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El Concilio de Nicea y las persecuciones resultantes


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Mayo 20 del año 325 d. C. Aproximadamente trescientos obispos se reúnen para el "Concilio de Nicea". En el centro de esta representación gráfica, un poco hacia la derecha, la figura con una corona, vestida de una túnica carmesí bordada, es el emperador Constantino I. Al frente, los dos varones en pie quizás sean el obispo Alejandro, de Alejandría, Egipto, y el presbítero Arriano, también de Alejandría, intercambiando argumentos sobre la relación entre Dios el Padre y su Hijo Jesucristo. No estaba presente ningún "Papa". De hecho, no había "Papas" en aquella época. Pese a que no votara Constantino en el concilio, él era, efectivamente, el personaje más poderoso presente, habiendo él mismo convocado el concilio.

A.  Fecha: año 325 d. C., día 20 de mayo. Lugar: la ciudad de Nicea, en la provincia romana de Bitinia, cerca de Bizancio. (Hoy, la ciudad se llama Iznik y pertenece a Turquía.) Específicamente, el palacio imperial en Nicea. Evento: el emperador Constantino I ha invitado a 1,800 obispos de la iglesia cristiana (1,000 del oriente; 800 del occidente) a Nicea para resolver diferencias doctrinales tales como:

-La relación entre Dios el Padre y Jesús –que si tienen la misma sustancia, siendo un solo Ser, o si son uno solo en propósito, nada más.

-La fecha para la celebración de la Pascua.

-La validez del bautismo por herejes.

-El estatus de los lapsos (cristianos que habían denegado la fe al ser perseguidos pero que deseaban ser restaurados).

Entre 250 y 318 obispos responden a la invitación del emperador, cada uno acompañado por hasta dos sacerdotes y tres diáconos, lo cual quiere decir que el total de los presentes era de unos 1,800. “Una multitud casi incontable”, como dice el historiador cristiano Eusebio de Cesarea, testigo ocular de los acontecimientos,. Todos los obispos eran de la parte oriental del Imperio Romano, con la excepción de tan solo cinco del occidente. El obispo de Roma, Silvestre I, no asistió, por razones de salud, según él, optando por enviar dos representantes. Aunque Silvestre es identificado con “Papa” por muchos escritores, todo cronista serio e imparcial de la historia cristiana sabe que no había “Papas” en Roma durante aquellos primeros siglos del cristianismo. Una mayoría de los obispos que participaron en el concilio estaban más o menos de acuerdo con la enseñanza de Arriano, presbítero de la iglesia en Alejandría, Egipto. Este sostenía que Jesucristo no había existido desde la eternidad y que no era de la misma sustancia de Dios el Padre.

B.  Constantino I entra en el palacio imperial de Nicea. Él es emperador único de todo el vasto Imperio Romano, desde Bretaña hasta Persia, desde el Danubio hasta los desiertos de África. Su nueva capital, la “Nueva Roma”, la que pronto llamarán “Constantinopla”, se está construyendo a toda prisa en la península de Bizancio. Será inaugurada en el año 330 d. C. Eusebio describe la entrada de Constantino, diciendo: “…avanzó por el medio de la asamblea, como algún mensajero celestial de Dios, ataviado con una vestimenta que brillaba, así parecía, con rayos de luz, la cual reflejaba el resplandor luminoso de una túnica púrpura, adornada con el esplendor brillante de oro y piedras preciosas”.

C.  Al final de unos dos meses de debates y deliberaciones, todos los obispos, menos dos, a saber, Teonas, de Marmarica en Libia, y Segundo, de Ptolemais, sancionaron  el “Credo de Nicea”. Arriano, no siendo obispo sino presbítero, no tenía voto. El decreto del “Credo” en referencia a la relación de Dios el Padre y Jesús estipulaba que los dos son consustanciales, o sea, de la misma sustancia, existiendo los dos desde la eternidad. Pese a tener los arrianos mayoría al principio, su concepto de la Deidad fue rechazado, y por fin, prohibido completamente, cediendo algunos arrianos con ciertas reservaciones declaradas, otros, en honor a la supuesta “posición tradicional” de la iglesia, otros, en apoyo de la unidad, y todavía otros, por temor a represalias por el emperador, pues Constantino había decretado excomulgación y destierro para quien rehusara aprobar el “Credo”.

D.  El papel del emperador Constantino en el Concilio de Nicea. Constantino mismo convocó el concilio. No lo convocó el “Papa de Roma”. Reiteramos: ¡no había “Papa” en Roma en el año 325 d. C.! Ni antes, ni por mucho tiempo después. Al convertirse Constantino al cristianismo, toma interés vivo en las doctrinas y controversias de la iglesia. He aquí, el hombre más poderoso de toda Europa, el norte de África, el Cercano Oriente y parte del continente de Asia, entregado de repente al estudio de cuestiones teológicas complicadas de una religión que, hacía apenas veinte años, era proscrita y perseguida severamente en el Imperio Romano. La unidad de la iglesia la considera, al parecer, importantísima también para la unidad del Imperio, y la persigue tenazmente. Invoca el Concilio de Nicea, y él mismo, el hombre más poderoso, repetimos, de aquel mundo, toma asiento entre los aproximadamente trescientos obispos, escuchando argumentos y contra argumentos sobre varios temas controvertidos. “La presencia del monarca infló la importancia del debate; su atención multiplicó los argumentos, y él expuso su persona con tal intrepidez paciente que el valor de los combatientes fue animado.” No es obispo, y por consiguiente, no vota. Pero, él es realmente más que obispo. Él es el “Pontifex Máximus” de la iglesia, y aunque nunca se dé, ni le den, tal título, inevitablemente se hace sentir el peso de su autoridad y poder. ¡Qué cosa inaudita, espectacular, increíble! ¡El gran emperador glorioso, “Salvador del Imperio Romano”, sentado día tras día en medio de obispos de la iglesia! Visualizándolo allá en Nicea, en el palacio imperial, luciendo su atavío real de púrpura adornado de oro y piedras preciosas, rodeado por aquellos cientos y cientos de obispos, sacerdotes y diáconos, no podemos menos que pensar que, para su tiempo, él es la pura personificación de la “bestia escarlata”. ¿Y quién es aquella “mujer sentada sobre” la “bestia escarlata” (Apocalipsis 17:3) sino la iglesia en apostasía, ya bastante llena de “doctrinas de demonios”, avaricia, materialismo e inmoralidad? La misma iglesia cuyos líderes se atreven a tomar títulos pomposos y sustituir credos, como el de Nicea, por el Nuevo Pacto de Cristo. El poder y las amenazas de Constantino son sus “votos”, decisivos para algunos obispos arrianos. Su participación personal en los asuntos de la iglesia asienta un precedente que siguen sus sucesores, con repercusiones sísmicas tanto en la iglesia como en el Imperio mismo, y muchos gobiernos seculares-religiosos subsiguientes. Consecuencias sumamente negativas, incluso el derramamiento de mucha sangre en nombre de “la fe”, “la ortodoxia”, “las tradiciones”, “el dogma”, “la unidad”, “la iglesia”. “Sangre” que bebe “la gran ramera”. Mucha sangre que mancha “la gran ciudad”, pues “en ella se halló la sangre de los profetas y de los santos, y de TODOS los que han sido muertos en el mundo” (Apocalipsis 18:24).

E.  El emperador Constantino I y los “cristianos ortodoxos” persiguen a muerte a los demás cristianos. “Constantino les dio [a los líderes de la iglesia] seguridad, riquezas, honores y venganza; y sostener la fe ortodoxa fue considerado el deber más sagrado e importante del magistrado civil. El Edicto de Milán, magna carta de tolerancia, había confirmado para todo individuo del mundo romano el privilegio de escoger y profesar la religión que quisiera. Pero, este privilegio inestimable pronto fue violentado, pues juntamente con el conocimiento de la verdad, el emperador [Constantino] embebió las máximas de la persecución; y las sectas que disintieron de la Iglesia Católica fueron afligidas y oprimidas por el cristianismo triunfante. …  No se perdió ni un momento en excluir a los ministros y maestros de las congregaciones separadas [es decir, no tenidas por “ortodoxas”] de cualquier participación en las dádivas e inmunidades otorgadas tan generosamente por el emperador al clero ortodoxo. Pero, ya que los sectarios pudieran seguir existiendo pese a la sombra de la desaprobación de la realeza, la conquista del oriente fue seguida de inmediato por un edicto anunciando su destrucción total. Después de un preámbulo lleno de pasión y reproches, Constantino prohíbe absolutamente asambleas de los herejes y confisca sus propiedades públicas para la venta o el uso de parte de la Iglesia Católica (El decaimiento y fin del Imperio Romano, por Edward Gibbon. Tomo I, Página 305).

 1.  Las siguientes sectas, o grupos de cristianos, fueron condenados por el emperador Constantino: los que seguían a Pablo de Samosata [en Armenia], los montanistas de Frigia, los novacianos, los seguidores de Marción, los valentinianos y posiblemente los maniqueos. “La meta de extirpar el nombre de estas odiosas sectas [Nota del traductor: El sentido es que Constantino las tenía por “odiosas” en el momento.], o al menos restringir su progreso, fue proseguida con vigor y efectividad. Algunas de las directrices penales fueron copiadas de los edictos de Diocleciano; y este método de convertir [a los tenidos por herejes] fue aplaudido por los mismos obispos que habían sentido la mano de opresión y rogado por derechos humanos.” ¡Conque “obispos” de la iglesia aplaudan, en el año 325 d. C., la persecución, tortura y muerte de otros cristianos! Se deduce que un espíritu malísimo de venganza carnal se había adueñado de las almas de estos “obispos”. Una intolerancia fiera, egoísta, violenta. Ya eran presas de “la gran ramera”, hechizados por ella, dispuestos a derramar sangre. Sangre que bebería ella. ¡“Extirpar el nombre” de esos “sectarios cristianos”! Usando los obispos las tácticas y los medios de Diocleciano, emperador pagano. ¿No es este el colmo de ironía y vergüenza?

2.  “El credo de Nicea fue ratificado por Constantino, y la firme declaración de este al efecto de que los que resistieran el juicio divino del sínodo debieran prepararse para ser inmediatamente exiliados, aniquiló las murmuraciones de la débil oposición, la que fue reducida, casi instantáneamente, de diecisiete obispos protestantes a dos. … El impío Arriano fue exiliado a una de las provincias remotas de Iliria; su persona y sus discípulos fueron tachados, por ley, con el nombre odioso de porfirianos; sus escritos fueron consignados a las llamas, y el castigo capital fue pronunciado contra quienes fuesen descubiertos con ellos en su posesión. El emperador había llegado a embeber el espíritu de controversia, y el estilo airado y sarcástico de sus edictos tuvo como propósito inspirar en sus súbditos el odio que él había concebido contra los enemigos de Cristo.” [Nota. Es decir, contra los que el emperador calificó como enemigos de Cristo.] Así sucede, pues, que el primer emperador “convertido” al cristianismo induce a los líderes de la iglesia a la violencia, a imponer su voluntad, aunque tengan que perseguir y matar. Este mismo espíritu perverso llevó a la jerarquía eclesiástica a cometer algunas de las atrocidades más grandes de la historia de la raza humana –guerras religiosas, torturas indecibles, “Santa Inquisición” puramente diabólica, etcétera.

F.  Pero, “la mente de Constantino no fue completamente corrompida por el espíritu de celo y fanatismo”.

1.  Por ejemplo, el emperador pronto quedó convencido de haber actuado precitadamente en el caso de los novacianos, emitiendo un edicto que los eximió de las penalidades de la ley y permitiendo que construyeran una iglesia en Constantinopla. Novaciano, contendiente por el obispado de Roma, enseñaba que la iglesia no debiera recibir de nuevo a los lapsos, es decir, a los cristianos perseguidos que se renegaban de la fe, pero que, una vez pasada la persecución, pedían ser restaurados a comunión.

2.  Tres años después de ser desterrado Arriano, y condenados sus seguidores, Constantino anuló el edicto contra ellos, ordenando que Arriano fuese restaurado a comunión en la catedral de Constantinopla. En el mismo día fijado para este evento, Arriano murió, al parecer, no por causas naturales. Los tres principales líderes de los católicos, Atanasio de Alejandría, Eustaquio de Antioquía, y Pablo de Constantinopla, fueron interrogados [acerca de la muerte de Arriano] por orden de numerosos concilios, siendo luego desterrados a provincias distantes por el primero de los emperadores cristianos, quien, en los últimos momentos de su vida recibió el rito del bautismo a manos del obispo arriano de Nicomedia.” Pese a su aceptación de los arrianos, Constantino “consideró al Concilio de Nicea como baluarte de la fe cristiana, y la especial gloria de su reino. (El decaimiento y fin del Imperio Romano, por Edward Gibbon. Tomo I. Página 315) (Algunos datos y citas de esta “Partida I” fueron tomados de www.wikipedia.org, del Artículo en inglés “The Council of Nicaea”.)

G.  Observaciones sobre el impacto del Concilio de Nicea y el Credo de Nicea.

1.  El Concilio de Nicea no logró eliminar las causas de fuertes controversias en la iglesia. Pese a que aprobaran el Credo de Nicea todos los obispos menos dos, al marcharse cada uno para su respectiva ciudad, los desacuerdos se encendieron de nuevo, imponiéndose el arrianismo aun en la mayor parte del Imperio Romano. De la manera que el mismo emperador Constantino cambió de parecer respecto a Arriano y su interpretación de la Deidad, asimismo otros líderes religiosos de la época se manifestaban ambivalentes en sus convicciones. Un párrafo de la pluma del obispo Hilario, de Portiers, Francia, pone de relieve el caos creado por las controversias.

-“Existe una cosa tan deplorable como peligrosa, a saber, que entre los seres humanos el número de credos corresponde al número de opiniones, el de doctrinas al de inclinaciones y hay tantas causas de blasfemia como fallas entre nosotros. Porque hacemos credos arbitrariamente, también explicándolas arbitrariamente. El vocablo ‘homoousion [griego, traducido como ‘consustancialidad’] es rechazado, luego recibido, y entonces dado tantas definiciones, por sínodos sucesivos, que pierde significado. El parecido parcial o total del Padre y del Hijo es el sujeto de disputas para estos tiempos infelices. Cada año, aún más, cada nueva luna, hacemos nuevos credos en el intento de describir misterios invisibles. Nos arrepentimos de lo que hemos hecho, defendemos a los que se arrepienten, para entonces anatemizar a aquellos que defendíamos. Condenamos o la doctrina de otros en nosotros mismos, o la nuestra en otros; y así, recíprocamente, despedazándonos los unos a los otros, hemos sido la causa de la ruina el uno del otro.”

(Traducido del texto encontrado en El decaimiento y fin del Imperio Romano, por Edward Gibbon. Tomo I, Página 312. Hilario de Poitiers. Obispo de la iglesia en Poitiers, Francia. Nacido a principios de siglo IV, hacia 315 d. C., en Poitiers, Francia; fallecido en la misma ciudad en 367.)

2.  Estas controversias resultaron en persecuciones y muerte en el Siglo IV. Más adelante, también constituyeron un factor importante en las guerras entre los romanos y los "bárbaros", pues estos, en su mayoría, se convirtieron al cristianismo arriano. “Una parte sustancial del sureste y del central de Europa, incluso muchos de los godos y vándalos… habían abrazado al arrianismo, convirtiéndose también los visigodos al cristianismo arriano en 376 d. C., lo cual condujo a que el arrianismo fuera un factor religioso en unas que otras guerras en el Imperio Romano.”

 

 

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