abierto a la enseñanza cuán frágil, insegura y corta es la vida terrenal. Realidades que hacen reorganizar prioridades. Poner el amor y demás atributos divinos encima del egoísmo, del puro materialismo, del afán por placeres carnales, del malgasto del tiempo en trivialidades, necedades y vicios.

Su humildad nos enseña a ser humildes.

Su buen humor, alegría y esperanza en medio de su sufrimiento nos enseñan a soportar nuestros propios problemas, enfermedades, sinsabores y reveses con el mismo espíritu. Con más dignidad, con menos quejas y lamentos, recriminaciones e incredulidad. Con más agradecimiento aun por las más pequeñas bendiciones y placeres de la vida. Con más contentamiento, cualquier sea nuestro estado.

Son niños, o adolescentes con serios problemas físicos y/o mentales. Pero, ¡sus lecciones para nosotros los “normales” son muchas y valiosísimas!

Así que, ¿con qué lógica o justificación tomar su existencia en la tierra como razón para rebelarnos contra el Dios Creador? ¿No obra para bien su existencia? ¿No produce frutos buenos en abundancia?

Su ejemplo, ¿no ablanda corazones? ¿No frena excesos? ¿No reduce el nivel de agresividad en el ser humano más o menos normal, en sus cabales, más o menos, con siquiera un poco de la “imagen de Dios” que todos deberíamos tener a plenitud?

Entonces, desde ahora en adelante, dejaré que tales niños y adolescentes me enseñen, en vez de tener en primera plana en mi mente mis propias reacciones, juicios y censuras, particularmente, contra el Dios Creador. Claramente, él los ama a todos. No pasa por alto el sufrimiento de ninguno. Recompensará sus días de sufrimiento, perfeccionando al espíritu de cada uno y recibiéndolo en sus mansiones celestiales por la eternidad. ¡Amén!

Volviendo a aquello de “genes defectuosos y transmisión de malformaciones y/o enfermedades congénitas”, entiendo que estos males comenzaron, quizás muy poco a poco, al salir Adán y Eva del huerto del Edén. En los cuerpos físicos de aquella pareja original no había, se deduce, gene defectuoso alguno, pues fueron creados perfectos. Al decidir Adán y Eva hacer caso no a la voz de su Creador sino a la de un intruso engañoso, entró en vigor la sentencia de la advertencia que recibieron antes de desobedecer, a saber: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás. Génesis 2:16-17. Así pues, morirían espiritualmente, y sus cuerpos físicos también morirían tarde o temprano.

En aquel día lúgubre, comienza el deterioro de sus cuerpos físicos. Deterioración de genes, de células, de órganos, que resulta en enfermedades, deformidades, agotamiento corporal, vejez y muerte física. Condición transmitida a sus hijos, y de ahí a toda la raza humana de todos los tiempos y lugares.

Exceptuándose raros casos de milagros de sanidad divina (los de Jesucristo y sus apóstoles, por ejemplo), esta condición impera hasta el día de hoy, e imperará hasta el fin del tiempo y del universo.

Teorizar que “un Dios de verdadero amor y compasión hubiese tomado medidas para que los genes de Adán y Eva no se deterioraran, o que toda criatura humana concebida por ellos y toda su descendencia por la duración de la tierra no tuviera gene defectuoso alguno”, sería plantear que él prescindiera de aplicar el castigo que había advertido como consecuencia de la desobediencia. Mas sin embargo, su justicia exigía la implementación de aquel castigo. ¿No cumplir él su palabra? ¡Impensable! ¿Hacer caso los humanos creados por él, no a él, su Creador, sino a Satanás, su archienemigo? ¿Impunemente? Afrenta y transgresión demasiado graves. La sentencia debía efectuarse.

Pero, el Creador ama tanto a su creación, los humanos, que proveería para ellos medios para recuperar, con creces, todo lo perdido en el Edén. Los medios del sacrificio vivo de su propio Hijo Único Jesucristo en propiciación por los pecados, y del evangelio de salvación con sus instrucciones específicas de cómo valerse de la oferta divina de reconciliación y recompensas inigualables.

Las cláusulas-condiciones fundamentales de estas instrucciones son: oír al evangelio para tener fe inteligente en Cristo (Romanos 10:17), creer de todo corazón que Jesucristo es el Hijo de Dios (Marcos 16:15-16; Hechos 8:26-40; Hebreos 11:1-6), arrepentirse de todo pecado (Hechos 2:38; 3:19), confesar con los labios que Jesús es el Señor (Romanos 10:9-17), bautizarse (sumergirse, zambullirse, en agua) “para perdón de los pecados” (Hechos 2:37-47; 22:16; 1 Pedro 3:21) y ser fiel a Dios hasta la muerte.

Las recompensas son: vida eterna, en cuerpo espiritual glorificado, en los lugares celestiales eternos que se están preparando para el espíritu de todo niño inocente víctima de las consecuencias del pecado, y el espíritu de todo ser humano normal que, amando la Verdad y la Justicia, ama al Dios Creador, obedeciendo sus instrucciones para, recalco, ¡recuperar, con creces, lo perdido en el Edén!

Estimado lector, lectora, según todos mis estudios e indagaciones a través de largos años, la única iglesia que enseña bíblicamente las cláusulas-condiciones fundamentales de Dios para acogerse a su oferta de reconciliación, con esperanza de recuperar, con creces, lo perdido en el Edén, se conoce sencillamente como “Iglesia de Cristo”, como en la oración del apóstol Pablo: “Las iglesias de Cristo os saludan” (Romanos 16:16), tratándose de congregaciones. Le animo a procurar hallar a una, haciéndose miembro fiel y activo. Pues, ¿de qué vale estudiar y entender hasta temas profundos de la vida y la Biblia si no se obedece ni se vive la sana enseñanza del Padre, el Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo? Para listas parciales de congregaciones en distintos países de habla hispana: www.editoriallapaz.org/directorio_htm.

 

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