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Comentario sobre Apocalipsis: análisis de las profecías y visiones. Por Homero S. de Álamo

Comentario completo sobre Colosenses

Historia de la Era Cristiana. Muchos documentos en esta Web.

Comentario sobre Hechos por J. W. McGarvey. Boceto del Contenido completo.

 

 

Hechos de Apóstoles

Por Lucas, el médico amado

El apóstol Pablo se despide de los ancianos (sinónimo de pastores u obispos) de la iglesia en Éfeso. Sus orientaciones y profecías para ellos son sumamente aleccionadoras y aplicables al presente.

El apóstol Pablo se despide de los ancianos (sinónimo de pastores u obispos) de la iglesia en Éfeso. Sus orientaciones y profecías para ellos son sumamente aleccionadoras y aplicables al presente.

Comentario por J. W. McGarvey, M. A.

Predicador y escritor de la Iglesia de Cristo

Adaptación del Prof. E. J. Westrup 

Parte Tercera

Giras de Pablo entre los gentiles

Hechos, los capítulos del 13 al 21.

Sección IV

PDF de este estudio

9.  El viaje de Troas a Mileto. Hechos 20:13-16

Extracto del comentario. “Ningún obrero ardiente de la viña del Señor hay que, listo para hundirse a veces bajo el peso de su ansiedad y desengaño, no halle alivio en permitir que el exceso de su pena se desgaste en el silencio y la soledad. En tales horas nos beneficia caminar con Pablo desde Troas a Assón, recordando cuánto más han soportado quienes eran mayores y mejores que nosotros.”

     Versículo 13. Los hermanos en Troas volvieron a sus hogares, mientras Pablo y sus compañeros prosiguieron su largo viaje. (13) “Y nosotros subiendo en el navío, navegamos a Assón, para recibir allí a Pablo; pues así había determinado que debía él ir por tierra.” Troas y Assón se hallan en puntos opuestos de una península que termina en el cabo Lectum. La distancia de una ciudad a otra atravesándola es como 27 kilómetros, pero siguiendo la línea de la costa son más de 50. ¿Por qué eligió Pablo, después de pasar la noche en vela predicando y platicando, todavía abrumar su poder de resistencia con la caminata de 27 kilómetros? Uno supondría que fuera posible descansar en el barco en una hamaca. Nada lo puede explicar que no sea una excitación que elude el descanso, sea mental o corporal. Pero en cada ciudad había Pablo recibido en este viaje advertencias proféticas (Versículo 23) de cadenas y prisiones que le esperaban. Agitado por el estado crítico de las iglesias en todas partes, se entristeció con las despedidas que en su camino tenía que dar a cada iglesia, y anhelaba un período de meditación y plegaria que únicamente en la soledad podía hallar. Rodeado de las escenas más agitadas de la vida del apóstol, que confirmaba la palabra mediante señales y maravillas que se seguían, a millares que temblaban, mientras anunciaba con autoridad la voluntad de Dios, podemos perder la condolencia para con el hombre, por tener admiración para el apóstol. Pero al contemplarlo en circunstancias como las presentes, exhausto por la labor insomne de una noche entera, con carga demasiado grave para llegar a gozar de la sociedad de amigos que congeniaban con él, y aún, con toda su fatiga, eligiendo la jornada a pie de un día y poder dar rienda suelta hasta saciarse a la lobreguez que le oprimía, se nos vienen a la mente tanto nuestros propios momentos de aflicción que sentimos el vínculo humano que liga nuestro corazón al suyo. Ningún obrero ardiente de la viña del Señor hay, que listo para hundirse a veces bajo el peso de su ansiedad y desengaño, no halle alivio en permitir que el exceso de su pena se desgaste en el silencio y la soledad. En tales horas nos beneficia caminar con Pablo desde Troas a Assón, recordando cuánto más han soportado quienes eran mayores y mejores que nosotros.

    Versículos 14 – 16. El barco y el peatón llegaron a Assón con no gran diferencia de tiempo. (14) “Y como se juntó con nosotros en Assón, tomándole vinimos a Mitilene. (15) Y navegamos delante de Kíos, y al otro día tomamos puerto en Samo; y habiendo reposado en Trogilio, al día siguiente llegamos a Mileto. (16) Porque Pablo se había propuesto pasar adelante de Éfeso; por no detenerse en Asia; porque se apresuraba por hacer el día de Pentecostés, si le fuese posible, en Jerusalén.” El barco iba costeando entre las islas esparcidas a lo largo de la costa oriental del mar Egeo, como de una mirada en un mapa se puede ver, y parte del viaje ocupó cuatro días. Echaron ancla en el puerto de Mitilene la primera noche. Esta ciudad bellamente situada en la costa norte de la isla que entonces se llamaba Lesbos, y ahora Mitilene por el nombre de la ciudad, todavía es hermosa y con comercio considerable. A la segunda noche se halló ancladero "delante de Kíos", sin entrar al puerto. El día tercero cruzaron la boca de la bahía que conduce a Éfeso y tomaron Samo, quizá igual para el comercio o de más seguro anclaje de noche. Un recorrido corto del cuarto día los trajo al puerto de mar importante de Mileto en la playa principal. Al pasar Éfeso, aun no tan cerca del teatro de los prolongados trabajos y sufrimientos del apóstol, Lucas cree necesario hacer la explicación que ahora da. Si el barco hubiera estado en manos de Pablo, podría haber empleado en Éfeso el tiempo que después se tardó en Mileto (Versículos 17 y 18), sin demorar la llegada a Jerusalén, pero el bajel seguía su camino sin considerar tal deseo, y solo podía visitar a Éfeso tomando otro barco en Kíos, con riesgo de no hallar uno que a buen tiempo llegara de Éfeso a Siria. La ansiedad suya por llegar a Jerusalén para el Pentecostés era porque ent­onces los hermanos de cada población en Palestina estarían en la ciudad capital, y podía él ver lo de la distribución de las limosnas que sus compañeros llevaban, sin necesidad de visitar iglesia por iglesia. Todavía veremos que completó el viaje a tiempo para la fiesta. 

10.  Entrevista con los ancianos de la iglesia en Éfeso. Hechos 20:17-38

     Versículo 17. El buque de Pablo estuvo anclado en el puerto de Mileto al menos por tres o cuatro días, y él se aprovechó de la demora para satisfacer siquiera en parte su deseo de comunicarse una vez más con los hermanos de Éfeso. (17) “Y enviando desde Mileto a Éfeso, hizo llamar a los ancianos de la iglesia.” La distancia era como 40 kilómetros. Podría haber ido a Éfeso en vez de llamar a los ancianos, si no fue por alguna inseguridad de la partida del barco. Si perdía el viaje en éste, podría fallar en su propósito de concurrir a la fiesta, mientras que, si los ancianos llegaran después de su partida únicamente sufrirían el inconveniente de corto viaje.

     Versículos 18 – 21. La entrevista que ahora Pablo celebra con estos ancianos puede considerarse como tipo de todas las que tuvo con los cuerpos diversos de discípulos por este triste viaje. Comienza su alocución a ellos con un breve repaso de sus labores en su ciudad. (18) “Y cuando vinieron a él, les dijo: Vosotros sabéis cómo, desde el primer día que entré en Asia, he estado con vosotros por todo el tiempo, (19) siempre sirviendo al Señor con toda humildad y con muchas lágrimas y tentaciones que me han venido por las asechanzas de los judíos; (20) como nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros públicamente y por las casas, (21) testificando a los judíos y a los gentiles arrepentimiento con Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo.” Estos ancianos deben haber sido de las primicias de la predicación de Pablo en Éfeso, pues conocían perfectamente su manera de vida desde el primer día que puso pié en Asia. Su alusión a su humildad y las lágrimas que le eran características, muestra la angustia que hemos visto lo acompañó en los procedimientos de los plateros en chusma, de ningún modo fue el principio de aquel género de experiencia en Éfeso. También la referencia a las pruebas que le sobrevinieron por las asechanzas de los judíos, presenta un rasgo nuevo de su experiencia allí, pues el relato de Lucas menciona solo una indicación de la existencia de tales complots, a saber, la tentativa de presentar a Alejandro ante la chusma en el teatro (Hechos 19:33,34). Fue la triste experiencia de Pablo sufrir en toda su carrera más por parte de sus compatriotas que de los gentiles.

     Las declaraciones de que no había rehuido anunciar lo que les fuera provechoso y que enseñaba por las casas lo mismo que públicamente, son a la par dignas de consideración solemne por parte de los predicadores del siglo presente. La primera presenta a Pablo en contraste notable con los contemporizadores que tanto abundan en nuestros púlpitos modernos, que nunca reprenden a nadie si no a control remoto, que de la corrupción en la iglesia no hablan más que palabras suaves, y cuyo único estudio y ahínco es la popularidad personal. Tales hombres cuidan de las almas solo mientras éstas los glorifiquen de algún modo. La fidelidad a su propia exaltación hace un contraste entre Pablo y otra clase de predicadores modernos que, o descuidan en sus ministerios de ir de casa en casa, o buscan excusas mezquinas para su descuido; o los que van de casa en casa, no por enseñar a nadie, sino para gozar de la sociedad y ocuparse en habladurías. Tomen nota debida todos los tales de que el verdadero método apostólico de evangelizar una comunidad y de edificar una congregación es hacer la obra fervorosa de casa en casa a la par que la del púlpito.

     El orden que Pablo menciona aquí del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo, ha sido ocasión para que algunas mentes se confundan, y ha proporcionado prueba textual a los que alegan que la conversión del pecador a Cristo precede a la fe. Cierto es que, antes de la fe en Jesucristo, Pablo predicaba el arrepentimiento para con Dios como preparación para la fe en Cristo. Juan Bautista preparó al pueblo para el Cristo predicando el arrepentimiento para con Dios. Jesús hizo otro tanto. Y Pablo al dirigirse a los paganos de Atenas, les presentó al verdadero Dios, luego los llamó a arrepentirse de su idolatría que deshonraba a Dios, y por fin los introdujo a conocer a Cristo resucitado (Hechos 17:29-31). No se presentaron los dos temas en este orden, ya que era imposible que los hombres creyeran en Cristo antes de arrepentirse ante Dios, pero fue porque, si se arrepentían para con Dios en quien ya creían, se verían en mejor estado mental para escuchar el evangelio de Cristo y creer en él. En términos generales, si nos arrepentimos de pecar a la luz que poseemos, estamos mejor preparados para recibir toda nueva luz que Dios se sirva darnos, mientras que si fallamos en arrepentirnos de lo primero, con casi completa seguridad, despreciaremos esto otro. Tal método de predicar la fe y el arrepentimiento a pecadores de todos los tiempos y países, que algo saben de Dios pero nada del Cristo, es sin duda el mejor, pero no ha de ser el mejor con pecadores criados en tierras cristianas que por tradición tienen la misma fe en Cristo que en Dios, y tienen conciencia de que sus culpas pasadas fueron realmente pecados contra el Cristo. Pero ese método está muy lejos de sostener la idea de que el arrepentimiento proceda a la fe en el sentido que comúnmente se da a tal proposición, pues esto haría de exigencia que los hombres se arrepintieran para con Dios antes de creer en él, para con Cristo antes de tener fe en él -absurdo evidente.

     Versículos 22 – 27. Después de repasar brevemente sus labores en Éfeso, el apóstol habla de su propio porvenir, y revela a los ancianos la razón de la tristeza que en este viaje había ensombrecido su espíritu. (22) “Y ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer; (23) mas que del Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que prisiones y tribulaciones me esperan. (24) Mas de ninguna cosa hago caso, ni estimo mi vida preciosa para mí mismo; solamente que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios. (25) Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de todos vosotros, por quien he pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro. (26) Por tanto, yo os protesto el día de hoy que soy limpio de la sangre de todos: (27) porque no he rehuido de anunciaros todo el consejo de Dios.” Con la expresión "ligado en espíritu", hace referencia a las prisiones que le esperan en Jerusalén, y quiere decir que siente como si ya trajera las cadenas encima. Tan seguro estaba que las predicciones del Espíritu Santo se cumplirían, que ya le parecían realidad actual. Este testimonio del Espíritu sin duda se le daba mediante los profetas que encontraba en cada ciudad, pues si le hubiera sido dado a él directamente, no se viera limitado a las ciudades. Esta es otra evidencia de que el poder profético de los apóstoles no se usaba para que previniesen su propio porvenir, así como su poder de sanidad no se utilizaba para curar sus propias dolencias. Cuando él añade: "Yo sé que ninguno de todos vosotros por quien he pasado predicando el reino de Dios verá más mi rostro", no hay que entender que el Santo Espíritu, que previamente por mediación de otros le había revelado algo de su futuro, ahora se lo revelaba directamente, sino que antes expresa aquí la convicción fuerte, basada en esas predicciones, y también en su propio propósito fijo de emplear, Dios mediante, el resto de sus días en nuevos campos de labor (Hechos 19:21; Romanos 15:23.24). Así, al ver en su primera epístola a Timoteo (Capítulo 1:1-3) que después volvió a visitar a Éfeso, tal hecho no debiera causarnos sorpresa grande.

     En las observaciones finales de esta parte del discurso (Versículos 26 y 27), Pablo recurre a su fidelidad en declararles todo lo que les era útil, y esto lo presenta como prueba de estar libre de la sangre de todos. "Yo soy limpio de la sangre de todos. Porque no he rehuido de anunciaros todo el consejo de Dios." Se comprende que un maestro en religión que, por consideración personal o egoísmo rehúye anunciar todo el consejo de Dios a los que él enseña, en algún sentido la sangre de los que por su descuido se pierdan caerá sobre él (Compárese el Capítulo 18:6 con Ezequiel 3:16-21.). Tal es una responsabilidad indeciblemente espantosa y que nunca debiera perderse de vista.

     Versículos 28 – 35. Ya habiendo hablado de su propio pasado y de su futuro, el apóstol luego habla del futuro de los ancianos presentes y de su iglesia, y les pone por delante su propio ejemplo para que lo imiten. (28) “Por tanto mirad por vosotros y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual ganó por su sangre. (29) Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán al ganado; (31) Por tanto, velad acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno. (32) Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia; el cual es poderoso para sobreedificar, y daros heredad con todos los santificados. (33) La plata o el oro o el vestido de nadie he codiciado. (34) Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario, y a los que están conmigo, estas manos me han servido. (35) En todo os he enseñado que, trabajando así, es necesario sobrellevar a los enfermos, y tener presentes las palabras del Señor Jesús, el cual dijo: Más bienaventurada cosa es dar que recibir.” Llama el apóstol aquí "obispos" a los que Lucas llama "ancianos" en el Versículo 17, lo que evidencia que ambos títulos se aplicaban al mismo oficio de la iglesia, y que los obispos de la iglesia apostólica no eran obispos de diócesis, como los que hoy regentean a los cuerpos episcopales, sino oficiales en cada congregación.

-La palabra obispo se deriva del término original que aquí se usa ("episcopos"), pero no es traducción de él. La idea que por lo común se le aplica es totalmente diferente del significado de la otra. El equivalente exacto de la palabra griega en nuestra lengua es "sobreveedor", y ésta debiera haberse usado en nuestras traducciones.

-Para impre­sionar más hondo a estos hermanos respecto a su responsabilidad, les recuerda Pablo que por el Espíritu Santo habían sido hechos sobreveedores del rebaño en Éfeso. Los hizo sobreveedores el Espíritu Santo dándoles idoneidades espirituales que los hacían elegibles al oficio, y guiando a la iglesia en su elección de ellos, y así también a los apóstoles al instalarlos. Los exhorta primero a que miren por sí mismos; segundo, que miren "por el rebaño"; y tercero, que sean pastores para "apacentar la iglesia", pues tal es el sentido de la palabra apacentar. Lo primero exigía piedad personal sin la cual la ministración de nadie tiene valor alguno en la iglesia; lo segundo requería vigilancia tal que nada de la condición de la iglesia pudiera escaparse a su observación; y lo tercero les obligaba a hacer por la iglesia todo lo que un pastor hace por su rebaño allá en oriente.

-Se les advirtió que esta iglesia había sido comprada por Dios con su propia sangre derramada de lo humano de su Hijo, para que ellos estuvieran dispuestos, por razón del precio que Dios pagó por ella, a hacer todo sacrificio necesario por su bien.

-Se les amonestó con dos peligros que la visión profética de Pablo proveía: la entrada de hombres de afuera a quienes llamó "lobos rapaces" que no perdonarían al rebaño, y que entre ellos mismos se levantarían facciosos que de al lado del Señor se llevarían discípulos que los siguieran. Habría sido inútil hablarles de tales peligros si no hubiese medios de protegerse de ellos; por eso les dijo que vigilaran. La vigilancia los habilitaría para combatir los primeros síntomas de las dificultades que vinieran, y para combatirlos mientras fueran leves. El pastor de una iglesia que no vigila cuando maestros vienen de fuera, y ambiciosos de dentro de la congregación, literalmente es como el pastor de un ganado que se duerme hasta que el lobo entra al redil o el rebaño se desparrama.

-En segundo lugar, les dice que recuerden cómo había hecho él en tales casos mientras estaba con ellos —recordarlo para poder imitarlo— a saber, que no había "cesado de noche y de día de amo­nestar con lágrimas". Con tales amonestaciones al presentarse primero la dificultad dentro o fuera, el rebaño encomendado a su cuidado se tendría en seguridad. Al dejarles tamaña responsabilidad, les advierte de la única fuente de valor y fuerza que les bastara, encomendándola a Dios y su palabra, asegurándoles que ésta tenia poder para edificarlos y para darles herencia entre los santificados.

-Tras esta bendición que parece les pronunciara como despedida, añade aun otra amonestación que refuerza él tanto por su propio ejemplo como con las palabras estimadísimas del Señor Jesús. Se refiere a cuidar de los pobres de Dios, y les recuerda, ancianos como son, que trabajen con sus manos a fin de poder "sobrellevar a los enfermos". Describió de modo conmovedor y sumamente gráfico su propio ejemplo con las palabras: "La plata o el oro o el vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario, y a los que están conmigo, estas manos me han servido". Y la sentencia que cita del Señor Jesús: "Mas bienaventurada cosa es dar que recibir", es uno de los manjares preciosos de verdad divina, muchos millares de los cuales cayeron de sus labios sin hallarse anotados en nuestros evangelios tan breves.

     Versículos 36 – 38. Alocución tan solemne, tan tierna, tan desgarradora tanto para el orador como para sus oyentes, solo podía seguirse con propiedad al postrarse todos ante el trono de la gracia. (36) “Y como hubo dicho estas cosas se puso de rodillas, y oró con todos ellos. (37) Entonces hubo un gran lloro de todos: y echándose en el cuello de Pablo, le besaban, (38) doliéndose en gran manera por la palabra que dijo, que no habrían de ver más su rostro. Y le acompañaron al navío.” No anota Lucas una palabra de esa plegaria. Hay oraciones que la emoción interrumpe tanto, que tanto quiebra el llanto, que aunque dejen santa bendición en el alma, no se recuerdan de ellas las palabras que tengan conexión. Las lágrimas femeniles y de los niños suelen ser someras, pero cuando hombres maduros como éstos, con cabeza cana, que se han endurecido a soportar por años el peligro y sufrimiento, se ve que lloran como chicos y que se echan al cuello uno de otro, no se puede dudar de lo hondo de su pena. Cuando un hombre del mundo así se ve agobiado con la pena, suele el corazón endurecérsele, aunque se le parta, pero la pena del hombre de fe es suavizadora y purificante; liga a los afligidos unos a otros y con Dios, entretanto que se santifica mediante la oración. Es una tristeza que nos vemos listos a sentir de nuevo y que amamos su recuerdo. La senda de la iglesia se ve regada de escenas como ésta. Al cruzarse las vías de los peregrinos y los que por pocos días mezclan sus plegarias, sus cantos de alabanza, sus consejos y sus lágrimas, la hora de separación suele ser repetición de esta escena en la playa de Mileto. Las lágrimas y los suspiros del pecho, que hablan de la pena, del amor y la esperanza que dentro luchan, la mano de despedida, el abrazo de cariño, la bendición de Dios que se invoca, y el triste retorno a deberes que el alma se siente tan débil para cumplir son todas cosas familiares para los siervos laborantes de Dios.

     Si Pablo se separara de estos hermanos con expectaciones alentadoras para ambas partes, todavía habría sido separación dolorosa, pero añadidas al dolor de una despedida final, se vieron la lobreguez del futuro incierto y las aflicciones indefinidas que con seguridad le esperaban. Ya doce meses antes de esto había narrado un catálogo de padecimientos más abundantes que los que a cualquier otro hombre le hubieran tocado en suerte. Con frecuencia en la cárcel, y más seguido a borde de la tumba. De los judíos había recibido en cinco ocasiones cuarenta azotes menos uno, y tres veces había sido azotado con varas. Una vez fue apedreado y tirado al suelo por muerto. Tres naufragios había sufrido y pasado un día y una noche en las aguas de lo profundo. En muchos viajes se había visto en peligros de ríos, de ladrones, de sus connacionales, de gentiles; en la ciudad, en el desierto, en la mar, entre falsos hermanos. Había soportado el hambre y la sed, y sufrido el frío con ropa insuficiente. Todo esto había sobrellevado, y aún sobrellevaba lo que poco menos dolor le causaba, el cuidado de todas las iglesias (2 Corintios 11:21-18; 12:7-10). Simultáneo a esto tenía un aguijón en su carne, un mensajero de Satanás que le abofeteaba, tan irritante y humillador que tres veces rogó al Señor se le quitara. Se había visto orillado a escribir a los hermanos en Galacia: "De aquí en adelante nadie me sea molesto; porque traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús" (Gálatas 6:17). Los más hubiéramos dicho: —"Ya he sufrido bastante; el éxito de mi empresa actual a lo mejor es algo dudoso, y seguro que me acarrearía más prisiones e indecibles aflicciones; me quedaré donde estoy, entre hermanos que me aman, y que mis compañeros completen esta obra de benevolencia que yo he empezado". Pero tales reflexiones no aceptó; y al partir los ancianos efesios de la compañía de este hombre, bien hacían en llorar y quedarse callados en la playa hasta ver desaparecer en la distancia las velas de su barco, antes de retornar a la soledad de sus faenas y a los peligros que sabían habrían de encontrar ahora sin la potencia ni el consejo de su gran maestro. No tenemos permiso de volver a Éfeso con ellos, ni de escuchar por el camino sus tristes coloquios, pues fuerza es que sigamos al bajel que se aleja y seamos testigos del cautiverio y las aflicciones que esperaban a su insigne pasajero.

11.  El viaje de Mileto a Cesarea. Hechos 21:1-9

     Versículos 1 – 3. Prosiguió el barco su viaje costero por las playas de Asia Menor por poco tiempo, y luego se echó a alta mar. (1) “Y habiendo partido de ellos, navegamos y vinimos derecho a Coos, y al día siguiente a Rodas, y de allí a Pitara. (2) Y hallando un barco que pasaba a Fenicia, nos embarcamos y partimos. (3) Y como avistamos a Chipre, dejándola a mano izquierda, navegamos a Siria, y vinimos a Tiro: porque el barco había de descargar allí su carga.” El navegar "camino derecho" de Mileto a la isla de Coos indica que el primer día hubo un viento favorable. En la ciudad de Rodas, isla del mismo nombre, echaron ancla para pasar la noche en la bahía, cuya boca se veía antes adornada de su coloso que era una de las siete maravillas del mundo. Era una estatua de Helios, en bronce, que medía poco menos de 30 metros de altura. En un terremoto que ocurrió al año 244 antes de Cristo, fue derribado, pero sus fragmentos aún eran visibles allí en el tiempo de la visita de Pablo. Pátara, donde cambiaron de barco, se halla en la costa sur de Licia. El cambio fue porque el nuevo barco iba directamente al puerto de Tiro, casi en la mera dirección que deseaban tomar, y esto da a entender que el que dejaron no iba más allá de Pátara, o su rumbo seguía derecho a la vista de la costa de Asia Menor. Al pasar a vista de Chipre, Pablo debe haber recordado su experiencia hacía tiempo en la isla cuando Bernabé y él predicaban en su primera gira misionera (Hechos 13:4-12). El recorrido del barco de Pátara a Tiro fue de varios días con sus noches por alta mar, sin echar anclas como lo habían hecho noche tras noche desde Troas. Tal travesía nunca la hacían los barcos de aquel tiempo, sino cuando podían esperar gozar de la luz lunar o de las estrellas durante la noche, y éste es detalle singular que nos ayuda a determinar la fase de la luna durante este recorrido. Pablo salió de Filipos siete días después de la luna llena, tardó cinco para llegar a Troas, donde demoró siete (Hechos 20:6). Esto es diecinueve días después de la luna llena. Saliendo de Troas, llegó a Mileto en cuatro días, y de Mileto a Pátara hizo otros tres (Hechos 20:13-15; 21:1). Estos siete días añadidos a los diecinueve, hacen veintiséis, y si tardó tres en Mileto, la suma hace una lunación, así en la travesía hubo luna llena de vuelta. Cualquier viajero que haya ido en buque de vela a la luz de la luna en verano por el Mediterráneo, teniendo mar tranquilo, lo recuerda como una experiencia deleitosa, y esto debe haber contribuido a calmar el espíritu de Pablo y sus compañeros.

     Versículo 4. El tiempo que los marineros emplearon en sacar la carga, y quizás recibir nueva, fue nueva oportunidad para platicar con los hermanos en la plaza. (4) “Y nos quedamos allí siete días, hallados los discípulos, los cuales decían a Pablo por el Espíritu que no subiese a Jerusalén.” La expresión "hallados los discípulos" da a entender que fueron a buscarlos, y esto se debió a no haber estado Pablo allí después de fundada la iglesia, que en cuanto a sus compañeros, todos eran extranjeros y por completo extraños a la ciudad. Pero de cualquier modo una iglesia se fundó en Tiro, y así se verificó lo que nuestro Señor decía a las ciudades de Galilea: "Si en Tiro y en Sidón fueran hechas las maravillas que han sido hechas en vosotros, en otro tiempo se hubieran arrepentido" (Mateo 11:21). No debiéramos entender que las súplicas de estos hermanos tirios fueran dictadas por el Santo Espíritu, pues tal cosa habría hecho deber de Pablo cumplir con ellas, y lo hubiera hecho, seguro; pero podemos entender que el Espíritu reveló a algunos, como lo había hecho en otras ciudades, lo que esperaba a Pablo en Jerusalén, aunque de sus propios trabucos le rogaban que no fuese allá. Sus ruegos muestran que, aunque no fueron evangelizados por Pablo, sabían de su obra y estimaban su valor para la causa de Cristo.

     Versículos 5 y 6. Pasados los siete días, inclusive el del Señor como debe ser, en el que los discípulos se juntaban a partir el pan, otra escena tuvo lugar de separación dolorosa como la de Mileto. (5) “Y cumpli­dos aquellos días, salimos acompañándonos todos, con sus mujeres e hijos, hasta fuera de la ciudad; y puestos de rodillas, oramos, (6) abrazándonos los unos a los otros, subimos al barco, y ellos volvieron a sus casas.” Aquí la escena de separación fue aún más tierna que en Mileto; pues los sollozos de mujeres y niños se mezclaban con los de los hombres. Sin embargo, todo, santificado por la oración, debe haber consolado a cada corazón, y dejó un recuerdo bendito con los santos de Tiro.

     Versículo 7. El resto del viaje por agua fue completo en un día, pues la distancia por tierra no es más que una jornada. (7) “Y nosotros cumplida la navegación, vinimos de Tiro a Tolemaida; y habiendo saludado a los hermanos, nos quedamos con ellos un día.” Tolemaida era el nombre en aquel tiempo de la ciudad moderna de Acre. Su nombre original, Aco, que llevó en la posesión de los cananeos, se cambió a Tolemaida por uno de los Tolomeos de Egipto por honra propia, pero como ha sucedido con muchas ciudades de Palestina, cuyos nombres cambiados por conquistadores griegos o romanos, al desaparecer la potencia que las conquistó, se ha restaurado el nombre original en forma ligeramente cambiada. Que Pablo haya encontrado hermanos aquí como en Tiro es prueba de la completa evangelización de esta región. Acre estuvo situada en territorio que antiguamente ocupó la tribu de Aser, pero en el intervalo que siguió a la cautividad se había hecho griega.

     Versículos 8 y 9. El único día que pasó con los hermanos en Tolemaida fue bastante para las amonestaciones que dejaba Pablo a todas las iglesias, y para otra dolorosa despedida. (8) “Y otro día, partidos Pablo y los que con él estábamos, vinimos a Cesarea: y entrando en casa de Felipe el evangelista, el cual era uno de los siete, posamos con él. (9) Y éste tenía cuatro hijas doncellas, que profetizaban.” De Tolemaida el camino lleva a uno rodeando la bahía de Acre, casi en semicírculo, a lo largo de una playa uniforme, hasta la punta marítima del monte Carmelo, de donde, en línea recta casi directa al sur por la playa del Mediterráneo, se va hasta Cesarea. La distancia es como 40 kilómetros y debe haberles tomado buena parte de dos días.

     El que se designe a Felipe el evangelista como "uno de los siete", lo identifica con el Felipe cuyas labores se refieren en el Capítulo 8. Al cerrar ese relato se dice que predicó en todas las ciudades de Azoto hasta Cesarea (Hechos 8:39.40), y ahora lo hallamos residente de esta ciudad. Las cuatro hijas doncellas que tenían el don de profecía hablan sido bien entrenadas sin duda por su piadoso padre, y por lo tanto estaban preparadas en carácter para la distinción que el Espíritu Santo les confirió. Su casa debe haber sido amplia, pues dio lugar para hospedar a los nueve que formaban la compañía de Pablo.

12.  Agabo predice la prisión de Pablo. Hechos 21:10-14

     Versículos 10 – 14. En el lapso de tiempo que pasaban con la familia de Felipe, se dio otra advertencia profética, quizá la última que recibiera Pablo en este viaje, y motivó una escena similar a las de Mileto y Tiro. (10) “Y pasando nosotros allí por muchos días, descendió de Judea un profeta llamado Agabo: (11) y venido a nosotros tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón cuyo es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles. (12) Lo cual como oímos, le rogamos nosotros y los de aquel lugar que no subiese a Jerusalén. (13) Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y afligiéndome el corazón? porque yo no solo estoy presto a ser atado, mas aún a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús. (14) Y como no le pudimos persuadir, desistimos diciendo: Hágase la voluntad del Señor.” Aunque Lucas presenta a Agabo como si antes no lo hubiera mencionado, es sin duda el mismo profeta que en Antioquía predijo el hambre que dio ocasión a la primera misión de Pablo y Bernabé yendo de Antioquía a Jerusalén (Hechos 11:27-29). La manera dramática en que expresó su predicción, imitando a algunos de los profetas del Antiguo Testamento, le prestó mayor impresión, y las palabras que pronunció dieron a Pablo un concepto más distinto de la aflicción que le esperaba. Si sus compañeros de viaje habían callado cuando los hermanos le rogaban que no fuera a Jerusalén, su valor les abandonó ahora y unieron las súplicas suyas a las de los hermanos en Cesarea. La perspectiva era bastante angustiosa cuando gozaba de la simpatía muda de sus valientes colaboradores, pero cuando éstos añadieron el peso de sus ruegos a la pesada carga que ya llevaba, el efecto fue abrumarle el corazón, aunque la constancia de su propósito no se venció. Lo que sufriera habría de ser por el nombre de Jesús, porque era por la iglesia que sostenía entre los hombres el honor de ese nombre, y servir a tan elevado propósito era superior a toda consideración personal. Hombres de menos fe en la Providencia divina de la que tenían sus compañeros, al ver que sus ruegos eran en vano, le habrían reprochado su porfía, pero éstos vieron en la misma fuerza de su propósito la mano guiadora de Dios, y de ahí provino su exclamación: "Hágase la voluntad del Señor".

13.  El viaje de Cesarea a Jerusalén. Hechos 21:15-16

     Versículos 15 y 16. Parece que Agabo hiciera su predicción al fin de la estancia de Pablo y su compañía en Cesarea, y aunque la primera parte de esa demora fue rica en comunión religiosa con los santos reunidos allí de oriente y poniente, tuvo su final pavoroso. (15) “Y después de estos días, apercibidos, subimos a Jerusalén. (16) Y vinieron también con nosotros de Cesarea algunos de los discípulos, trayendo consigo a un Mnasón, ciprio, discípulo antiguo, con el cual pasásemos.” El viaje había terminado a tiempo para el Pentecostés, pues a los veintinueve días que ya habíamos contado desde la Pascua anterior y la llegada a Pátara (Véase el Versículo 3.), tendremos que agregar como tres días de Pátara a Tiro, siete en Tiro, y cuatro para llegar a Cesarea, queda una suma de cuarenta y tres días de los cincuenta que son el intervalo entre Pascua y Pentecostés, dejando seis que se detuvieron en Cesarea. Pero es seguro que en esta cuenta hubo fracciones de días que se contaron como enteros, y que el tiempo en Cesarea fue más de seis días. Lucas llama "muchos días" a esta parada, no porque la comparase con otras de este viaje, sino porque fueron mucho tiempo para viajeros que iban a Jerusalén con misión importante. Ahora se hallaban a dos jornadas breves de la Ciudad Santa. Naturalmente, era de esperar que apresurasen su viaje al final. El hecho de que Mnasón de Chipre tuviera casa en Jerusalén, en donde todo el acompañamiento de Pablo pudiese alojarse, da a entender que era hombre de posibles, si no rico, y que además de una casa en Chipre, tuviera otra en Jerusalén. Se le llama "antiguo discípulo", porque se había hecho discípulo en los días primeros de la iglesia.

 

Proceder al comentario sobre Hechos 21:17-40.

Comentario sobre Hechos por McGarvey. Desglose del Contenido completo, con enlaces.

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Historia de la Era Cristiana. Muchos documentos en esta Web.

 

  

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