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Hechos de Apóstoles

Por Lucas, el médico amado

El apóstol Pablo proclama el Dios verdadero a filósofos de los epicúreos y estoicos en el Areópago de Atenas en Grecia, ilustración para el comentario de McGarvey sobre Hechos 17:22-34, en editoriallapaz.org.

El apóstol Pablo proclama el Dios verdadero a filósofos de los epicúreos y estoicos en el Areópago de Atenas en Grecia.

Comentario por J. W. McGarvey, M. A.

Predicador y escritor de la Iglesia de Cristo

Adaptación del Prof. E. J. Westrup 

Parte Tercera

Giras de Pablo entre los gentiles

Hechos, capítulos del 13 al 21.

Sección III

Segunda gira de Pablo. Hechos 15:36 – 18:22.

PDF de este estudio

11.  Alocución de Pablo sobre “el Dios no conocido”. Hechos 17:22-31.  

     Versículos 22 y 23. Después de sus pláticas perseverantes, aunque por necesidad sin hilación, fue deleite para Pablo tener ya un auditorio reunido exprofeso para oírlo. No podía principiar con citas de la Escritura, ni hablando del muy esperado Mesías, pues de aquellas y aun del Dios que las dio estaban en crasa ignorancia sus oyentes. Antes de poder predicarles a Jesús como Hijo de Dios, tenía que darles a conocer a Dios mismo, y para este objeto lo que en la ciudad había observado le proporcionó un texto sumamente admirable. (22) “Estando pues Pablo en medio del Areópago, dijo: Varones atenienses, en todo os veo como más supersticiosos; (23) porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: Al Dios no Conocido. Aquél, pues, que vosotros honráis sin conocer, a éste os anuncio yo.” Las gentes de Atenas eran adoradores de difuntos, quienes llamaban en su idioma "daimonous"muertos deificados por ellos mismos, y esto consideraban como una virtud que escrupulosamente se había de guardar en toda forma de culto. Con su observación inicial llamándoles "supersticiosos", como dice nuestra versión, o mejor traducido "temerosos de dioses menores", realmente estaba haciendo un cumplido a su auditorio. La observación que sigue es prueba de la primera. El dios desconocido, a quien se había erigido el altar que menciona, no podía ser uno de los Inmortales, bien conocidos para ellos; así debe haber sido un demonio, o muerto, que hasta ahí se había adorado sin nombre. Después de levantar altares y estatuas a todos los dioses conocidos, por lo que un romano satírico dijo que en Atenas era más fácil dar con un dios que con un hombre, su celo los llevaba al culto de los difuntos honrando a un ser que no conocían. Los comentadores han sugerido muchas hipótesis para explicar por qué fue erigido este altar, pero hay tan numerosas causas que pueden haber dado lugar para ello que es imposible fijarse en una cualquiera con seguridad. Basta con que haya servido al propósito de Pablo de probar que los atenienses temían a los muertos, para llevarlos al único verdadero Dios viviente como si fuera aquél que ellos adoraban ya de incóg­nito. Este ardid sirvió para evitar la apariencia de que los invitaba a dar un culto que fuera extraño a sus costumbres, lo que de otro modo pudieran ellos considerar como ilícito.

     Versículos 24 – 28. Luego introduce al Dios a quien se refiere, haciendo una serie de aseveraciones respecto de él, cada una de las cuales lo presenta en contraste con los dioses griegos. (24) “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay: Este, como Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos de manos. (25) Ni es honrado con manos de hombres, necesitado de algo; pues él da a todos vida y respiración y todas las cosas; (26) y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos y los términos de la habitación de ellos; (27) para que buscasen a Dios, si en alguna manera palpando le hallen; aunque cierto no está lejos de cada uno de nosotros; (28) porque en él vivimos y nos movemos, y somos; como también algunos de vuestros poetas dijeron: Porque linaje de éste somos también.” Para los oyentes de Pablo no había Dios "que hizo el mundo y todas las cosas en él"; así, con este concepto elevó a Dios por encima de todo lo que ellos hubieran concebido de los suyos. Puesto que había hecho todas las cosas, esto lo hacía Señor, no del mar como Neptuno, ni del firmamento como Júpiter, sino "Señor de cielo y tierra". De aquí era fácil ver la conclusión, que no habita en templos hechos de manos —muy pequeños para contenerlo. Hacía Pablo aquí alusión a los templos magníficos que tenía a la vista en rededor, y especialmente al Partenón, gloria de arquitectura griega, que se erguía encima del Areópago al oriente. Tanto por esta consideración como por otra que luego menciona, este Dios no es servido por manos humanas, como si hubiese menester de algo que los hombres pudieran darle, ya que de él, fuente primera, reciben éstos vida, aliento y todo lo que gozan. De ningún dios pagano se había dicho tal, pues a ninguno atribuían tal poder sus adoradores. Acto continuo muestra que este Dios, en lugar de ser el de una sola nación, sobre cuyos destinos preside y la defiende de las demás, las crió a todas de la misma sangre, para que habitasen en la faz de la tierra; y además, que los períodos de prosperidad o de adversidad para todas estas naciones, así como los límites de su territorio nacional, en vez de estar regidos, como los gentiles creían, por el dios de cada nación, todos estaban controlados por este único Dios. Finalmente les muestra que el propósito de Dios en todas estas cosas era inducir a los hombres a que obtuvieran precisamente aquel conocimiento de él que Pablo estaba allí tratando de comunicar a sus oyentes. ¿La prosecución de cuál conocimiento es más noble que buscar a ese Dios, aun cuando hayamos de ir "palpando" como ciegos para dar con él? Pero con el mismo aliento les hace ver que no es menester ir palpando tan oscuramente, ya que no está lejos de nosotros, sino bien en torno nuestro en todo tiempo y en dondequiera. Uno de sus poetas había expresado casi el mismo concepto al decir, "…linaje de Éste somos"; pues Dios, como padre terreno, no habría de dejar a sus hijos ir a tientas para dar con él en la oscuridad, ni llamarlo "Dios no conocido". Con tal línea de pensar, expresada sin duda más plenamente que en el epitome que de Lucas tenemos, el Dios que ellos adoraban sin conocerlo les fue presentado, y hay que observar que ellos lo adoraban en sentido más íntimo que lo que nos es dado suponer, pues sea cual fuere el beneficio recibido que llevó a alguien a levantar el altar aludido, ese beneficio realmente le había venido del verdadero Dios, aunque tal expresión de gratitud se ofreciera de un modo inconsciente.

     Versículo 29. De tales reflexiones, especialmente de la última, Pablo saca luego una conclusión lógica opuesta a toda forma de culto idolátrico. (29) “Siendo pues linaje de Dios, no hemos de estimar la Divinidad ser semejante a oro o a plata, o a piedra, escultura de artificio o de imaginación de hombres.” El respeto propio les prohibirá pensar de Aquél de quien derivaban su mismo ser como semejante a obra muerta de sus manos, por hábil y hermosa que fuese la elaboración.

     El aserto hecho en el Versículo 26, que Dios "de una misma sangre ha hecho todo el linaje de los hombres", es referente a la unidad de la raza humana; va de acuerdo con la historia mosaica. Negarle porque hallamos dificultad en reconciliarlo con diversidades actuales de tipos de hombres, es negar algo que la Escritura afirma, y no es por lo que sabemos, sino por lo que no sabemos, porque si supiéramos la historia entera de nuestra raza, sin duda conoceríamos las causas de estas variedades y en qué tiempo vinieron a existir.

     Versículos 30 y 31. Habiendo dado a conocer a sus oyentes el verdadero Dios, Pablo enseguida los llama a arrepentirse de su idolatría; y como motivo para esto presenta el juicio futuro como hecho solemne. (30) “Empero Dios, habiendo disimulado los tiempos de esta ignorancia, ahora denuncia a todos los hombres en todos lugares que se arrepientan; (31) por cuanto ha establecido un día en el cual ha de juzgar al mundo con justicia, por aquel varón al cual determinó; dando fe a todos con haberlo levantado de los muertos.” Al decir que había disimulado los tiempos de la ignorancia, no denotaba que la hubiera dispensado; tal no sería consecuente con este llamado al arrepentimiento. Significa que hasta el presente no había tratado de aniquilarla, pero que si lo hace ahora enviando promulgadores de la verdad. Cierto el mensaje de Jonás a Nínive, las proclamaciones que Nabucodonosor, Darío y Ciro a fuerza hicieron del Dios verdadero, junto con las muchas derrotas de ejércitos gentiles como el de Senaquerib, fueron voces fuertes del cielo recordando a las naciones del Dios a quien habían olvidado; pero éstos fueron hechos aislados y no partes de un llamado continuo y sistemático al arrepentimiento, como el que se les daba ahora por la misión de los apóstoles.

     Lo que más conmovía el alma, el hecho de que Dios "ha establecido un día en el cual ha de juzgar al mundo con juicio", es poder o motivo para el arrepentimiento, porque un día de juicio en justicia inevitablemente comprende la condenación de todos los injustos; y ya ahora los oyentes de Pablo podían ver la injusticia de su idolatría. Presentando así el juicio final como el primero y más prominente motivo para traer a los hombres al arrepentimiento, Pablo únicamente seguía el ejemplo de Jesús, y procedía de acuerdo con las demandas de la naturaleza humana. Los terrores de aquel gran día y la suerte abrumadora que aguarda a los que serán condenados, constituyen la artillería pesada del evangelio, con la que las fortificaciones que el pecado ha levantado en derredor del corazón humano habrían de ser demolidas, para que los motivos más tiernos del evangelio vengan a hacer su efecto en él. Al malvado debe hacérsele temer proseguir en su pecado, antes que la bondad de Dios pueda llevarlo al arrepentimientoEl predicador del evangelio que descuida el empleo del rugir de esta artillería célica, no sólo falla en predicar conforme al modelo divino, sino que lo que predica será un evangelio feble que nunca obrará arrepentimiento profundo.

     Es en este punto preciso de su alocución que Pablo introduce primero a Jesús; de pronto lo introduce, no como amante Salvador, sino como juez universal; no lo presenta en su nacer de una virgen, ni en su bautismo a manos de Juan, ni en su potencia salutífera, ni en su muerte por los pecados humanos; sino en el acto final de su reinado mesiánico, el juicio eterno. Y da como prueba de que Jesús así juzgará el hecho de haberlo levantado Dios de los muertos. Tal hecho, considerado en sí mismo solo, no produciría esa prueba, pero sí hay prueba si se considera lo que Jesús dijo antes de su muerte, que todo juicio se había puesto en sus manos (Juan 5:22-29). Por supuesto, los oyentes de Pablo aún no podían ver la fuerza de esto, pues lo dicho aquí de Jesús, sin mencionarlo aún, lo hacía Pablo, claro está, la introducción al tema que iba a desarrollar en el resto de su discurso. Por cierto que apenas había llegado a lo que había de ser el tema principal de su discurso. Podemos ver que el plan era, primero, dar a conocer a estos idólatras el verdadero Dios; segundo, llamarlos al arrepentimiento para con Dios; y tercero, presentarles al Cristo como Aquél mediante quien su arrepentimiento les valdría para darles capacidad de obtener perdón de sus pecados y vida eterna.

     Versículos 32 y 33. Pero no se le permitió a Pablo terminar su discurso. Al llegar precisamente al punto vital, fue interrumpido. (32) “Y así como oyeron de la resurrección de los muertos, unos se burlaron, y otros decían: Te oiremos acerca de esto otra vez. (33) Y así Pablo se salió de en medio de ellos.” Desde un punto de vista moderno, hay dos rasgos extraños en la conducta de este auditorio: primero, que oyeron quietos mientras Pablo demostraba la insensatez de su culto idolátrico, lo que naturalmente esperaríamos que defendieran; y segundo, que al hablar él de la resurrección de los muertos, le interrumpieron, aunque habría que esperar que lo recibieran de buena gana como alivio a la lobreguez que cubría su pensar de la muerte. Pero aquello se explica por la incredulidad que prevalecía entonces entre los filósofos con referencia a las divinidades paganas, lo que en ellos hacía formal y pusilánime el culto que todavía observaban las masas ignorantes con cierta devoción y sinceridad, mientras esto se explica con su orgullo de opinión y celo de partido. Ambas sectas filosóficas a que pertenecían habían probado, con argumentos que los seguidores de Platón nunca podrían acallar, como lo creían ellos con afición, que no había un estado futuro, y que por lo mismo la idea de una resurrección de los muertos era ridícula. Así una filosofía falsa había exprimido de su corazón algunos de los mejores instintos de nuestra naturaleza, haciendo befa de lo más caro de toda espe­ranza de la parte principal de la humanidad. Con todo, aquéllos que dijeron, "Te oiremos acerca de esto otra vez", quizá comenzaran a sentir que en ellos se volvían a encender sus mejores instintos, y esperemos hallar a algunos de ellos entre los hijos de la luz.

     Versículo 34. Aunque su discurso quedó cortado por la burla de una sección de su auditorio, el esfuerzo del apóstol no quedó enteramente sin fruto. (34) “Mas algunos creyeron, juntándose con él; entre los cuales también fue Dionisio el del Areópago, y una mujer llamada Damaris, y otros con ellos.” Entre estos convertidos se escoge a Dionisio para mención especial porque, como su apellido indica, era uno de los jueces del Areópago, y así persona de alto puesto oficial en la ciudad. Damaris se hace notable porque era raro hallar a una mujer formando parte de un auditorio de filósofos. El hecho de que se hallase allí prueba sin embargo la libertad de que gozaban las mujeres griegas de aquella época, y no se conduele de las nociones que frecuentemente expresan intérpretes superficiales con referencia a ciertas expresiones de Pablo en sus epístolas acerca de las mujeres.

 

Proceder al comentario sobre Hechos 18:1-23.

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