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LOS ESPÍRITUS AVIVADOS”
 

Los que se manifiestan en los pentecostales.

Al final de este estudio anotamos un enlace electrónico para "DEFENSA seria del pentecostalismo".

Algunos temas tratados en este estudio:

-Errores en el culto avivado.

-Orden, desorden, hacerlo "todo decentemente y con orden".
-Confusión, alboroto, desbarajuste, desconcierto.
-"Dios no es Dios de confusión sino de paz."
-Dios: cuerdo, racional, decoroso, consecuente y responsable en sus actos y palabras. También el Espíritu Santo.
-Los pentecostales pierden el "dominio propio" en sus cultos.
-El complejo psíquico, el bloqueo mental y emocional que sufre la mayoría de los pentecostales.
-La mentalidad de esclavizarse a los pastores, de tolerar "si alguno os devora... toma lo vuestro... se enaltece... os de de bofetadas...",  de recibir "otro espíritu".

-¿Tienen los avivados al Espíritu Santo?

-Los que más hablan de él ¿no lo tienen?
-Una legión de espíritus inferiores del error y del engaño. "Legión Pentecostal".
-Espíritus que se disfrazan de santidad y de fogoso fervor religioso.
-El pentecostal promedio sabe poca Biblia.
-El alma que busca de Dios en el Pentecostalismo no preparada para discernir a los espíritus.
-La ¡combinación fatal!
-Adultos que engañan a niños.
-Sermones candentes.
-Alabanzas espontáneas a todo pulmón.
-Alma ingenua que se convierte al pentecostalismo.
-Fuertes olas de excitación mental y emotiva.
-Como ovejas al trasquilador.
-Preciosas almas en las manos del pastor o de la pastora pentecostal.
-"Clases de candidato" donde el "espíritu de error" ostenta sus poderes.
-Círculo vicioso pero muy efectivo: el alumno que se convierte en maestro.
-Los espíritus avivados predican el amor de Dios. Prometen villas y castillas.
-El engaño completo. Forjadas las cadenas; endurecido cada eslabón.
-¿Los católicos y los musulmanes tienen la verdad porque son muchos?

-Errores en torno a las lenguas extrañas.

-El significado de "otras lenguas" conforme a la Biblia.
-¿Hablan todos lenguas?
-Hablar no más de tres; callar de no haber intérprete.
-Los pentecostales y las lenguas extáticas o jerigonzas.

-Muchos hablan a la vez, no hablan por turno, no usan intérpretes.
-Exigen que todos hablen lenguas para ser sellados con el Espíritu.
-Dando vueltas como un topo, bailando, orando, alabando, ayunando para hablar lenguas.
-¡Desesperado para hablar lenguas!
-¿Lenguas para edificar o para alabar?
-¡Los pentecostales quebrantan todos los reglamentos del capítulo catorce de 1 Corintios!

-Jerigonza, extático, éxtasis, angelical.
-Desatinos avivados.
-¿Balbucir chorros de sonidos extraños e ininteligibles frente al trono de Dios?

-Experiencias síquicas y místicas versus la Palabra Divina.
-Los instrumentos de música, el éxtasis y la presencia del Espíritu Santo.
-Cómo los líderes pentecostales manipulan a su "espíritu".
-También los católicos y los prostestantes carismáticos hablan lenguas.
Aprende usted a hablar lenguas!

 Observaciones preliminares.

       Desde los primeros años de este siglo, los pentecostales (también conocidos comúnmente como “avivados” o “aleluyas”) han llevado a cabo, con mucho éxito, una campaña intensa de evangelización. Su crecimiento numérico ha sido fenomenal. En la actualidad, su impacto es tan grande que se les considera la tercera fuerza del cristianismo, siendo la primera el catolicismo y el segundo, el protestantismo. Han corrido muy ligero, esparciendo la semilla de su doctrina hasta los cuatro confines de la tierra. Saliendo a la lucha con celo ardiente, han peleado bajo el estandarte del Espíritu Santo reclamando, en el nombre del Espíritu, virtual inmunidad contra exámenes críticos.

        Durante la década del año 1960 al 1970, el pentecostalismo recobró aún más fuerzas. Muchos líderes de las “iglesias muertas”, o sea, de las sectas cristianas no avivadas, fueron conquistados y “convertidos”, aceptando y promoviendo vigorosamente la teología pentecostal acerca de la promesa y del bautismo del Espíritu Santo, lenguas extrañas, sanidad divina, profecías, el Milenio, el rapto de la iglesia y otras doctrinas relacionadas. Se formaron movimientos avivados (o carismáticos) dentro de iglesias tales como la Católica, la Episcopal, la Bautista y la Discípulos de Cristo. El brote de pentecostalismo dentro de referidas iglesias ha dado por resultado mucha confusión y disensión, creando conflictos y tensiones difíciles de resolver, desembocando en no pocas divisiones.
 

Lo sorprendente es que, al parecer, muy pocos predicadores, profesores religiosos o teólogos analizan bíblicamente al pentecostalismo. Hay infinidad de libros que promueven el pentecostalismo, pero muy pocos libros o escritos que lo someten a un riguroso escrutinio profundo. Si bien muchos líderes espirituales no lo abrazan públicamente, tampoco lo resisten o rechazan, dándole, en efecto, aprobación tácita. Sin duda, gran número lo considera una secta o un movimiento más que cuenta con la aprobación de Dios. Ya que respaldan la teología protestante de la multiplicidad de iglesias, sencillamente no se oponen al avance del pentecostalismo, a pesar de que esta nueva ola del cristianismo arrastre a sus propias congregaciones. ¿Saben que las iglesias pentecostales no se consideran “una secta más”, sino la única iglesia verdadera? Tal cual la Iglesia Católica Romana, se presentan como la única iglesia verdadera. Esta convicción los motiva a evangelizar no solo a las personas del mundo sino también a católicos y a protestantes por igual. El apóstol Juan exhorta que probemos a “todo espíritu”. (1 Juan 4:1)  Al decir “todo espíritu”, se incluyen también a los espíritus de los pentecostales, a quienes no debemos eximir de un análisis imparcial simplemente porque predican y vociferan incesantemente acerca del Espíritu Santo.
 

     Los pentecostales reprochan severamente, con amenazas fuertes de blasfemia contra el Espíritu Santo, a cualquier persona que tenga la audacia de poner en tela de juicio su teología y práctica. Le gritan “hijo del diablo” o lo declaran “lleno de demonios”. Valiéndose de esta táctica, infunden miedo e intimidan a todos los que cuestionan la validez bíblica de sus profecías, sueños, visiones, lenguas y cultos alborotosos a Dios. Pero sus amenazas y denuncias, por fuertes que sean, no nos detendrán. Ya que el Espíritu Santo mismo nos autoriza a poner a prueba a todos los espíritus, no tememos cometer blasfemia al hacerlo en el caso de los espíritus pentecostales.

         Durante un periodo de unos cuantos años, el que escribe estuvo en contacto estrecho con las iglesias avivadas. Observó que sus pastores no querían que los feligreses escucharan a predicadores que no fuesen avivados, ni que leyeran folletos o libros escritos por autores que no fuesen pentecostales, ni que dialogaran con los líderes de otras iglesias. Por alguna razón, y pronto la identificaremos, los ministros pentecostales no aceptan de buena gana el reto de corroborar la veracidad bíblica de sus propias doctrinas. Tal vez teman someter a prueba su doctrina. Parece que no se atreven a dudar, ni siquiera un poquito, de su autenticidad espiritual. Cuestionarla sería, según su modo cerrado de pensar, cometer el terrible pecado de blasfemar al Espíritu Santo. De manera que el pentecostal promedio vive su vida, rinde culto y sirve a su Dios, encerrado en un mundo aislado -espiritual, social, intelectual y doctrinalmente aislado. En ese mundo, velado celosamente y dominado por los pastores pentecostales, no hay libertad de investigación. Su rígida interpretación de la Biblia los líderes pentecostales la imponen con severidad en las congregaciones bajo su mando, no tolerando que ningún miembro la cuestione. Los pastores y los evangelistas pentecostales suelen ser de mentalidad intransigente, manifestándose renuentes al diálogo ameno sobre su fe y práctica. En muchos concilios, iglesias y movimientos pentecostales la palabra de los pastores y de los profetas avivados se tiene como infalible. De hecho, muchos líderes pentecostales se atribuyen la misma inspiración que tenían Pablo, Pedro, Juan y los demás apóstoles.  

        Quienquiera que tenga la temeridad de siquiera intimarle a un pentecostal que quizás haya en su religión creencias, doctrinas, interpretaciones, tradiciones y prácticas que carezcan de fundamento bíblico, se expone a una reacción bien agresiva, aun violenta. El pentecostal promedio suele responder a tal insinuación o crítica, gritando: “¡Blasfemia”! ¡Usted está blasfemando contra el Espíritu!” Se descontrola; se enfada. Su defensa más común es acusar a su “enemigo” de estar lleno de demonios. Piensa haber ganado la batalla al exclamar “¡Hijo del diablo”! No se da cuenta de que la suya es nada más que una estratagema evasiva sicológica, ni se percata, al parecer, de que sus acusaciones y sus griterías no representan defensa alguna de sus creencias.  

        Pues bien, pensamos que los avivados debieran tranquilizarse un poco, dejando de gritar “¡Blasfemo! ¡Endemoniado!” a todo aquel que no acepte su mensaje. Su deber es enfrentarse varonilmente a los que exigen que defiendan sus credos y prácticas, no con acusaciones pueriles que no resuelvan ningún conflicto doctrinal ni prueben nada, sino con hechos y argumentos irrefutables. No se ve bien de parte suya que sigan escudándose tras el personaje del Espíritu Santo. Nombrar o invocar al Espíritu Santo infinidad de veces no prueba que sus creencias y prácticas sean bíblicas, que tengan la aprobación del Espíritu de Dios. ¡Definitivamente, no lo hace! Al contrario, es preciso que encuentren apoyo claro e indiscutible en las Sagradas Escrituras inspiradas por el verdadero Espíritu de Dios.  

        Hemos sometido a prueba a los espíritus de los pentecostales, siguiendo la amonestación del Espíritu Santo: Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1).  Lo que hemos descubierto nos ha dejado atónitos y perplejos. No quisiéramos sacarlo a la luz. Nos es penoso hacerlo, pero no hay, en realidad, otra opción aceptable. Enterrar nuestros hallazgos en la Tumba del Silencio sería actuar irresponsablemente ante Dios y los hombres que aman la verdad. Nos consta que entre las multitudes que profesan la fe pentecostal hay muchas, muchas personas de buen corazón, incluso pastores, que buscan con sinceridad y honestidad a Dios, ardientemente deseando ser salvas. Nuestra plegaria es que estas almas sinceras, al leer lo que por medio de este estudio presentamos con amor no fingido, no se escandalicen sino que encuentren el camino más seguro de salvación. Al haber comparado el camino pentecostal con el camino espiritual trazado en el Nuevo Testamento, afirmamos, categóricamente, que hay un camino de salvación mucho más seguro que el que siguen los avivados.  

        De pertenecer usted, estimado lector, a alguna iglesia o movimiento pentecostal, le rogamos, humildemente, que no se ofenda al considerar nuestros planteamientos, ni diga “el Señor reprenda al diablo”. Le rogamos que lea todo este estudio hasta el final. Su deber ante Dios es escudriñarlo todo, reteniendo lo bueno, refutando y desechando lo malo (1 Tesalonicenses 5:21).  El contenido de este mensaje le será, pensamos, muy inquietante y chocante. No tema. Léalo con calma; analícelo con imparcialidad. Hágalo, se lo suplicamos, aunque le cause muchos dolores en lo más profundo de su alma, aunque sufra mucha angustia mental. No permita que encierren su mente y espíritu en las celdas de prejuicios, egoísmo, intolerancia, fanatismo y orgullo religioso. Tenga presente el hecho de que ningún hombre o mujer es infalible, no importa cuántas veces afirme estar bajo la influencia del Espíritu Santo. Todo ser humano puede equivocarse, ¡hasta el pastor que más Biblia sabe! Al tratarse de la persona, las obras, los dones y la enseñanza del Espíritu Santo, no existe maestro o predicador alguno totalmente exento de caer en errores. Aunque insista el cristiano tener al Espíritu en su corazón, cabe la posibilidad de que todo lo contrario sea la realidad. De hecho, quedará comprobado que algunos creyentes no siguen la Biblia ni siquiera en lo más fundamental, a pesar de que afirman con vehemencia predicar y obrar con el poder del Espíritu Santo. El que escribe no es infalible. A usted, estimado lector, le corresponde cerciorarse de la validez de sus argumentos y conclusiones.

 Algunas verdades elementales

        Al comienzo de este estudio, asentamos algunas verdades claves e irrefutables, a saber:

1.   El Espíritu Santo ha revelado toda la verdad que se encuentra en la Biblia.

2.   Por lo tanto, la Biblia es un libro inspirado mediante el cual se le comunica al hombre la voluntad completa y perfecta de Dios.

3.   El Espíritu Santo no miente.

4.   El Espíritu no tuerce nunca la Palabra de Dios.

5.   El Espíritu Santo no se contradice nunca en sus revelaciones, ni tampoco contradice al Padre o al Hijo.

         Entendemos que la gran mayoría de los pentecostales, quizás todos, dicen “Amén” a estas verdades. Dado que son verídicas tanto para ellos como para este servidor, si demostramos que la teología y la práctica avivada violan la revelación divina, completa y perfecta, del Espíritu Santo en la Biblia, quedará probado que los pentecostales no andan conforme a la verdad de Dios. Lo podemos demostrar con pruebas abundantes e indisputables.  

ERRORES en el CULTO AVIVADO.

        Empezamos con lo más sencillo, con lo que se puede palpar en todos los cultos avivados. Al entrar en cualquier lugar de reunión de los pentecostales, lo que más impresiona es el ambiente de confusión y de alboroto que prevalece.

-Comienzan orando todos a la vez en voz alta.

-Luego cantan coritos calientes (término inventado por ellos y no por nosotros) al son de la música de panderetas, guitarras, baterías, maracas o cualquier otro instrumento que los miembros sepan tocar, palmoteando, meneándose.

-A medida que se desarrolla el culto, se incrementa notablemente el nivel de emocionalismo, y algunos son movidos a danzar, otros a gritar, aullar, saltar, correr, tumbando bancas o sillas, dar pisadas duras o revolcarse en el piso.

-Observamos que algunos, incluso, algunos de los pastores o co-pastores, entran y salen, conversan y se ríen, ¡aun durante las oraciones!

-Hay quienes hablan lenguas; otros profetizan.

Se nos explica que los miembros adoran de tal manera porque el Espíritu Santo está presente y dirige, él mismo, todo lo que se hace, manifestándose de las maneras indicadas en los miembros de la congregación.  

       Todo cristiano bien instruido en la “sana doctrina” de la Biblia y sin prejuicios religiosos sabe que semejante culto el Espíritu Santo no lo ordena ni lo dirige personalmente porque constituye una violación patente del mandamiento encontrado en 1 Corintios 14:40, donde el mismo Espíritu exhorta que todo se hagadecentemente y con orden”.  “DECENTEMENTE y con ORDEN.”  ¿Capta usted, estimado lector, el significado de estas dos palabras sumamente importantes en el vocabulario del Espíritu Santo? ¿Figuran en su propio vocabulario espiritual?

-“Orden. Organización. Circunstancia de marchar un asunto o funcionar una cosa con regularidad y coordinación.” (Diccionario de uso del español, Tomo 2, Página 577)

-“Orden. (latino ordine) Correspondencia armónica de las partes que constituyen un conjunto organizado. Normalidad, tranquilidad en un grupo, institución.” (Microsoft Bookshelf en español, CDROM)

¿Nos equivocamos al observar que no hay “normalidad” o “tranquilidad” en un culto avivado tipo pentecostal? No hay “correspondencia armónica de las partes” de acuerdo con las instrucciones del Espíritu Santo. Hay poca “organización” o “coordinación”. La conclusión es ineludible: el culto pentecostal no obedece a las directrices del Espíritu Santo. Por consiguiente, el Espíritu Santo no es el “espíritu” que se mueve en medio de tal culto.

         El antónimo de “orden” es “desorden”.

-“Desorden. Confusión. Desbarajuste. Desconcierto. Falta de orden.” (Diccionario de uso del español, Tomo 1, Página 955)

Lamentablemente, estos cuatro vocablos son los más acertados para describir el culto pentecostal: Confusión, desbarajuste, desconcierto, desorden.” Por lo tanto, reiteramos: el Espíritu Santo no se mueve en tal culto.

         Tenga presente, estimado lector, que el Espíritu Santo, siendo de la misma naturaleza de Jehová y teniendo el mismo criterio moral, es incapaz de contradecirse a sí mismo. Pues, al prohibir él mismo el alboroto y la confusión, como lo hace con tanta claridad en 1 Corintios 14:40, ¡es del todo imposible que incite o promueva lo que él mismo condena: el alboroto y la confusión característicos de los cultos pentecostales! El Espíritu Santo nunca se contradice. Es imposible que se contradiga. Por lo tanto, concluimos que el Espíritu Santo de Dios no es el autor o el instigador de las cosas extrañas que pasan en las reuniones de los pentecostales. Esta deducción es sencilla, fundamental y, de cierto, totalmente inevitable. He aquí una declaración axiomática: dondequiera que haya confusión y alboroto, el Espíritu Santo NO está presente. Cueste lo que le cueste a los pentecostales aceptarlo, el Espíritu Santo no los acompaña en sus cultos, aseveración que expresamos sin acarrear el más mínimo peligro de blasfemar. No está presente; no los dirige. Lo hace otro “espíritu”.  

        También planteamos, para la consideración de los avivados, lo que dice el Espíritu Santo en 1 Corintios 14:33. Conforme al texto referido “nuestro Dios no es Dios de confusión sino de paz”. Querido lector, ¿se registra debidamente en su menta y alma el significado y la importancia de esta declaración? ¿Cómo es Dios? “No es de Dios de confusión.” Se deduce que Dios es ordenado, organizado y disciplinado. Tocante a estos atributos divinos, el Espíritu Santo no difiere en nada del Padre Dios. Es decir, el Espíritu Santo también es ordenado, organizado y disciplinado. Él no es un Espíritu de confusión y caos, sino de paz. Pues, él no es, ni puede ser jamás el “espíritu” que se da a conocer en los cultos avivados, ya que el espíritu de los avivados, sí, incita y promueve la confusión. De nuevo, amado lector, llegamos a la conclusión sencilla e incontrovertible de que los pentecostales caen en un error grave al creer que el Espíritu Santo sea la fuerza que se mueve en sus cultos de confusión y alboroto.  

        Procedamos a la consideración de otro factor igualmente importante para nuestro estudio. El Espíritu Santo es un ser muy superior al hombre, más Inteligente que nosotros, más santo, más poderoso y de más dignidad. Cuerdo, racional, consecuente y responsable en sus actos y palabras, el Espíritu refleja la grandeza infinita de Dios por medio de un comportamiento siempre decoroso. Preguntamos: ¿es razonable, es lógico que un ser celestial de carácter tan noble, disciplinado y organizado sea el autor de la confusión y del alboroto que reinan en los cultos avivados? A nuestro parecer, no lo es ya que tales manifestaciones son incompatibles con el carácter y el proceder del Espíritu de Dios.  

        Además, es preciso tener presente que el Espíritu Santo enseña el dominio propio (2 Timoteo 1:7; 2 Pedro 1:6; 1 Corintios 14:9-40).  Entonces, de producir él en nosotros los creyentes una excitación emotiva tan grande y fuerte que perdiéramos el dominio propio, ¿no estaría él obrando en contra de sí mismo?  Sin duda, estaría violando los principios que él mismo expone, como también invalidando el don que él mismo otorga, el don del dominio propio. El Espíritu Santo no puede hacer semejante cosa. Por lo tanto, es imposible que él sea el espíritu que se mueve en los cultos alborotosos, ya que en estos los participantes suelen perder el dominio propio.  

       En resumen, las características más sobresalientes del culto avivado son incompatibles con la naturaleza, el genio y las enseñanzas del Espíritu Santo. Por eso, sabemos que el Espíritu de Dios no hace acto de presencia en las reuniones de los pentecostales. Queda probado que los pentecostales no andan conforme a la doctrina del verdadero Espíritu Santo. Amado lector, si usted pertenece a una iglesia pentecostal, ¿qué hará? ¿Seguirá quebrantando la voluntad de Dios y ofendiendo al verdadero Espíritu Santo mediante la participación en cultos alborotosos? Le suplicamos que aprenda a adorar conforme al Nuevo Testamento, es decir, “en espíritu y en verdad” (Juan 4:24).

        El que escribe es consciente de haber hecho acusaciones terriblemente ofensivas para los pentecostales. Extremadamente sensibles en todo lo concerniente al Espíritu Santo, se escandalizan a la mera intimación de que estén equivocados. ¡Ojalá que no fueran tan sensibles! Dios quiera que al leer ellos este estudio no se enfurezcan ni pierdan la fe sino que razonen despasionada y objetivamente. Está en juego la salvación de sus almas. Por su bien, no conviene que rechacen precipitada y terminantemente lo que, con amor, estamos señalándoles. Pueden gozar, como nosotros, de la plenitud del Espíritu, pero si se vuelven obstinados en su error, tememos que nunca reciban ni conozcan al verdadero Espíritu de Dios.  

        Para que el pentecostal llegue al pleno conocimiento de la verdad divina y goce de libertad en Cristo, es preciso que se deshaga de su complejo psíquico, de su bloqueo mental y emocional, respecto al Espíritu Santo. Por ejemplo, no debe desmayarse de miedo cada vez que se le ocurra que quizás alguna profecía, doctrina o actividad religiosa suya no tenga la aprobación del Espíritu, pensando haber blasfemado al cuestionar. Tampoco es lógico que dé la espalda a todo aquel que le señale posibles errores en su doctrina. El pentecostal comienza a hacer pedazos a complejos y bloqueos al reconocer, admitiéndolo abiertamente, que no todas las obras y las manifestaciones que los pastores y los profetas avivados atribuyen al Espíritu Santo son inspiradas o aprobadas por él. Al darse cuenta de que no comete pecado alguno al poner a prueba la práctica de los avivados, tal vez logre desencadenarse de las doctrinas humanas que le atan al sistema religioso de los pentecostales. Resistir el poder dictatorial de los pastores y hacer caso omiso a sus interminables amenazas fuertes no es malo, no es blasfemia. Al contrario, se trata de pasos valientes que toma el alma que vence la esclavitud mental y espiritual. Independizarse de los prejuicios y del fanatismo religioso es la clave para conocer y disfrutar la verdadera libertad en Cristo. Lamentablemente, la mentalidad de muchos pentecostales es la misma que el apóstol Pablo censura en los corintios: “Pues toleráis si alguno os esclaviza, si alguno os devora, si alguno toma lo vuestro, si alguno se enaltece, si alguno os da de bofetadas. Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis (2 Corintios 11:20,4).  Es la mentalidad peligrosa de tolerar, de recibir, de aceptar a espíritus que esclavizan al error religioso. Ojalá se despierten y cambien de mentalidad para que sean libres y no esclavos.  

¿TIENEN los AVIVADOS al ESPíRITU SANTO?  

        Reanudemos el análisis objetivo del pentecostalismo. Son muy fuertes las implicaciones de lo que ya hemos sacado a la luz acerca de los errores evidentes en el culto avivado. Efectivamente, hemos declarado que los pentecostales ni aun cuentan con el Espíritu Santo en sus congregaciones. Por ende, la implicación es que tampoco cuentan con su apoyo para sus demás obras. ¿Es esto lo que realmente queremos decir? Pues, sí, amado lector, aunque Dios sabe que no quisiéramos tener que decirlo. Ironía de ironías, un pueblo espiritual cuya existencia misma se atribuye a la obra personal del Espíritu Santo ¡ni aun goce de la presencia o el poder del verdadero Espíritu de Dios! Sobreabunda la evidencia. ¿Es posible que los que más hablan del Espíritu pertenezcan al campamento de los que menos entienden referente a las obras, las manifestaciones y los dones del Espíritu? Extraña circunstancia, pero no imposible. Su caso es muy parecido al de los religiosos que hablan y escriben mucho en cuanto a la iglesia apostólica, pero que no la imitan en casi nada. Precisamente, esta tragedia espiritual es la que viven los avivados: incesantemente, hablan del Espíritu Santo, pero quebrantan la mayoría de las leyes del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento.

       Si las deducciones hechas hasta ahora son verídicas, si, en verdad, el Espíritu Santo no es él que se mueve en los cultos avivados, entonces, ¿a qué poder o a qué espíritu se atribuyen las conmociones extraordinarias y las manifestaciones descomunales observadas cuando los pentecostales se reúnen para alabar a Dios? ¿No hablan ellos lenguas extrañas? ¿No imponen sus manos a los enfermos, sanándolos? ¿No son los pentecostales personas muy santas, dedicadas a la oración, que repudian enérgicamente los vicios? ¿No son los avivados creyentes fervientes que pasan mucho tiempo en ayunos y vigilias, esperando firmemente que Cristo vendrá muy pronto? Si todo esto lo hacen, ¿con qué razón catalogarlos como impulsados por un espíritu que no sea el Espíritu Santo? Estas interrogantes merecen respuestas convincentes.  

       Podemos identificar correctamente al espíritu que se mueve entre los pentecostales volviendo a considerar el culto avivado. Sus características más notables son el alto nivel de ruido y de caos. Se sabe a ciencia cierta que el Espíritu Santo, por las razones ya presentadas, no puede ser la fuerza o influencia que pone a los pentecostales a alborotar. La deducción ineludible es que otro poder o espíritu se adueña de ellos. De nuevo, nos vemos obligados a darle expresión concreta en estas páginas a una gran verdad inquietante y sombría: el espíritu que convulsiona a los pentecostales no puede ser un espíritu bueno que provenga de Dios. De hecho, según las evidencias disponibles, los poderes que obra en los pentecostales, dominándolos, empujándolos hacia el fanatismo, haciéndolos alborotar de manera escandalosa, aun logrando que lastimen sus cuerpos (al chocar con paredes o columnas, tirarse al suelo), es nada más y nada menos que una legión de los espíritus inferiores del error y del engaño, enviados con órdenes específicas de sembrar confusión y crear divisiones entre los creyentes en Jesús, corrompiéndolos por medio de doctrinas y prácticas carentes de apoyo bíblico. Se identifican como sigue:

-“Espíritu caliente del emocionalismo desbordante;”

-“Espíritu sutil de experiencias psíquicas religiosas;”

-“Espíritu jubiloso del existencialismo religioso” (o sea, el que exalta los sentimientos por encima del conocimiento, despreciando la “doctrina” como “fría, secundaria, poco interesante, muerta”);

-“Espíritu elevado del éxtasis;”

-“Espíritu loco de desatinos;”

-“Espíritu desordenado de torpezas;”

-“Espíritu engañoso de falsas interpretaciones doctrinales;”

-“Espíritu altanero de fanatismo;”

-“Espíritu intransigente de dogmatismos;”

-“Espíritu poderoso de señales engañosas;”

-“Espíritu sin vergüenza de mercaderías;”

-“Espíritu príncipe, autor del evangelio de prosperidad.”

      Y la lista sigue porque son legión. En su incansable viajar, Cristo vino “a la región de los gadarenos” donde encontró a un hombre muy fuerte que hacía proezas descomunales. “Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar.” Jesús le pregunta: “¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos”  (Marcos 5:1-14).  También hacen proezas sorprendentes los pentecostales, pero, tal cual el gadareno, su poder no procede de Dios. Tal cual el gadareno, pueden ser sanados por Cristo, recuperando el “juicio cabal”.

       Comprendemos que esta declaración desnuda, hecha sin rodeos, da duro contra el fundamento mismo del pentecostalismo, tumbando las columnas más fuertes de su estructura doctrinal. Para los creyentes que están bajo el dominio de “Legión Pentecostal” nuestras aseveraciones quizás sean tan ofensivas como las verdades anunciadas por Cristo a los fariseos, quienes, al oírlas, “volvieron atrás” (Juan 6:60-68).  Dios sabe que nuestro propósito no es lastimar a nadie sino descubrir a la luz la verdad, y esperamos que los pentecostales tengan más valor que los fariseos, que se enfrenten con valentía mental y espiritual a la realidad de su situación. Seguramente, a la mayoría le costará mucho trabajo, desvelos y no poca angustia de alma. Al escuchar que el espíritu que tienen no es bueno, se sentirán gravemente heridos. No dudamos que algunos sufran un trauma psíquico. Pero, tarde o temprano, cada uno debe reconocer que el espíritu que está manifestándose en su vida espiritual no es el Espíritu Santo.  

Un factor clave: el ENGAÑO.

Pues bien, amado lector, la realidad desconcertante en extremo es que el espíritu al cual claman los avivados no es de Dios, pese a sus grandiosas pretensiones y obstinada insistencia. Pero, se replica: ¿cómo es posible que tantos millones y centenares de millones de creyentes sigan a “Legión Pentecostal"? La razón básica no es difícil de discernir: estriba en que “Legión” se disfraza, con gran astucia y poder, como el Espíritu Santo, presentándose, mediante señales y prodigios mentirosos (2 Tesalonicenses 2:8-10), como un espíritu...

-de fogoso fervor religioso,

-de entrega absoluta,

-de evangelismo dinámico,

-de mucha santidad,

-de fiero valor frente al mundo con sus vicios (2 Corintios 11:13-15).

        Pero, su verdadera naturaleza se descubre, no mirando lo que aparenta ser, sino por medio de examinar sus acciones y mensajes, utilizando la Biblia como único criterio infalible.

Surge la siguiente problemática: el pentecostal promedio sabe poca Biblia, a pesar de cargarla dondequiera que vaya. He aquí la causa de su fracaso ante el espíritu de error: ignora o desentiende muchas enseñanzas de las Sagradas Escrituras, particularmente las que el Espíritu Santo reveló a través del apóstol Pablo; carece del conocimiento divino que le capacitara para distinguir entre los espíritus. Cuando el espíritu de error hace acto de presencia en el escenario, el pentecostal que desconoce la “sana doctrina” (Tito 2:1; 1 Timoteo 4:16) le confunde con el Espíritu Santo. El espíritu malo, con su disfraz bien arreglado, encuentra enseguida albergue en el corazón de la persona que desconoce la verdad. Y si aún queda siquiera un poquito de superstición o de espiritismo en ese corazón, al espíritu de engaño (2 Tesalonicenses 2:10) le será mucho más fácil hacerse pasar por el verdadero Espíritu de Dios. He aquí, a continuación, la combinación fatal que produce el tremendo engaño existente en el pentecostalismo:

(1)   Por un lado, un corazón con grandes lagunas doctrinales, pero deseoso de tener un encuentro con Dios, y...

(2)   Por el otro, un espíritu sagaz que sabe producir un encuentro impresionante que, al indocto, aparenta ser auténtico.

 

Analice bien usted, estimado lector, y verá que un porcentaje notable de las personas que se convierten al pentecostalismo...

(1)   O no habían estudiado nunca la Biblia...

(2)   O, leyéndola, no llegaron a entenderla.

 

Valiéndose de su disfraz con la maestría de un actor dotado de grandes talentos, el espíritu de error, trabajando a través de los pastores que le sirven (¡Ay de ellos!), engaña a tales personas con la misma facilidad con que un adulto engaña a un niño de dos o tres años de edad. Al niño, porque es inocente, inmaduro y crédulo, sus padres pueden hacerle creer los cuentos más fantásticos, y el niño se queda impresionado, pasmado, el mundo imaginario convertido para él en realidad. En términos de su desarrollo espiritual, la persona promedio que busca de Dios en el pentecostalismo es como un niño. Por consiguiente, el espíritu de error suele tener mucho éxito en hacerle creer que las manifestaciones fantásticas observadas en el culto avivado provengan del Espíritu Santo, y que fuera del pentecostalismo no hay salvación. ¿No es acertada esta comparanza, por mucho que duela? Semejante experiencia vive el alma indocta que busca de Dios, dejándose llevar por los Testigos de Jehová. Desconoce la “sana doctrina” de la Biblia. Por tanto, su mente es tierra fértil donde los Testigos siembran las semillas espirituales de la “Torre de Vigilancia”. La semilla germina y brota otro Testigo de Jehová, y ¿quién es capaz de hacerle creer que haya sido engañado? En cambio, la persona que disfruta del conocimiento adecuado de la “sana doctrina” jamás es conquistada por los Testigos de Jehová. ¡Tampoco por los pentecostales!  

        La persona que acude a los templos avivados, o asiste a los servicios de una campaña auspiciada por los pentecostales, escucha sermones candentes acerca de los vicios, las modas carnales, la idolatría y el terrible castigo que le espera a todo pecador; también sobre la perdición moral que arropa al mundo entero, los demonios, la gran ira de Dios y los juicios venideros; además, sobre el poder de Cristo para sanar y salvar, como también sobre el bautismo del Espíritu Santo y el poder del Espíritu para proteger y librar. Se le dice que Dios quiere acabar con todos sus sufrimientos, resolverle todo problema y quitarle toda angustia a todo ser humano oprimido bajo el yugo insoportable de esclavitud que imponen los vicios, las dolencias, el temor a la muerte, los traumas emotivos, los complejos y los conflictos psíquicos que embotan y atormentan la mente humana. Con fervor casi irresistible, se le exhorta que crea, que tome el paso de fe para que pueda ser salvo y reciba la sanidad.

El típico mensaje avivado contiene algunas verdades bíblicas, es presentado con autoridad y promete mucho. No es de sorprenderse que haga mella en los corazones susceptibles y necesitados, conmoviendo y convenciendo a incontables miles y centenares de miles de almas, satisfaciendo, aunque sea temporalmente, sus necesidades espirituales y emotivas. Al que acepta este tipo de mensaje en un culto avivado le piden que alce la mano, luego que pase al frente y que se arrodille ante al altar. A gritos, con muchas expresiones y gesticulaciones sumamente emotivas, oran por su salvación, y que se sane de cualquier enfermedad o dolor. Suelen imponerle manos enseguida, induciendo, mediante plegarias, aplausos y mucha conmoción, un éxtasis emotivo cuyo propósito es hacerle hablar lenguas. Le declaran sano y salvo, instándole repetidas veces a dar gracias a Dios por su salvación y que alabe en voz alta el nombre de Cristo, dejando que su alma irrumpa en alabanzas espontáneas a todo pulmón. También, le brindan la oportunidad de contar su “testimonio” a los congregados.  

Llevadas por las fuertes olas de excitación mental y emotiva, muchas personas, aun centenares, pasan al frente en los cultos y las campañas pentecostales, haciendo profesión de fe. Sin embargo, las indagaciones indican que algunas permanecen poco tiempo, ¡quizás ni un día! Con todo, muchas se entregan de todo corazón porque desean establecer relaciones permanentes para con Dios. Se trata de almas sinceras y honestas que desean estar preparadas para el regreso del Señor en gloria. ¿Por qué aceptan a Cristo en el pentecostalismo?

(1)   Porque su primer contacto con los “cristianos” o los “evangélicos” es con los del avivamiento.

(2)   Porque se sienten decepcionadas con las demás iglesias protestantes. ¿Cuáles son sus quejas contra “las demás iglesias”?

(a)   Que no suplen el alimento espiritual que al alma le hace falta.

(b)   Que están carcomidas del liberalismo doctrinal y moral, haciendo un mero pretexto de seguir las directrices de la Biblia.

(c)   Que son frías.  

       Cualquiera que sea la causa de su acercamiento al pentecostalismo, lo triste del asunto es que, en el momento de arrodillarse ante el altar avivado, son tal cual ovejas empujadas, lenta pero inexorablemente, por poderosas fuerzas invisibles, hacia el precipicio de la posible destrucción espiritual. En muchos casos, se trata de personas bastante ingenuas, propensas a la manipulación psicológica, presas fáciles de mentes más recias y agresivas. Al no conocer íntimamente al pentecostalismo, no se imaginan lo que les espera: el trasquilador, el lobo rapaz, el látigo del asalariado, la bota puntiaguda del mandón, las locuras del desatinado. Poco o nada entienden de las enseñanzas bíblicas acerca del Espíritu Santo, hablar lenguas, profetizar, la duración de los dones sobrenaturales, el culto “en espíritu y en verdad” (Juan 4:24), las provisiones del Espíritu para el sostenimiento de la obra de Cristo en la tierra, la organización bíblica de la iglesia o el Milenio. Por consiguiente, se les hace imposible juzgar con juicio sano e “inteligencia espiritual” (Colosenses 1:9) lo que les está aconteciendo.  

        En las campañas de los pentecostales, el que se acerca al altar avivado buscando la reconciliación para con Dios ha de someterse, en el instante, al dominio del pastor o de la pastora pentecostal al frente. En sus manos está. Ignora lo que tiene que hacer para ser salvo. El deber del pastor es enseñárselo. Si fuera el tal pastor o evangelista un verdadero siervo de Dios, andando y enseñando conforme al Espíritu, cumpliría con el deber de enseñarle al “candidato” la “sana doctrina”, lo cual, efectuándose, daría por resultado la salvación legítima del creyente, contribuyendo, además, a la del predicador (1 Timoteo 4:16).  Pero, ¡el evangelista o pastor avivado no cumple el deber de “ministro competente”! (2 Corintios 3:6)  Al contrario, se aprovecha de la ocasión para comenzar un procedimiento que, una vez terminado meses o quizás años más tarde, dejará al “candidato” completamente pentecostalizado, es decir, saturado de la doctrina avivada. Lejos de predicarle el evangelio puro y de anunciarle el verdadero Reino de Dios (Hechos 2:36-47; 20:25; 28:31), le exhorta a que se integre a una iglesia o “movimiento” avivado, advirtiéndole que cualquier otro tipo de iglesia está “muerta”. Al obedecer el “candidato” tal consejo, le inscriben en clases de candidato donde aprende algunas doctrinas bíblicas, pero muchas doctrinas, interpretaciones y prácticas de origen humano (a identificarse y estudiarse en breve) que componen la “teología pentecostal”. El “espíritu de error” se manifiesta a sus anchas en las “clases para candidatos”. Cita la Biblia, pero tuerce con gran agilidad muchos textos, tergiversando y ajustando, pasando por alto no pocos, en el empeño de probar: que toda la teología pentecostal es totalmente bíblica, que los pentecostales son el pueblo verdadero y único de Dios y que son los que tienen la verdad.

     Los candidatos, en su mayoría, se lo creen, tragando interpretaciones extrañas y soportando abusos y sacrificios vanos, incluso la mercadería practicada extensa e incesantemente en las iglesias avivadas. Lo hacen porque, antes de matricularse en las “clases”, no habían aprendido la verdad, y, por lo tanto, cuando se enfrentan al error, no lo reconocen como tal sino que lo aceptan con entusiasmo, creyendo que es la verdad. Dígame, estimado peregrino espiritual, si no acierto. El mismo mecanismo satánico es muy útil para engañar en cualquiera materia. ¿No queremos ser engañados? La clave es aprender la verdad sobre el tema que sea. Entonces, la ventaja es nuestra y no del enemigo de las almas.  

       Al empaparse los “candidatos” de la doctrina pentecostal, comienzan a promulgarla con el mismo fanatismo de sus maestros. Se desarrolla un círculo vicioso pero muy efectivo: los maestros errados en su doctrina inculcan a los alumnos sus errores; a su vez, los alumnos se hacen maestros, enseñando a todavía otros “candidatos” los mismos errores, y de esta manera, sucesivamente, sigue el proceso interminablemente, multiplicándose y expandiéndose los círculos hasta encerrar al mundo entero. El “lavado de cerebro” que reciben los “candidatos” es completo, rindiéndoles casi incapaces de razonar objetivamente. Según ellos ¡tienen la verdad, punto, y se acabó! ¿Por qué escuchar a cualquier otro maestro que no sea pentecostal? Escuchar a cualquier otro ¡sería blasfemar al Espíritu! Este último cuco, este último carcelero fornido, es el que cierra la prisión para el pentecostal promedio. Con dificultad saldrá, quizás jamás.  

            Así es, preciosa alma de Dios, que millones de personas han llegado a someterse a “Legión Pentecostal”, la manada de espíritus inferiores que se mueven feliz y revoltosamente entre los avivados. Citando la Biblia, de la manera que Satanás se la citó a Cristo, losespíritus avivados(entiéndase los líderes pentecostales) hablan mucho del amor de Dios. “Dios te ama. Dios te quiere sanar y salvar. Dios quiere llevar tu carga. Dios quiere darte la victoria.” No es cosa extraña que hable un espíritu errado y engañador del amor divino. “Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras” (2 Corintios 11:14-15).  Pues, los “espíritus avivados” hablan de las cosas bellas de Dios para hacer aparentar que procedan de él. Prometiendo salvación y sanidad divina, los “espíritus avivados” han persuadido a millones y millones a que entren en los rediles de los concilios pentecostales o de las iglesias avivadas independientes. Engañar a los candidatos le fue fácil porque los ingenuos candidatos no sabían la verdad de Dios ni conocían al verdadero Espíritu Santo.

Y ahora, ¿qué? Pues, las almas conquistadas permanecen en el engaño porque “Legión” no permite que aprendan la verdad, guardándolos celosamente bajo su propio dominio. Logra aislarlos dentro de los confines de su propio sistema religioso. Los hace creer...

-Que los avivados, y solo los avivados, nadie más, posean la plenitud del Espíritu;

-Que las demás iglesias están muertas, que no hay salvación en ellas;

-Que solo los avivados tienen las señales y los dones del Espíritu y...

-Que solo ellos viven en santidad.

Creyéndolo a ciegas, se llenan de prejuicios, se vuelven intolerantes y, tal vez sin darse cuenta, con pena se lo señalamos, ¡se encierran a sí mismos tras las paredes de su propia ignorancia espiritual y egoísmo personal! Al hacerlo, cometen uno de sus errores más grandes y peligrosos: su fanatismo les rinde incapaces de razonar con calma e imparcialidad acerca de lo que les ha acontecido en el ámbito religioso y espiritual.  

El proceso del engaño es completo. Impulsados por sus necesidades espirituales, los “candidatos” acudieron a los pastores o los evangelistas pentecostales. Oyeron dulces palabras; también palabras que infundían temor; además, palabras que prometían mucho. Se sintieron atraídos y se entregaron, pero, ¿a qué? No lo sabían con certeza. Mediante clases y cultos celebrados casi todos los días de su vida, recibieron un adoctrinamiento muy fuerte, el cual produjo muy fuertes convicciones y prejuicios. Tanto en los cultos como en las “clases de candidato” se forjaron las cadenas que les amarran al pentecostalismo, y se endurecieron los eslabones en el fuego del apasionamiento religioso. ¡Cuán difícil es romper siquiera una de esas cadenas! Bien lo saben algunas almas valientes que han salido del pentecostalismo, superando todo obstáculo para aprender, por fin, la “sana doctrina”.  

            Pero, ¿es esta explicación la más acertada de por qué millones siguen a los “espíritus avivados”? No nos cuesta aceptar que el espíritu de error pudiera engañar a unas pocas personas, aun a miles. Sin embargo, parece imposible que logre apoderarse de millones y centenares de millones de almas. (A principios del siglo veintiuno, se calcula en más de mil millones los adeptos pentecostales y carismáticos en el mundo.)  Apreciado lector, no debemos subestimar el poder del espíritu de error, ni la credulidad de los seres humanos. Considere...

-A los mil millones que se adhieren a la doctrina católica romana, haciéndole reverencia al Papa, venerando imágenes y creyendo en el purgatorio.

-Los millones que siguen ciegamente a los falsos profetas tales como:

-Elena White (Los Adventistas del Séptimo Día),

-Charles Russell y el juez Rutherford (Testigos de Jehová),

-Mita (Juanita García, quien alegaba ser el Espíritu Santo encarnado),

-William Branham (profeta de los Jesús Solo),

-José Smith (profeta fundador de los Mormones).  

        ¿No viven el engaño todos estos? Los pentecostales aseguran que todos los grupos nombrados están engañados y perdidos, pero resisten obstinadamente analizar objetiva y bíblicamente su propia condición espiritual. Cristo dice que “muchos son llamados, y pocos escogidos” (Mateo 22:14).  Los pentecostales admiten esta verdad. Por lo tanto, ¿no es lógico que hagan un alto en su precipitada carrera, razonando que el hecho de que una multitud muy grande sigue a los “espíritus avivados” no significa, por sí solo, que referidos espíritus hayan venido de Dios? El éxito de cualquier iglesia o movimiento religioso en conquistar almas para su fe no constituye prueba alguna de que cuente con el apoyo o la aprobación de Dios. “Somos muchos; por lo tanto el Espíritu Santo está con nosotros” encierra una falacia patente. De ser así, los Católicos Romanos y los Musulmanes podrían reclamar, con más razón que los pentecostales, tener al Espíritu de Dios a su favor, pues ¡son más que los avivados! Se valen de un criterio inválido los pentecostales que deducen que su espíritu procede de Dios, simplemente porque él ha conquistado a millones de almas en campañas intensas y exitosas.

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          Paciente viajero por la dimensión del tiempo, proseguimos a quitarle a “Legión Pentecostal” lo que le queda de su disfraz (y le queda mucho), utilizando la Palabra del verdadero Espíritu de Dios, para que toda alma pentecostal sincera y todo estudiante imparcial vea que nuestras observaciones y conclusiones son justificadas. Pretendemos dejar desnudo a “Legión” ante los ojos de toda persona para que no haya excusa y ninguno nos acuse en el día del Juicio Final de no haber cumplido nuestro deber.  

ERRORES en torno a las
LENGUAS EXTRAÑAS.  

Para los pentecostales, su habilidad de hablar “lenguas extrañas” o “angelicales” es evidencia indisputable de que gozan de la plenitud del Espíritu Santo. Desconociendo el significado verdadero del don de lenguas, creen que su experiencia es igual a la que tuvieron muchos cristianos de la época apostólica. Indudablemente, las lenguas de los pentecostales constituyen una experiencia electrizante, llena de misterio y de manifestaciones descomunales. Por tal razón, se la atribuyen al Espíritu Santo, sin pensarlo dos veces. Pero, afirmamos categóricamente que su experiencia no la produce el Espíritu Santo. Su “don de lenguas” no es el mismo que recibieron algunos cristianos primitivos. Los pentecostales simplemente no pueden hablar lenguas extrañas como lo hacían los apóstoles y los demás cristianos del primer siglo que recibieron el verdadero don de lenguas extrañas.  

        Analicemos detenidamente el tema. Llegado el día de Pentecostés, los apóstoles se llenaron del Espíritu Santo y “comenzaron a hablar en otras lenguas” (Hechos 2:4).  Esas “otras lenguas” eran los idiomas actuales hablados por las personas que se juntaron para oír a los apóstoles. “Cada uno les oía hablar en su propia lengua” (Hechos 2:6).  Subrayamos: “en su propia lengua”, es decir, en su propio idioma o dialecto. Cuando los que se congregaron se dieron cuenta de que todos los que hablaban eran galileos, se preguntaron: “¿Cómo; pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?” (Hechos 2:8)  ¿Habían nacido donde se hablaban lenguas angelicales, extáticas o jerigonzas? ¡Claro que no! “En la que hemos nacido” quiere decir los idiomas de los países de donde procedían los oyentes. Al recibir los apóstoles el don de lenguas, de repente podían hablar a perfección esos idiomas. Eran “hombres sin letras y del vulgo” (Hechos 4:13). Sin embargo, al recibir el verdadero don de lenguas, podían hablar otros idiomas con asombroso desenvolvimiento y completa fluidez. ¡Al instante! ¡Sin haberlos estudiado! He aquí en el ejemplo de los apóstoles la demostración clásica y auténtica de lo que significa hablar lenguas extrañas por el poder sobrenatural de Dios.  

Según 1 Corintios 12:7-10 y 30, palabra del Espíritu Santo, no todos los cristianos primitivos hablaron lenguas extrañas. La pregunta retórica “¿hablan todos lenguas?” (12:30) demanda una respuesta en lo negativo, o sea, “No. No todos hablan lenguas.” Los que recibieron el don de lenguas debían usarlo o para proclamar el evangelio a los inconversos, como en el día de Pentecostés (Hechos 2:1-8), o para edificar a la iglesia (1 Co­rintios 14:1-28).”Hágase todo para edificación” (14:26).  Lo utilizaron para hablar revelación, ciencia, profecía y doctrina (1 Corintios 14:6).  Al predicar u orar en lenguas extrañas en presencia de quienes no las entendían, debían usar intérprete (1 Corintios 14:27-28)  De no haber quien tradujera, debían callarse. “Si no hay intérprete, calle en la iglesia.” (1 Corintios 14:28).  En las reuniones de las iglesias apostólicas, no más de tres podían hablar en lengua extraña. “Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres.” Aun así, debían hablar “por turno”  (1 Corintios 14:27),  pues la regla del Espíritu Santo  es que todo se haga “decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40).  Estas directrices sobre el uso del don de lenguas el Espíritu Santo mismo se las dio a la iglesia del primer siglo. Al que alegue osadamente que el apóstol Pablo las impusiera por su cuenta, le convendría tener presente la aclaración del apóstol cuando dice: “Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor(1 Corintios 14:37).  

    Fíjese bien, estimado estudiante de materias espirituales, en las citas bíblicas que hemos presentado. No las traemos para confundirle, sino para dejar bien esclarecido el tema de las lenguas extrañas. ¿Cuántas de las personas que pasan al frente en las campañas pentecostales tienen conocimiento de estos textos bíblicos? Pues bien, ni aun se supone que tenga el pecador conocimiento de estos textos antes de arrepentirse y entregarse a Cristo, ya que ha sido pecador, incrédulo o creyente a medias, y no un estudiante asiduo de la Biblia. Sin embargo, al ignorar estas verdades sobre el don de lenguas, queda expuesto al peligro de ser engañado. En este caso, el espíritu de error, al encontrar un corazón sin la protección de la verdad, no tarda en obrar el engaño. Así es que la persona que carece de conocimiento bíblico cae víctima de las artimañas del enemigo de las almas, aceptando que el hablar extático de los avivados sea el don auténtico de lenguas extrañas. No lo es, sino que se trata de jerigonzas sin sentido que saltan de la boca del que es vencido por un éxtasis inducido, no por el Espíritu de Dios, sino por el espíritu de engaño. A continuación, veremos cómo la teología y la práctica de los pentecostales contradicen la revelación del Espíritu Santo sobre lenguas extrañas.  

-Muchos (más de tres) hablan “lenguas” a la vez.

-No hablan “por turno”.  

            Al asistir a una reunión de los avivados, observamos que muchos, tanto mujeres como hombres, tanto niños y jóvenes como adultos, hablan lenguas, todos a la vez. No hablan sólo dos o tres, sino muchos. Tampoco hablan “por turno”, sino muchos a la vez. De inmediato, comprendemos que se hacen culpables de infringir la ley divina. Obviamente, no están acatando las ordenanzas más sencillas y enfáticas del Espíritu Santo sobre el uso del don de lenguas. Parece increíble que pasen por alto instrucciones tan elementales, pero lo hacen. El que lo hagan tan descaradamente, aun invocando y alabando al Espíritu Santo mientras lo desobedecen abiertamente, es demostración fehaciente del tremendo poder engañador del espíritu de error, un “espíritu” capaz de cegar al extremo de que no entiendan frases tan rudimentarias como “no más de tres” y “por turno”. Un niño de cuatro añitos entiende estas frases, pero ¡los avivados no logran asimilarlas! ¡Cuán profundas son las tinieblas que los rodean! O, ¡cuán implacables sus prejuicios!  

-No usan intérpretes.  

Al seguir comparando la práctica avivada con la doctrina bíblica, descubrimos que existen todavía más discrepancias entre la una y la otra. Por ejemplo, los pentecostales suelen hablar lenguas sin interpretarlas. Audazmente, transgreden el mandamiento explícito del Espíritu Santo al no callarse si no hay intérprete. En ocasiones, intentan interpretar sus jerigonzas, pero, estimado investigador intelectual, ¡las jerigonzas no pueden ser interpretadas, pues no dicen nada! ¡Que verifiquen los pentecostales la interpretación de sus jerigonzas, consiguiendo a eruditos, no de los suyos sino imparciales, que corroboren la traducción! Es fácil confirmar la traducción correcta de un idioma o de un dialecto, por ejemplo, la traducción de un mensaje del español al inglés. Sólo hace falta la certificación de personas fidedignas que dominan los dos idiomas. Pero, ¿quién certificará la traducción de las jerigonzas? ¿Acaso él que las dice? ¿Por qué creerle? Su testimonio no es admisible porque da testimonio acerca de sí mismo. “Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero” (Juan 5:31).  Dice el evangelista o el pastor pentecostal: “El mensaje de lo que acabo de expresar en lenguas por el Espíritu es el siguiente”. ¿Por que creerle? O, se para otro pentecostal, diciendo: “Lo que acaba de revelar el hermano pastor en lenguas es lo siguiente”. ¡No confiamos en él! Actúa en tal persona el mismo espíritu de error que actúa en el pastor. No admitimos que el espíritu de error se interprete a sí mismo. ¡Qué haga la traducción alguna persona que no sea pentecostal! La pura realidad es que nadie puede traducir jerigonzas o lenguas extáticas por la razón de que no dicen nada. ¡No dicen nada! No son mecanismos legítimos de comunicación. No comunican idea o enseñanza alguna.                                                                                                  

-Exigen que todos hablen lenguas.

    Mediante sus exposiciones doctrinales sobre el don de lenguas, casi todo  líder pentecostal enseña que el discípulo del Señor no recibe el sello del Espíritu Santo, o sea, no da evidencia indisputable de haber sido bautizado con el Espíritu, hasta no hablar lenguas. Esta doctrina es uno de los rudimentos del pentecostalismo. Según la teología de los avivados, todo aquel que acepta a Cristo tiene que hablar lenguas, tarde o temprano, aunque hable unas pocas sílabas sueltas o emita unos pocos sonidos extraños, nada más. De no hacerlo, le miran con sospechas, como si tuviera algún pecado secreto que impidiera la manifestación del don de lenguas. Al adepto que no hable enseguida lenguas extáticas o jerigonzas, le aplican una terapia desarrollada para vencer cualquier impedimento psicológico. Por ejemplo, le imponen manos y con suspiros cargados de emociones fuertes, gemidos, gritos y aun alaridos, le ordenan a repetir rápidamente alguna palabra o frase tal como “séllame, séllame, séllame, séllame”. Al obedecer el candidato, conmovido y llevado por el remolino de emocionalismo que gira frenéticamente en derredor suyo, quizás se le trabe la lengua. Si empieza a decir disparates (“Élleme, llámese, mesellá, lámeme”), los que le escuchan exclaman eufóricamente: “¡Está hablando lenguas! ¡El Espíritu Santo lo ha sellado! ¡Gloria a Dios! ¡Alabado el nombre del Señor!”  Algunos pentecostales hablan lenguas extáticas una sola vez. Otros las hablan solo en los cultos. Unos pocos las pueden hablar, haya o no haya el ambiente de excitación y entusiasmo religioso. Ninguno habla las "lenguas extrañas" tal cual los apóstoles y algunos cristianos de la iglesia primitiva.  

De fallar la primer artimaña, los pentecostales se recurren a otra más agresiva: hacen al candidato ponerse de pie, con los ojos cerrados. Le agarran y le ponen a dar vueltas y vueltas rápidamente, como un topo, orando todos a gritos, con súplicas que lo bautice el Espíritu con fuego. Esta acción hace que algunos candidatos se mareen y pierdan dominio tanto de su cuerpo como también de sus facultades racionales. Si este truco tampoco funciona, tal vez le pongan a gritar alabanzas a Dios, a brincar y a bailar hasta no más poder. O, es posible que le manden a hincarse ante el altar, diciéndole que ore, ore y ore, que alabe, alabe, alabe, esperando con mucha fe que Dios le concediese el don de lenguas. Estos ritos extraños pueden durar horas y horas. Cualquier observador perspicaz y objetivo detecta en todas estas maniobras el fuerte elemento de sicología humana. Los espíritus avivados, incluso los analfabetos, son expertos en la manipulación de ambientes y de emociones que logran el fenómeno de lenguas extáticas o jerigonzas.   

Pero, se deslizan por un tangente equivocado y peligroso, llevando consigo a multitud de almas ingenuas. En primer lugar, jamás enseñó el verdadero Espíritu de Dios que era menester que todo cristiano recibiera el don de lenguas. Todo lo contrario, ya hemos aprendido que no todos los cristianos del primer siglo hablaban lenguas (1 Corintios 12:7-10,30).  No hay evidencia alguna de que los aproximadamente tres mil convertidos en el día de Pentecostés (Hechos 2:1-47) hablaran lenguas extrañas. En aquel día, solo los apóstoles hablaron lenguas e hicieron milagros. “Muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles” (Hechos 2:43) y no por los ciento veinte o la multitud de creyentes. En segundo lugar, no encontramos ningún caso bíblico donde los líderes de la iglesia primitiva tuviesen que enseñarle a los cristianos cómo hablar lenguas extrañas. La mera idea de recibir el don de lenguas mediante algún proceso pedagógico es absurda, ya que el hablar lenguas fue un poder otorgado por Dios, y no una habilidad adquirida mediante instrucciones o maniobras humanas.  

Todavía más absurdas son aquellas artimañas artificiosas empleadas por los pastores avivados para lograr que sus seguidores pierdan el dominio propio y hablen lenguas extáticas. La fraseología que utilizamos es fuerte, escogida adrede para hacer destacar las ridiculeces practicadas por los avivados en su empeño de forzar al creyente a hablar lenguas extáticas. ¿Dónde en la Biblia se lee que los apóstoles le dieran vueltas a los creyentes para que recibiesen al Espíritu? ¡Inaudito! ¿Cuál texto de la Biblia autoriza al creyente a buscar el don de lenguas por medio de la repetición de frases tales como “séllame, séllame, séllame”? ¡Ninguno! ¿Enseña la Biblia que el don de lenguas se adquiere mediante interminables ayunos, vigilias y súplicas? ¡De modo alguno! ¿Qué tiene que hacer el creyente para recibir el don? ¿Saltar? ¿Alabar a Dios, gritándole como si fuera sordo? ¿Bailar hasta caer exhausto? Nada de esto aparece en la Biblia; ninguna escena semejante a las que son comunes en las campañas y los cultos avivados. Sin embargo, estas prácticas son el pan de cada día en las reuniones de los pentecostales. ¡Cuán lejos es su doctrina de las enseñanzas inspiradas asentadas por el Espíritu Santo en las Sagradas Escrituras! De cierto, la Biblia, la razón y el sentido común respaldan nuestra conclusión, a saber: los avivados no entienden la naturaleza del don de lenguas extrañas, para quiénes era, con qué propósito fue dado, cómo fue obtenido, cómo había que utilizarlo o hasta cuándo estaría disponible. Si enseñan crasos errores sobre el don de lenguas, desobedeciendo todos las instrucciones que el Espíritu Santo dio sobre el uso del don, ¿cómo pretenden convencernos que more y se mueva en ellos el verdadero Espíritu de Dios? ¡No se lo creemos!  

No pocas personas se sugestionan con suma facilidad, quizás porque sean algo crédulas por naturaleza, demasiado dóciles o sumisas, no teniendo filtros para su mente y espíritu que rechacen ideas dañinas o peligrosas. Tienden a dejar que su mente caiga bajo la influencia y el dominio de seres más agresivos. Tales personas, al someterse al espíritu “Legión” de los avivados, suelen hablar lenguas extáticas enseguida. En cambio, a otras personas de mente más independiente y de voluntad más recia, les cuesta trabajo doblegarse a las exigencias de “Legión." Buscan y buscan y buscan. Claman a Dios con lágrimas. Con angustias indecibles le ruegan que los bautice con el Espíritu para que digan al menos unas pocas palabras en lenguas extrañas. Sienten una presión tremenda. Ayunan. Pasan horas alabando a Dios en voz alta, dando palmadas, bailando, saltando. Solicitan y reciben una y otra vez la imposición de manos, la cual algunos pastores suelen administrar con tanta fuerza que cae el candidato al suelo, tumbado por los empujones y golpes, levantándose con chichones y el cuello torcido. Algunos salen en busca de los pastores o de los evangelistas de más renombre, esperanzados en recibir el don de lenguas mediante la intervención de un personaje supuestamente más lleno del Espíritu. ¡Cuántas frustraciones y desilusiones sufren, cuántos regaños soportan, cuántas insinuaciones de “pecado escondido” escuchan, cuántos bochornos pasan, haciendo un esfuerzo sobre humano para hablar lenguas! Y, ¿por qué tanto empeño, tanta desesperación? Amado, porque la doctrina pentecostal exige la señal de lenguas extrañas como prueba indispensable de que el creyente haya sido bautizado con Espíritu Santo y es salvo. Pero, amado, ¡esa doctrina es totalmente falsa! Dios no exige que todo creyente hable lenguas. “¿Hablan todos lenguas?” ¡NEGATIVO! ¡De modo alguno! Ningún creyente tiene que hablar lenguas para que se salve. Ningún creyente obediente tiene que hablar lenguas para recibir el sello del Espíritu Santo. La Biblia nos enseña que nacemos del Espíritu, o sea, que recibimos el bautismo del Espíritu, cuando nos llenamos de la Palabra inspirada por el Espíritu, sumergiéndonos en las verdades, la vida y las influencias benéficas del Espíritu (Juan 3:1-7; Santiago 1:18; Romanos 8:1-16; Efesios 5:18).  Somos “sellados con el Espíritu Santo de la promesa” al oír “la palabra de verdad, el evangelio de” nuestra “salvación”, obedeciéndolo al creer, arrepentirnos y bautizarnos “para perdón” (Efesios 1:13; Hechos 2:38). Definitivamente, no hay que hablar lenguas para recibir el sello del Espíritu Santo.  

Una sola creencia errónea tiende a engendrar toda una manada de equivocaciones. Esto mismo le ha pasado a los pentecostales. Por ejemplo, al dar por asentado que todo aquel que cree ha de recibir el don de lenguas para ser sellado por el Espíritu, (1) han inventado varias estratagemas sicológicas, totalmente carentes de fundamento bíblico, para lograr que todo pentecostal encuentre el don, ¡a cómo dé lugar! Con miras a desarrollar un ambiente cargado de emocionalismo, sin el cual difícilmente se manifestaría el espíritu de lenguas jerigonzas, (2) ponen a todos a hablar a la vez. Este error conlleva a todavía otro, a saber, el de (3) provocar mucho ruido, confusión y desorden en el culto. Este tercer error desemboca en ofensas y persecuciones innecesarias.

-En algunas instancias, el clamor y el escándalo que levantan los avivados son tan fuertes que el estruendo se escucha a dos o tres kilómetros de distancia.

-Pese a las explicaciones y las justificaciones que ofrecen los pentecostales, es del todo imposible que su alboroto agrade a Dios, pues Dios no es Dios de confusión sino del orden. (1 Corintios 14:33) 

-Tampoco agrada a los vecinos quienes se ven obligados a soportar el bullicio del culto alborotoso avivado, aun hasta altas horas de la noche. En no pocas ocasiones, los incrédulos, hartos del ruido y de la gritería, han llevado a los avivados a las cortes. Éstos, al ser denunciados legalmente, sufren oprobios y persecuciones, padeciéndose, pero, que conste, no “por causa de la justicia” sino porque desobedecen las leyes de Dios (1 Pedro 3:14-17), pues sus lenguas jerigonzas o extáticas y sus cultos ruidosos Dios no los ha ordenado ni los aprueba. Sin embargo, los pentecostales, no percatándose de su error, se glorían cuando son perseguidos por sus errores, excesos, obstinación y soberbia. Los Testigos de Jehová hacen otro tanto cuando son perseguidos por sus propios errores.

-Los indoctos y los incrédulos dicen que están locos porque hablan y gritan todos a la vez. El Espíritu Santo previno esta reacción y para evitarla dijo: “Si, pues, toda la iglesia se reúne en un solo lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o incrédulos, ¿no dirán que estáis locos? Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete. Y si no hay intérprete, calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios” (1 Corintios 14:23, 27-28).  Aunque intenten los pentecostales acatar estos mandamientos, quedan en ridículo ante los indoctos y los incrédulos, como también ante todo cristiano bien instruido, porque las lenguas que hablan no son idiomas sino jerigonzas o lenguas extáticas las cuales no pueden ser traducidas.  

Se incurren los avivados en todavía otro error doctrinal grave al enseñar que el propósito primordial del don de lenguas es capacitar al adorador para alabar a Dios mediante un lenguaje celestial. Citan 1 Corintios 14:2, donde dice: “el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios”. Cometen la equivocación común de no tomar en cuenta todo el contexto de estas palabras. Pablo explica claramente por qué el que hablaba en lenguas en la iglesia en Corinto no hablaba a los hombres sino a Dios, diciendo: “Pues nadie le entiende”. Y, ¿por qué no le entendían? Porque la lengua hablada no era conocida por los oyentes y porque ningún traductor la interpretaba (1 Corintios 14:1-28).  Por consiguiente, los que le escuchaban no entendían nada. Dios, sí, podía entender, pues entiende todo idi