
“El patrón de la iglesia del primer siglo
para la predicación del evangelio”
Un corto análisis para quienes afirman que
predicar “doctrina” a las almas perdidas
es violar el patrón de evangelismo
enseñado en la Biblia.
Preguntamos: ¿entre las “almas perdidas” se encuentran los católicos? Los católicos ya creen en el Cristo crucificado, resucitado y glorificado; también, a su manera, en la fe, el arrepentimiento y el bautismo. ¿Qué “evangelio” les predicaremos para que se salven?
Y los pentecostales, ¿están errados gravemente y en peligro de perder sus almas? O, ¿tienen la salvación asegurada completamente y entienden perfectamente la
“sana doctrina”
del Nuevo Testamento? Sin duda, han escuchado y comprendido ya no pocos fundamentos del evangelio: que Cristo es el Mesías y el Salvador, la fe, el arrepentimiento, etcétera. Pero, ¿entienden y practican el bautismo bíblico y el culto ordenado? ¿Enseñan correctamente la verdad sobre los dones del Espíritu, los milagros, los diezmos, la música en la adoración? ¿Qué mensaje les predicaremos para que se corrijan y se salven? ¿Que Cristo los ama y murió por ellos en la cruz? ¡Ya lo saben! Al incrédulo o al pagano que no conozca a Cristo y el evangelio, es preciso anunciarle lo más elemental del mensaje de Dios: quién es el único y verdadero Dios, quién es su Hijo, el amor, la misericordia y la justicia de Dios. Predicarle acerca de las lenguas extrañas, de los diezmos o del rol de la mujer en la iglesia sería absurdo en extremo. En cambio,
¿qué se gana con anunciar al
creyente errado, reiteramos, a la persona que ya cree en Dios y la Biblia,
(al pentecostal, al católico)
lo que ya sabe?
La gran mayoría de los jóvenes y de los adultos en la América Latina y el Caribe son creyentes, creyentes errados, y no paganos o incrédulos que nada saben acerca del Dios verdadero y su Hijo, o la Biblia.
A principios del siglo veintiuno, el ambiente de México, Nicaragua, Colombia, Puerto Rico o la República Dominicana es muy diferente al ambiente de Israel, Palestina, Siria, Egipto, Grecia o Roma del primer siglo. Adaptar el mensaje de Dios a los tiempos, las culturas, el ámbito religioso y la audiencia particular, sin alterar el contenido fundamental, es deber del portavoz del evangelio para que este gran mensaje haga mella en los oyentes y resulte en conversiones. El apóstol Pablo supo hacerlo, y lo hizo con gran éxito. Hoy día, algunos líderes espirituales se empeñan en llevar “el corazón del evangelio” (que Dios nos ama, que Cristo murió por nosotros) a quienes ya tienen ese “corazón” del mensaje divino. ¿Qué logran? Lo que necesita la mayoría de los que ya tienen el “corazón del evangelio” es llenar las lagunas peligrosas de su conocimiento del mensaje divino.
Cuestionamos la validez de la siguiente afirmación hecha por cierto predicador de nuestra hermandad, quien escribió:
“No hay un solo mandato, ejemplo o inferencia en el Nuevo Testamento donde se le predica a un alma las
doctrinas
de la iglesia
antes
de ser salva mediante la predicación del evangelio y la obediencia al bautismo. Las
iglesias
que hacen lo contrario al ejemplo del Nuevo Testamento
yerran
.”
Respondemos: ¿yerra la iglesia o el evangelista que imparte a un grupo de católicos la verdad bíblica referente al culto a María, el nuevo sacerdocio conforme al Nuevo Testamento, la Santa Cena y el bautismo? Si lo hace con el propósito sano de que se arrepientan de sus tremendos errores y obedezcan la sana doctrina, ¿yerra? A pesar de creer en Dios, Cristo y la Biblia, los católicos nunca han sido salvos. ¿Qué le enseñaremos para que se salven? La iglesia o el evangelista que orienta bíblicamente a un grupo de bautistas respecto al propósito bíblico del bautismo, el error de “una vez salvo, siempre salvo”, etcétera, ¿yerra? O, ¿están bien delante de Dios los bautistas, no haciendo falta que nadie los instruya en la sana doctrina para que cambien y aseguren su salvación?
Contrario a la afirmación citada, y la censura expresada, el apóstol Pedro y los demás apóstoles predicaron no pocas
doctrinas del reino espiritual
(la iglesia) a la multitud de almas perdidas en el día de Pentecostés,
antes de que se salvaran
. Por ejemplo, explicaron el significado de las lenguas extrañas, dieron la interpretación correcta de
Joel 2:28-30
y de algunas profecías de David sobre el Mesías, etcétera. Sus oyentes, siendo judíos y prosélitos, ya creían en Dios. No era preciso convencerlos a creer en Dios, pero, sí, persuadirles acerca de la divinidad de Cristo y el cumplimiento de las profecías referente al Espíritu Santo, etcétera. Se contrasta notablemente el mensaje proclamado en Jerusalén en el día de Pentecostés con la elocuente intervención del apóstol Pablo en Atenas ante oyentes paganos o escépticos. No erramos al adaptar el evangelio a la audiencia. Más bien, seguimos el verdadero patrón de evangelización de los apóstoles y de la iglesia del primer siglo. Los mensajeros que no sepan hacerlo ¿cuántos fracasos sufren en sus ministerios?
El mismo autor de la afirmación citada clasifica a los
instrumentos de música
en culto a Dios entre las
“tonterías”
,
tales como “una sola copa”, que causan divisiones. ¿Debemos concluir, como implica su fraseología, que el uso de instrumentos en culto a Dios es una mera tontería, una práctica que no justifica nunca ninguna división? Sin duda, el amor entre hermanos es básico. Pero, el amor tan meloso que todo lo tolera, hasta la falsa doctrina, con tal de mantener la unidad, no es el
“amor de la verdad”
que enseña Dios.
“Es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestas entre vosotros los que son aprobados”
(
1 Corintios 11:19
). Aborrecemos las divisiones, sin embargo, cuando opiniones, acusaciones infundadas, evaluaciones inexactas y malas interpretaciones chocan con la verdad y la realidad, las
“disensiones”
son inevitables, sirviendo para separar a los
“aprobados”
de los desaprobados.
Escribe
Ho
mero Shappley de Álamo
.
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