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Buenos ministros de Jesucristo. Curso de capacitación ministerial.

Cómo planificar, preparar y presentar sermones y clases bíblicas. Curso de capacitación ministerial.

 

¿Predicar doctrina? ¡NO!, dicen algunos. Solo “el corazón del evangelio”.

 

El patrón de evangelismo de la iglesia del Siglo I para la predicación del evangelio 

 

Esta fotografía de un predicador que sostiene la Biblia abierta en sus manos ilustra el ensayo Predicar doctrina, ¡NO! Solo el corazón del evangelio, en editoriallapaz.org.

Un corto análisis para quienes afirman que "predicar doctrina” a las almas perdidas es violar el patrón de evangelismo enseñado en la Biblia. 

Iniciamos este breve ensayo, preguntando: entre las “almas perdidas”, ¿se encuentran las de los amigos católicos romanos? Por cierto, estos ya creen en el Cristo crucificado, resucitado y glorificado; también, a su manera, en la fe, el arrepentimiento y el bautismo. Pero, no es menos cierto que veneran a imágenes de la que llaman la “Virgen María”, adorándola; además, a imágenes de los apóstoles y de sus “santos” beatificados. Tributan pleitesía aun a la persona del propio Padre de su iglesia, varón sentado sobre su trono papal en el Vaticano, reclamando imperiosamente los tres poderes de “rey del universo, rey de todos los gobernantes de la tierra y vicario de Dios en la tierra”. También tienen por bíblicos numerosos dogmas y tradiciones no hallados en las Sagradas Escrituras. Por ejemplo, el celibato impuesto a sus sacerdotes, pese a la advertencia del Espíritu Santo al efecto de que tal práctica es rasgo inconfundible de creyentes apóstatas (1 Timoteo 4:1-5), o la enseñanza tan clara del mismo Espíritu sobre el matrimonio como requisito indispensable de cualificar para obispo (1 Timoteo 3:1-8). Bien que tengan a sí mismos como “los únicos cristianos verdaderos” y, por ende, “los únicos salvos”, no faltando protestantes o evangélicos que también los pronuncian “salvos”, para el siervo de Dios con amplio conocimiento del “evangelio de salvación” luce del todo imposible que idólatras, ya paganos ya “cristianos”, estén aprobados por el Todopoderoso que se declara con tanto vigor en contra de la idolatría en todas sus manifestaciones. Suponiendo, pues, que no estén aprobados, ¿qué “evangelio” les predicaremos para que vengan al conocimiento de la verdad y se salven por medio de obedecerlo (1 Timoteo 2:4), purificándose sus almas “por la obediencia a la verdad”, como escribe el propio apóstol Pedro en 1 Pedro 1:22? ¿Negaremos predicarles “doctrina”?

Y los pentecostales, ¿están errados gravemente y en peligro de perder sus almas? O, ¿tienen la salvación asegurada completamente y entienden perfectamente la “sana doctrina” del Nuevo Testamento? Sin duda, ellos ya han escuchado y comprendido no pocos fundamentos del evangelio: que Cristo es el Mesías y el Salvador del mundo, que las Sagradas Escrituras son inspiradas por el Espíritu Santo, que la fe es esencial para agradar a Dios, que el arrepentimiento es un paso vital para salvación, etcétera. Pero, ¿entienden y practican el bautismo bíblico, el que es “para perdón de los pecados”(Hechos 2:38; Hechos 22:16)? ¿Y que la adoración rendida al Señor ha de ser ordenada, conforme a la directriz “Hágase todo decentemente y con orden”(1 Corintios 14:40)? ¿Enseñan correctamente la verdad sobre la naturaleza, el propósito y la duración de los dones del Espíritu, por ejemplo, hablar otras lenguas, profetizar y sanar a enfermos? ¿Sobre la abolición de la antigua ley de Moisés, incluso los estatutos relacionados con diezmos, guardar el séptimo día y el uso de instrumentos de música en culto a Dios? ¿Qué mensaje les predicaremos para que se corrijan, asegurando la salvación de sus preciosas almas? ¿Les anunciaremos que Cristo les ama, habiéndose entregado por ellos en la cruz del Calvario? Pues, amado, usted que lee, ¡esto ya lo saben y entienden! Al incrédulo o al pagano que no conozca a Cristo y el evangelio, es preciso anunciarle lo más elemental del mensaje de Dios: quién es el único y verdadero Dios, quién es su Hijo, el amor divino, la misericordia y la justicia de Dios. Predicarle acerca de lenguas extrañas, diezmos o el rol de la mujer en la iglesia sería absurdo en extremo. En cambio, ¿qué se gana con anunciar al creyente errado, reiteramos, a la persona que ya cree en Dios y la Biblia, al pentecostal, al católico, lo que ya sabe?

He aquí, respetado predicador o maestro de la iglesia de Cristo, una sencilla verdad fácilmente comprobada, a saber: la inmensa mayoría de los jóvenes y adultos de la América Latina y el Caribe ya son creyentes en Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo, creyendo también que la Biblia es Palabra de Dios. No son paganos o incrédulos que nada sepan acerca del Dios verdadero y su Hijo, o la Biblia, sino que componen la categoría de creyentes errados gravemente en su fe y práctica. Obviar esta realidad lo calificaríamos como del todo ingenuo, pueril, irresponsable y, aún más, una falla que resultaría en un tipo de evangelismo parcializado, indiferente al peligro espiritual en el que se encuentra un porcentaje alto de la población.

Durante las primeras décadas de este Siglo XXI, el ámbito social-moral-espiritual de México, Nicaragua, Colombia, Puerto Rico, Cuba o la República Dominicana es notablemente diferente al de Israel, Palestina, Siria, Egipto, Grecia o Roma del Siglo I. Saber adaptar, acertada y sabiamente, el mensaje de Dios a los distintos tiempos, culturas, ámbitos religiosos y audiencias particulares, sin alterar el contenido fundamental, es deber de todo portavoz fiel del evangelio puro de salvación, con el fin de lograr que este maravilloso mensaje celestial haga mella en los oyentes y resulte en conversiones auténticas. El apóstol Pablo supo hacerlo con destreza admirable, logrando éxito tras éxito en los campos evangelísticos, primero de los judíos, luego de los gentiles. Quien analiza cuidadosamente sus mensajes para estas dos razas se da cuenta enseguida de cómo el apóstol adaptaba sus predicaciones a distintas audiencias. Ejemplo clásico de ello lo tenemos en el mensaje que predicó en el Areópago de Atenas a oyentes gentiles. Rodeado de templos y esculturas de fina hechura griega, les declara el verdadero “Dios no conocido”  que no mora en templos hechos por hombres. En cambio, en las sinagogas de los judíos citaba y aplicaba las profecías sobre el Mesías halladas en el Antiguo Testamento.

Hoy por hoy, algunos líderes espirituales, aun de la iglesia de Cristo, se empeñan en llevar solo “el corazón del evangelio” a quienes ya tienen ese “corazón” del mensaje divino. Que Dios nos ama, que Cristo murió por nosotros, que el evangelio es la muerte, resurrección y ascensión de Cristo. Más nada. “Qué no prediquemos doctrina”, dicen. “Que doctrina ofende, ahuyenta, desagrada. Que doctrina no salva. Que prediquemos solo a Cristo.” Como si fuera posible predicar a Cristo sin predicar sus enseñanzas. ¿Y qué son sus “enseñanzas” sino pura “doctrina”? De hecho, son “la doctrina de Cristo” (Hebreos 6:1; 2 Juan 9-11). Son “la ley de Cristo” (1 Corintios 9:21).  ¿Qué logran estos que “no predican doctrina sino solo a Cristo” entre multitudes de gentes que ya conocen quién es Cristo pero desconocen sus sanas enseñanzas sobre lo necesario para ser salvo? Guiados por su lema o norma de “no predicar doctrina”, se deduce que ni aún se preocupen por la salvación de referidas multitudes, las que componen el grueso de los habitantes de Latinoamérica y el Caribe. La necesidad apremiante de estas multitudes es llenar las lagunas peligrosas de su conocimiento espiritual con las enseñanzas vitales, sinónimas de doctrinas, que no poseen, pero el mensaje del “corazón del evangelio” no llena aquellas lagunas por tratarse de creencias elementales que ya tienen.

Cuestionamos la validez de la siguiente afirmación hecha por cierto predicador de nuestra hermandad, quien escribió: “No hay un solo mandato, ejemplo o inferencia en el Nuevo Testamento donde se le predica a un alma las doctrinas de la iglesia antes de ser salva mediante la predicación del evangelio y la obediencia al bautismo. Las  iglesias que hacen lo contrario al ejemplo del Nuevo Testamento yerran.” Respondemos: ¿yerra la iglesia o el evangelista que imparte a un grupo de católicos la verdad bíblica referente al culto a María, el nuevo sacerdocio conforme al Nuevo Testamento, la Santa Cena y el bautismo? Si lo hace con el propósito sano de que se arrepientan de sus tremendos errores y obedezcan la sana doctrina, ¿yerra? A pesar de creer en Dios, Cristo y la Biblia, el católico romano, cuya religión es por herencia social-cultura-religiosa y no por conversión personal por medio de “la obediencia a la verdad” revelada en el Nuevo Testamento, no llena los requisitos para ser salvo. ¿Qué, pues, le enseñaremos para que se salve su alma? De mi parte respondo: toda sana enseñanza necesaria para guiarle al entendimiento correcto de la voluntad de Dios tal cual revelada en el “nuevo pacto” de Cristo. Incluso, la naturaleza del sacerdocio espiritual en contraste con el levítico o el católico romano, diferencias entre la Cena del Señor y la misa católica, para mencionar solo dos ejemplos. La iglesia o el evangelista que orienta bíblicamente a un grupo de bautistas respecto al propósito bíblico del bautismo, el error de “una vez salvo, siempre salvo”, etcétera, ¿yerra? ¿O hemos de pensar que estén los bautistas completamente bien delante de Dios, no habiendo necesidad de que nadie los instruya en la sana doctrina para que cambien y aseguren su salvación?

Contrario a la afirmación citada, y la censura expresada, el apóstol Pedro y los demás apóstoles predicaron no pocas doctrinas del reino espiritual, es decir, de la iglesia, a la multitud de almas perdidas en el día de Pentecostés, ANTES de que se salvaran, creyendo, arrepintiéndose y bautizándose “para perdón de los pecados” (Hechos 2:37-47). Por ejemplo, explicaron el significado de las lenguas extrañas, dieron la interpretación correcta de Joel 2:28-30 y de algunas profecías de David sobre el Mesías, etcétera. Siendo sus oyentes judíos y prosélitos, ya creían en Dios. Así que, no era preciso convencerlos a creer en Dios, pero sí persuadirles acerca de la divinidad de Cristo y el cumplimiento de las profecías sobre el derramamiento del Espíritu Santo. Ahora bien, se contrasta notablemente el mensaje proclamado en Jerusalén en el día de Pentecostés con la elocuente intervención del apóstol Pablo en Atenas ante oyentes paganos o escépticos. Amado predicador, evangelista, mensajero de Cristo, ciertamente, no erramos al adaptar el evangelio a la audiencia. Más bien, seguimos el verdadero patrón de evangelización establecido por los apóstoles y la iglesia del Siglo I. Los mensajeros que no sepan hacerlo ¿cuántos fracasos sufren en sus ministerios?

El mismo autor de la afirmación citada clasifica a los instrumentos de música en culto a Dios entre las “tonterías”, tales como “una sola copa”, que causan divisiones. ¿Debemos concluir, como implica su fraseología, que el uso de instrumentos en culto a Dios sea una mera tontería, una práctica que no merezca ninguna atención, ni siquiera en el contexto de estudios que abarquen el culto a Dios conforme al Nuevo Testamento con personas que rinden loor conforme a “mandamientos de hombres”? O sea, “En vano me honran” (Mateo 15:1-9), ¿no es tema legítimo para los que realmente “en vano… honran”? ¿Debemos limitarnos a proclamarles solo “el corazón del evangelio”?  

Sin duda, el amor entre hermanos es básico. Pero, el amor tan meloso que todo lo tolera, hasta la falsa doctrina, con tal de mantener la unidad, no es el “amor de la verdad” que enseña Dios. “Es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestas entre vosotros los que son aprobados” (1 Corintios 11:19), apunta el Espíritu Santo. Juntamente con Dios el Padre y Jesucristo, aborrecemos las divisiones, más sin embargo, cuando opiniones, acusaciones infundadas, evaluaciones inexactas y malas interpretaciones chocan con la verdad y la realidad, las “disensiones” son inevitables, sirviendo para separar a los “aprobados” de los desaprobados. 

 

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