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Diezmos. Intercambio sobre Lucas 11:42 y Malaquías 3:10

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Lupita piensa que utilicemos “a medias” Lucas 11:42 en lo concerniente a diezmos. Asegura que Dios la ha bendecido de manera asombrosa desde que tomara para sí la promesa de Malaquías 3:10 relacionada con diezmar. 

“Querido hermano, el motivo por el cual yo le escribo este humilde comentario es para decirle lo siguiente: Tal vez mi nivel de estudio no sea muy alto como el suyo, pero déjeme decirle que lo que yo veo acerca de esta Página es que está utilizando las Sagradas Escrituras a medias en Lucas 11:42. Nuestro Señor dijo lo siguiente: ‘Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello’. ¿Podría usted contestarme a qué se refiere ‘sin dejar de hacer aquello’? 

-Comentario y explicación. Estimada dama Lupita, ¡Dios nos libre de utilizar “a medias” Lucas 11:42, o cualquier otro texto inspirado! Nuestro empeño es usar “bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15), y si no lo hacemos, de cierto “recibiremos mayor condenación”, como advierte Santiago 3:1.

-Leamos todo lo que dice Cristo en Lucas 11:42. “Mas ¡ay de vosotros, fariseos! Que diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza, y pasáis por alto la justicia y el amor de Dos. Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello.” Examinemos el texto.

-¿A quiénes se dirige el Señor? A los “fariseos”.

-¿Cuál pacto divino estaba en vigor para aquellos fariseos cuando Cristo pronunció este “¡ay!” sobre ellos? El “antiguo pacto” dado a Moisés en el monte de Sinaí mil quinientos años antes de Cristo. De hecho, aludido pacto estaba en vigor no solo para aquellos fariseos sino también para todos los israelitas de aquel tiempo, incluido Jesucristo mismo. “Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley (Gálatas 4:4). El “nuevo pacto”, sellado por la sangre de Jesucristo (Mateo 26:27-29), entró en vigor después de la muerte de su testador, es decir, después de la muerte del Señor Jesús, “Porque el testamento con la muerte se confirma; pues no es válido entre tanto que el testador vive” (Hebreos 9:15-17).

-Estando, pues, en vigor el Antiguo Testamento dado en Sinaí, aquellos fariseos, juntamente con los demás israelitas, estaban en el deber de diezmar. Y Cristo mismo testifica que diezmaban rigorosamente, aun de especies y hortalizas. No menciona “dinero”. Dice que diezmaban “la menta, y la ruda, y toda hortaliza”. Permítame preguntarle respetuosamente, y sin ánimo alguno de ofender su precioso espíritu: ¿Diezma usted de la misma manera? ¿Acaso de los frutos de un jardín? ¿O la décima parte de las especies, hortalizas o frutos que compre en algún mercado? O si no tiene jardín o finca, ¿acaso compra con la décima parte del dinero que recibe productos agrícolas o animales limpios, trayendo todo al alfolí designado específicamente por Jehová Dios? A manera de los israelitas que diezmaban de acuerdo con las directrices del pacto dado en Sinaí.

-“Sin dejar aquello”, significa, parafraseando: “Sin dejar de diezmar de la menta, y la ruda, y toda hortaliza”. Los fariseos deberían practicar la justicia y tener el verdadero “amor de Dios”, “sin dejar aquello” de diezmar “la menta, y la ruda, y toda hortaliza”. Debían diezmar porque vivían bajo el Antiguo Testamento, pero tampoco pasar “por alto la justicia y el amor de Dios”.

-Ahora bien, al morir Cristo en la cruz, ahí mismo quedó también clavado en la cruz aquel pacto dado en Sinaí (Colosenses 2:14-17), cambiando Dios el sacerdocio levítico por otro nuevo, y por ende, cambiando también aquella vieja ley por otra nueva. “Cambiado el sacerdocio, necesario es que haya también cambio de ley” (Hebreos 7:12). ¿Cómo expresarlo con más concisión y claridad? El sacerdocio levítico Dios lo abolió, y lógicamente, quedaron abolidas también las provisiones de diezmos para el sostenimiento de ese tipo de sacerdocio. No es sacerdote levítico quien toma para sí el título y puesto de “el pastor de la iglesia”, y por consiguiente, no tiene derecho a diezmos, bien que los exija o no.

-En el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo asienta nuevas directrices para el sostenimiento de las obras de la iglesia. Las mismas aparecen en textos tales como 1 Corintios 16:1-3 y los Capítulos 8 y 9 de la 2 Corintios. La ofrenda voluntaria, dada cada primer de la semana, según haya prosperado el dador, “según lo que tiene, no según lo que no tiene”; dada generosamente, con alegría, “como propuso en su corazón”. Esta es la nueva ley. ¿Con qué razón no someterse a ella, prefiriendo más bien colocarse bajo “el régimen viejo de la letra” (Romanos 7:6) del antiguo pacto dado en Sinaí?

-¿Hemos expuesto “a medias” Lucas 11:42?


“Con todo respeto, mi querido hermano, déjeme decirle que desde el preciso momento que yo empecé a diezmar nuestro Padre amado ha bendecido mi vida de una manera asombrosa, y quisiera recalcar que en la iglesia donde me congrego mi pastor nunca me lo ha pedido u obligado a darlo; yo lo hago de todo corazón y con agradecimiento por todo lo que él me ha dado y basta decir que yo he tomado esa promesa que nuestro Padre amado nos da en Malaquías 3:10, que aunque muchos dicen que esto es solo para el Antiguo Testamento. ¿Podría decirme usted por qué esta promesa tiene efecto en mi vida personal, estando yo viviendo en la gracia del Nuevo Testamento? 

-Comentarios. Primero, quisiera preguntarle: Si usted reconoce que vive “en la gracia del Nuevo Testamento”, ¿con qué justificación toma usted para sí “la promesa que nuestro Padre amado nos da en Malaquías 3:10”? Aquella “promesa” fue dada solo y exclusivamente a los israelitas que vivían bajo el Antiguo Pacto proclamado por Jehová en el monte de Sinaí. A este hecho obedece la instrucción en Malaquías 3:10 sobre dónde llevar “todos los diezmos”, a saber, “al alfolí”. ¿Y para qué? “Y que haya alimento en mi casa.” Qué conste: dinero, no, sino “alimento”. ¿Dónde? “En mi casa.” ¿Cuál casa? No, de cierto, en “la casa del pastor de la iglesia”, ni tampoco en “el templo de la iglesia”, sino en el templo en Jerusalén, donde oficiaban los sacerdotes levíticos. El “alfolí” era un tipo de almacén donde se guardaban los diezmos de todas las cosas estipuladas por Jehová en el Antiguo Testamento.

-Así que, la “promesa” de Malaquías 3:10 que usted reclama para sí, en realidad, ¡no es para usted! Sin embargo, usted afirma: “…esta promesa tiene efecto en mi vida personal”, explicando que “desde el preciso momento que yo empecé a diezmar nuestro Padre amado ha bendecido mi vida de una manera asombrosa…”. Cómo Dios haya bendecido a usted, cuándo y por qué, son asuntos que atañen al Todopoderoso, y sobre los que no me atrevo a emitir juicio alguno. Me limito a las siguientes observaciones:

1.  Dios “hace salir el sol sobre malos y buenos, y… hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45). Cuándo, cómo, con cuánta frecuencia y por qué son decisiones que él toma conforme a su beneplácito y propósito. ¿Prospera el que diezma, pese a que la ley del diezmo ha sido revocada? Pues bien, también prosperan quienes ofrendan, pero no diezman jamás. Y prosperan cristianos que dan más del diezmo. Pero, también sucede que algunos que diezman y algunos que ofrendan generosamente no prosperan, no por falta de fe o por algún pecado secreto sino debido a circunstancias de la economía u otros factores fuera de su control. En Macedonia, en el tiempo del apóstol Pablo, los cristianos, pese a las “riquezas de su generosidad”, sufrían “profunda pobreza” (2 Corintios 8:1-2).

2.  Cualquier persona que impone orden y disciplina en su vida tiende a prosperar, pero esta no es una norma inviolable de modo alguno. La persona que decide eliminar de su vida la malversación de sus recursos materiales y “convertirse a Dios”, suele comenzar a devengar muchas bendiciones, pese a que su “conversión” esté vinculada a alguna iglesia fundamentalmente errada en doctrina, y lo mismo puede acontecer aunque su “conversión” no tenga que ver con iglesia alguna.

3.  En todo tipo de iglesia o religión se encuentran personas que prosperan. Y prosperan grandemente muchísimas personas que no pertenecen a ninguna iglesia o religión.

4.  Prospera asombrosamente, y aun escandalosamente, gran número de “pastores” que enseñan el diezmo, bien que lo exijan o no.

5.  A resumida cuenta, ninguno que prospera materialmente debería interpretar su prosperidad como señal de salvación ante Dios, o señal de que Dios apruebe su doctrina y práctica.

 

“Yo tengo muy claro que nuestro Señor Jesucristo vino a cumplir la ley y no a abolirla. Él mismo lo dijo, y para concluir, quisiera decirle que le amo en el amor de Cristo y espero que Dios le bendiga abundantemente en todos los aspectos de su vida.” 

-Comentarios y despedida. Como ya resaltáramos al citar Gálatas 4:4, Cristo nació “bajo la ley”, vivió bajo la ley de Moisés y murió bajo la ley de Moisés. Mediante su nacimiento, vida, ministerio, crucifixión, sepultura, resurrección y ascensión, él cumplió perfectamente la ley. Él mismo dijo haber venido para cumplir la ley, explicando que una vez cumplida la ley la misma sería abrogada. “La ley” no pasaría “hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:18). ¿Cumplió Cristo la ley? Si no la cumplió, fracasó en la misión que él mismo reconoció como suya, pues dijo “he venido… para cumplir” la ley. Fíjese que él habla del por qué de su “venido”, es decir, de su nacimiento y ministerio. Claro que no iba a abolir la ley durante su vida y ministerio, sino a cumplirla. Una vez cumplida la ley a perfección, entonces, ¡pasaría! Pasó, y Cristo, como testador de un “nuevo pacto”, lo validó por medio de su muerte y resurrección.

-A propósito, si aquella “antigua ley” no fue cumplida perfectamente por el Señor, y abolida, sería necesario guardar el séptimo día, quemar incienso en culto a Dios, ofrecer holocaustos, circuncidarse y obedecer los demás estatutos establecidos en ella. ¿Guarda usted el séptimo día?

-Su última oración descubre nobles sentimientos, los cuales nos confortan y animan. También deseamos para usted abundantes bendiciones en el Señor, y que Dios nos ilumine, tanto a usted como a este servidor, para que lleguemos a tener el mismo entendimiento de “la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”, siguiendo todos los que amamos la verdad “una misma regla” (Filipenses 3:16).

Para servirle en el amor del Señor,

Homero Shappley de Álamo

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