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Comentario sobre Hechos por J. W. McGarvey. Boceto del Contenido completo.

 

Hechos de Apóstoles

Por Lucas, el médico amado

Felipe predica el evangelio a los samaritanos, ilustración para el comentario por McGarvery sobre Hechos 8, en editoriallapaz.

Felipe predica las buenas nuevas de salvación en Cristo a los samaritanos, bautizándose hombres y mujeres, incluso Simón el Mago.

 

Comentario por J. W. McGarvey, M. A.

Predicador y escritor de la Iglesia de Cristo

Adaptación del Prof. E. J. Westrup 

Parte Segunda

El evangelio se extiende por Judea y regiones comarcanas

Sección I

Labores de Felipe

Hechos 8:5-40

PDF de este estudio

1.  Felipe funda la iglesia en la ciudad de Samaria
Hechos 8:5-13

     Versículo 5. Entre los muchos que ahora iban predicando la palabra, sigue primero el escritor a Felipe, y describe algo de sus labores. (5) “Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predi­caba a Cristo.” Este Felipe no era el apóstol de este nombre, pues ya vimos que en el Versículo 1 se dice que los apóstoles se quedaron en Jerusalén. Fue uno de los siete que se mencionan en el Capítulo 6:5. Es evidente que se hizo evangelista; no que se le haya separado formalmente para esta obra, sino que comenzó a evangelizar por la fuerza de las circunstancias. Entre los comentadores antiguos hubo mucha disputa de si la ciudad a donde fue era una de la región de Samaria o la ciu­dad llamada Samaria; pero hoy se admite que el artículo definido es parte del texto griego, con lo que la cuestión se resuelve. (Herodes le cambió el nombre a Sebastes, griego por el de Augusta en honor de Augusto César. Todavía retiene este nombre que en árabe se dice Sebustiye.) Fue la antigua capital de las diez tribus, y hacía poco que Herodes el Grande la había ampliado y embellecido. Lucas describe primero la obra de Felipe en Samaria porque éste fue el primer tra­bajo con buen éxito fuera de Judea, y porque, en las direcciones que el Señor dio para la obra, Samaria va enseguida de Judea.

     Versículos 6 - 12. Cuando Felipe entró a la ciudad de Samaria, la mente del público se hallaba en condiciones que en apariencia eran adver­sas a la recepción del evangelio. La práctica de artes mágicas era cosa muy común entre los judíos y samaritanos de aquella edad, y en todas las naciones las masas del pueblo eran muy supersticiosas en este respecto. A esa mera sazón, el pueblo de Samaria estaba comple­tamente dominado por la influencia de un mago famoso, así que Felipe tenía que vencer este obstáculo antes de esperar el éxito. La historia del conflicto y del triunfo se dice muy en compendio. (6) “Y las gentes escuchaban atentamente unánimes las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. (7) Porque de muchos que tenían espíritus inmundos salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados: (8) así que había gran gozo en aquella ciudad. (9) Y había un hombre llamado Simón, el cual había sido antes mágico en aquella ciudad, y había engañado la gente de Samaria diciéndoles ser algún grande: (10) al cual oían todos atentamente desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es la gran virtud de Dios (11) Y le estaban atentos porque con sus artes mágicas los había embelesado mucho tiempo. (12) Mas cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres.” Este fue otro caso de conversión en muy breve relato de los medios e influencias que entraron en juego para producirla. La predicación de Felipe como la de los apóstoles el día de Pentecostés y la del Señor Jesús antes que ellos, iba acompañada de milagros. El primer efecto en el pueblo fue gran gozo y se acompañó de la atención de mayor interés a las cosas que Felipe hablaba (Versículos 6 - 8). Enseguida sacudieron el encanto que en ellos había obrado Simón, y creyeron la predicación de Felipe (Versículos 9 - 12). Al creer, se bautizaban hombres y mujeres (Versículo 12), y allí termina el breve relato. Es tan sencillo y directo como la comisión bajo la que Felipe predicaba: "El que creyere y fuere bautizado será salvo".

     Bien escogió Lucas este caso de conversión, porque los sujetos en el, hasta el momento de hablarles Felipe, estaban bajo el encantamiento de un mago, y los milagros que Felipe obraba vinieron a dar comparación directa con los que Simón había hecho. El que la gente sin titubear diera al traste con su fe en Simón como la gran virtud de Dios y creyeran implícitamente lo que Felipe hacía y enseñaba, no se puede explicar en la base de que había tan gran diferencia entre los trucos del hechicero y los milagros, que la gente, aunque totalmente engañada por aquél, pudiera ver, al colocarles lado a lado, que éstos eran cosa divina y los otros productos humanos. Los trucos del hechicero eran, y son aún, tan inexplicables para el espectador como los milagros, pero aquéllos son trucos y nada más, y por lo mismo indig­nos de Dios como su autor. Los milagros consisten en actos de cura­ción del todo benéficos y dignos del poder divino que los produce. Más aún, éstos servían al propósito de acreditar un mensaje de piedad a una raza perdida, propósito muy superior en beneficencia por el bien inmediato que traían al afligido. Por tal distinción, en vez de ser exhibiciones superiores de arte de magia, como los escépticos han alegado, se hallan en conflicto mortal con la magia cuando unos se presentan a los otros. Mayor evidencia de esto se halla en Capítulo 13:6-12; 19:11-20.

     Versículo 13. El triunfo más señalado se obtuvo en esta ocasión sobre Simón mismo. Lucas le da prominencia en declaración aparte con estas palabras: (13) “El mismo Simón creyó también entonces, y bautizándose, se llegó a Felipe: y viendo los milagros y grandes maravillas que se hacían, estaba atónito.” Su asombro prueba que él vio, como veía la gente, la distinción entre los milagros y sus propios trucos de escamoteo. Podía entender la índole de éstos, esto es, de los que él sabía trabajar, por experiencia que tenía en tales manejos, pero los otros le eran incomprensibles, como a toda la gente. Fue esto sin duda lo que lo hizo creer, y para eludir la confusión de su fe en que muchos deben haber incurrido, obsérvese que las palabras "Simón creyó también entonces" se escribieron, no según el punto de vista de Felipe, sino según el de Lucas. Felipe pudo haberse en­gañado con una fe pretendida. Lucas, que escribió mucho después de lo sucedido y con todo el conocimiento que tenemos de la vida posterior de Simón, dice que creyó, con lo que se excluye toda duda de la realidad de su fe. Hay que interpretar a la luz de este hecho lo que adelante se expresa (Versículos 18 - 24). El bautismo que recibió lo entregó no solo a esta fe, sino a abandonar la hechicería con todo otro pecado.

2.  Misión de Pedro y Juan en Samaria. Versículos 14 - 17.

     Versículos 14 - 17. Introduce enseguida Lucas un incidente que, por su singularidad en la historia del Nuevo Testamento y por las especulaciones que ha provocado, nos exige consideración muy especial. (14) “Y los apóstoles que estaban en Jerusalén, habiendo oído que Samaria había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan: (15) los cuales venidos, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; (16) (porque aun no había descendido sobre ninguno de ellos, mas solamente eran bautizados en el nombre de Jesús). (17) Entonces les impusieron las manos, y recibieron el Espíritu Santo.” Para entender correctamente este procedimiento, se deben observar cuatro hechos conspicuos:

1.  Que habiendo creído los samaritanos y siendo bautizados, de acuerdo con la comisión (Marcos 16:16) y con la respuesta de Pedro en Pentecostés (Hechos 2:38), recibieron el perdón y tenían ya posesión del "don del Espíritu Santo".

2.  Después de gozar de estos dones suficiente tiempo para que la noticia llegara a Jerusalén, se reunió el cuerpo de apósto­les para decidir enviarles a Pedro y Juan. (Pedro y Juan enviados por los otros apóstoles, es un mentís a la doctrina romanista del primado de Pedro, pues muestra que se sometía a los acuerdos de sus colegas hermanos.)

3.  Antes de la llegada de Pedro y Juan, el Espíritu Santo con sus virtudes milagrosas, no había llegado sobre ninguno de los samaritanos.

4.  A la imposición de las manos de los dos apóstoles, acompañada de la oración, cayó sobre ellos el Espíritu Santo con sus potencias milagrosas.

Varias son las conclusiones que de estos hechos podemos sacar.

-Cualesquiera otros propósitos que hayan impulsado la misión de los dos apóstoles, como confirmar la fe de los discípulos, o ayudar a Felipe en sus labores, muy seguro es que el principal fue impartir el Espíritu Santo. Lo que a su llegada hicieron, seguro es que para eso iban, pero lo principal entre lo que hicieron fue dar el Espíritu Santo. Esto fue pues el objeto primordial de su visita. Si Felipe hubiera podido conferir este don, la misión de los dos apósto­les habrá sido inútil en lo que concierne al objeto principal. Esto proporciona fuerte evidencia de que el don milagroso del Espíritu Santo no se concedía por manos humanas otras que las de los apóstoles, y se confirma esta conclusión al considerar que la otra instancia única de este jaez que se registra en Hechos, la de los doce en Éfeso (Capítulo 19:1-7), fue don concedido por las manos de un apóstol. No es excepción de esto el caso de Saulo (Véanse observaciones sobre Capítulo 9:17.); tampoco el de Timoteo, pues aunque se dice que éste recibió el don "con la imposición de las manos del presbiterio" (cuerpo de ancianos), con todo, éste o algún otro don lo obtuvo al imponerle las manos Pablo (1 Timoteo 4:14; 2 Timoteo 1:6). Recibió el don milagroso, sin duda, de Pablo, y de los ancianos el de su puesto de evangelista.

-El hecho de haber gozado de perdón y membresía en la iglesia estos discípulos antes de recibir el don milagroso, prueba que tal don no tenía conexión con el goce de aquellas bendiciones; pero la potencia mística de un ultra espiritualismo ha metido en confusión a muchas mentes en este importante asunto. Testimonio de ello es lo siguiente que Neander dice referente a la condición de los samarita­nos antes de la visita de Pedro y Juan: "No habían aún alcanzado la conciencia de una comunión vital con el Cristo que Felipe predi­caba, ni aun la de una vida personal divina. La inmanencia del Espíritu era aún algo extraño para ellos, que lo conocían solo por las operaciones maravillosas que ocurran en torno suyo". Tal observa­ción va en conflicto con la comisión, y con la promesa apostólica de recibir el don del Espíritu Santo los que se arrepintiesen y fuesen bautizados. También contradice la enseñanza de Pablo, que la morada del Espíritu caracteriza a todos los que son de Cristo (Romanos 8:9-11); pues por cierto, cuantos habían sido propiamente "bautizados en el nombre de Jesús", como los samaritanos, eran de él.

-La declaración “aun no había descendido sobre ninguno de ellos, mas solamente eran bautizados en el nombre de Jesús”, muestra que no existía conexión tal entre el bautismo y el don milagroso del Espíritu, para inferir éste de aquél. Luego, ese don no era común a los discípulos, sino que lo gozaban solo aquellos a quienes se les impartía especialmente.

-En vista de que este don extraordinario del Espíritu no era indispensable ni para la conversión ni para el perdón de aquellas personas, ni para que el Espíritu morase en ellos, es pertinente inquirir para qué objeto se concedía. Ya en el Capítulo 1:8 hemos indicado que el designio de concederlo a los apóstoles fue dotarlos del poder para establecer el reino y del testimonio milagroso de su misión. En gene­ral, los milagros llevaban el designio de indicar la sanción divina del procedimiento con que tenían conexión, pero cuando el milagro asumía forma mental, era la intención también de impartir al sujeto un poder mental sobrenatural. La naciente iglesia en Samaria hasta entonces había sido guiada por la enseñanza de Felipe, y más luego por la de Pedro y Juan; pero estos hombres, para cumplir con su alto cometido, pronto habrían de ausentarse a otros campos de la obra; y si al suceder esto dejaban a la iglesia en la condición en que Pedro y Juan la hallaron, habría sido dejarla sin medios de aumentar su conocimiento de la nueva institución, y sin nada más que la memoria insegura de los hermanos que pudieran retener con precisión lo que ya habían aprendido. Primariamente, para suplir este defecto, y en lo secundario para dejar a la iglesia medios de convencer a los que no creían fue que se concedió el don de la inspiración. Podemos presu­mir que se concedió, no a todos, hombres y mujeres, sino a un número suficiente de individuos escogidos. El designio de tales dones, y la manera en que se ejercían en la congregación, Pablo la presenta plenamente en 1 Corintios 12 al 14. Estos dones sirvieron a un propósito temporal, mientras que los hechos, las doctrinas, preceptos y promesas del nuevo pacto se ponían por escrito por hombres inspirados que fue cuando las profecías, las lenguas y el conocimiento milagroso de maestros individuales cedieron lugar a la gloria de la Palabra escrita.

 
Y como Simón vio que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, (19) diciendo: Dadme también a mi esta potestad, que a cualquiera que pusiere las manos encima, reciba el Espíritu Santo.

3.  Propuesta perversa de Simón. Hechos 8:18-24.

     Versículos 18 y 19. En las observaciones que preceden sobre el incidente que nos ocupa, se ha presumido que el don del Espíritu que ahí se impartió fue el milagroso. Tal presunción se justifica por el hecho de que fue objeto de observación para los que presenciaron, como se evidencia en lo que sigue del texto. (18) “Y como Simón vio que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, (19) diciendo: Dadme también a mi esta potestad, que a cualquiera que pusiere las manos encima, reciba el Espíritu Santo.” Tal propuesta nos muestra, como también lo hace el Versículo 17, que el Espíritu no venía sobre estas personas directamente del cielo, como fue con los apóstoles el día de Pentecostés, sino que se impartía por la imposición de las manos, y venia mediante las personas de los apóstoles en quienes el Espíritu moraba. Esto constituye una marca de distinción entre el bautismo en el Espíritu y el don del Espíritu. Véase más adelante lo del Capítulo 11:16.

     Para darnos cuenta de la infame propuesta de Simón, nos es preciso recordar su modo de vida anterior, y considerar los hábitos mentales que lo originó. Como hechicero, había sido negocio suyo aumentar su capital comprando a otros hechiceros secretos de trucos que él mismo no sabía ejecutar y andar a caza de oportunidades para tales adquisiciones. Al ver a los apóstoles hacer partícipes a otros del poder de obrar milagros reales, inmediatamente comprendió que había aquí lugar de hacer ganancia muy superior a todo lo que ya había dejado. Su avaricia dominante mezclada con la pasión del aplauso popular, cultivada también por sus antiguos hábitos, lo im­pulsó a hacer esta demanda, y el efecto deslumbrador de estas pasiones le impidió ver cuánta vileza había en ofrecer dinero por tal virtud y la de tratar de venderla a otros.

     Versículos 20 - 23. Para un apóstol, nada podía ser más abominable que una oferta tal. Excitó el espíritu impulsivo de Pedro, y la respuesta que dio se marca por su vehemencia característica. (20) “Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo que piensas que el don de Dios se gane por dinero. (21) No tienes parte ni suerte en este negocio; porque tu corazón no es recto delante de Dios. (22) Arrepiéntete pues de esta tu maldad y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón. (23) Porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás.” Esta descripción de la condición espiritual de Simón es explícita y enfática. "Hiel de amargura" es expresión violenta para su condición de miseria, y "prisión de maldad" indica el dominio en que la iniquidad lo tenía. Su corazón no era recto delante de Dios, y él iba camino de perdi­ción. La declaración "no tienes tú parte ni suerte en este negocio" no se debe limitar a la cuestión de impartir el Espíritu, según aparece en la razón que da: "porque tu corazón no es recto delante de Dios". Si el corazón lo tuviera recto delante de Dios, todavía no habría tenido parte ni suerte en impartir el Espíritu Santo. La referencia es a todo el asunto de que se trata, en el que una persona bautizada tuviera parte si su corazón fuera recto.

     La condición desprovista y miserable de Simón se ha interpre­tado por muchos como prueba de que desde el principio no fue más que un hipócrita. Que se justifique tal inferencia depende de si la conversión comprende tan completa renovación que se erradiquen del todo los antiguos hábitos mentales para nunca jamás ejercer en uno su poder otra vez. Si esto es cierto, Simón nunca fue convertido genuino por cierto. Pero si como nos enseñan la Escritura y la experiencia, al volverse a Dios un pecador, quedan todavía en su interior en estado latente sus pasiones listas a activarse en la tentación, hay que admitir que Simón fue en verdad creyente arrepentido cuando se bautizó, y ya que Lucas dice, teniendo delante todos los hechos, que creyó (Versículo 13), no debemos desmentir este testimonio inspirado. El desdichado había llegado a ser hijo de Dios, aunque no era más que un pequeñito, y tanto más débil era por la degradación a que lo había reducido su condición moral antes de su conversión. Se vio, pues, presa fácil de la tentación, que le sobrevino en su forma antigua y de modo inesperado. Cayó como muchos caen todavía, cuando la pasión adormecida de repente se despierta. Por lo mismo Pedro no le dice lo que a alguien alarmado de los del mundo, "Arrepiéntete y sé bauti­zado", sino como a un discípulo que peca: "Arrepiéntete y ruega a Dios si quizá te será perdonado el pensamiento de tu corazón". El "quizá" indica muy claramente la duda de que se obtenga el perdón. Se basó la duda en la incertidumbre que había en la mente de Pedro de si, bajo tales circunstancias, bastaría el arrepentimiento de uno para obtener completo perdón. Pedro no podía hacer alusión al pecado imperdonable, como varios comentadores lo han supuesto, pues sabía cuál era tal pecado sin perdón, y sabía que Simón no lo había cometido.

     Versículo 24. La duda que el "quizá" indica de parte de Pedro se confirma hasta cierto punto en la respuesta de Simón. (24) “Respondiendo Simón dijo: Rogad vosotros por mí al Señor, que ninguna cosa de éstas que habéis dicho venga sobre mí.” Esta réplica muestra claro que las palabras candentes de Pedro aterrorizaron a Simón, aunque allí paró todo. Se le dijo que orase por el perdón de sus pecados. En vez de eso, pide a los dos apóstoles que rueguen por él, y limita su súplica a pensar solo en escapar de las consecuencias que le mencionaron. Aquí lo deja el relato, y aunque en condición mejorada, no da seguridad de arrepentimiento final ni salvación. Se refieren muchas tradiciones por Justino Mártir, Cirilo de Jerusalén, Ireneo, Tertuliano y el autor de "Reconocimientos Clementinos", escritores todos del Siglo II, pero la mayor parte de esto es por cierto legendario y nada seguro. No es prudente llenar la memoria de cuentos ociosos que se refieren a caracteres bíblicos.

4.  Otras labores de Pedro y Juan, y su retorno. Hechos 8:25.

     Versículo 25. Lo que enseguida informa el autor ilustra otra fase de las labores que luego emprendieron los apóstoles. (25) “Y ellos habiendo testificado y hablado la palabra de Dios, se volvieron a Jerusalén, y en muchas tierras de los samaritanos anunciaron el evangelio.” La proposición primera de esta oración se refiere a lo que enseguida testificaron y anunciaron en la ciudad de Samaria; y la segunda a su labor de camino a Jerusalén. El trámite de Samaria a Jerusalén los llevó por Siquem, tan mentado en el Antiguo Testamento, y Sicar, cerca del pozo de Jacob donde Jesús conversó con la mujer de Samaria (Juan 4:39-43). Si todavía vivía esa mujer, y si no había ido a Samaria para oír a Felipe, tuvo ahora oportunidad de saber lo que Jesús quiso decir con sus enigmáticas palabras del "agua viva" (Juan 4:10-15). Para tener contacto con otros pueblos que no fuesen solo los del camino real, quizá los apóstoles tomaron una ruta de circuito a Jerusalén, y sin duda en cada uno permanecía lo suficiente para cosechar frutos de sus labores.

5.  Felipe enviado al etíope eunuco. Hechos 8:26-31.

     Versículo 26. Luego que la congregación de Samaria se vio surtida de dones espirituales y con suficiente instrucción para justificar dejarla a sus propios recursos para edificación, Felipe fue llamado a otro campo de labor y ahí se nos presenta un caso de conversión en que el sujeto es un solo individuo, y los detalles se dan con plenitud rara. Es un caso en que se ve que Dios hace sus planes, por decirlo así, para producir el resultado, y podemos seguir con distinción el mé­todo de su procedimiento.

     El primer paso que se dio fue misión de un ángel del cielo, pero al aparecer el ángel en la tierra, no pasó, como en muchas visitas angélicas imaginarias con tal propósito, en presencia del que va a ser convertido, sino ante el predicador. (26) “Empero el ángel del Señor habló a Felipe diciendo: Levántate y ve hacia el sur, por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto.” Esto fue todo lo que el ángel tuvo que decir. Cumplió su parte de la obra, que fue solo enviar al evangelista por la dirección de quien iba a ser conver­tido; así desaparece de la escena.

Phillip meeting the Ethiopian´s chariot
Camino de Jerusalén a Gaza. Felipe alcanza al carro del "gobernador de Candace, reina de los etíopes" .

     Las palabras "el cual es desierto" (si las dijo el ángel o las añadió Lucas, no es de importancia) fueron para anotar la singulari­dad de enviar a un predicador de un distrito populoso a una región despoblada. Aquí el término "desierto" no se ha de entender un yermo; entre Jerusalén y Gaza nunca ha existido tal cosa. Lo que quiere decir es que el camino va por un distrito comparativamente despoblado. En comentarios antiguos que se escribieron antes del período de exploración reciente del país, se halla mucho error y confusión, pero especialmente las exploraciones hechas en este siglo han aclarado el asunto mostrando que había un buen camino pavimentado de Jerusalén a Gaza, algunos de cuyos vestigios están aun visibles, aunque en la parte más deteriorada está la vía intransitable para vehículos. La distancia de una a otra población es como 70 kilómetros, y la dirección de Jerusalén es casi directamente al suroeste. A ocho o diez kilómetros de esa ciudad principia el camino a bajar de la serranía central, a través de la tosca y estrecha barranca llamada Wady el Mesarr, hacia Wady es Sunt, que en el Antiguo Testamento se conoce como Valle de Elah. Después de cruzar éste unos cuantos kilómetros derecho al sur, vuelve el camino al poniente y sube por otro wady al nivel de la gran llanura de Filistia, por donde sigue hasta llegar a Gaza. El paso a lo largo de la barranca de la cierra debe ser la parte que se puede llamar desierto, pues todo el resto pasa el camino por entre pueblos, pastos y labores cultivados: es decir, así era el país cuando estaba bien poblado. Si el camino que traía Felipe cruzó este otro en el desierto, es que viajó derecho al sur desde Samu, pasando al poniente de Jerusalén, por cumplir así las direcciones del ángel.

     Versículos 27 y 28. Puntualmente obedeció Felipe al ángel, y haciendo así 80 kilómetros, vino a dar con el camino designado por detrás del carro. El que lo ocupaba era por quien él había venido, aunque nada sabrá de él aún. (27). “Entonces él se levantó y fue: y he aquí un etíope, eunuco, gobernador de Candace, reina de los etíopes, el cual era puesto sobre todos sus tesoros y había venido a adorar a Jerusalén, (28) se volvía sentado en su carro y leyendo el profeta Isaías.” Todo cuanto se dice del hombre lo supo Felipe después, y sin duda se lo comunicó a Lucas. Su condición de eunuco le quitaba el privilegio de mezclarse con la congregación judía y de entrar al atrio judío del templo, pero no le vedaba pasar al Atrio de los Gentiles, en el que de todas las naciones, limpios e inmundos, tenían libertad de tributar culto. (Aunque los mutilados así eran aislados de la asamblea de Israel lo mismo que los gentiles, lo primero era con objeto de evitar que los judíos o sus hijos llegaran a mutilarse del mismo modo (Deuteronomio 23:1); no obstante, si obedecían la ley de Dios ambas clases tenían el aliciente de adorar a Dios y enviar sus sacri­ficios seguros de que serían aceptos (Isaías 54:1-3.) El haber estado en Jerusalén para adorar y entregarse ahora al estudio de la Escritura de los judíos, nos da casi la seguridad de que era o un judío o un prosélito, probablemente lo primero, y si añadimos a esto la circun­stancia que más tarde Lucas introduce acerca del bautismo de los incircuncisos como una innovación, nos vemos obligados a creer que la intención de Lucas fue que se consideraba a este eunuco como circuncidado. No era raro que judíos y criados en tierras foráneas lograran puestos eminentes como el de este hombre, especialmente en el departamento de finanzas, para el que siempre han sido idóneos por naturaleza.

The hills of Samaria with women carrying water pots
Samaria. Mujeres cargando agua.

     Se observa que hubo una Presencia notable que hizo que la misión del ángel y los movimientos de Felipe coincidieran con el principio y progreso del viaje de este eunuco. Felipe debe haber partido de Samaria no más temprano que el día anterior al en que el eunuco salió de Jerusalén. Pero el Señor que mandó al ángel sabía bien a que hora el eunuco emprendería el viaje, cuánto tardaría en llegar al punto en que Felipe lo alcanzara, y el tiempo que Felipe hubiera de tardar para llegar al mismo punto. La misión del ángel vino a tiempo de hacer que todos los movimientos llegaran simultáneamente a su fin, y así la Providencia divina, unida a la misión milagrosa del ángel, produjo la conversión que se querrá de aquel eunuco, para enviar el evangelio hasta una nación remota.

     Versículo 29. Cuando Felipe llegó al camino al que le dirigió su misión, la cumplió hasta lo que podía saber por el mensaje del ángel, pues esto fue todo cuanto el ángel le dijo. Sin duda aquí se habría detenido a recibir órdenes si no lo hubiera movido otra dirección divina. En ese momento preciso tomó parte en el suceso el Espíritu Santo; y como con el ángel, no comenzó con el pecador, sino con el predicador. (29) “Y el Espíritu dijo a Felipe: Levántate y júntate a este carro.” El propósito de tal comunicación fue sin duda el mismo del ángel, hacer que el predicador y el oyente entrasen a conversar cara a cara. Si no, Felipe podría haber dejado pasar hasta desaparecer el carro, que ya se le adelantaba.

     Versículo 30. Para poder hacer según el Espíritu dirigía, Felipe tuvo que moverse enérgicamente. (30) “Y acudiendo Felipe, le oyó que leía el profeta Isaías, y dijo: Mas, ¿entiendes lo que lees?” Aquel hom­bre iba leyendo en voz alta —buen modo para fijar la mente en lo que se lee. Considerando las posiciones relativas de los protagonistas, la pregunta de Felipe, "¿Entiendes lo que lees?" nos impresiona como algo abrupto, si no impertinente como método de presentarse a aquél encumbrado. Con todo, era pregunta apropiada, y se propuso con prudencia. Todavía no conocía Felipe a ese hombre, no sabía cómo aproximársele, si como compañero discípulo o como creyente. Sabía que, si no era creyente, no podía explicarle el significado de la predicción bien conocida que iba leyendo, una de las más llanas entre todas las de los profetas referentes a los sufrimientos del Cristo. Los judíos, no queriendo aplicarla al Cristo, porque lo esperaban como gran monarca terreno, no sabían qué hacer con ella. Por otro lado, sabía que, si el hombre era creyente, el pasaje sería tan claro que no errase. El objeto de la pregunta fue pues averiguar la posición que en religión ocupaba el hombre, y así resolver el modo de proce­der con él en adelante.

En esta escena, el evangelista Felipe predica el evangelio al tesorero del reino de Etiopía, ilustración para el comentario sobre Hechos por McGarvery, en editoriallapaz.

6.  Felipe predica al eunuco, lo bautiza y luego predica en Filistia. Hechos 8:31-40.

     Versículos 31 - 35. La contestación del eunuco a la pregunta de Felipe fue pronta y satisfactoria. (31) “Y él dijo: ¿Y cómo podré si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiese y se sentase con él. (32) Y el lugar de la Escritura que leía era éste: Como oveja a la muerte fue llevado, y como cordero mudo delante del que le tras­quila, así no abrió su boca: (33) en su humillación su juicio fue quitado: mas su generación, ¿quién la contara? porque es quitada de la tierra su vida. (34) Y respondiendo el eunuco a Felipe, dijo: Ruégote, ¿de quién el profeta dice esto? ¿De sí o de otro alguno? (35) Entonces Felipe abriendo su boca y comenzando desde esta escritura, le anunció a Jesús.” (Siguiendo la versión Septuaginta, esta cita se halla en Isaías 53:7-8.) Felipe ya comprendió al hombre, y se dio mejor cuenta de lo que consigo mismo había pasado. Era aquél un devoto adorador de Dios, y aunque tesorero de un reino distante, no perdía de venir a Jerusalén a adorar según los requisitos de la ley. Allí había estado ya, y de camino a su tierra, apenas perdía de vista la ciudad santa, echó mano del libro de Isaías para leer mientras caminaba.

     Lector prudente que quiere con solicitud, leía para saber el sentido de cada trozo. Aun no cree en el Cristo, pues de otro modo no tuviera duda de a quién se refería este pasaje. Y acierta a acontecer que lee y estudia, entre todos los trozos de Isaías, aquél que, ya entendido, lo traería precisamente al Cristo. ¿Podía Felipe dejar de reflexionar? "¿Dios mandó su ángel para traerme aquí en el preciso momento en que él previó que éste fuera leyendo este mero pasaje y haciéndose en su interior la pregunta que yo puedo contestar con el nombre de Jesús"? No había tiempo que perder en cavilar sobre este resultado de la presencia y sabiduría de Dios, aunque no hay duda de que el alma de Felipe se enardecería al proceder entonces desde esta escritura a predicar a Jesús como su cumplimiento. Y si su perplejo oyente hubiera hecho para sí  la plegaria de David: "Abre mis ojos, y miraré las maravillas de Tu ley", debe haberse dado cuenta de la contestación al ver brillar del escrito, en antes tan brumoso, la gloria del Salvador que sufría. Le fueron abiertas las Escrituras por ministerio de ángeles y del Espíritu, mas todo se vol­vió efectivo para él por las palabras del predicador.

     Versículos 36 - 40. El relato de esta conversión finaliza, como el de Pente­costés y el de los samaritanos, con el bautismo al sujeto. (36) “Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua; y dijo el eunuco: He aquí agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? (38) Y mandó parar el carro: Y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco; y bautizóle, (39) Y como subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y no le vio más el eunuco, y se fue por su camino gozoso. (40) Felipe empero se halló en Azoto: y pasando, anunciaba el evangelio en todas las ciudades hasta que llegó a Cesarea.” La primera agua a que llegaron, si no fue alguna fuente junto al camino, era el arroyo que David vadeó para su encuentro con Goliat (1 Samuel 17 40). Es un arroyo de montaña que durante el verano se seca, pero por el invierno y la primavera fluye fuerte. Tales riachuelos siempre abren charcos aquí y más allá muy apropiados para el bautismo. Si el carro ya había cruzado este arroyo cuando el eunuco pidió el bautismo, hay otro en la llanura de Filistia, llamado ahora Wady el Hasy, que Robinson, el primero en instituir inteligente indagación sobre el asunto, fijó como el lugar para el bautismo. Es corriente perenne y adecuada para bautizar en toda estación del año. Sin embargo, no es improbable que el verdadero lugar de este bautismo fuera uno de los muchos estanques artificiales que abundaban en aquel país, ruinas de los cuales se hallan en todas partes. La estación sin lluvias de siete meses que se sufre allí cada año hacía necesario en una región llena de gentes y de ganados mayor y menor, tener provisión extraordinaria de agua para las acémilas y aun para regar las mieses de verano. No ha habido comarca tan bien surtida de eso como lo fue Judea.

Water is a valuable necessity in the dry land of Palestine. The Wadi Qelt sustains a thin line of vegetation in an otherwise desert landscape.
Wadi Qelt, en Palestina.
 

-La pregunta "¿Qué impide que yo sea bautizado?" se sugirió inmediatamente al aparecer el agua, pero al eunuco no se le hubiera ocurrido sin haber recibido previa instrucción referente a la ordenanza, sino que era deber y privilegio observarla para el que estaba debidamente preparado si era candidato idóneo. Como hasta el momento en que Felipe se lo predicó, nada había sabido referente al bautismo de Jesús como el Cristo, tampoco nada había sabido referente al bautismo que Jesús habrá ordenado, y nos vemos en consecuencia llevados a la conclusión de que lo que sabía de ello lo sacaba de lo que le predicaba Felipe. De todo esto llegamos a saber que, al predicar a Jesús, Felipe lo había instruido respecto al bautismo, de que, cuando se predica a Jesús, el bautismo es parte del sermón. Fue parte del de Pedro en Pentecostés y de la predicación de Felipe a los samaritanos, y habremos de ver al proseguir con este comentario, cómo tuvo lugar en cada sermón apostólico completo que se dirigía a los pecadores. Los evangelistas de hoy día que lo omiten, dan un evangelio mutilado y lo hacen con objeto de agradar a un prejuicio sectario que más bien debieran erradicar y destruir.

-Tan pronto como propuso la  pregunta, mandó parar el carro, lo que muestra que la contestación de Felipe, que no se registra, no daba obstáculo. A ciertas personas de edad posterior las pareció que aquí se representa a Felipe sin dar respuesta y que obró muy a la ligera; de ahí provino la interpolación en ciertas copias de Hechos en las palabras del Versículo 37: "Y Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios". El interpolador de la idea de pasajes como Romanos 10:8-9; 1 Timoteo 6:13 y Mateo 16:16, que muestran que los apóstoles tomaban tal confesión, y no es improbable que todavía cuando la interpolación se hizo, tal fuera la costumbre apostólica aún prevaleciente. Pero en que es interpolación el Versículo 37 convienen unánimemente los sabios que estudian el texto en los códices orientales.

 
Es esta escena, el evangelista Felipe bautiza por inmersión al tesorero del reino de Etiopía, ilustración para el comentario por McGarvery sobre Hechos en editoriallapaz.

     Es imposible armar una oración en nuestro idioma o en el griego que más sin género de duda declare que, antes del bautismo del eunuco, los dos, él y Felipe, bajaron al agua, y que, después del bautismo, subieron de ella. Doloroso es observar la falta de ingenui­dad con que algunos comentaristas, como tanto ignorante controver­sial, han afanado sus recursos para dejar el hecho en tinieblas, con el interés de una forma pervertida de bautismo. Se ve claro que ni Felipe ni el eunuco hubieran bajado al agua solo con objeto de rociar o derramar una cantidad pequeña de agua encima de éste. Las mismas razones que impiden a ciertos predicadores bajar al agua para rociarla, hubieran detenido a Felipe y al eunuco de meterse, y de tal conclusión no puede escaparse mente cándida alguna. Si no supiéramos nada del significado de la palabra bautizar ni en nuestra lengua ni en el griego, salvo el solo hecho que unos dicen que es rociar, y otros que es sumergir, este único pasaje dirimirla la cuestión para siempre de todos los que en su mente fueran libres para seguir implí­citamente el significado obvio que nos dan las Escrituras. El relato de la conversión del eunuco es una reprensión por varios conceptos para muchos maestros de nuestros tiempos, y debiera llamarlos para que con temor y temblor volvieran a la enseñanza y la práctica de los evangelistas inspirados.

Settling pool for water going into cisterns at Tantur
Estanque de agua en Tantur, Palestina. ¿Suficiente para realizar el bautismo por inmersión?

     La retirada de Felipe después del bautismo pueda haber sido milagro, en cuanto concierne a la expresión "arrebató", y tal signi­ficado acuerda mejor con la expresión "se halló en Azoto"; o pueda haber sido una orden repentina como la que recibió para correr y alcanzar al eunuco (Versículos 29 y 30). Y esto se adapta mejor a la razón que se da de que el eunuco ya no lo viera, que "se fue por su camino gozoso". Esto explica que si no se hubiera ido por su camino, quizá habría seguido a Felipe. El objeto evidente del escritor es mostrar que fue el Espíritu quien efectuó la separación de con el eunuco, y dejar en lo oscuro el método exacto de su partida como algo sin importancia para el lector. Lo que vale la pena anotar es que Felipe no tuvo permiso de quedarse más en compañía del recién convertido, como naturalmente lo deseara para ayudarle más con instrucción. Fue voluntad divina que el hombre siguiera de camino a su tierra, para obrar su propia salvación —junto con la de otras muchas per­sonas quizá— construyendo sobre la instrucción elemental que ya había recibido. Para muchos sin duda esto hubiera sido riesgoso, pero Dios conoce a los suyos, y por conocer a éste fue que tomó las medidas deliberadas que hemos visto lo trajeron por pasos contados hasta llegar a ser de Cristo.

     A pesar de esta separación repentina del que le enseñó, y la necesidad de seguir adelante con tan poco saber referente a su Sal­vador recién hallado, el eunuco "se fue por su camino gozoso". Su goce brotaba de la experiencia de lo que más tarde Pablo presenta a su auditorio de judíos: "Por éste os es anunciada remisión de pecados; y de todo lo que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en éste es justificado todo aquél que creyere" (Capítulo 13:38-39). Imposible es que Felipe se detuviera de decirle, como Pablo lo hizo a los convertidos, de la conexión entre el perdón de los pecados y el arrepentimiento con el bautismo, y ya que hubo cumplido con las condiciones del perdón, se goza en la experiencia de ello.

     Quedaría incompleto nuestro concepto de este caso de conversión si nos abstuviéramos de considerarlo desde el punto de vista que el relato nos capacita para asumir. Si un amigo se hubiera encontrado al eunuco tras su separación de Felipe, y le hubiera preguntado la causa del goce tan manifiesto en su rostro, la respuesta habría sido presentando los hechos de la conversión desde su punto de vista, y no el del historiador. Habría comenzado su relato, no como lo hace el autor nuestro con la visita del ángel a Felipe, pues de esto nada sabía; no habría mencionado la orden del Espíritu Santo: "Llégate y júntate a este carro", pues de esto estaba en la misma ignorancia; pero su historia habría sido más o menos ésta: "Había yo estado en Jerusalén a adorar. Partí para mi tierra, y yendo en mi carro, abrí el libro de Isaías donde comencé a leer. Llegué al pasaje que tan perplejos pone a nuestros escribas, en que el profeta habla de la humillación y muerte de alguien para beneficio del mundo y como trabajaba en mi propia mente para determinar de quién escribió el profeta estas palabras, repentinamente apareció corriendo en parejas de mi carro un peatón que preguntó: ‘¿Entiendes lo que lees?’ La manera me in­dicó que él sí entendía, y me pareció providencial que llegara a mí en el momento preciso en que necesitaba su ayuda. Lo invité a tomar asiento conmigo, le indiqué el pasaje y le expuse mi dificultad. En breve tiempo me hizo perfectamente claro que el pasaje se refería al tan esperado Mesías, y que este gran personaje, en lugar de reinar aquí sobre la tierra, como nuestros escribas nos han enseñado, habría de morir en sacrificio por nuestros pecados, resucitar de los muertos, subir al cielo de donde vino, y establecer allá su reino para regir a hombres y ángeles. Me convenció de la verdad de todo esto, me mostró que por la sangre de ese Hombre, por la fe en él y arrepentimiento y bautismo en su nombre, recibimos la remisión de los pecados que la ley no pudo darnos. Todavía hablando él las buenas nuevas de gran gozo, llegamos a cierta agua, y yo pedí el bautismo en que él me había instruido. Me bautizó; luego se volvió a alejar de modo tan abrupto como había venido a mi, pero me he venido gozando por el camino en el perdón de mis pecados y la esperanza segura de vida eterna". Tal fue la experiencia de este hombre hasta el momento en que el telón cae y lo oculta a nuestra vista. Felizmente al perderlo de vista, lo que llega a nuestros oídos de parte de él es sones de regocijo, y podemos esperar encontrarlo allá donde toda peregrinación termina y gozarnos con él para siempre. Su pronta fe y obediencia puntual dan evidencia de un carácter que creemos habrá de traer muchas gavillas consigo a la gran cosecha eterna.

     El Azoto en que hallamos a Felipe es el Asdod del Antiguo Testamento, una de las cinco ciudades de los filisteos. Se hallaba a pocos kilómetros de la playa, casi en línea a escuadra con la ruta del eunuco, como unos 20 kilómetros. De ese lugar a Cesarea, punto terminal de las labores de Felipe, que aquí se menciona, hay como 80 kilómetros, y la región en que trabajó era la antigua Filistia hasta Jope al norte, y de anal norte hasta Cesarea es la llanura de Sarón. En Azoto esta llanura se hallaba densamente poblada con aldeas y ciudades pequeñas, muchas de las cuales cayeron en ruina por muchos siglos. Fue campo de evangelización bastante para abarcar buenos años de la vida de Felipe. Al proseguir en nuestra narración veremos huellas de los efectos probables de su obra.

     Muy natural es que los que profesan alguna forma de cristian­ismo en Etiopía atribuyan su introducción al eunuco. Tienen tradiciones referentes a lo que después hizo, pero ninguna lleva marca de autenticidad que merezca nuestra atención. 

 

Hechos 9:1-30, próximo texto estudiado en este Comentario.

omentario sobre Apocalipsis: análisis de las profecías y visiones. Por Homero S. de Álamo

Comentario completo sobre Colosenses

Historia de la Era Cristiana. Muchos documentos en esta Web.

Comentario sobre Hechos por J. W. McGarvey. Boceto del Contenido completo.

 

  

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