Los cristianos y las naciones
seculares-materiales-políticas
del mundo

 


 

Amados hermanos y hermanas, amigos y amigas, cordialmente les invito a escrutar, juntamente con este servidor, el tema Los cristianos y las naciones seculares-materiales-políticas del mundo.

En esta ocasión, heme aquí arriba en el Reino de Dios y de Cristo. “Arriba”, como encima del planeta Tierra, en lo referente a mi ubicación espiritual, transportado acá por mis pensamientos, reflexiones, contemplaciones, exploraciones y razonamientos mentales-espirituales. “Arriba”, en “los lugares celestiales en Cristo” donde nuestro Señor nos bendice “con toda bendición espiritual” (Efesios 1:3). “Arriba”, en este bendito Reino espiritual que “no es” del “mundo” material (Juan 18:36).

Si tú, en esta hora, también te encuentras, en mente y espíritu, en estos “lugares celestiales”, pues, ¡alabado el Señor! Si no, te animo a subir lo más pronto posible donde nosotros, elevándote por encima de las esferas materiales y las naciones-seculares-materiales-políticas.

No siempre estoy aquí arriba. A menudo, este cuerpo físico, con sus necesidades físicas-materiales, me obliga a estar allá abajo.

Sin embargo, prefiero estar aquí, porque este Reino de Dios es incomparablemente superior a las naciones y los reinos terrenales.

Aquí, arriba, tengo ciudadanía espiritual en el Reino espiritual, la cual también es incomparablemente superior a cualquier ciudadanía terrenal.

El apóstol Pablo se refiere a esta valiosísima ciudadanía única cuando escribe:

Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Filipenses 3:20-21).

Aquel ilustre apóstol Pablo se desempeñaba como ciudadano espiritual del Reino espiritual de Dios al predicar el “evangelio del reino” (Hechos 8:12), estableciendo y organizando congregaciones de cristianos.

Tratándose de su estatus político-social terrenal, Pablo era ciudadano romano, privilegio que tenían, en el siglo I, solo los varones libres nacidos en Italia, más algunos que lo compraran y algunos que lo recibieran como premio por servicios militares sobresalientes u otras aportaciones significativas al reino.

Ahora bien, amados que me escuchan, Pablo no menospreció su ciudadanía romana, sino que, más bien, se valió oportunamente de ella, por ejemplo, para librarse de tratos injustos, incluso azotes y cárcel.

Como en Jerusalén, cuando el tribuno romano mandó meterlo “en la fortaleza, y ordenó que fuese examinado con azotes”. Advirtiendo Pablo al centurión romano presente que él era “ciudadano romano”, el centurión se lo informa al tribuno, y este, al comprobarlo, responde: “Yo con una gran suma adquirí esta ciudadanía. Entonces Pablo dijo: Pero yo lo soy de nacimiento (Hechos 22:22-29). Así, evitó que le azotaran.  

Aclarando, en el Imperio Romano del siglo I, había distintas clases de ciudadanos romanos. Siendo Pablo extranjero, de la nación de Israel, la ley romana no le permitía votar en asuntos del gobierno romano. Como tampoco al tribuno en Jerusalén, ya que este compró su ciudadanía.

Pues, heme aquí hoy por hoy, cristiano con doble ciudadanía, como la que tenía el apóstol Pablo en el siglo I. La una, espiritual; la otra, terrenal. Mi estatus político-social terrenal es él de ciudadano de un país esencialmente secular-material-político. País que me concede sí el derecho al voto, al igual que a todos los demás ciudadanos que cualifiquen.

Derecho que, según mis indagaciones, los cristianos no tenían desde el establecimiento de la iglesia en el siglo I hasta más o menos 1,760 años más tarde, para fines del siglo XVIII.

Hace unos sesenta años, en los 1960, “Década de los Hippies”, este derecho comenzó a complicarse grandemente para los cristianos leales al Señor cuando las cortes seculares-terrenales empezaron a legislar a favor de prácticas y conductas contrarias a las leyes del Nuevo Pacto de Jesucristo que nos rige acá arriba en el Reino espiritual. Por ejemplo, conceden el “derecho al aborto”, mediante el famoso caso de “Roe versus Wade”.

Luego, desde los 1980 hasta el presente, se nos complica muchísimo más el derecho al voto al emitir muchos gobiernos seculares-políticos allá abajo una plétora de “derechos personales” relacionados con el matrimonio, la familia, la identidad sexual, estilos de vida, el trato de los L, G, B, T y Q, y sus comunidades, etcétera. Derechos que, efectivamente, autorizan y promueven…

El vivir los sexos en concubinato. Practicar la promiscuidad sexual quien quisiera, incluso adolescentes. Fornicar y adulterar quien quisiera, incluso los casados. Divorciarse los casados por cualquier razón. Procrear ambos sexos hijos fuera del matrimonio. Formar, adrede, ambos sexos, hogares de madre soltera, o padre soltero. Identificarse públicamente cada cual, sexualmente, como quisiera, incluso niños y adolescentes. Reclamar cambio físico sexual quien quisiera, aun niños. Contraer matrimonio los homosexuales, y adoptar ellos a hijos. Otorgar a niños y adolescentes autoridad para no someterse a sus padres cuando de estos derechos sexuales se trata. Celebrar pública y oficialmente estos derechos. Denunciar a individuos, comercios y organizaciones que no los respete. Todo en el nombre de “tolerancia e inclusión”.

Derechos y prácticas que contravienen abierta y desafiantemente el código moral-espiritual de nuestro Reino celestial acá arriba.

Derechos que nos preocupan y alarman en gran manera. Porque se trata de las mismas mentalidades y prácticas corruptas que condujeran a la destrucción de los antediluvianos, con la excepción de Noé y los suyos. Y a la destrucción, en el tiempo de Lot y Abraham, de los sodomitas de Sodoma, Gomorra y las demás ciudades de las planicies del Mar Muerto. Y figuran entre las señales que presagian el fin violento de la humanidad y el universo terrenal, según las explicaciones y profecías dejadas por el Soberano Dios para nosotros los ciudadanos leales de su propio Reino constituido según sus designios benévolos, altos ideales, atributos puros y porte perfectísimo. Romanos 1:18-32; 1 Corintios 5:1; 6:9-11; Apocalipsis 21:8; Lucas 17:25-29; Apocalipsis 11:1-14; 2 Pedro 2:1-19; Judas 1:4-10.

Entonces, se presentan delante de nosotros, justamente en este año 2020, políticos seculares-terrenales, pidiendo nuestro voto. Algunos se declaran a favor de todos los derechos personales humanos mencionados, mientras otros se declaran en contra de por lo menos una parte.

Pues bien, para los “cristianos” más seculares y mundanos que espirituales, y sus iglesias apóstatas que abrazan enseguida nuevos movimientos sociales-culturales y nuevas modalidades morales, aun atreviéndose a poner en sus púlpitos a homosexuales y lesbianas, así repudiando osadamente el Nuevo Testamento de Cristo, digo, para los tales cristianos confabulados con el mundo materialista-sensual, esta situación no constituye ningún dilema. Mas, sin embargo, , definitivamente, para nosotros acá arriba en el verdadero Reino de Dios.

¿Votar, o no votar nosotros? Esto lo decides tú, inteligente cristiano, cristiana. Y lo decido yo, pesando todos los pros y los contras. Derecho tengo yo de votar, sin embargo, nadie me obliga a votar, ni Dios mismo. En algunos países votar es obligatorio sí.

Amado hermano, amada hermana en el Señor, al abordar este servidor estos temas, no pretendo, de modo alguno, ni siquiera animarte a votar, ni recomendarte para quiénes votar o qué plataforma. Orando que ninguno se escandalice o tropiece por la información y las observaciones que estoy trayendo. Ahora bien, si tú y yo optamos por votar, confrontamos los dos, como ciudadanos de este Reino espiritual acá arriba, las mismas problemáticas, más o menos. Solo quisiera compartir contigo el análisis mío, por si acaso tú, quizás por tus múltiples compromisos y tareas, no hayas identificado y examinado a fondo estas problemáticas.

Hace un momentito, referente a “votar, o no votar”, dije: “Esto lo decides tú, inteligente cristiano, cristiana”. El adjetivo inteligente” lo escogí a propósito. Pues, todo ciudadano de este Reino celestial ha de ser inteligente en todo aspecto de su vida y desenvolvimiento, y esto incluye, desde luego, cualquier participación en procesos electorales.

Pues bien, no puede uno ser inteligente en la materia que sea sin tener conocimiento pleno y entendimiento cabal de ella. Esta realidad la destaca el apóstol Pablo al dirigirse a los cristianos en Colosas. Escribe: “para que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, alcanzando todas las riquezas de pleno entendimiento (Colosenses 1:9; 2:2).

Así que, si piensas ejercer tu derecho al voto, humildemente te aconsejo que te hagas del conocimiento, entendimiento, sabiduría e inteligencia necesarios para una participación madura y responsable. Del conocimiento y entendimiento pleno de verdades y hechos incuestionables. Tanto bíblicos y espirituales como seculares y terrenales. Tomando prioridad los espirituales sobre los terrenales. Procediendo entonces con objetividad y sana lógica. Porque eres ciudadano espiritual del Reino celestial y, por ende, has de actuar en armonía con su constitución inviolable.

Para nosotros aquí arriba en este Reino de Dios, actuar impulsado principalmente por meros sentimientos, gustos, pasiones, egoísmos o posibles beneficios materiales personales, sería del todo incompatible con los propósitos y normas de nuestro Reino.

Traigo estas observaciones porque estamos viviendo la “Edad de los Sentimientos y Pasiones”. Conclusión que ya proclaman algunos escritores seculares. Las evidencias afloran tanto en el cristianismo y otras religiones como en la política y las sociedades humanas. Tiempos estos cuando la verdad y los hechos se relegan, comúnmente, a plano inferior. Se ignoran; se pisotean. Cuando la deificación de los sentimientos conduce a violencia, caos, tiranía y la legalización de actos y conductas contrarias a las leyes divinas, como, además, a la propia naturaleza y el sentido común de lo correcto y lógico.

El lema de esta Edad es: “¡Mis gustos, deseos, sentimientos, ilusiones, pasiones, placeres, visiones y agendas por encima de todo y de todos los demás!”

Este subjetivismo irracional en extremo se manifiesta mundialmente en las tantas iglesias pentecostales y carismáticas que deifican el emocionalismo religioso-psíquico-espiritual, despreciando fríamente la “doctrina de Cristo” como “seca y aburrida” (2 Timoteo 4:1-5; 2 Juan 9-11).

Y se manifiesta fuertemente en los comicios cuando sentimientos, pasiones, pareceres y egoísmos determinan el voto.

“La pasión gobierna, mas, nunca gobierna bien, apuntó Benjamín Franklin, en 1775.

[Our Age of Feelings is leading to Violence and Tyranny. Selwyn Duke. 09 10 2020. The Mask Empire. Jack Newkirk]

Suponiendo que decida yo ejercer mi derecho al voto, ¿qué hago si me solidarizo con muchas de las propuestas y posiciones del candidato fulano, pero su plataforma abarca los derechos humanos condenados por mi Dios?

Bueno, mis opciones son obvias, ¿verdad? 1. Brindarle mi apoyo, sin poder evitar que mi acción también se interprete como respaldo para lo censurado por Dios. 2. Dar mi apoyo a su contrincante. 3. No participar en el proceso electoral.

La plataforma de su contrincante incluye, digamos, oposición al aborto, expresiones en contra de conductas innaturales, y afirmaciones a favor de la libertad religiosa, pero no me solidarizo con varias de sus posiciones y propuestas, no apruebo su estatus social, ni me agrada su comportamiento ante el público. ¿Qué hago?

Lo que te parezca más inteligente, sabio y necesario, conforme a los derroteros morales-espirituales-religiosos-sociales que disciernas en tu nación. Lo demás -incluso, la economía, el manejo de pandemias y desastres, el trato de las fuerzas armadas y de otras naciones, la ecología, viajes al espacio, etcétera- solo tendría importancia secundaria. ¿De acuerdo?

Digo: mirándolo todo desde acá arriba, donde lo material se tiene como temporal y, por ende, pasajero, mientras lo espiritual se tiene como eterno, conforme a la máxima: Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:15-17).

Todo ciudadano pensante y analítico comprende que el voto, de quien sea, no significa, necesariamente, respaldo total e incondicional para el político que sea. Me ilusiono pensar que el Soberano Dios de este Reino espiritual aprecie así mi voto- si voto- sabiendo mis razones e intenciones.

Amado cristiano, amada en el Señor, si te sientes en el deber, por fuertes razones lógicas, de ejercer el derecho al voto, respetuosamente te aconsejo hacerlo calladamente, sin hacer política entre cristianos y no cristianos.

Entiendo, personalmente, que la política per se es tema terrenal, impropio para el púlpito o el salón para clases bíblicas de cualquier congregación espiritual, como, además, en tertulias o conversaciones entre cristianos individuales. Tema controvertido que suele engendrar controversias acaloradas que lastimen y enajenen a los contrincantes. No veo en el Nuevo Testamento que fuera tema de Cristo y los apóstoles, ni de las iglesias del siglo I. Ninguna evidencia indica que los cristianos de aquel tiempo se empeñaran políticamente en cambiar las leyes y pólizas de los gobernantes romanos.

 

Bien que algunas naciones seculares-políticas allá abajo concedan a sus ciudadanos el Derecho personal de faltar el respeto, aun maldecir, a sus gobernantes y los empleados de estos, el Soberano Dios del Reino espiritual también condena semejante “derecho humano”, enseñándome: “Honrad al rey”, y, por extensión, al presidente, canciller, primer ministro, etcétera.

Y el apóstol Pablo me da el ejemplo cuando dice “excelentísimo Félix” y “excelentísimo Festo” al dirigirse a estos dos gobernadores romanos (Hechos 24:3; 26:25). Ante oficiales del Imperio Romano, Pablo se expresa como todo un “embajador” del Reino celestial a los reinos terrenales. Su dignidad, respeto e inteligencia impactaron tanto al rey Agripa que este exclama: “Por poco me persuades a ser cristiano” (Hechos 26:24-28). Ejemplo a seguir, pues, “embajadores somos” de Dios los que ministramos la palabra del Reino espiritual, anota el propio Pablo (2 Corintios 5:20).

Por cierto, esta norma y esta práctica de honrar y someterse a las “autoridades” seculares, inculcadas acá arriba en el Reino espiritual-celestial, ilustran la superioridad excelsa de la ciudadanía espiritual que ofrecen sus mandatarios máximos, Dios y Cristo.

Acá, todo es más excelente, perfecto y placentero. Paz real y duradera. Respeto mutuo, sin hacer acepción de personas por raza, estatus económico, rango social, nivel académico, oficio o profesión.

Aquí, “Ya no hay judío ni griego [cero racismo]; no hay esclavo ni libre [cero prejuicios sociales]; no hay varón ni mujer [cero prejuicio contra el hombre o contra la mujer]; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” [perfecta unidad sin barreras humanas]. (Gálatas 3:27-28)

Aquí, conductas y conversaciones normales y sanas, mutuamente edificantes. Sosiego, tranquilidad, seguridad y gran contentamiento. A resumida cuenta, ¡amor sincero y amistad amena a plenitud! Todo en espera de la glorificación de este Reino espiritual y su continuación eterna en la presencia del propio Soberano Dios.

El verdadero Reino de Dios es “nación santa”, apunta el apóstol Pedro (1 Pedro 2:9). Y todo ciudadano de ella ha sido librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Colosenses 1:13).

Amigo, amiga, esto es efectuado cuando el candidato para ciudadanía espiritual nace del agua, es decir, se sumerge en las aguas del bautismo, y nace del Espíritu, o sea, se sumerge en las enseñanzas del Espíritu Santo. Jesucristo dice a Nicodemo, varón principal de los judíos: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:1-7).

Nosotros que estamos aquí arriba en el Reino de Dios, esto mismo hicimos para tener derecho: nacer del agua y nacer del Espíritu.

Y esto mismo tú lo puedes hacer para tener la misma dicha incomparable. Gustosamente, te brindaremos nuestro apoyo. Aguardamos nos contacte.

De todo corazón, muchísimas gracias por la atención prestada a este mensaje.

 

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https://www.youtube.com/watch?v=e44r54IXiGM&t=593s

25.24 minutos

14 diapositivas

Cordialmente, te invito a ver y escuchar el video.

Homero Shappley

 


 

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