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Comentario sobre Apocalipsis: análisis de las profecías y visiones. Por Homero S. de Álamo

Comentario completo sobre Colosenses

Historia de la Era Cristiana. Muchos documentos en esta Web.

Comentario sobre Hechos por J. W. McGarvey. Boceto del Contenido completo.

 

Hechos de Apóstoles

Por Lucas, el médico amado 

Esta pintura de mucha gente congregada en el Siglo I la interpretamos como la ocasión cuando fueron elegidos siete diáconos que sirvieran a la iglesia creciente en la antigua Jerusalén. Ilustra el comentario sobre Hechos por J. W. McGarvey, en editoriallapaz.org.

La selección de siete diáconos para la gran congregación de la iglesia de Cristo en Jerusalén.

“Buscad pues, hermanos, siete varones de vosotros de buen testimonio, llenos de Espíritu Santo y sabiduría, los cuales pongamos en esta obra.”

Comentario por J. W. McGarvey, M. A.

Predicador y escritor de la Iglesia de Cristo

Adaptación del Prof. E. J. Westrup   

Sección V

Mayor progreso de la iglesia y tercera persecución.

PDF de este estudio

Hechos 6:1 – 8:4.

1.  Siete hombres elegidos para servir mesas. Hechos 6:1-7.

Contenido

1.  Siete hombres elegidos para servir mesas. Hechos 6:1-7

2.   Esteban arrestado y falsamente acusado. Hechos 6:8-15.

 

1.  Siete hombres elegidos para servir mesas. Hechos 6:1-7 .  

     Versículo 1. Habiendo terminado su relato de la segunda persecución, continúa nuestro autor el plan de esta parte de su obra llamando nuestra atención una vez más al progreso de la iglesia, y luego a la persecución tercera que se siguió. La unidad perfecta que hasta ahí había ligado unidos a los de la multitud de discípulos se hallaba ahora en peligro, aunque algunos escritores se excederían diciendo que se había roto, y se nos introduce a la causa del peligro y también a los pasos por los que se eludió. (1) “En aquellos días, creciendo el número de los discípulos, hubo murmuración de los griegos contra los he­breos de que sus viudas eran menospreciadas en el ministerio coti­diano.” “Ministerio cotidiano” quiere decir la distribución diaria del fondo a que contribuían miembros de buena voluntad, la que se hacia "como cada uno había menester". Que se hiciera diariamente y las viudas fueran las principales favorecidas lo confirma la anterior con­clusión de que no había igualdad de propiedad, sino solo una provisión para los necesitados. Griegos judíos, con más propiedad "he­lenistas", eran los de nacimiento foráneo y educación griega, llamados así por haber adoptado maneras de los helenos o griegos. La enorme multiplicación de los discípulos había hecho impráctico que los doce, con tanto trabajo diverso, se ocuparan de las necesidades de todos equitativamente, y muy natural fue que las viudas de los com­parativamente extraños en la ciudad fueran descuidadas sin inten­ción.

     Versículos 2 – 4. La unidad de corazón y alma que aun prevalecía en la iglesia se manifestó en la prontitud con que se hizo un arreglo satisfactorio para acallar las quejas luego que se oyeron. Sin duda la necesidad de arreglo tal se previó por el Jefe de la iglesia y por el Espíritu Santo que en los apóstoles moraba, mas tal previsión no fue dada a los apóstoles ni se vieron ellos movidos a hacer arreglos sino hasta no manifestarse a ellos y a toda la iglesia la necesidad. Así, el Espíritu los guió a verdad adicional que se hubo menester. Hasta aquí los únicos oficiales en la iglesia eran doce, pero ahora se vieron llevados a nombrar a otros. (2) “Así que, los doce convocaron la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros deje­mos la palabra de Dios, y sirvamos a las mesas. (3) Buscad pues, hermanos, siete varones de vosotros de buen testimonio, llenos de Espíritu Santo y sabiduría, los cuales pongamos en esta obra. (4) Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra.” La alternativa para los doce era abandonar (no del todo, sino en medida) la predicación y enseñanza de la Palabra, con fin de servir a las mesas a satisfacción, o entregar este otro asunto a otros para darse ellos por completo al primero.

Pareció bien a los apóstoles y al Espíritu Santo que la "multi­tud de los discípulos" entera tomara parte en la selección de estos oficiales, sin hacer otra cosa aquéllos en el negocio que prescribir los requisitos. Ninguna ingenuidad de argumento puede evadir la con­clusión de que esto da autoridad del precedente apostólico a la elección popular de oficiales en la iglesia. De qué modo se hizo la elección por la multitud, si en voto de aclamación o por cédulas o de viva voz, si hubo propuestas o no, no se nos informa. En consecuencia, en lo que se refiere a estos puntos, cada congregación queda a su propio juicio.

     No pueden escapar a nuestra consideración los tres requisitos. Indican qué clase de hombres son los únicos idóneos para ser ofi­ciales de la iglesia de Dios. Habían de ser, primero, "de buen testi­monio", y esto tiene referencia sin duda a su reputación dentro de la iglesia, y fuera en el círculo de personas imparciales también. Se­gundo, que fueran "llenos de Espíritu Santo". Como no hemos tenido noticia hasta ahora de que nadie fuera de los apóstoles hubiera recibido poderes milagrosos del Espíritu, no es imparcial que se entienda que el historiador se refería con esta expresión a tales po­deres. Denota hombres llenos del Espíritu en lo que respecta a una vida santa. Que algunos de éstos obraron milagros más tarde no es prueba de que a esa fecha los pudieran hacer. Tercero, debieran ser "llenos de sabiduría"; con esto se entiende que deberían poseer buen sentido práctico que hace a los hombres capaces para dirigir a satisfacción asuntos de negocios complicados.

     Versículos 5 y 6. La cordura de la ponencia para todos fue obvia, y nadie titubeó en que se cumpliera con ella desde luego. (5) “Y plugó al parecer a toda la multitud; y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y de Espíritu Santo, y a Felipe, y a Prócoro, y a Nicanor, y a Timón, y a Parmenas, y a Nicolás prosélito de Antioquía; (6) a éstos presen­taron delante de los apóstoles, los cuales orando les pusieron las manos encima.” Es manifestación notable de generosidad por parte de la iglesia en general, ya que todos estos nombres son griegos, lo que indica que los elegidos eran del mismo partido de donde proce­día la murmuración. Fue como si los hebreos hubieran dicho: No tra­tamos de seguir fines egoístas, y no sentimos celos contra vosotros, cuyas viudas han sido hechas menos; así es que entregamos todo este manejo en vuestras manos, confiando sin temor todas nuestras viudas a vuestro cuidado. No podían traicionar tan generosa confianza sino hombres de los más viles: aquello era la continuación de la unidad perfecta que antes había existido, y no se había permitido que la murmuración la interrumpiera.

     No se da el título del oficio que aquí se instaló, y por tal cir­cunstancia algunos sabios no han podido identificarlo como el de diácono, que se menciona en el primer capitulo de Filipenses y en el tercero de 1 Timoteo. Mas aunque el nombre del oficio se calla los términos que se usan muestran claro que es el mismo. Si la cuestión hubiera sido de gobierno y para ello se hubieran elegido y nombrado los siete, no podría titubearse en llamarlo como de gobernantes. El caso que tenemos es paralelo perfecto. La cuestión era de "diaco­nían" diario, y los siete fueron escogidos para "diaconein". ¿Por qué vacilar en llamarlos diáconos? (La palabra "diáconos" se traduce a nuestra lengua en tres: ministro, servidor y diácono, lo que lleva a confusión. Para dar al lector la oportunidad de captar lo que el que lo leía en griego, una sola debe usarse. Nos parece que la última es la más apropiada, sin referencia a ningún grado en jerarquía eclesiástica.) El verbo que se usa aquí es para expresar el deber principal del oficio (Versículo 2), y es el mismo que se tiene en 1 Timoteo 3:8-10, donde dice, "así ministren". Sin duda, pues, tal es el oficio de diácono que aquí se creó primero y se instaló obligatorio. El primer deber que se les asig­nó fue "servir las mesas" (Versículo 2); y como se hace referencia al "minis­terio cotidiano" (Versículo 1), con las quejas de las viudas, eran las mesas de los pobres que se habrían de servir. Pero sirviendo en estas mesas, natural consecuencia es que se encargaran también de servir a la mesa del Señor, y como transición natural, ya que en sus manos estaba el fondo de los pobres, que se les encomendaran todos los demás inte­reses financieros de la iglesia. Y aunque estos oficiales tuviesen cargo de los asuntos de negocios de la iglesia, por ningún modo se sigue que se les excluyera de rendir utilidad en cualquiera otra manera en que tuviesen capacidad y oportunidad. Dios exige el empleo de todo talento que nos ha encomendado, y no ha señalado obra que nosotros hagamos que no sea altamente santa para el discípulo más humilde. Así, hallamos a uno de los siete pronto ocupando primera fila entre los defensores de la fe en la ciudad misma donde los apósto­les en persona laboraban, mientras otro fue el primero en plantar una iglesia entre los samaritanos. Los que al presente niegan ese mismo privilegio a los diáconos, imponen restricciones que no armonizan con tal manifestación de la voluntad de Dios. Solo dos de los siete se mencionan después en Hechos, aunque esto no prueba que los demás estuviesen inactivos ni fuesen infieles. Resultó temporal el servicio de todos como diáconos, no porque, como algunos han creído, que así se intentara, sino porque la iglesia a la que servían pronto se dis­persó a los cuatro vientos y sus ministraciones no se habían menester ya. Cuando después se restauró esa iglesia, puedan haber vuelto a la ciudad algunos de ellos para reasumir los deberes de su oficio.

     El primer nombre de la lista, el de Esteban, va seguido de las palabras: "varón lleno de fe y de Espíritu Santo", las que no se repi­ten con los demás nombres, pero por esto no debemos entender que no las merecieran los otros, pues ya que los apóstoles habían prescrito tal distintivo como propio del oficio, aunque las palabras no se repitan, hay que entenderlas aplicables a todos por igual.

     Que Nicolás fuese "prosélito de Antioquía", lo que significaba que era convertido del paganismo al judaísmo y que antes había vivido en esa ciudad, nos muestra claramente que los discípulos no tenían escrúpulo en recibir en la iglesia, y aun elegir a algún oficio, a gentiles que hubiesen sido circuncidados. Hay que tener esto en cuenta al llegar a considerar las discusiones que ocurrieron después acerca de la relación de los gentiles para con la iglesia y lo de su salvación en Cristo.

     Versículo 7. Al nombrar a los siete para administrar los asuntos de la iglesia, se quería que quedaran los apóstoles con solo la obra de predicar, enseñar y orar, y así el trabajo de toda la iglesia se hizo más efectivo que antes. (7) “Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba mucho en Jerusalén; también una multi­tud de los sacerdotes obedecía a la fe.” Tan gran multiplicación de los discípulos en Jerusalén, después de tal aumento que ya habíamos notado, hace que el número para este tiempo quede fuera de nuestra potencia de cálculo con algún grado de exactitud. La oleada de triunfo ya había llegado a inundación, y esto se señaló, no tanto por el gran número de convertidos, sino por el hecho de que entre ellos había "gran multitud de los sacerdotes". La relación peculiar que el sacerdote tiene en cualquier religión hace que los sacerdotes sean los conservadores principales de las antiguas formas, los opositores más persistentes a todo cambio revolucionario. Cuando empiezan a ceder, el sistema que han sostenido está ya presto a caer. Ninguno de los hechos que Lucas anota antes muestra de modo tan señalado el efecto que el evangelio producía en la mente popular en Jerusalén.

     La observación que se hace de estos sacerdotes, que "obede­cían a la fe", muestra que en la fe hay algo que obedecer. Tal obe­diencia se ejecuta, no por creer, porque esto es ejercer la fe, y no obe­decerla. Mas bien, la fe en Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios, exige una carrera de vida de acuerdo con lo que creemos, y obedecer la fe es seguir esa carrera, cediendo a sus demandas. Tal obediencia princi­pia con el bautismo. En consecuencia, decir que los sacerdotes "obedecían a la fe", es igual a decir que eran bautizados. Pablo, te­niendo presente el mismo pensamiento, declara que la gracia y el apostolado se le habían conferido para "la obediencia de la fe en todas las naciones" (Romanos 1 :5).

     Hay otra expresión en este digna de observarse, por su singular contraste con la fraseología que seguido se oye en tiempos modernos en conexión con eventos tales. En conexión con la gran multiplicación de los discípulos y la obediencia de tantos sacerdotes, el dicho era "crecía la palabra del Señor". En los actuales tiempos, tales incidentes con frecuencia se introducen con notas de este jaez: "Hubo un precioso período de gracia"; "Hubo un grato período de gracia"; "Fue un derramamiento feliz del Espíritu Santo", etcétera. Alejarse tanto de la fraseología bíblica indica gran distancia de las ideas escriturales. Con el concepto de que la conversión de los pecadores es obra abstracta del Espíritu Santo, pueden los hombres expresarse así; pero Lucas, cuyo concepto no era tal, veía aumento de la palabra de Dios en el crecimiento del número, y con ello no quería decir crecer el número de la palabra, sino de sus efectos. La condición más favorable de la iglesia al cesar la murmuración, y la intro­ducción de una organización más perfecta hicieron más efectiva la predicación, y la consecuencia fue mayores triunfos.

2.   Esteban arrestado y falsamente acusado. Hechos 6:8-15 .

     Versículo 8. Como ocurrió dos veces antes, la gran prosperidad de la iglesia resultó en excitar a los incrédulos a la acción por la vía de la persecución. En esta instancia la víctima escogida fue Esteban. (8) “Empero Estaban, lleno de gracia y de potencia, hacia prodigios y milagros entre el pueblo.” Esta fue la primera exhibición de poder milagroso en alguien que no fuera apóstol. Si Esteban recibió el poder de obrar maravillas y señales antes de su nombramiento de diácono o después, no hay manera para determinarlo; ni siquiera nos dice el escritor de qué modo fue impartido. Reserva la información sobre el tema de comunicar dones espirituales a cierto punto adelante en la historia (8:14-17).

     Versículos 9 y 10. Las circunstancias que produjeron tal prominencia en Esteban se explican enseguida. (9) “Levantáronse entonces unos de la sinagoga que se llama de los Libertinos, cireneos y alejandrinos, y de los de Cilicia y de Asia, disputando con Esteban. (10) Mas no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba.” Todos los mencionados aquí eran judíos helenistas que, por inclinación natural de reunirse en la Ciudad Santa, tenían sinagoga propia. Siendo helenista Esteban, sin duda había sido miembro de esta sinagoga antes de hacerse cristiano, y no había perdido su membresía en ella por razón de su nueva conexión. Muy natural fue que, al comenzar su defensa pública de la nueva fe, lo hiciera en la sinagoga de la que era miembro y emprendiese la convicción y la conversión de sus antiguos asociados. Esto produjo el conflicto.

     Los Libertinos, extenso elemento en la membresía de esta sinagoga, eran judíos que habían sido esclavos, y se habían manumi­tido por un medio u otro. Los demás eran de los varios países y ciudades mencionados, siendo los cilicianos al menos compatriotas del que más tarde fuera el apóstol Pablo. La erudición judía de aquel tiempo pertenecía a los fariseos, más que a los saduceos. Entre los judíos foráneos, los fieles eran principalmente fariseos, y generalmente eran dueños de alguna riqueza y de mucha inteligencia. En consecuencia, damos con un líder por parte de la iglesia, y una par­tida diversa de incrédulos que produjeron el conflicto. Ahora no era lo que en los dos conflictos previos, una simple pugna entre la fuerza y aguante, sino que fue una lucha intelectual —una guerra de argu­mentos— sobre la cuestión grande del mesiazgo. Quizá nunca, ni aun en vida de Jesús, se había prolongado tanto la calurosa polémica entre controversistas competentes sobre la cuestión del día. Fue la primera vez que los discípulos median sus armas con las de los opositores en libre discusión. Los jóvenes convertidos no habían antes gozado de oportunidad de comparar las evidencias que los habían convencido con las que podían armar en su contra el saber y la ingenuidad, pero ahora oían ambos lados, con sobrantes en número, saber y posición social, todo de parte de sus contrarios. Era pues su experiencia momento critico, y no es precisa una imaginación viva para darse cuenta de la solicitud con que escuchaban a Esteban y a sus contrarios. Por muchos temores que hayan albergado al princi­pio, pronto se disiparon cuando se hizo evidente que los antagonistas de Esteban "no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba".

     Versículos 11 - 14. Cuando aquéllos cuyo interés principal es vindicarse a sí mismos antes que a la verdad, se ven derrotados en debate, es muy común que recurran a la vituperación y a la violencia. Probaron ambas en contra de Esteban. Los fariseos que habían dirigido el caso, emprendieron con éxito el mismo plan de acción que se siguió en la persecución de Jesús. (11) “Entonces sobornaron a unos que dijesen que le habían oído hablar palabras blasfemas contra Moisés y Dios. (12) Y conmovieron al pueblo, y a los ancianos, y a los escribas: y arremetiendo le arrebataron, y le trajeron al concilio. (13) Y pusieron testigos falsos que dijesen: Este hombre no cesa de hablar palabras blasfemas contra este lugar santo y la ley:(14) porque le hemos oído decir que este Jesús de Nazaret destruirá este lugar, y mudará las ordenanzas que nos dio Moisés.” Esta fue la primera vez en que se dice que el pueblo se agitó contra los discípulos. Hasta aquí el temor al pueblo había refrenado la violencia de los perseguidores. Este cambio lo explica el hecho de que los saduceos, que habían dirigido las dos persecuciones previas, comparativamente tenían poca influ­encia con las masas, y el otro hecho, que se habían contentado por confrontar a los apóstoles con la simple autoridad del Sinedrio; pero ahora van a la vanguardia los fariseos, que gozaban de mucho mayor influencia popular, y emponzoñaron la mente del pueblo echando mano de ciertas expresiones de Esteban que solo necesitaban torcer levemente para formar base de cargos muy serios. También fueron bastantes astutos para no hacer dichos cargos ni contra el cuerpo entero de discípulos, ni contra los apóstoles que ahora gozaban de la confianza de las masas, sino contra una persona individual que se había levantado de la oscuridad.

     El cargo general fue que había hablado blasfemia —crimen que bajo la ley se castigaba con la muerte, blasfemia contra Moisés, y blasfemia contra Dios diciendo que él destruiría el santo templo de Dios. Muy probable es que, en el curso del debate, Esteban hubiera citado la predicción de Jesús de que el templo sería destruido, pero no había dicho que Jesús lo destruirla; y como sus enemigos podían ver que la destrucción del templo, necesariamente traería a su fin los servicios del templo, pusieron en labios de Esteban la inferencia propia de ellos, acusándolo de decir que Jesús cambiaría las costum­bres dadas por Moisés. Tales especificaciones estaban tan cerca de la verdad que formaban base plausible para la acusación, aunque la falsedad de los testigos estaba en las añadiduras que hicieron a las palabras de Esteban, y en interpretar lo que él había dicho como si fuera blasfemia.

     Aquí observaremos que los fariseos eludieron el error cometido por los saduceos, de traer al tribunal reos contra quienes no definían cargos ningunos. Los presentaron, oyéndose cuyos cargos con testimonio deliberado que los sostenían, y a Esteban se le llamó a que formulase su defensa.

     Versículo 15. Ya oído plenamente el caso, y dado lo que los testigos decían contra él, hubo una pausa momentánea y todos los ojos se fijaron en Esteban, que se hallaba ante sus acusadores. (15) “Entonces todos los que estaban sentados en el concilio, puestos los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel.” No hay necesidad de suponer nada sobrenatural en su apariencia. De pie estaba donde su Maestro compareció cuando lo condenaron a morir, con un cargo similar lo había traído aquí. Los jueces eran los mismos, y sabrá per­fectamente bien que aquel tribunal se había reunido, no para juz­garlo, sino para condenarlo. Sabía que llegaba la hora suprema de su vida, y las emociones que agitaron su alma al pensar en el pasado, en la muerte, en el cielo, en la causa que defendía, en el asesinato injusto que se iba a perpetrar, necesariamente se iluminó su faz con incandes­cencia casi sobrenatural. Si sus facciones eran naturalmente finas y expresivas, como es probable en alto grado, ornamento que coronaba su forma, no sorprende que en momento tal se comparase su rostro al de un ángel.

 

-Proceder a Capítulos 7:1 - 8:4 . Discurso de Esteban ante el concilio judío. Martirio de Esteban. Saulo (Pablo) consiente. La iglesia perseguida.

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