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Mis seis deseos más fervientes, aun siete

 

En esta bella gráfica se asoma una esfera celestial que simboliza la tierra nueva con cielos nuevos, ilustración para el mensaje-sermón Seis deseos fervientes, aun siete, en editoriallapaz.org

 

Siete anhelos a los cuales Dios promete responder.

A continuación, el texto del mensaje predicado sobre este tema.

I. Introducción

A. Salutación

B. El tema escogido para esta ocasión: Mis seis deseos más fervientes, aun siete.

1. En este preciso momento, ¿cuáles son sus deseos más fervientes? De mi parte, quisiera disponer del tiempo para escuchar la respuesta de cada persona presente.

2. Este servidor solicite su indulgencia para compartir con ustedes mis propios deseos personales más fervientes.

a) Al usted escucharlos quizás halle que su corazón late sincronizado con el mío por las mismas ansias fervorosas.

b) Tal vez nuestras mentes estén transmitiendo y recibiendo en la misma frecuencia de anhelos ardientes. Ojalá que así sea.

II. Seis deseos, aun siete.

A. La primera: Paz absoluta y perenne para mi mente y espíritu. Dulce tranquilidad imperturbable. Tiempos interminables de refrigerio, de bonanza.

1. “Mi paz os doy”, afirma Cristo, y, de hecho, me la da, pero a menudo se me disuelve, pues en el mundo tengo aflicción, y donde hay aflicción no es posible que haya perfecta paz o total tranquilidad.

2. Anhelo vivir en completa paz conmigo mismo y con los seres con quienes convivo o tengo comunicación, tanto en la tierra como en el cielo.

3. ¿Se solidariza usted con este deseo de perfecta paz que no mengue ni se esfume en ningún momento o circunstancia de la vida?

B. Sosiego para mi alma, espíritu y cuerpo. Placentero descanso. Cesación de afanes y labores. Una vida sosegada año tras año, siglo tras siglo, por la eternidad.

1. Cristo me ofrece descanso al decir: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”, prometiendo “hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:28-30), y lo hallo de cuando en cuando, pero no a perfección, pues el mismo Señor también me encargó a ser diligente en todo, a trabajar tanto en lo material como en lo espiritual. Por lo tanto, el descanso que hallo en él es como el sueño de la noche, ya que al amanecer hay que volver a las tareas de la vida espiritual y material.

a) “En lo que requiere diligencia, no perezosos(Romanos 12:11) exhorta el apóstol Pablo.

b) Trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga que compartir con el que padece necesidad” (Efesios 4:28), vuelve a apuntar.

c) “En trabajo y fatiga, en muchos desvelos” (2 Corintios 11:27), es su testimonio acerca de sí mismo.

2. Ahora bien, el Espíritu Santo me habla de un descanso que será perfecto, al informarme: Queda un reposo para el pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas. Procuremos, pues, entrar en aquel reposo” (Hebreos 4:1-11).

3. ¿Desea usted entrar en aquel reposo celestial?

C. Deseo un cuerpo siempre saludable, fuerte, hermoso, perfecto e inmortal, con dos grandes alas elegantes, quizás cuatro, blancas y largas, como las de águila, que faciliten el rápido traslado, aun a puntos distantes, sin mayor esfuerzo. Me visualizo volando con Gabriel, Miguel, los demás ángeles y los redimidos de todas las épocas, por las vastas y fantásticas regiones celestiales.

1. ¿Desea usted tal cuerpo, tales alas y semejante experiencia?

2. Por increíble que parezca, Dios asegura que todo ser humano puede llegar a tener un cuerpo nuevo, glorioso, poderoso, espiritual, incorruptible e inmortal, semejante al cuerpo de gloria que tiene Cristo mismo en este instante (1 Corintios 15:39-58; Filipenses 3:20-21).

D. Anhelo pasar todos mis días en un lugar paradisíaco.

1. Totalmente seguro y limpio. De clima ideal. De vistas pintorescas dondequiera que camine o vuele, aunque recorra diez mil, o veinte mil kilómetros. De paisajes lindísimos dondequiera que mire, con infinitas variaciones y asombrosas perspectivas cambiantes.

2. ¿Comparte usted este deseo?

3. Milagrosamente, Dios hace posible que se cumpla, pues nos ofrece “cielos nuevos y tierra nueva, en las cuales mora la justicia” (2 Pedro 3:10-14), en cual tierra crece “el árbol de la vida” y fluye “un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal” (Apocalipsis 22:1-5).

E. Quisiera conocer, explorar y disfrutar una gran ciudad perfectamente planificada, limpia y segura, cuyos edificios, viviendas e infraestructura sean de exquisito diseño, confeccionado todo de los materiales más caros y bellos, aun de oro y piedras preciosas, alumbrada en todos sus contornos por una suave luz celestial.

1. ¿Le agradaría conocer o habitar tan magnífica ciudad? Maravillosamente, ¡está a su alcance! A todos los que viven por fe, confían en las promesas divinas y andan conforme a sus mandamientos Dios “les ha preparado una ciudad” (Hebreos 11:15), “la nueva Jerusalén”, que desciende “del cielo de Dios” a la “tierra nueva”, una enorme ciudad espectacular. “La ciudad se halla establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura; y él midió la ciudad con la caña, doce mil estadios; la longitud, la altura y la anchura de ella son iguales” (Apocalipsis 21:16).

2. Hace más de cuatro mil años, el patriarca Abraham “esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”. Y Abel, Enoc, Noé, Abraham, Sara, Isaac, Jacob – “Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra” (Hebreos 11:1-16). Miles de años después, este servidor se une a los ilustres patriarcas en su esperanza de aquella ciudad celestial. ¿Se une también usted?

F. Sobre todo, mi corazón anhela tener relaciones personales totalmente armoniosas, amenas, placenteras y positivas para con los demás seres en derredor mío, bien sean humanos, ángeles o la Deidad misma.

1. Amor sincero y puro, amistad, compañerismo, camaradería, convivencia pacífica, mutuo respeto y reverencia, trato cortés, de finos modales, para así poder vivir con gozo inefable, profunda satisfacción, absoluta confianza y perfecta felicidad, teniendo siempre los sentimientos más nobles y santos.

2. ¿Se hace usted partícipe de este deseo fervoroso? ¿Anhela, igualmente, semejantes relaciones excelentes?

3. Comprendo que son factibles solo para quienes sean perfeccionados. De ahí, la necesidad de acercarnos “a los espíritus de los justos hechos perfectos” (Hebreos 12:23), para que Dios también perfeccione a nuestros espíritus al morir nosotros en Cristo.

 

En esta elegante gráfica, un gran reloj ocupa en centro contra un trasfondo estrellado de azul profundo, mientras planetas del sistema solar se alinean desde el centro del reloj hacia primera plana.

 

G. Seis deseos, aun siete. He aquí el séptimo: ¡disponer de largo tiempo para el disfrute de los primeros seis! De hecho, Dios me ofrece nada más y nada menos que ¡toda una eternidad!

1. “Vida eterna, a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad” (Romanos 2:7).

2. “Es necesario que... esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Corintios 15:53).

3. Pues, al hacer este servidor en esta vida terrenal la voluntad del Creador, ¡él me hará ser inmortal! Nunca más me sentiré apurado. Nunca más lamentaré “no tener tiempo”. Nunca más sentiré el estrés de pensar en términos de horas, días, semanas, meses y años. Si elijo pasar mil años explorando y disfrutando un área determinada de la “tierra nueva”, aún me quedaría una eternidad para explorar y disfrutar el resto de mi nuevo “mundo venidero” (Hebreos 2:5). ¡Qué delicia inimaginable!

III. Conclusión e invitación

A. Al considerar las cosas que realmente deseo de todo corazón, ¡entiendo que todas, en su estado de perfección, se encuentran en otro mundo!, a saber, en aquel “mundo venidero” ya aludido (Hebreos 2:5), o sea, en “la tierra nueva” que Dios está preparando para los que la aman y siguen.

B. Pero, también entiendo que todo lo que realmente anhela mi corazón ¡Dios me lo ha prometido! Además, gentil y bondadosamente, me informa cómo hacerlo mío y disfrutarlo por toda la eternidad, supliendo él mismo los medios a través de su unigénito Hijo Jesucristo. ¿Qué más pedir o esperar? ¿No es esta la maravilla máxima? ¡Las promesas inmutables de Dios (Hebreos 6:19-20) responden perfectamente a mis deseos personales más ardientes! Este hecho asombroso lo interpreto como evidencia de que Dios es real, como también de que mi espíritu proviene de él, anhelando volver a él. De cierto, el espíritu vuelve “a Dios quien lo dio” (Eclesiastés 12:7).

C. ¿Cómo asegurar la plena y feliz realización de mis siete deseos más grandes? Pues, amar a Dios sobre todas las cosas, amar su Verdad y obedecer los mandamientos de Cristo (Juan 14:15-26), ya que el que ama sinceramente, también obedece. Al hacerlo, ¡todo lo que más anhelo será mío! Por lo cual, exclamo: “¡Abba, Padre!”

 


 

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