Capítulo Ocho del Análisis

 “La gran ramera… gran ciudad”

Escandaloso drama convulsionado de una poderosa mujer inmoral, avara,
perseguidora, increíblemente cruel y hasta sangrienta, la que también pretende
gobernar al mundo entero y ser adorada por todos los seres humanos.
 

Los capítulos 17, 18 y 19 de Apocalipsis

 Acto 7

La mujer ebria de la sangre de los santos

“Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos, y de la sangre
de los mártires de Jesús; y cuando la vi, quedé
asombrado con gran asombro.

Apocalipsis 17:6

 


 

Cumplida esta sombría y escalofriante visión profética sobre la mujer ebria de la sangre de cristianos tenidos
por Dios como santos y justos, su autenticidad se confirma indubitablemente. Hecho que sostiene
inequívocamente la veracidad de esta porción de Apocalipsis. Armado con esta información,
cualquier maestro, predicador o cristiano laico puede demostrar
la fiabilidad y valor de Apocalipsis.

 

PERSECUCIONES contra “los santos” por “la gran ramera-gran ciudad”,
la cual es, “en sentido espiritual”, Sodoma, Egipto, Jerusalén y Babilonia.

 

Apocalipsis 17:1-7; 18:1-24; 19:1-4

 


 

 El emperador romano Constantino el Grande rodeado
por más o menos tres cientos obispos.

Fecha

El día 20 de mayo de 325 d. C.

Lugar

 NICEA, en la provincia romana de Bitinia,
cerca de Bizancio, donde se construía, en 325, la nueva capital
del Imperio Romano, la cual sería llamada la Nueva Roma,
luego Constantinopla.

Específicamente, el palacio imperial de Constantino en Nicea

Eventos

El Primer Concilio de Nicea y las muy sangrientas
persecuciones resultantes

 Escena 3

 Muchísima sangre de cristianos también derramada
por el Imperio Romano cristianizado

A consecuencia de los dictámenes emitidos por Constantino el Grande
y los obispos de la iglesia en el Concilio de Nicea, en julio del 325 d. C.

Escenario 1

La época particular enfocada en esta Escenario 1: el siglo IV.

Los trinitarios persiguen ferozmente a los cristianos arrianos, novaciones,
montanistas, etcétera, matando a decenas de miles. Más, mucho más,
que la suma de todos los mártires cristianos bajo el Imperio Romano
pagano, desde 64 a 312 d. C.

 

Orientaciones antes de subir el telón de la Escena 3.

1. Sobre el significado de algunos términos usados en esta Escena 3.

a)  Imperio Romano cristianizado quiere decir “gobernado por magistrados que se consideran a sí mismos cristianos”, pese a que no lo sean conforme al criterio estrictamente bíblico.

b) “Ortodoxo, xa” es un vocablo de índole “relativa”.

Este término no es sinónimo de “verdadero cristiano”, de “verdadera iglesia”, ni de “sana doctrina”.

El Sr. Edward Gibbon, cuya famosa obra El decaimiento y fin del Imperio Romano figura prominentemente en el texto de esta Escena, lo utiliza, al igual que muchos historiadores, para identificar a los cristianos atanasianos (seguidores del obispo Atanasio, de Egipto) del siglo IV, cuya convicción era que Dios y Cristo son de la misma sustancia y coetáneos desde la eternidad.

Sin embargo, el propio autor Gibbon observa que tanto los atanasianos como los arrianos “asumieron y confirieron los apelativos de ‘ortodoxo’ y ‘hereje’” ellos mismos. O sea, mientras el atanasiano califica a sí mismo de “ortodoxo” y a los arrianos de “herejes”, el arriano califica a sí mismo de “ortodoxo” y a los atanasianos de “herejes”

Y este trance también pone de relieve la relatividad del término “hereje”, pues quien es “hereje” para uno, para otro es “fiel cristiano”. 

Ortodoxo, xa. (Del lat. orthodoxus, y este del gr. ὀρθόδοξος). adj. Conforme con el dogma de una religión y, entre católicos, conforme con el dogma católico. Escritor ortodoxo, opinión ortodoxa. 2. Conforme con la doctrina fundamental de cualquier secta o sistema. 3. Conforme con doctrinas o prácticas generalmente aceptadas. 4. Calificativo con que se distinguen ciertas Iglesias de la Europa oriental, como la griega, la rusa y la rumana. 5. Perteneciente o relativo a estas Iglesias.” 

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c) “Cristiano” se utiliza, en este escrito, en referencia a toda persona que profese ser seguidor de Cristo, sin tener en cuenta su conducta moral, doctrina, etcétera.

Bíblicamente, “cristiano” es aquel que acata cabalmente la voluntad de Dios y Cristo tal y como dada a conocer en el Nuevo Testamento. “A los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía” (Hechos 11:26).

d) El Sr. Gibbon, al igual que otros historiadores, utiliza términos tales como “arzobispo, primado, trono episcopal, pontífice”, etcétera, como si fueran una terminología eclesiástica común y corriente en el siglo IV, la época enfocada en esta Escena 3.

Verificar cuándo, específicamente, estos títulos o expresiones no bíblicos primero comenzaran a usarse sería un estudio aparte.

Según nuestra apreciación, atribuir títulos, inventados en una época precisa, a personas que vivieran antes del tiempo de su invención demostraría un desacierto garrafal, que sembraría falsas percepciones en torno al origen y uso del título que fuera.

Ejemplo clásico de este mal es el de llamar “Papa” a los obispos de Roma que ocupaban la posición de obispo en Roma antes de adjudicarse Bonifacio III el título de “obispo universal” en 606 d. C., haciéndolo con el respaldo del usurpador emperador Focas, en Constantinopla.

Cualquier estudioso diligente y objetivo del Nuevo Testamento sabe a ciencia cierta que el puesto de “Papa” no se enseña, ni por implicación, en ninguna parte del documento.

e) “Católico. Iglesia Católica.” El adjetivo “católico” significa sencillamente “universal”.

En el Nuevo Testamento, este vocablo no es usado en referencia a la iglesia edificada por Cristo (Mateo 16:18). El nombre “Iglesia Católica Romana” no aparece en el documento.

El que algunos historiadores llamen “Iglesia Católica” a cristianos del siglo IV que se solidarizaban con las doctrinas del obispo Atanasio sobre la “trinidad de Dios el Padre, Cristo el Hijo, y el Espíritu Santo” no significa que la “Iglesia Católica Romana”, como tal, existiera en aquel tiempo. De hecho, no existía, hecho que sabe todo historiador debidamente informado y honesto. Y todo estudioso diligente de la Biblia sabe que el término “trinidad” no se halla en el Nuevo Testamento. Tampoco el lenguaje tramado utilizado por Atanasio para exponer su dogma de la trinidad.

Curiosamente, tanto antes como después del Concilio de Nicea en 325, los cristianos no creyentes en la trinidad constituían una mayoría sustancial de todos los cristianos. Así que, más derecho tenían ellos de llamarse “católicos” que los atanasianos.

A propósito, el nombre “Iglesia Católica Romana” encierra, efectivamente, una contradicción. Pues, mientras “Católica” significa “universal”, “Romana” indica un lugar circunscrito, a saber, la ciudad de Roma. O asocia la “Iglesia Católica” con una entidad que no era, ni es, universal, a saber, el Imperio Romano.

Católico, ca. (Del lat. catholĭcus, y este del gr. καθολικός, universal). adj. universal (que comprende o es común a todos). Afirmando esta pretensión se calificó así a la Iglesia romana. 2. Verdadero, cierto, infalible, de fe divina. 3. Que profesa la religión católica. 

Microsoft® Encarta® 2007. © 1993-2006 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.  

Nicaea_icon[1]  wikipEn esta pintura, el emperador Constantino el Grande, en el centro, y algunos obispos sostienen un escrito que representa el Credo de Nicea.

El Credo de Nicea fue forjado durante dos meses por el Concilio de Nicea, convocado por el emperador romano Constantino el Grande, en el año 325 d. C., con el propósito de unificar a los distintos partidos del cristianismo.

Muy lejos de resultar en unidad, después del Concilio incrementaron las reñidas controversias, principalmente la sobre la naturaleza de Jesucristo.

El propio Constantino inició persecuciones contra los cristianos que no aceptaron el Credo de Nicea, permitiendo y aun incitando a líderes de la iglesia a colaborar con él en tan terrible y vergonzosa empresa. Consecuentemente, aquel “Credo” fue saturado de muchísima sangre.

 

2. Desde Constantino I en adelante, los emperadores romanos, con la excepción de Juliano el Apóstata, profesaban la religión cristiana, adjudicándose mucha autoridad, derechos y poder en asuntos de la iglesia.

Previo a la conversión de Constantino al cristianismo, los emperadores romanos desempeñaban el papel de “Pontifex Máximus”, es decir, “Sumo Sacerdote”, en la religión pagana.

Transformándose de “pagano” a “cristiano”, Constantino cambia, efectivamente, la “vestimenta sacerdotal pagana” por “la vestimenta sacerdotal cristiana”. Y sus sucesores continúan la tradición, exceptuándose Juliano.

En el Imperio Romano cristianizado, “el respaldo de la fe ortodoxa fue considerado el deber más sagrado e importante del magistrado civil”. En esta afirmación, “fe ortodoxa”, expresión del historiador Gibbon, no identifica, necesariamente, la fe trinitaria de Atanasio.

El decaimiento y fin del Imperio Romano, por Edward Gibbon. Tomo I, Página 305.

O sea, para los oficiales gubernamentales del Imperio Romano cristianizado, asuntos de la iglesia tenían hasta prioridad sobre cuestiones políticas y económicas. ¡Cuán pasmoso fue, pues, el ascenso de la iglesia en el espacio de tan solo unos pocos años! De perseguida duramente por el emperador Diocleciano a religión favorecida por el Imperio bajo Constantino.

Pero, al unir Constantino I la iglesia al estado, envolviéndose oficiales políticos directamente en la organización de la iglesia, en sus debates doctrinales, en su culto y en sus obras, gran parte de la iglesia, lejos de “cristianizar” al gobierno secular, ¡fue politizada y secularizada a consecuencia de aquella unión desastrosa! 

Recién perseguida la iglesia, irónicamente, ¡de pronto, muchos de sus líderes y congregaciones comienzan a perseguirse y matarse los unos a los otros! Para colmo, ¡fueron respaldados por muchos hombres que ocupaban puestos políticos en el Imperio Romano cristianizado, principal entre ellos, el emperador mismo!

a) “Los emperadores siempre habían intervenido en asuntos eclesiásticos desde el tiempo de Constantino I. Como escribe Cirilo Mango: ‘El legado de Nicea, el primer concilio universal de la iglesia, fue amarrar al emperador a una cosa que no le incumbía, a saber, la definición e imposición de ortodoxia, aun por fuerza de ser necesario’. Esta práctica continuó desde el inicio hasta el fin de la controversia iconoclasta, y todavía más allá, imponiendo algunos emperadores la iconoclasia [destrucción de íconos e imágenes] mientras dos emperadoras regentes ordenaban el establecimiento de la veneración de íconos”.

www.wikipedia.org. Traducción de una porción del Artículo Byzantine Iconoclasm.

b) “Bien que el cristianismo fue declarado la religión oficial del Imperio en el año 380, la persecución de cristianos no cesó completamente, tornándose en contra de los que fueran tenidos por herejes”.

www.wikipedia.org. Traducción de una oración del Artículo en inglés Persecution of Christians in the Roman Empire.

c) “Desde el tiempo de Constantino hasta el de Clovis y Teodoro, los intereses materialistas, tanto de los romanos como de los bárbaros, fueron afectados profundamente por las disputas teológicas ocasionadas por los arrianos.” Diríase que igualmente, o aún más, por los atanasianos.

3. Antes de que suban el telón, aclaramos que en esta Escena 3 no tiene parte la jerarquía de la Roma pontificia, con sede en la ciudad de Roma, en Italia. Su turno viene en la Escena 4, programándose para ella la oportunidad de enseñarnos cuánta sangre ha derramado en el nombre de Dios, Cristo, “La Virgen” y la “Santa Iglesia Romana Católica y Apostólica”.

En este Escenario 1 de la Escena 3, veremos ejemplos de la mucha sangre derramada por los potentados seculares-religiosos del Imperio Romano de Oriente (llamado, equivocadamente, Imperio Bizantino por muchos historiadores) en el siglo IV, como también por algunos de Occidente, y, además, por los líderes cristianos de varios partidos religiosos, asistidos por sus simpatizantes, los que formaban, en algunas ocasiones, verdaderos “ejércitos” de creyentes profesos que combatían, carnalmente, los unos contra los otros

Sube el telón, y comienza el Escenario 1 de la Escena 3. 

El emperador Constantino el Grande es el protagonista principal.

I. El Concilio de Nicea y las persecuciones resultantes.

A. Fecha: año 325 d. C., día 20 de mayoLugar: la ciudad de Nicea, en la provincia romana de Bitinia, cerca de Bizancio. Hoy, la ciudad se llama Iznik y pertenece a Turquía. Específicamente, el palacio imperial en NiceaEvento: el emperador Constantino el Grande ha invitado a 1,800 obispos de la iglesia cristiana (1,000 del oriente; 800 del occidente) a Nicea para resolver diferencias sobre temas doctrinales tales como:

La relación entre Dios el Padre y Jesucristo. ¿Qué si tengan la misma sustancia, siendo un solo Ser, o si sean uno solo en propósito, nada más? ¿Qué si ambos hayn existido desde la eternidad, o si Cristo fuera creado por el Padre Dios?

La fecha para la celebración de la Pascua.

La validez del bautismo administrado por herejes.

El estatus de los lapsos (cristianos que habían denegado la fe al ser perseguidos, pero, pasado el peligro, deseaban ser restaurados).

Entre 250 y 318 obispos responden a la invitación del emperador, cada uno acompañado por hasta dos presbíteros y tres diáconos, lo cual quiere decir que el total de los que acudieron era de unos 1,800“Una multitud casi incontable”, como dice el historiador cristiano Eusebio de Cesarea, testigo ocular de los acontecimientos.

Todos los obispos provenían de la parte oriental del Imperio Romano, con la excepción de tan solo cinco del occidente. El obispo de Roma, Silvestre I, no asistió, por razones de salud, según él, optando por enviar dos representantes.

Entre paréntesis, aunque Silvestre es identificado como “Papa” por muchos escritores, todo cronista serio e imparcial de la historia cristiana sabe que no había “Papas” en Roma durante aquellos primeros siglos del cristianismo.

See the source imageAhora bien, una mayoría de los obispos que participaron en el concilio estaban más o menos de acuerdo con la enseñanza de Arriano, presbítero de la iglesia en Alejandría, Egipto. Este sostenía que Jesucristo no había existido desde la eternidad y que no era de la misma sustancia de Dios el Padre.

B. Constantino I entra en el palacio imperial de Nicea. Él es emperador único de todo el vasto Imperio Romano, desde Bretaña hasta Persia, desde el Danubio hasta los desiertos de África.

Su nueva capital, la “Nueva Roma”, la que pronto llamarán “Constantinopla”, se está construyendo a toda prisa cerca de Nicea, en la península de Bizancio. Será inaugurada en el año 330 d. C.

Eusebio describe la entrada de Constantino, diciendo: 

“…avanzó por el medio de la asamblea, como algún mensajero celestial de Dios, ataviado con una vestimenta que brillaba, así parecía, con rayos de luz, la cual reflejaba el resplandor luminoso de una túnica púrpura, adornada con el esplendor brillante de oro y piedras preciosas.

Este ícono del Monasterio Mégalo Metéoron, en Grecia, representa al Concilio de Nicea, celebrado en el año 325 d. C. El emperador Constantino I aparece en el mismo centro, vestido de una túnica de púrpura, mientras Arriano, cuya definición de la Deidad fue rechazada por el Concilio, es representado por la figura acostada debajo de los pies del emperador. Efectivamente, Constantino “pisó” a Arriano y sus simpatizantes por un tiempo, como además a otros grupos que catalogó de “herejes”, desatando persecuciones contra ellos que duraron largos siglos.

 

C. Al final de unos dos meses de debates y deliberaciones, todos los obispos, menos dos, a saber, Teonas, de Marmarica en Libia, y Segundo, de Ptolemais, también en África, aprobaron el “Credo de Nicea”.

Arriano, no siendo obispo sino presbítero, no tenía voto. El decreto de aquel Credo en referencia a la relación de Dios el Padre y Jesús estipulaba que los dos son consustanciales, o sea, de la misma sustancia, existiendo los dos desde la eternidad.

Pese a tener los arrianos mayoría al principio del Concilio, su concepto de la Deidad fue rechazado, y por fin, prohibido completamente, cediendo algunos arrianos con ciertas reservaciones declaradas, otros, en honor a la supuesta “posición tradicional” de la iglesia, otros, en apoyo de la unidad, y todavía otros, por temor a represalias por el emperador, pues Constantino había decretado excomulgación y destierro para quien rehusara aprobar el Credo.

D. El papel del emperador Constantino en el Concilio de Nicea. 

Constantino mismo convocó el concilio.

No lo convocó el “Papa de Roma”. Reiteramos y subrayamos: ¡no había “Papa” en Roma en el año 325 d. C.! Ni antes, ni por mucho tiempo después.

Al convertirse Constantino al cristianismo, toma interés vivo en las doctrinas y controversias de la iglesia. He aquí, el hombre más poderoso de toda Europa, el norte de África, el Cercano Oriente y parte del continente de Asia, entregado de repente al estudio de cuestiones teológicas complicadas de una religión que, hacía apenas veinte años, era proscrita y perseguida severamente en el Imperio Romano.

La unidad de la iglesia Constantino la considera, al parecer, importantísima también para la unidad del Imperio, y la persigue tenazmente. Invoca el Concilio de Nicea, y él mismo, el hombre más poderoso, recalcamos, de aquel mundo, toma asiento entre los aproximadamente trescientos obispos, escuchando argumentos y contra argumentos sobre varios temas controvertidos. 

“La presencia del monarca infló la importancia del debate; su atención multiplicó los argumentos, y él expuso su persona con tal intrepidez paciente que el valor de los combatientes fue animado.” 

Constantino no es obispo, y, por consiguiente, no vota. Pero, él es realmente más que obispo. Él es, para los efectos, el “Pontifex Máximus” de la iglesia, y aunque nunca se dé, ni le den, tal título, inevitablemente se hace sentir, extraordinariamente, el peso de su autoridad y poder. ¡Qué cosa inaudita, espectacular, increíble! ¡El gran emperador glorioso, “Salvador del Imperio Romano”, sentado día tras día en medio de obispos de la iglesia!

Visualizándolo allá en Nicea, en el palacio imperial, luciendo su atavío real de púrpura adornado de oro y piedras preciosas, rodeado por aquellos cientos y cientos de obispos, presbíteros y diáconos, no podemos menos que pensar que, para su tiempo, él sería la pura personificación de la “bestia escarlata”.

¿Y quién es aquella “mujer sentada sobre” la “bestia escarlata” (Apocalipsis 17:3) sino la iglesia en apostasía, ya bastante llena de “doctrinas de demonios”, avaricia, materialismo e inmoralidad? La misma iglesia cuyos líderes se atreven a tomar títulos pomposos y sustituir credos, como el de Nicea, por el Nuevo Pacto de Cristo.

El poder y las amenazas de Constantino son sus “votos” en el Concilio, decisivos para algunos obispos arrianos temerosos por su vida. Su participación personal en los asuntos de la iglesia asienta un precedente que siguen sus sucesores, con repercusiones sísmicas tanto en la iglesia como en el Imperio mismo, y muchos gobiernos seculares-religiosos subsiguientes.

Las consecuencias resultan astronómicamente horribles, siendo la más escalofriante y repugnante en grado sumo el derramamiento de mucha sangre en nombre de “la fe”, “la ortodoxia”, “las tradiciones”, “el dogma”, “la unidad”, “la iglesia”. 

“Sangre” que bebe la gran rameraMucha sangre que mancha “la gran ciudad, pues en ella se halló la sangre de los profetas y de los santos, y de TODOS los que han sido muertos en el mundo” (Apocalipsis 18:24).

El emperador romano Constantino el Grande, convertido el cristiano, es realmente el primer “Papa”. Él es quien convoca y domina el Concilio de Nicea en el año 325, participando en las discusiones de los obispos y legislando, efectivamente, las decisiones del Concilio. Exige aprobación de ellas a pena de severas represalias para disidentes, incluso, destierro, confiscación de propiedades y aun la muerte. Su intervención y sus dictámenes desembocaron en fieros conflictos entre distintas facciones cristianas, los que dejaron un saldo de cientos de miles de muertos solo en el Siglo IV de la Era Cristiana. 

El primer “Papa”: el emperador romano Constantino el Grande. ¿Quién convoca y domina el Concilio de Nicea? ¡Este mismo emperador? ¿Quién desata terribles persecuciones sangrientas contra cristianos disidentes? ¡El propio Constantino!

 

El emperador romano Constantino el Grande, convertido el cristiano, es realmente el primer “Papa”. Él es quien convoca y domina el Concilio de Nicea en el año 325, participando en las discusiones de los obispos y legislando, efectivamente, las decisiones del Concilio. Exige aprobación de ellas a pena de severas represalias para disidentes, incluso, destierro, confiscación de propiedades y aun la muerte. Su intervención y sus dictámenes desembocaron en fieros conflictos entre distintas facciones cristianas, los que dejaron un saldo de cientos de miles de muertos tan solo en el siglo IV de la Era Cristiana.

 

E. El emperador Constantino I y los “cristianos ortodoxos” persiguen a muerte a los demás cristianos. 

“Constantino les dio [a los líderes de la iglesia] seguridad, riquezas, honores y venganza; y sostener la fe ortodoxa fue considerado el deber más sagrado e importante del magistrado civil. El Edicto de Milán, magna carta de tolerancia, había confirmado para todo individuo del mundo romano el privilegio de escoger y profesar la religión que quisiera.

“Mas, sin embargo, este privilegio inestimable pronto fue violentado, pues juntamente con el conocimiento de la verdad, el emperador [Constantino] embebió las máximas de la persecución; y las sectas que disintieron de la Iglesia Católica fueron afligidas y oprimidas por el cristianismo triunfante. … 

“No se perdió ni un momento en excluir a los ministros y maestros de las congregaciones separadas [es decir, no tenidas por “ortodoxas”] de cualquier participación en las dádivas e inmunidades otorgadas tan generosamente por el emperador al clero ortodoxo.

“Pero, ya que los sectarios pudieran seguir existiendo pese a la sombra de la desaprobación de la realeza, la conquista del oriente fue seguida de inmediato por un edicto anunciando su destrucción total. Después de un preámbulo lleno de pasión y reproches, Constantino prohíbe absolutamente asambleas de los herejes y confisca sus propiedades públicas para la venta o el uso de parte de la Iglesia Católica.” 

El decaimiento y fin del Imperio Romano, por Edward Gibbon. Tomo I, Página 305.

1. Las siguientes sectas, o grupos de cristianos, fueron condenados por el emperador Constantino:

Los que seguían a Pablo de Samosata [en Armenia].

Los montanistas de Frigia.

Los novacianos.

Los seguidores de Marción.

Los valentinianos.

Y posiblemente los maniqueos. 

“La meta de extirpar el nombre de estas odiosas sectas [Nota del traductor: El sentido es que Constantino las tenía por “odiosas” en el momento.], o al menos restringir su progreso, fue proseguida con vigor y efectividad. Algunas de las directrices penales fueron copiadas de los edictos de Diocleciano; y este método de convertir [a los tenidos por herejes] fue aplaudido por los mismos obispos que habían sentido la mano de opresión y rogado por derechos humanos.” 

¡Conque “obispos” de la iglesia aplaudan, en el año 325 d. C., la persecución, tortura y muerte de otros cristianos! Se deduce que un espíritu malísimo de venganza carnal se hubiera adueñado de las almas de estos “obispos”. Una intolerancia fiera, egoísta, violenta.

De esta manera, se hicieron presas de “la gran ramera, hechizados por ella, dispuestos a derramar sangre. Sangre que bebería ella. ¡“Extirpar el nombre” de esos “sectarios cristianos”! Usando los propios obispos las tácticas y los medios de Diocleciano, emperador pagano. ¿No es esto el colmo de la ironía y la vergüenza?

2. “El credo de Nicea fue ratificado por Constantino, y la firme declaración de este al efecto de que los que resistieran el juicio divino del sínodo debieran prepararse para ser inmediatamente exiliados, aniquiló las murmuraciones de la débil oposición, la que fue reducida, casi instantáneamente, de diecisiete obispos protestantes a dos. … El impío Arriano fue exiliado a una de las provincias remotas de Iliria; su persona y sus discípulos fueron tachados, por ley, con el nombre odioso de porfirianos; sus escritos fueron consignados a las llamas, y el castigo capital fue pronunciado contra quienes fuesen descubiertos con ellos en su posesión. El emperador había llegado a embeber el espíritu de controversia, y el estilo airado y sarcástico de sus edictos tuvo como propósito inspirar en sus súbditos el odio que él había concebido contra los enemigos de Cristo.” [Nota. Es decir, contra los que el emperador calificó como enemigos de Cristo.]

Así sucede, pues, que el primer emperador “convertido” al cristianismo induce a los líderes de la iglesia a la violencia, a imponer su voluntad, aunque para lograrlo tuvieran que perseguir y matar.

Este mismo espíritu perverso llevó a la jerarquía eclesiástica a cometer algunas de las atrocidades más grandes de la historia de la raza humana –guerras religiosas, torturas indecibles, Santa Inquisición puramente diabólica, etcétera.

F. Con todo, “…la mente de Constantino no fue completamente corrompida por el espíritu de celo y fanatismo”.

1. Por ejemplo, el emperador pronto quedó convencido de haber actuado precitadamente en el caso de los novacianos, emitiendo un edicto que los eximió de las penalidades de la ley y permitiendo que construyeran una iglesia en Constantinopla. 

Novaciano, contendiente por el obispado de Roma, enseñaba que la iglesia no debiera recibir de nuevo a los lapsos, es decir, a los cristianos perseguidos que se renegaban de la fe, pero que, una vez pasada la persecución, pedían ser restaurados a comunión.

2. Tres años después de ser desterrado Arriano, y condenados sus seguidores, Constantino anuló el edicto contra ellos, ordenando que Arriano fuese restaurado a comunión en la catedral de Constantinopla.

En el mismo día fijado para este evento, Arriano murió, al parecer, no por causas naturales. Los tres principales líderes de los católicos, Atanasio de Alejandría, Eustaquio de Antioquía, y Pablo de Constantinopla, fueron interrogados [acerca de la muerte de Arriano] por orden de numerosos concilios, siendo luego desterrados a provincias distantes por el primero de los emperadores cristianos, quien, en los últimos momentos de su vida recibió el rito del bautismo a manos del obispo arriano de Nicomedia.” 

Pese a su aceptación de los arrianos, Constantino “consideró al Concilio de Nicea como baluarte de la fe cristiana, y la especial gloria de su reino. 

El decaimiento y fin del Imperio Romano, por Edward Gibbon. Tomo I. Página 315. Algunos datos y citas de esta Partida I fueron tomados de www.wikipedia.org, del Artículo en inglés The Council of Nicaea.

G. Observaciones sobre el impacto del Concilio de Nicea y el Credo de Nicea.

1. El Concilio de Nicea no logró eliminar las causas de fuertes controversias en la iglesia. Pese a que aprobaran el Credo de Nicea todos los obispos menos dos, al marcharse cada uno para su respectiva ciudad, los desacuerdos se encendieron de nuevo, imponiéndose el arrianismo aun en la mayor parte del Imperio Romano.

De la manera que el mismo emperador Constantino cambió de parecer respecto a Arriano y su interpretación de la Deidad, asimismo otros líderes religiosos de la época se manifestaban ambivalentes en sus convicciones.

Un párrafo de la pluma del obispo Hilario, de Portiers, Francia, pone de relieve el caos creado por las controversias.

“Existe una cosa tan deplorable como peligrosa, a saber, que entre los seres humanos el número de credos corresponde al número de opiniones, el de doctrinas al de inclinaciones y hay tantas causas de blasfemia como fallas entre nosotros. Porque hacemos credos arbitrariamente, también explicándolas arbitrariamente. El vocablo ‘homoousion’ [griego, traducido como ‘consustancialidad’] es rechazado, luego recibido, y entonces dado tantas definiciones, por sínodos sucesivos, que pierde significado. El parecido parcial o total del Padre y del Hijo es el sujeto de disputas para estos tiempos infelices. Cada año, aún más, cada nueva luna, hacemos nuevos credos en el intento de describir misterios invisibles. Nos arrepentimos de lo que hemos hecho, defendemos a los que se arrepienten, para entonces anatemizar a aquellos que defendíamos. Condenamos o la doctrina de otros en nosotros mismos, o la nuestra en otros; y así, recíprocamente, despedazándonos los unos a los otros, hemos sido la causa de la ruina el uno del otro.”

Traducido del texto encontrado en El decaimiento y fin del Imperio Romano, por Edward Gibbon. Tomo I, Página 312. Hilario de Poitiers. Obispo de la iglesia en Poitiers, Francia. Nacido a principios de siglo IV, hacia 315 d. C., en PoitiersFrancia; fallecido en la misma ciudad en 367.

2. Estas controversias resultaron en grandes persecuciones y muchísimas muertes en el siglo IV. Más adelante, también constituyeron un factor importante en las guerras entre los romanos y los bárbaros, pues estos, en su mayoría, se convirtieron al cristianismo arriano

“Una parte sustancial del sureste y del central de Europa, incluso muchos de los godos y vándalos… habían abrazado al arrianismo, convirtiéndose también los visigodos al cristianismo arriano en 376 d. C., lo cual condujo a que el arrianismo fuera un factor religioso en unas que otras guerras en el Imperio Romano.” 

 

 


 

Próximo Escenario 2, de la Escena 3, de la Mujer ebria de la sangre de los santos. Eventos estremecedores del siglo IV.

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