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 Estudio 2 de la serie sobre Juan 14

Enseñanzas de Cristo en Juan 14 sobre la Deidad y temas relacionados

Jesucristo es el camino al Padre, a la casa del Padre en el cielo, con sus "muchas moradas" eternas.

"Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Juan 14:5-6).

Estudio 1

Juan 14:1-6

"En la casa de mi Padre muchas moradas hay"

Introducción

Cinco capítulos del evangelio del apóstol Juan, a saber, los del 13 al 17, contienen enseñanzas impartidas por Jesucristo en el aposento alto, en Jerusalén, donde instituyó “la cena del Señor” en vísperas de su arresto y crucifixión. Solo en el capítulo 14, treinta expresiones suyas resaltan relaciones entre él, su Padre Dios y el Espíritu Santo, encontrándose la primera precisamente en el versículo 1, el cual comienza con las bellísimas y emocionantes palabras de consuelo “No se turbe vuestro corazón…”. Justamente antes de esta exhortación tierna, Pedro había dicho a Jesús “Mi vida pondré por ti” (Juan 13:37). A lo cual responde el Señor: “¿Tu vida pondrás por mí? De cierto, de cierto, te digo: No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces” (Juan 13:38). Luego, continúa, sin la interrupción arbitraria que impone la división en capítulos del texto: “No se turbe vuestro corazón…”, intentando levantar los ánimos de Pedro y los demás apóstoles quienes estaban sumamente perturbados al escuchar a Cristo declarar que uno de ellos era traidor, y además, hablar de su inminente partida. “Hijitos, aún estaré con vosotros un poco… A donde yo voy, vosotros no podéis ir” (Juan 13:21-36).

Estimado estudioso de las Sagradas Escrituras, dado que Jesucristo se refiere tan frecuentemente a los enlaces entre él, su Padre Dios y el Espíritu Santo, pensamos no errar al llamar atención a sus expresiones, comentándolas para nuestra mutua edificación. Los numerosos temas hermosos y profundos en Juan 14 no nos proponemos explorarlos exhaustivamente en este tratado sino limitarnos principalmente a lo que dice Jesucristo sobre interacciones entre sí mismo, el Padre Dios y el Espíritu Santo, esforzándonos para comprender mejor la Deidad que tanto nos ama, deseando fervientemente “que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4).

La Deidad, según Jesucristo, en Juan 14

1No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.

-Comentario. Diciendo Cristo “No se turbe vuestro corazón”, añade: “…creéis en Dios, creed también en mí”. Desde luego, los apóstoles creían en Dios, en el Jehová Dios que había escogido a Israel como pueblo particular a través del cual vendría el Mesías. En esta oración emotiva, el Señor los anima a creer no solo en Jehová Dios sino en él mismo. “…creed también en mí.” El adverbio “también” indica “además”, “en adición a…” Creed en Dios, y además, en Cristo. Y por consiguiente, en dos Seres, Dios y Cristo –el primero en el cielo y el segundo en la tierra, conforme al contexto de Juan 14. Tomando en cuenta esta circunstancia y el significado de “también”, deducimos, naturalmente, que se trata de dos Seres con identidades distintas. Claramente, Cristo distingue entre sí mismo y Dios, y esta misma distinción el Señor vuelve a hacerla muchas, muchas veces en Juan 14.

-“También adv. 1 Se utiliza para afirmar que una cosa es igual o semejante a otra expresada anteriormente, o que está conforme o tiene relación con ella. 2 Se utiliza para indicar que la acción expresada por el verbo se añade a otra acción expresada anteriormente. Además.” (Diccionario Manual de la Lengua Española Vox. © 2007 Larousse Editorial, S.L.)

 

2 En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.

-Comentario. Bueno, el fantástico cuadro de “muchas moradas” en la “casa” del Padre celestial quisiéramos dedicarle mucho espacio aquí mismo, pero nos circunscribirnos a lo concerniente a la Deidad. Estando Jesucristo en el planeta Tierra, en la ciudad de Jerusalén y en el aposento alto, habla a los apóstoles de la “casa” que posee su Padre en el cielo. En ningún momento dice o implica que su Padre estuviera ahí mismo en el aposento alto. Tampoco lo proyecta como una mera personalidad divina sino como el Ser completo e íntegro que se quedó en el cielo, sobre su trono, en su “casa”, cuando el Hijo, encarnándose, vino a habitar entre los seres humanos. Dos Seres en dos lugares muy distintos y distantes, en circunstancias marcadamente diferentes. Jesucristo en Jerusalén, a punto de ser sacrificado como el “Cordero de Dios”; Jehová Dios, en el cielo, en su gloriosa “casa” con “muchas moradas”. Definitivamente, Jesús no era Jehová.

3 Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.

-Comentario. Allí en el aposento alto, en medio de declaraciones e intercambios sombríos, de pronto Jesucristo hace esta estupenda promesa a sus apóstoles fieles de volver y llevarlos a “la casa” de su Padre en el cielo. Quiero enfatizar lo de “en el cielo”. La “casa de mi Padre”, ¿dónde se encuentra? No, por cierto, en el planeta Tierra sino en el cielo. El “Padre” que poseía aquella “casa” cuando Cristo habló de ella en el aposento alto, moraba en ella en el cielo en aquel entonces, como también hasta el día de hoy. Cristo dice a sus apóstoles que iba a ir a aquella “casa” celestial con el propósito de preparar “moradas” para ellos, aclarando que volvería para ellos, llevándolos entonces a sus moradas eternas en el cielo. En estas escenas proyectadas por el Señor, discernimos fácilmente las distintas posiciones de Cristo y el Padre. Este no viaja desde la tierra hasta el cielo para prepararles a los apóstoles moradas. ¡Ya se encuentra en el cielo! Cristo es quien hace el viaje. Cristo no es Jehová Dios. Cristo tiene derecho al distintivo “Dios”, identificándose como tal en textos tales como Hebreos 1:8, pero él no es el propio Jehová Dios.

-A mi humilde juicio, estos puntos que estamos enfocando son tan obvios y elementales en las enseñanzas del Señor Jesús que temo dedicar demasiado tiempo a ellos. Más sin embargo, observamos, perplejos, que no pocos discípulos complican lo sencillo con enredos teológicos de su propia maquinación. Qué Jesucristo sea el mismo Jehová. Qué el Padre Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo sean tres manifestaciones, o tres personalidades, de un solo Ente espiritual. Contradecir cualquier predicador, maestro o discípulo lo claro, lo obvio, lo axiomático, en las Escrituras abre paso al desprecio de parte de enemigos de la fe, burlándose estos de lo que denuncian como torpeza intelectual en los cristianos. Esto es aplicable tanto al tema de la Deidad como al del bautismo “para perdón de los pecados” y otras doctrinas fundamentales del evangelio. No pocos incrédulos leen de vez en cuando la Biblia, teniendo la capacidad para entender, pese a ser hombres naturales y no espirituales, el sentido natural y lógico de algunas enseñanzas. Por ejemplo, lo de estar Jesucristo en la tierra y el Padre Dios en el cielo, con la inferencia de ser ellos dos Seres distintos, hasta la mente no renovada espiritualmente quizás lo perciba sin dificultad.

-Maravillosamente, la misma promesa hecha a los apóstoles se hace extensiva a todo ser humano que quisiera tener la dicha de ser recibido en aquellas “moradas” celestiales y disfrutar de ellas eternamente, siempre y cuando se prepare debidamente mediante creer en Cristo, arrepentirse de todo pecado y bautizarse “para perdón de los pecados” (Marcos 16:15-16; Hechos 2:37-47; 22:16), viviendo en santidad hasta la muerte. Recalco: todo ser humano, porque todos los que obedecen al evangelio “de corazón” (Romanos 6:17) son “llamados en una misma esperanza” (Efesios 4:4). De manera que no hay dos esperanzas, una para los ciento cuarenta y cuatro mil y otra distinta para los demás que siguen al Señor sino “una misma esperanza”, es decir, una sola. Esta es la de recibir de Dios un nuevo “edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos(2 Corintios 5:1-10). O como lo expresa el apóstol Pedro: “…una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservado en los cielos…” (1 Pedro 1:3-4). ¿Dónde? Ambos textos dicen “en los cielos”. Jamás se enseña en las Sagradas Escrituras que esta “herencia incorruptible…”, que “la casa… eterna en los cielos”, sea patrimonio exclusivo de los ciento cuarenta y cuatro mil.

4 Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino.

5 Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?

6 Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

-Comentario. ¿Cómo llegar “al Padre”? Por Cristo, porque Cristo es “el camino”. ¿Y por qué se presenta Cristo como “el camino”? Porque él es “la verdad”. Él es “el Verbo” (Juan 1:1-4). La verdad divina es indispensable para la santificación, sinónima de salvación. “Santifícalos en tu verdad”, ora Cristo al Padre, añadiendo: “…tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Según los escritos de los apóstoles, el Espíritu Santo seguía dando el mismo énfasis a esta enseñanza durante el Siglo I, la cual descuidan muchísimos predicadores del presente, prefiriendo sus evangelios subjetivos de relativismo y existencialismo, ofuscados con ser políticamente correctos en vez de bíblicamente rectos. Por ejemplo, el apóstol Pedro escribió: “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu…”(1 Pedro 1:22). No por meros sentimientos o experiencias sino, qué conste, “…por la obediencia a la verdad”. Cristo es el camino. Cristo es la verdad. La verdad es el camino. Las enseñanzas de Cristo, más las de los apóstoles y profetas seleccionados por él y su Padre durante el Siglo I, marcan y definen con precisión divina el camino al Padre. Tanto es así que al principio esta nueva obra de la Deidad en la tierra se conocía como “el Camino” (Hechos 9:2; 24:14, 22).

-Ahora bien, el Padre no es “el camino” sino el Hijo. ¿Se da cuenta, usted, amado lector? Cristo no dice que “el Padre es el camino” sino “Yo soy el camino…”. Esta es su función muy especial, la de servir como “camino” para el alma que desea llegar al Padre. En cambio, el Padre es el destino. Venir a él; llegar donde él. Donde él está, en el cielo, en su “casa” celestial. El hombre y la mujer, en la tierra. El Padre en el cielo. Cristo entre ellos, como la vía para llegar al Padre. ¡Qué glorioso! ¡Qué sencillo! Desde luego, el Padre es la fuente original de la verdad y la vida, y esto Cristo lo expone en varias ocasiones, pero al Padre le place que esta verdad y esta vida, estos tesoros, estos poderes celestiales, se manifiesten en la tierra mediante su Hijo Jesucristo. “…por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud”(Colosenses 1:19).

-Querido lector, ¿anda usted por “el camino” que conduce al Padre, a las “muchas moradas” de la “casa” celestial del Padre? ¿Ha iniciado el viaje por el camino angosto de la vida, creyendo y confesando que Cristo es el Mesías prometido, dejando de andar por el camino espacioso que termina en el infierno, y bautizándose “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19), “…para perdón de los pecados”? Si no, permítanos animarle a emprender el viaje espiritual a la gloria eterna. De haberse equivocado de camino religioso, lo indicado sería maniobrar hasta llegar al correcto, entrando en él y continuando hasta alcanzar el destino incomparable de “tierra nueva, con cielos nuevos”.

 Estudio 2 de la serie sobre Juan 14
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