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“Obrero que no tiene de qué avergonzarse,
que usa bien la palabra de verdad”
La prédica
Duración del mensaje
A. Lo ideal: no más de treinta minutos.
B. ¿Quién tiende a caer en el error de predicar mensajes demasiado largos?
1. El que dedica poco tiempo a la preparación del mensaje.
2. El que predica sin bosquejo.
3. El cuyo bosquejo consta de unas pocas palabras o de ideas muy generales, nada más. Tanto este, como aquel que predica sin bosquejo, suele inventar mucho, dar vueltas, apoyarse en muletillas y extenderse demasiado.
4. El que está ilusionado con su propia capacidad de “predicador”, o sea, se cree muy diestro en el púlpito, tanto que se arroga el derecho de predicar mensajes de cuarenta y cinco minutos, una hora o aún más, convencido de que toda la audiencia estará encantado hasta el último segundo de su ponencia.
5. El que sabe mucho: mucha Biblia, muchos textos de memoria, muchos trasfondos de los textos, mucha cultura hebrea, griega, romana y actual; muchas doctrinas religiosas, mucha historia, mucha psicología.
-El “obrero… que usa bien la palabra de Dios” no intenta anunciar “todo el consejo de Dios” (Hechos 20:27) en un solo mensaje. Ni siquiera proyecta predicar todo lo revelado por Dios sobre algún tema particular, por ejemplo, “El juicio final”, en un solo mensaje, citando y desmenuzando todo texto bíblico que aborda el tema.
6. El que ha vivido muchas experiencias en la vida, como también en los ministerios del reino de Dios.
-Tanto el número cinco como el número seis, al trabajar en su mensaje se ve en la necesidad de manejar juiciosamente su caudal de información, conocimiento y experiencias para evitar inflar su ponencia con exceso de citas bíblicas, referencias a demás materias relevantes (revistas, periódicos, etcétera) o anécdotas a granel.
-No pocos predicadores mayores de edad, o con muchos años en los ministerios, cobran fama de “palabreros”. Al disertar sobre cualquier tema de su conocimiento su inclinación es la de divulgar todo cuanto saben, “adornando” su conocimiento con infinidad de anécdotas, aun de chistes o de experiencias que rayan en el mal gusto.
-Para el obrero que ha aprendido mucho el reto es seleccionar sabiamente la información más relevante al tema escogido, disciplinándose y limitándose de tal modo que su mensaje no pase de treinta minutos.
C. Solo el orador con dotes y conocimientos excepcionales es capaz de mantener a sus oidores muy atentos e interesados por más de treinta minutos.
D. Quizás la regla de “un máximo de treinta minutos” no sea del todo práctico para mensajes evangelísticos predicados en campañas o conferencias traídas para líderes. En estos casos, el “máximo” se extiende a cuarenta y cinco minutos, siempre y cuando el orador esté bien preparado y tenga tal vigor de espíritu, mente y cuerpo que su dominio y dinamismo no mengüen durante los últimos veinte minutos sino se mantienen, aun creciendo.