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Los ESPÍRITUS AVIVADOS de pentecostales y carismáticos de los siglos XX y XXI

 

 

Fotografía de pentecostales en el acto de alabar. Levantando manos, orando, gimiendo, llorando, aun gritando, todos a la vez, son acciones características de la inmensa mayoría de los pentecostales y carismáticos en todo el mundo. Atribuyen estas manifestaciones al poder del Espíritu Santo, creyendo que él more en ellos.

 

Levantando manos, orando, gimiendo, llorando, aun gritando, todos a la vez, son acciones características de la inmensa mayoría de los pentecostales y carismáticos en todo el mundo. Atribuyen estas manifestaciones al poder del Espíritu Santo, creyendo que él more en ellos. A quien cuestione sus convicciones o ejecutorias le condenan con fiera indignación como “blasfemo, hijo del diablo”. Pero, nos atrevemos a auscultar a los espíritus que se mueven entre los pentecostales y carismáticos, pues el verdadero Espíritu Santo nos instruye: “Probad a los espíritus, porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1).  

 

 

¿Cómo se manifiestan?

¿Qué mensajes traen?

¿Vienen de Dios?

¿Tienen, de veras, al Espíritu Santo?

 

 

Algunos temas tratados en este estudio

Errores del culto avivado que descubren las Sagradas Escrituras

Orden, desorden, hacerlo "todo decentemente y con orden". 

Confusión, alboroto, desbarajuste, desconcierto. 

"Dios no es Dios de confusión sino de paz." 

Dios: cuerdo, racional, decoroso, consecuente y responsable en sus actos y palabras. También el Espíritu Santo. 

Los pentecostales pierden el "dominio propioen sus cultos. 

El complejo psíquico, el bloqueo mental y emocional que sufre la mayoría de los pentecostales. 

La mentalidad de esclavizarse a los pastores, de tolerar "si alguno os devora... toma lo vuestro... se enaltece... os da de bofetadas...", de recibir "otro espíritu".

¿Tienen los avivados al Espíritu Santo?

Los que más hablan de él, ¿no lo tienen? 

Una legión de espíritus inferiores del error y el engaño. "¡Legión Pentecostal!" 

 

  Observaciones preliminares

Desde los primeros años del siglo XX, los pentecostales, también conocidos comúnmente en algunos lugares como “avivados” “aleluyas”, vienen efectuando, con extraordinario éxito, una campaña intensa de evangelización en casi todo el mundo. Su crecimiento numérico ha sido nada menos que fenomenal y tanto es su impacto en ámbitos religiosos-espirituales-morales-sociales-políticos que ahora se les considera una fuerza, al menos en algunos renglones, hasta mayor que el catoli­cismo o el protestantismo. Han corrido muy ligero, espar­ciendo la semilla de su doctrina a los cuatro confines de la tierra. Saliendo a la lucha con celo ardiente, han peleado bajo el estandarte del Espíritu Santo, reclamando en su nom­bre virtual inmunidad contra exámenes críticos.        

Durante la década de los 1960, el pentecostalismo recobró aún más fuerzas. Muchos líderes de las “iglesias muertas”, o sea, de las iglesias cristianas no avivadas, fueron conquistados y “convertidos”, aceptando y promoviendo vigorosamente la teología pentecostal acerca de la promesa del Espíritu Santo, lenguas extrañas, sanidad divina, profecías, el Milenio, el rapto de la iglesia y otras doctrinas relacionadas. Se formaron movimientos avivados (o carismáticos) dentro de iglesias tales como la Católica Romana, la Episcopal, la Bautista y la Discípulos de Cristo. El brote de pentecostalismo dentro de referidas iglesias ha dado por resultado mucha confusión y disensión en medio de aquellas confesiones, creando conflictos y tensiones difíciles de resolver, desembocando, además, en no pocas divisiones.

Lo sorprendente es que, al parecer, muy pocos predicadores, profesores religiosos o teólogos analizan bíblicamente al pentecostalismo. Hay infinidad de libros que promueven el pentecostalismo, pero muy pocos libros o escritos que lo someten a un riguroso escrutinio profundo. Si bien muchos líderes espirituales no lo abrazan públicamente, tampoco lo resisten o rechazan, dándolo, en efecto, aprobación tácita. Sin duda, gran número lo considera una secta o un movimiento más que cuenta con la aprobación de Dios. Ya que respaldan la teología protestante de la multiplicidad de iglesias, sencillamente no se oponen al avance del pentecostalismo, a pesar de que esta nueva ola del cristianismo arrastre a sus propias congregaciones. ¿Comprenderán que la mayoría de los pentecostales no se considera “una secta más” sino la única iglesia verdadera? Tal cual la Iglesia Católica Romana, se presentan como la única iglesia verdadera. Esta convicción los motiva a evangelizar no solo a las personas mundanas sin iglesia sino también a católicos y a protestantes por igual. El apóstol Juan exhorta que probemos a “todo espíritu” (1 Juan 4:1). Al decir “todo espíritu”, se incluyen también a los espíritus de los pentecostales, a quienes no debemos eximir de un análisis imparcial simplemente porque predican y vociferan incesantemente acerca del Espíritu Santo.

Los pentecostales reprochan severamente, con amenazas fuertes de blasfemia contra el Espíritu Santo, a cualquier persona que tenga la audacia de poner en tela de juicio su teología y práctica. Le gritan “hijo del diablo” o lo declaran “lleno de demonios”. Valiéndose de esta táctica, infunden miedo e intimidan a todos los que cuestionan la validez bíblica de sus profecías, sueños, visiones, lenguas y cultos alborotosos tributados a Dios. Pero, sus amenazas y denuncias, por fuertes que sean, no nos detendrán. Ya que el Espíritu Santo mismo nos autoriza a poner a prueba a todos los espíritus, no tememos cometer blasfemia al hacerlo en el caso de los espíritus pentecostales.

Durante un periodo de unos cuantos años, el que escribe estuvo en contacto estrecho con las iglesias avivadas. Observé que sus pastores no querían que los feligreses escucharan a predicadores que no fuesen avivados, ni que leyeran folletos o libros escritos por autores que no fuesen pentecostales, ni que dialogaran con los líderes de otras iglesias. Por alguna razón, y pronto la identificaremos, los ministros pentecostales no aceptan de buena gana el reto de corroborar la veracidad bíblica de sus propias doctrinas. Tal vez teman someter a prueba su doctrina. Parece que no se atrevan a dudar, ni siquiera un poquitito, de su autenticidad espiritual. Cuestionarla sería, según su modo cerrado de pensar, cometer el terrible pecado de blasfemar al Espíritu Santo. De manera que el pentecostal medio vive su vida, rinde culto y sirve a su Dios, encerrado en un mundo aislado -espiritual, social, intelectual y doctrinalmente aislado. En ese mundo, velado celosamente y dominado por los pastores pentecostales, no hay libertad de investigación. Su rígida interpretación de la Biblia los líderes pentecostales la imponen con severidad en las congregaciones bajo su mando, no tolerando que ningún miembro la cuestione. Los pastores y los evangelistas pentecostales suelen ser de mentalidad intransigente, manifestándose renuentes al diálogo ameno sobre su fe y práctica. En muchos concilios, iglesias y movimientos pentecostales la palabra de los pastores y los profetas avivados se tiene como infalible. De hecho, muchos líderes pentecostales se atribuyen la misma inspiración que tenían Pablo, Pedro, Juan y los demás apóstoles. En este contexto, cabe preguntar: ¿en qué difieren del Papa Católico Romano?

Quienquiera que tenga la temeridad de siquiera intimar a un pentecostal que quizás haya en su religión creencias, doctrinas, interpretaciones, tradiciones y prácticas que carezcan de fundamento bíblico, se expone, usualmente, a una reacción muy agresiva, aun violenta. El pentecostal medio suele responder a tal insinuación o crítica, gritando: “¡Blasfemia”! ¡Usted está blasfemando contra el Espíritu!” Se descontrola; se enfada. Su defensa más común es acusar a su “enemigo” de estar lleno de demonios. Piensa haber ganado la batalla al exclamar “¡Hijo del diablo”! No se da cuenta de que la suya es nada más que una estratagema evasiva psicológica, ni se percata, al parecer, de que sus acusaciones y sus griterías no representan defensa alguna de sus creencias.

Pues bien, pensamos que los avivados debieran tranquilizarse un poco, dejando de gritar “¡Blasfemo! ¡Endemoniado!” a todo aquel que no acepte su mensaje. Su deber es enfrentarse varonilmente a los que exigen que defiendan sus credos y prácticas, no con acusaciones pueriles que no resuelvan ningún conflicto doctrinal ni prueben nada, sino con hechos y argumentos irrefutables. No se ve bien de parte suya que sigan escudándose tras el personaje del Espíritu Santo. Nombrar o invocar ellos al Espíritu Santo infinidad de veces no prueba que sus creencias y prácticas sean bíblicas, que tengan la aprobación del Espíritu de Dios. ¡Definitivamente, no lo hace! Al contrario, es preciso que encuentren apoyo claro e indiscutible en las Sagradas Escrituras inspiradas por el verdadero Espíritu de Dios.

Hemos sometido a prueba a los espíritus de los pentecostales, siguiendo la amonestación del Espíritu Santo: “ Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1). Lo que hemos descubierto nos ha dejado atónitos y perplejos. No quisiéramos sacarlo a la luz. Nos es penoso hacerlo, pero no hay, en realidad, otra opción aceptable. Enterrar nuestros hallazgos en la Tumba del Silencio sería actuar irresponsablemente ante Dios y los hombres que aman la verdad. Nos consta que entre las multitudes que profesan la fe pentecostal hay muchas, muchas personas de buen corazón, incluso pastores, que buscan con sinceridad y honestidad a Dios, ardientemente deseando ser salvas. Nuestra plegaria es que estas almas sinceras, al leer lo que por medio de este estudio presentamos con amor no fingido, no se escandalicen sino que encuentren el camino más seguro de salvación. Al haber comparado el camino pentecostal con el camino espiritual trazado en el Nuevo Testamento, afirmamos, categóricamente, que hay un camino de salvación mucho más seguro que el que siguen los avivados.  

De pertenecer usted, estimado lector, respetada lectora, a alguna iglesia o movimiento pentecostal, le rogamos, humildemente, que no se ofenda al considerar nuestros planteamientos, ni exclame “¡El Señor reprenda al diablo!” Le rogamos que lea todo este estudio hasta el final. Su deber ante Dios es escudriñarlo todo, reteniendo lo bueno, refutando y desechando lo malo (1 Tesalonicenses 5:21). El contenido de este mensaje le será, pensamos, muy inquietante y chocante. No tema. Léalo con calma; analícelo con imparcialidad. Hágalo, se lo suplicamos, aunque le cause muchos dolores en lo más profundo de su alma; aunque sufra mucha angustia mental. No permita que encierren su mente y espíritu en las celdas de prejuicios, egoísmo, intolerancia, fanatismo y orgullo religioso. Tenga presente el hecho de que ningún hombre o mujer es infalible, no importa cuántas veces afirme estar bajo la influencia del Espíritu Santo. Todo ser humano puede equivocarse, ¡hasta el pastor que más Biblia sabe! Al tratarse de la persona, las obras, los dones y la enseñanza del Espíritu Santo, no existe maestro o predicador alguno totalmente exento de caer en errores. Aunque insista el cristiano tener al Espíritu en su corazón, cabe la posibilidad de que todo lo contrario sea la realidad. De hecho, quedará comprobado que algunos creyentes no siguen la Biblia ni siquiera en lo más fundamental, a pesar de que afirman con vehemencia predicar y obrar con el poder del Espíritu Santo. El que escribe esto no es infalible. A usted, estimado lector, le corresponde cerciorarse de la validez de mis argumentos y conclusiones.

 

  Algunas verdades elementales 

Al comienzo de este estudio, asentamos algunas verdades claves e irrefutables, a saber:

1. El Espíritu Santo ha revelado toda la verdad que se encuentra en la Biblia.

2. Por lo tanto, la Biblia es un libro inspirado mediante el cual se le comunica al hombre la voluntad completa y perfecta de Dios.

3. El Espíritu Santo no miente.

4. El Espíritu no tuerce nunca la Palabra de Dios.

5. El Espíritu Santo no se contradice nunca en sus revelaciones, ni tampoco contradice al Dios y Padre o al Hijo Jesucristo.

Entendemos que la gran mayoría de los pentecostales, quizás todos, diría “¡Amén!” a estas verdades. Dado que son verídicas tanto para ellos como para este servidor, si demostramos que la teología y la práctica pentecostal-carismática-avivada violan la revelación divina, completa y perfecta, del Espíritu Santo en la Biblia (Juan 16:13; Romanos 12:2), quedará comprobado que los pentecostales no andan conforme a la verdad de Dios. Nos atrevemos a afirmar, sin sombra de jactancia personal sino en virtud de nuestras indagaciones exhaustivas, que lo podemos demostrar con pruebas abundantes e indisputables. Usted, culto lector, llegará a su propia conclusión al respecto, solo después de escrutar objetivamente todas nuestras razones.

 

ERRORES del CULTO AVIVADO

Empezamos con lo más sencillo, con lo que se puede palpar en todos los cultos avivados. Al entrar en cualquier lugar de reunión de los pentecostales, lo que más impresiona es el ambiente de confusión y alboroto típicamente prevaleciente.

Comienzan orando todos a la vez en voz alta.

Luego cantan coritos calientes (término inventado por ellos y no por nosotros) al son de la música de panderetas, guitarras, baterías, maracas o cualquier otro instrumento que los miembros sepan tocar, palmoteando y meneándose.

A medida en que se desarrolle el culto, se incrementa notablemente el nivel de emocionalismo, y algunos son movidos a danzar, otros a gritar, aullar, saltar, correr, tumbando bancas o sillas, dar pisadas duras o revolcarse en el piso

Observamos que algunos, incluso, de los pastores o co-pastores, entran y salen, conversan y se ríen, ¡aun durante las oraciones!

Hay quienes hablan lenguas; otros profetizan.

Se nos explica que los miembros adoran de tal manera porque el Espíritu Santo está presente y dirige, él mismo, todo lo que se hace, manifestándose de las maneras que acabamos de apuntar en los miembros de la congregación.       

Ahora bien, todo cristiano bien instruido en la “sana doctrina” de la Biblia y sin prejuicios religiosos sabe que semejante culto el Espíritu Santo no lo ordena ni lo dirige personalmente, por la sencillísima razón de que tal forma de adorar constituye una violación patente del mandamiento encontrado en 1 Corintios 14:40, donde el propio Espíritu exhorta que todo se haga “ decentemente y con ordenReiteramos: “…DECENTEMENTE y con ORDEN”. ¿Capta usted, estimado lector, el significado de estas dos palabras sumamente importantes en el vocabulario del Espíritu Santo? ¿Acaso figuren prominentemente en su propio vocabulario espiritual?

“Orden. Organización. Circunstancia de marchar un asunto o funcionar una cosa con regularidad y coordinación.” (Diccionario de uso del español, Tomo 2, Página 577) 

“Orden. (latino ordine) Correspondencia armónica de las partes que constituyen un conjunto organizado. Normalidad, tranquilidad en un grupo, institución.”(Microsoft Bookshelf en español, CDROM)

¿Nos equivocamos al observar que no hay “normalidad” ni “tranquilidad” en un culto avivado tipo pentecostal? Seguramente, que no. Ciertamente, no se halla “correspondencia armónica de las partes” de acuerdo con las instrucciones del Espíritu Santo.  Cualquier clase de “organización” o “coordinación” que se observe obedece al propósito humano de lograr “un culto caliente, extático, eufórico; que se manifieste en él el fuego del espíritu, de lenguas extrañas, de bailar en el espíritu, de orar todos en voz alta a la vez”. A la luz de nuestros estudios bíblicos, observaciones en vivo y comparaciones con fenómenos de esta misma naturaleza en religiones autóctonas del Cercano Oriente (los derviches giradores), África y el hemisferio occidental, la conclusión es ineludible, a saber: simple y llanamente, el culto pentecostal no obedece a las claras directrices detalladas del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento de Jesucristo. Por consiguiente, el Espíritu Santo no es, en definitivo, el “espíritu” que se mueve en medio del culto pentecostal-carismático-estático.          

El antónimo de “orden” es “desorden”.

“Desorden. Confusión. Desbarajuste. Desconcierto. Falta de orden.” (Diccionario de uso del español, Tomo 1, Página 955)

Significativamente, estos cuatro vocablos son los más acertados para describir el culto pentecostal-carismático-extático, pues confusión, desbarajuste, desconcierto y desorden son justamente los cuatro elementos que lo definen acertadamentePor lo tanto, recalcamos: ¡el Espíritu Santo no se mueve en tal culto!

Tenga presente, paciente estudioso de estos temas, que el Espíritu Santo, participando de la misma naturaleza del Soberano Dios de orden y teniendo el mismo criterio moral, es INCAPAZ de contradecirse a sí mismo. Así que, al prohibir él mismo el alboroto y la confusión en reuniones de los cristianos, cosa que hace con tanta claridad y fuerza a través de todo el capítulo 14 de 1 Corintios, ¡es del todo imposible que incite o promueva lo que él mismo condena. De ahí, que él no puede ser jamás ni nunca el autor de los alborotos y confusiones característicos de los cultos pentecostales-carismáticos. Repetimos: el Espíritu Santo nunca se contradice. Es imposible que se contradiga. Por lo tanto, concluimos que el Espíritu Santo de Dios no puede ser el autor o instigador de los fenómenos que ocurren en las reuniones de los pentecostales. Esta deducción es sencilla, fundamental y, por cierto, totalmente irrefutable. Entonces, he aquí una declaración axiomática: dondequiera que haya confusión y alboroto, el Espíritu Santo NO está presente. Cueste lo que le cueste a los pentecostales y demás carismáticos aceptarlo, el Espíritu Santo no los acompaña en sus cultos, aseveración que expresamos sin acarrear el más mínimo peligro de blasfemar porque se trata de la pura verdad. Él no está presente; no los dirige. Y si no él, pues, otro espíritu, y el otro es el espíritu de error, un “poder engañoso” enviado a los que “no reciben el amor de la verdad para ser salvos” (2 Tesalonicenses 2:10-12). ¡Ah! ¡Qué triste espíritu de perdición!

También traemos a colación, para la consideración de los pentecostales y demás carismáticos, lo que dice el Espíritu Santo en 1 Corintios 14:33. Aquí, el propio Espíritu Santo apunta, por el apóstol Pablo, que “nuestro Dios no es Dios de confusión sino de paz”. Amado, amada, en el Señor, ¿se registra debidamente en su menta-alma-espíritu el significado y la importancia de esta llana declaración? ¿Cómo es Dios? Él “…no es Dios de confusión”. Lógicamente, deberíamos deducir que Dios es ordenado, organizado y disciplinado. Tratándose de estos tres atributos divinos, el Espíritu Santo no difiere en nada del Padre Dios o del Hijo Jesucristo, siendo UNO los tres en su naturaleza (Juan 17:20-23). Esto quiere decir que el Espíritu Santo también es ordenado, organizado y disciplinado. Él no es un Espíritu de confusión y caos, sino de paz. Por lo tanto, él no es, ni puede ser jamás, el “espíritu” que se revuelca en cultos desordenados, desorganizados e indisciplinados. Estas consideraciones nos hacen llegar, de nuevo, a la conclusión sencilla e irrebatible de que los pentecostales y demás carismáticos se hunden en un error gravísimo al creer que el Espíritu Santo sea la fuerza que se mueve en sus reuniones estrepitosas y caóticas.

Procedemos a poner sobre el tapete otra verdad relevante e importante para este análisis. Cualquier alma que lee el Nuevo Testamento con entendimiento espiritual rápido comprende que el Espíritu Santo es un ser muy superior al hombre, más Inteligente que nosotros, más santo, más poderoso y de más dignidad. ¿Cómo lo vemos en las Sagradas Escrituras? Pues, siempre como cuerdo, racional, consecuente y responsable en sus actos y palabras, reflejando fielmente la grandeza infinita de Dios por medio de un comportamiento invariablemente decoroso. Entonces, preguntamos: ¿sería razonable que un ser celestial de carácter tan noble, disciplinado y organizado originara, despertara, indujera comportamientos, o diera mensajes, netamente contrarios a los principios más fundamentales de su propio ser? ¡Realmente, inconcebible! Así pues, dado que lo cuerdo, racional, consecuente, responsable, disciplinado y noble brillan por su ausencia en reuniones carismáticas-avivadas-pentecostales, ¿con qué sentido pensar que el Espíritu Santo se manifestara en ellas?

Además, es preciso tener presente que el Espíritu Santo enseña el dominio propio (2 Timoteo 1:72 Pedro 1:61 Corintios 14:9-40). Entonces, de producir él en nosotros los creyentes una excitación emotiva tan grande y fuerte que perdiéramos el dominio propio, ¿no estaría él obrando en contra de sí mismo? Sin duda, estaría violando los principios que él mismo expone, como también invalidando el don que él mismo otorga, o sea, el don del dominio propio. De la manera que Dios el Creador es incapaz de mentir, asimismo el Espíritu Santo es incapaz de actuar en contra de su propia naturaleza, y, por ende, de desobedecer ordenanzas que él mismo ha emitido bajo la autoridad de Dios el Padre a quien sirve. Consiguientemente, que él sea la fuerza que mueva a adoradores, cualquiera sea su confesión religiosa, a la ejecución de alabanzas alborotosas o manifestaciones deliriosas de cualquier tipo, por ejemplo, danzas frenéticas, sacudimientos violentos del cuerpo físico, vociferaciones estridentes, aullidos de animales, carcajadas incontrolables o cualquier otro acto en abierta violación del dominio propio, ha de clasificarse como una idea descabellada en extremo.

En resumen, las características más sobresalientes del culto avivado-carismático-pentecostal son incompatibles con la naturaleza, el genio y las enseñanzas del Espíritu Santo. Por eso, sabemos que él no hace acto de presencia en las reuniones de las multitudes de actualidad que participan ávida y fanáticamente en tales cultos. Queda, pues, probado que tales adoradores no andan conforme a la “sana doctrina”, la “buena doctrina” (Tito 2:1; 1 Timoteo 4.6-16) del verdadero Espíritu Santo. No figuran entre los “verdaderos adoradores” que agradan a Dios, ya que él busca a adoradores que le adoren “en espíritu y en verdad” (Juan 4:24).

Respetado lector, lectora, de militar usted en una congregación dominada por el espíritu alborotoso de avivamiento carnal, ¿qué hará? ¿Se atreve usted a seguir quebrantando leyes específicas reveladas por Dios en el Nuevo Testamento que definen con diáfana claridad cómo rendirle loor aceptable y persistirá obstinadamente, bien por sus gustos personales bien por miedo al pastor, en hacer caso omiso al verdadero Espíritu Santo que reveló “toda la verdad” a los apóstoles del siglo I (Juan 16:13)? Encarecidamente, le rogamos deshacerse de ilusiones engañosas y errores doctrinales garrafales, aprendiendo a adorar conforme al único evangelio verdadero revelado “una vez” para siempre a principios de la Era Cristiana (Judas 3), y no enmendado, de modo alguno, por “revelaciones, visiones, sueños o profecías” subsiguientes, por ejemplo, por los que se publican hoy día bajo reclamos tales como: “¡Dios me ha revelado… Jesús me dijo en sueño… el Espíritu Santo me enseñó en visiones de la noche”, osadas mentiras que embaucan a almas ingenuas que de Biblia saben poco, o casi nada, y que, por ende, poder para probar “a los espíritus” no lo tienen (1 Juan 4:1). Acuérdese: Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade” (Gálatas 3:15). El “nuevo pacto” de Cristo fue dado en su totalidad en el siglo I y ratificado completamente por “las señales que seguían” la Palabra (Marcos 16:19-20).

El que escribe es consciente de haber hecho acusaciones terriblemente ofensivas tanto para pentecostales como para carismáticos de todo tipo. Extremadamente sensibles en todo lo concerniente al Espíritu Santo, se escandalizan a la mera intimación de que estén equivocados. ¡Ojalá que no fueran tan sensibles! Dios quiera que al leer ellos este estudio no se enfurezcan, ni pierdan fe en Dios y su Palabra inspirada, sino que razonen objetivamente, sin apasionamiento. Está en juego la salvación de sus almas. Por su bien espiritual presente y futuro, no conviene que rechacen precipitada y terminantemente consideraciones vitales que, con amor sincero, estamos brindando a su atención. No, nunca, con el ánimo de meramente contender o lastimar sensibilidades personales sino con él de informar verdades quizás desconocidas, ensanchar el entendimiento espiritual y proporcionar oportunidades para alcanzar niveles más altos de madurez en Cristo. A la vez, procurando más crecimiento para nosotros mismos. Pueden llegar a gozar, juntamente con nosotros y los demás amantes de la Verdad, de la plenitud del Espíritu, pero si se tornan obstinados en su error, tememos que nunca conozcan ni reciban al verdadero Espíritu de Dios.

Para que el pentecostal-carismático-avivado llegue al pleno conocimiento de la verdad divina y goce de libertad en Cristo, es preciso que se deshaga de su complejo psíquico, de su bloqueo mental y emocional, respecto al Espíritu Santo. Por ejemplo, no debería desmayarse de miedo cada vez que se le ocurra que quizás alguna profecía, doctrina o actividad religiosa suya no tenga la aprobación del Espíritu, pensando haber blasfemado al cuestionar. Dar la espalda bruscamente a todo aquel que le señale posibles errores en su doctrina tampoco cualificaría como proceder sensato, inteligente, espiritual. Se comienza a hacer pedazos a complejos y bloqueos mentales-espirituales-religiosos cuando se reconoce, admitiéndolo abiertamente, que no todas las obras y manifestaciones que los pastores, pastoras, profetas, profetizas y demás promotores de avivamiento religioso atribuyen al Espíritu Santo son inspiradas o aprobadas por él. Comprender que no se comete pecado alguno al someter a prueba doctrinas y prácticas del avivamiento pentecostal-carismática también contribuye grandemente a desbaratar tales complejos o bloqueos muy perjudiciales al alma-mente-espíritu. Resistir el poder dictatorial de los pastores hacer caso omiso a sus interminables amenazas belicosas de “¡Blasfemo! ¡Hijo del diablo!” no es malo; no es blasfemar contra el Espíritu Santo o Dios. Lejos de serlo, se trata de pasos valientes que toda alma dotada de “toda sabiduría e inteligencia espiritual” (Colosenses 1:9) toma para evitar la peligrosísima esclavitud mental y espiritual a sistemas teológicos desarrollados por seres humanos falibles que se arrogan entendimiento y autoridad religiosos carentes de respaldo netamente bíblico.

Independizarse de presunciones y fanatismos religiosos, cualquiera sea su origen, es la clave para conocer y disfrutar la verdadera libertad en Cristo. “…a LIBERTAD” Cristo nos llama, librándonos de yugos de esclavitud confeccionados por teólogos soberbios en sus ponencias o predicadores doctrinal y espiritualmente iletrados, indoctos que se atreven a tomar el dominio de almas igualmente ignorantes por falta del estudio necesario para ser “llenos del conocimiento de su voluntad” (Colosenses 1:9).Muy lamentablemente, la mentalidad de muchos avivados pentecostales y carismáticos es la mismita que el apóstol Pablo censura duramente en ciertos corintios creyentes. “Pues toleráis si alguno os esclaviza, si alguno os devora, si alguno toma lo vuestro, si alguno se enaltece, si alguno os da de bofetadas. Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis(2 Corintios 11:4, 20). ¡Qué se despierten y cambien de mentalidad los avivados de actualidad para que sean libres de verdad en Cristo, por su verdad, y no esclavos de ningún ser humano! “…y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

¿TIENEN los CREYENTES AVIVADOS al ESPÍRITU SANTO?

Aseguran a voz en cuello que lo tienen. Alrededor del globo terráqueo, cientos de millones de ellos reclaman su presencia y poder sobrenatural en su vida. Mas, sin embargo, ya hemos descubierto no pocos errores mayúsculos de su teología y práctica, lo cual pone en tela de juicio la procedencia de su fe, al igual que su enlace espiritual para con el Espíritu Santo, y, por extensión, con Dios el Padre y su Hijo Jesucristo. Efectivamente, tenemos bajo la lupa a un gran pueblo religioso multitudinario que atribuye su propio origen y crecimiento fenomenal directamente al Espíritu Santo en particular, pero que, irónicamente, ¡ni siquiera goza de la presencia o el poder del verdadero Espíritu de Dios en sus alabanzas, obras evangelísticas y demás actividades! Por increíble que parezca esta situación a ellos, sobreabunda la evidencia de que esa es precisamente la que impera, habiendo nosotros presentada solo una parte hasta el momento.

Pero, ¿es concebible que los tantísimos en todo el planeta Tierra que más invocan al Espíritu Santo pertenezcan, en realidad, al campamento de los que menos entienden sobre las obras, manifestaciones y dones del Espíritu? Extraña sería semejante circunstancia, pero de modo alguno imposible. De hecho, su caso es muy parecido al de los cientos de millones de religiosos católicos romanos y griegos ortodoxos que hablan y escriben interminablemente sobre “la única iglesia apostólica verdadera”, pero que, irónicamente, ¡no la imitan en casi nada! Esta misma ofuscación mental-espiritual, esta tragedia espiritual, es justamente la que viven los pentecostales y carismáticos avivados: invocan incesantemente al Espíritu Santo en toda convocación y obra suya, como si lo conocieran y entendieran mejor que ningún otro ser humano sobre la faz de la tierra, pero, asombrosamente, ¡quebrantan la mayoría de sus leyes codificadas y selladas de una vez para siempre en el Nuevo Testamento! 

Si las deducciones hechas hasta ahora son verídicas, si, en verdad, el Espíritu Santo no es el poder que se mueve en los cultos avivados, entonces, ¿a qué poder o a qué espíritu se atribuyen las conmociones extraordinarias y las manifestaciones descomunales observadas cuando los creyentes avivados de hoy día se reúnen para alabar a Dios? ¿No hablan ellos lenguas extrañas? ¿No imponen sus manos a los enfermos, sanándolos? ¿No profetizan, cumpliéndose sus profecías? ¿No son ellos personas muy santas que predican enérgicamente contra toda suerte de vicio, aun echando fuera demonios? ¿Creyentes dedicados día y noche a la oración? ¿Qué se reúnen los siete días de la semana? ¿No son los creyentes avivados sumamente ferverosos en su fe, más, por mucho, que a cualquier otra agrupación de cristianos? Incluso, católicos romanos, bautistas y testigos de Jehová. ¿No pasan ellos mucho tiempo en ayunos y vigilias, esperando firmemente que Jesucristo venga prontito “como ladrón en la noche” para raptarlos a la gloria? Si todo esto lo son, y todo esto lo hacen, ¿con qué razón o justificación atreverse cualquier creyente no de la inmensa hermandad avivada pentecostal-carismática a catalogarlos como impulsados por un espíritu que no sea el Espíritu Santo? En realidad, hay razones de sobra.

En primer lugar, para el estudioso dedicado de “espíritus y el Espíritu Santo”, es fácil identificar enseguida y acertadamente al espíritu principal, con los espíritus inferiores, que se manifiestan fuerte, constante y osadamente en el avivamiento religioso de los siglos XX y XXI. Simplemente, observan las acciones efectuadas durante reuniones típicas de creyentes avivados y escuchan atentamente algunos mensajes pronunciados por sus pastores, más expresiones vertidas por directores de alabanzas, testimonios de quienes aseguran haber sido sanados milagrosamente, haber tenido visiones o sueños “dados por el Espíritu Santo”, haber sido llevados “en espíritu a Jerusalén”, etcétera. Toman nota del impacto sobre los concurrentes, tanto miembros como visitas, de los instrumentos de música tocados, ritmos acelerados, bailes frenéticos, coritos calientes repetitivos, lenguas llamadas “angelicales”, exclamaciones a viva voz a “abrir paso al espíritu, soltarse, dejarse llevar, dejarse vencer, dejarse caer, correr, aullar, reírse a carcajadas, profetizar”; de las estratagemas psicológicas y religiosas utilizadas por los líderes para hacer aumentar o menguar el nivel del bullicio, refrenar excesos que rayan en locura o desembocan en exhibiciones escandalosas de índole sexual, etcétera. Además, toman nota de que los pastores y demás dirigentes apelan más al Antiguo Testamento que al Nuevo en apoyo a sus doctrinas y prácticas, ignorando claras directrices del Nuevo que las rinden totalmente falsas, y que, sobre todo, reclaman inspiración divina sobrenatural para sus ponencias y ordenanzas, diciendo enfáticamente: “¡Dios me ha revelado… Cristo me dijo en sueños… el Espíritu Santo me ha ordenado!” Etcétera.

Rápido, disciernen a varios de una verdadera legión de espíritus engañosos operantes en los entornos religiosos-espirituales de todo el mundo, disfrazándose artificiosamente de maneras distintas conforme a las mentalidades, culturas y tradiciones de sus víctimas. A continuación, mencionamos algunos.

El espíritu ardiente envuelto en llamas del entusiasmo desbordante

El espíritu sutil que introduce herejías destructoras

El espíritu esclavizador que impone el yugo de leyes abolidas en la cruz, por ejemplo, la de diezmar y la de guardar el séptimo día.

El espíritu sustituyente que sustituye experiencias psíquicas emotivas-religiosas por la verdad divina.

El espíritu bloqueador que obstaculiza el funcionamiento normal de la razón, el sentido común y el intelecto.

El espíritu de risas y carcajadas que aboga por el existencialismo religioso (o sea, el sistema filosófico-teológico que exalta los sentimientos por encima del conocimiento y la verdad, despreciando la “doctrina” como “fría, secundaria, poco interesante, muerta”)

El espíritu extático de arrebatos sentimentales y emociones descontroladas

El espíritu loco de desatinos religiosos y ejecutorias tontas, aun necias, en medio de la congregación.

El espíritu desordenado de torpezas, desorganización, confusión y caos

El espíritu ridículo de ridiculeces en testimonios e imposiciones arbitrarias de carácter personal

El espíritu adulterino de infidelidad sexual tolerada en pastores, pastoras y feligreses

El espíritu indocto que tuerce Escrituras para su propia perdición y la de quienes le siguen (2 Pedro 3:16).

Los “espíritus engañadores” que traen “doctrinas de demonios” (1 Timoteo 4:1-5).

El espíritu soberbio del sabelotodo

El espíritu intransigente de dogmatismos

El espíritu de estupor que entra en quien no ama la verdad (2 Tesalonicenses 2:10-12)

El espíritu apóstata que se atreve a fijar fechas exactas para la Segunda Venida de Jesucristo (2 Tesalonicenses 2:1-5)

El espíritu inicuo que se manifiesta con “gran poder, y señales y prodigios mentirosos” (2 Tesalonicenses 2:9)

El espíritu sin vergüenza, el de mercaderías mundanas realizadas impunemente en las iglesias

El espíritu avaro, autor del evangelio de prosperidad

Y la lista sigue, pues estos espíritus de rango inferior son legión. Jesucristo, en su incansable andar por las tierras de Israel, vino “a la región de los gadarenos” donde encontró a un hombre de fuerza física descomunal, capaz de proezas extraordinarias. “Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar.” Jesús le pregunta: “¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos. Librado aquel hombre por Cristo de los espíritus malos que le habían atormentado, y llegando algunos vecinos, le encuentran vestido, sentado tranquilamente y “en su juicio cabal” (Marcos 5:1-14). 

Hoy por hoy, entre los cientos de millones de creyentes avivados no faltan algunos, mayormente líderes carismáticos, que también hacen proezas sorprendentes, llamadas bíblicamente “señales y prodigios engañosos”(2 Tesalonicenses 2:9). Sorprendentes y engañosos sí para gente ingenua fácilmente sugestionada, pero no para el cristiano instruido adecuadamente en estos asuntos, pues el tal cristiano discierne prontamente los elementos que dilatan falsas señales y prodigios. Ahora bien, de la manera que el gadareno fue curado por Jesucristo, también los engañados de hoy día pueden ser sanados por el Señor, recuperando el “juicio cabal”. Volverse en sí, restaurando en su mente la razón, el sentido común y el juicio cabal a los lugares de importancia que deberían ocupar, es lo que han de lograr para no ser engañados más. La poderosa verdad divina libra de engaños.

 


 

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